4 TAREAS
para el mes de ABRIL:
TERCERA PONENCIA: "Llamado
a la misión"
D. Ignacio Sánchez Cámara (Catedrático de Filosofía del Derecho.
Universidad de La Coruña)
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1º
Leo y me informo:
1.-Cristianismo y cultura moderna. Las dificultades para la difusión del mensaje cristiano.
Todo cristiano, por expreso mandato evangélico, se
encuentra obligado a dar testimonio de su fe y a difundirla por todo el mundo.
Por supuesto, esta obligación compete también, y en igual medida, a los
laicos. El fundamento de esta misión evangelizadora se encuentra en el
bautismo que nos incorpora a Cristo resucitado. Esta misión es, además
de una obligación, una alegría profunda derivada de la participación en el
proyecto de Dios en la historia. La misión de los laicos consiste en ser
“testigos de la esperanza” y contribuir a la “consagración del
mundo”. El sentido evangélico de esta misión de los laicos se asienta
en la doctrina eclesial, sustentada principalmente en cuatro documentos básicos:
el Decreto del Concilio Vaticano II “Apostolicam actuositatem” (1965), la
Exhortación Apostólica de Juan Pablo II “Christifideles laici” (1988),
el documento de la Conferencia Episcopal Española “Los cristianos laicos.
Iglesia en el mundo” (1991) y la Carta apostólica de Juan Pablo II “Novo
millennio Ineunte” (2001).
El objetivo de esta Ponencia consiste en promover la
reflexión sobre los medios y fines del cumplimiento de esta vocación de
misión en la España actual. Las siguientes consideraciones tienen como
trasfondo inevitable la situación de nuestra Nación y el espíritu,
principios y valores de la cultura contemporánea.
La
difusión del mensaje cristiano se enfrenta a las dificultades
que opone un ambiente dominante indiferente u hostil. Aunque las raíces de la
Modernidad son cristianas, la evolución de la cultura contemporánea ha entrañado
un alejamiento
de los principios cristianos que ha llegado a veces en nuestros días a formas
de abierta hostilidad. En las últimas décadas, este proceso se ha ido
abriendo paso en España hasta el extremo de que no es exagerado hablar de
intentos de “descristianización” de la sociedad española.
Una evidente manifestación de este proceso se percibe en algunas actitudes del actual
Gobierno hacia la Iglesia Católica y en el anuncio
de un conjunto de medidas legislativas
que se oponen no sólo a las creencias morales vigentes en nuestra sociedad
sino que chocan además con algunos principios jurídicos básicos de nuestra
tradición legal, en materia de matrimonio, familia o respeto a la vida. Ante
este estado de cosas, abundan los católicos españoles que se sienten agredidos
por el Gobierno en sus convicciones más íntimas y profundas.
Por supuesto, tampoco faltan quienes no se sintieron representados por algunas
decisiones políticas de los Gobiernos anteriores.
Las
formas de vida, aspiraciones y valores que se nos ofrecen como modelos chocan cada vez de forma más contundente con la religión
y la moral católicas. Es muy probable que el diagnóstico apocalíptico sea
exagerado, que sea más el ruido perceptible en los medios de comunicación
que la fuerza de su vigencia en la sociedad. Pero incluso descontando este
hecho, lo cierto es que la
presencia de la religión en la vida social, especialmente entre los jóvenes,
resulta decreciente y alarmante.
Mas no se trata de un fenómeno más o menos inevitable o espontáneo sino del
resultado de la búsqueda deliberada de la exclusión
del sentido religioso y de la presencia de Dios en la vida pública. Lo religioso, según la corrección política
dominante, debería recluirse a las catacumbas de la vida privada, y cualquier
exhibición pública de creencias religiosas suele ser imputada a la
ignorancia, a la superstición o al dogmatismo intolerante. Probablemente haya que retroceder hasta los
orígenes del cristianismo en un ambiente pagano hostil para encontrar una
situación semejante en la historia europea. Se trata de una exclusión
de lo religioso del espacio público, para la que no se escatiman, no ya la justificable
crítica razonada sino incluso la caricatura y la falsedad. Por decirlo así,
vivimos una situación en la que se pretende imponer una jerarquía
de valores equivocada, en la que lo inferior trata de prevalecer sobre lo
superior, cuando no de establecer una injusta nivelación que niega toda
jerarquía. Muchas veces esta impostura se pretende imponer bajo la cobertura
de elevados valores, como la
autenticidad, la autonomía personal o la libertad, que carecen de sentido si
se niega la objetividad de la verdad y del bien.
Tienden a imponerse así el individualismo
egoísta, el materialismo, el relativismo moral, el cientificismo y el
utilitarismo. Y a la vez que se destruyen los fundamentos de
la justicia, la libertad, la dignidad, la fraternidad y la solidaridad,
cunde el lamento por la pérdida de unos valores cuyos pilares nos obstinamos
en quebrantar. Queda así poco más que la
satisfacción de las inclinaciones subjetivas y pasajeras sin más límite, y eso cuando se establece, que el deber de no causar
daño a otros. La idea de una moral personal, más allá de las convicciones
mayoritarias o dominantes, o la de la existencia de deberes del hombre para
consigo mismo, resulta casi ininteligible o es recibida con sonrisas desdeñosas.
No se trata sólo de una cultura
ajena al cristianismo sino a toda forma de espiritualidad y aún de verdadera
cultura superior.
Y, sin embargo, como muestras de nostalgia de lo sagrado, no
dejan de proliferar las más diversas formas de espiritualidad.
No significa esto que los católicos debamos
acogernos a una especie de “cultura de la queja”. Buena parte de los males
diagnosticados bien podrían sernos imputados. Existen factores
endógenos,
y no sólo externos ni exclusivamente culturales, que han contribuido a la “descristianización”.
Pero este hecho no impide el reconocimiento de que, por unas razones u otras,
vivamos en un ambiente cultural y social ajeno u hostil al cristianismo, y de
que lo
cristiano apenas ocupa lugar relevante en la realidad política y cultural, ni
en la mayoría de los medios de comunicación, ni influya en la legislación
ni en las instituciones.
En suma, existe un abismo entre la fe cristiana y la cultura aparentemente
dominante (otra cosa es quizá la vigencia de los valores cristianos en lo que
Unamuno llamó la “intrahistoria”, en las vidas cotidianas). A esto cabría
añadir la
dispersión que exhibe el mundo católico y la falta de una unidad coherente
de vida y de acción, cosa diferente de la natural diversidad existente entre los cristianos.
Reto
para los cristianos:
Ante este estado de cosas, el reto para los cristianos consiste en la evangelización
del ambiente social en el que vivimos y en contribuir a propagar no una
mera moral sino una forma religiosa de vida. No puede convertir a los
demás quien previamente no se ha convertido en su propia raíz personal. Y
esto conduce inevitablemente a la pregunta por la esencia del ser cristiano.
Es cristiano quien acepta la verdad de lo que Jesús proclamó: “Yo soy el
camino, la verdad y la vida”. Es decir, quien es discípulo de Cristo. Pero
Cristo no anunció un mero mensaje moral ni menos un programa de reforma política
y social, sino un mensaje de salvación, de Vida Eterna, a través del
cumplimiento del único mandato del amor. Esta
fe en Cristo y su mensaje de salvación entraña una nueva cultura y una nueva
forma de vida. El mensaje cristiano no perderá vigencia mientras no
falten ni escaseen los verdaderos cristianos.
Juan Pablo II ha descrito las consecuencias
culturales y sociales del rechazo de la Encarnación en un reciente mensaje: “Cuando
se excluye o se niega a Cristo se reduce nuestra visión del sentido de la
existencia humana, la esperanza da paso a la desesperación y la alegría a la
depresión... Se produce también una profunda desconfianza en la razón y en
la capacidad humana de captar la verdad, e incluso se pone en tela de juicio
el concepto mismo de verdad... Ya no se aprecia ni se ama la vida; por eso
avanza una cierta cultura de la muerte con sus amargos frutos, el aborto
y la eutanasia. No se valora ni se ama correctamente el cuerpo y la
sexualidad humana; ni siquiera se valora la creación misma, y el fantasma del
egoísmo destructor se percibe en el abuso y en la explotación del medio
ambiente” (Mensaje
al Capítulo General de la Orden de Predicadores. Julio 2001).
El problema consiste en cómo comunicar la fe en Dios en un mundo que se
aleja de Dios.
2.-La ejemplaridad. El valor educativo de los
modelos.
No existe otra forma de enseñar una forma de vida
sino a través del ejemplo. La educación, -y la evangelización es una
forma de educación-, no es posible sin la ejemplaridad. No puede extrañar
que se produzcan erosiones en la difusión del mensaje evangélico como
consecuencia de la falta de coherencia y ejemplaridad de quienes lo difunden y
enseñan. Una cosa es la verdad de la fe y otra la coherencia de las personas.
La primera no depende en sí misma de la segunda. Pero no es posible la
evangelización sin la profunda coherencia entre fe y vida de quienes la
emprenden. No cabe duda de que los cristianos tenemos una seria
responsabilidad en este proceso de alejamiento de Dios. Pero la
responsabilidad rebasa los límites de la falta de coherencia entre la fe
profesada y la vida. Existe otra forma de incoherencia y de falta de
ejemplaridad vinculada a la adulteración de la naturaleza del mensaje.
Esta adulteración se produce, por ejemplo, cuando se reduce la fe a mera
moral, a puro proyecto de transformación social o política o, incluso, a
medio de obtener felicidad o consuelo ante las adversidades de la vida. Si
la persona del cristiano no ha sido transformada por el encuentro con Cristo,
es imposible la ejemplaridad inherente al apostolado. Por decirlo así,
la misión del cristiano consiste en ser cristiano. No hay otra forma de
apostolado. No se trata de una doctrina que haya que enseñar sino de una
vida que hay que vivir y, al vivirla, difundir. Sólo quien ha conocido a
Jesucristo y ha sido transformado por ese encuentro puede dar razón de la
esperanza cristiana.
3.-La
importancia de la formación
Nada de esto entraña la negación de la relevancia
de la formación teológica, filosófica, científica, sociológica y, en
general, integral de los cristianos y, especialmente, de quienes, por vocación
o profesión, están en una situación privilegiada o especial para dar
testimonio de su fe. Todo lo contrario. No se puede transformar el mundo sin
conocerlo. Buena parte de la responsabilidad del abismo existente entre el
cristianismo y la cultura contemporánea incumbe a la falta de conocimiento de
los elementos de esta cultura por parte de los cristianos. No siempre se
valora correctamente la aportación de la fe al conocimiento racional, ni se
entiende que la fe no se opone a la ciencia. El
cristiano no tiene por qué vivir acomplejado ante el saber profano. Por el contrario, posee una sabiduría más
profunda y compleja que no es incompatible con la ciencia sino que, por el
contrario, la amplía y dota de sentido. No se trata de conocer al adversario
para combatirlo, sino de mostrar la íntima compatibilidad y armonía entre la
fe y la razón. Por lo demás, todo lo que es necesario para la salvación es
asequible al más modesto de los entendimientos. La relevancia de la formación
reside en la necesidad de entablar un diálogo con la cultura contemporánea
que permita, a la vez, criticar y superar sus deficiencias. La sencillez y la
humildad no están reñidas con la solidez de los conocimientos.
Un ejemplo, por lo demás importante, puede ilustrar
este valor de la formación intelectual de los cristianos. La Iglesia
reivindica con toda razón su derecho a enseñar y el mantenimiento de la asignatura
de Religión Católica en el ámbito de la escuela pública y privada para
todos los alumnos cuyos padres opten por ella. Pero esta justa exigencia debe
ir acompañada por un cuidado escrupuloso por la formación de quienes han de
impartir esta enseñanza. El
respeto social se consigue no sólo mediante el valor de la doctrina que se
profesa sino también a través de la formación intelectual y científica de
quienes han de enseñarla.
Si ha de ser una asignatura con valor y rango académicos, debe ser enseñada
con la exigencia que es propia del mundo académico. Por lo demás, adecuarse
a la cultura dominante no significa necesariamente adherirse a los valores de
esa cultura, sino situarse a su nivel o por encima de él.
Algo parecido cabe afirmar de la utilización de
los medios de comunicación. Es evidente que, salvo escasas excepciones,
se trata de un ambiente hostil. Cuando imperan la mala fe o la trivialización,
el compromiso de los católicos quizá consista en evitar la participación en
esos programas. No hay obligación de aceptar un debate trucado o parcial,
pero tampoco es lícito abdicar de la presencia en los medios. Muchas veces, causa
indignación y tristeza contemplar cómo las posiciones más correctas suelen
ser mal defendidas. No es poco lo que se va haciendo en este terreno, pero aún es
insuficiente. El cristiano ha de confiar en la Providencia y en el Espíritu
Santo, mas eso no le exime de la exigencia para consigo mismo. Cuando Pablo
empezaba su misión en Corinto y se sentía abrumado por las dificultades, el
Señor le habló así: “No
temas, Yo estoy contigo, habla y basta, no calles, no te ocurrirá nada,
porque en esta ciudad hay un gran pueblo que me pertenece”.
Pero el Señor eligió a Pablo; no a cualquiera.
4.-La
familia
Constituye el primer y más valioso vehículo para
la transmisión de la fe. Éste es el ámbito natural y más adecuado para el
ejercicio de la misión evangelizadora que corresponde a los fieles laicos.
Por eso, en casi nada hay que poner tanto empeño como en la defensa de la
institución familiar. Ella es la sede de la educación primera y
fundamental. La evangelización depende más que de nada de la supervivencia
de las familias cristianas. La familia es la primera institución de la misión
evangelizadora. Ello no impide que la fe pueda surgir en el seno de familias
no creyentes. No faltan casos entre las personas de edad media.
5.-Participación
y compromiso
Es necesario combatir la tentación consistente en
sucumbir a una estrategia acomplejada de repliegue. También existe un individualismo
religioso que se manifiesta en la búsqueda de la salvación personal. No
basta con la fe personal y con el cumplimiento de los Mandamientos.
Aunque lo más profundo de la vida cristiana se manifiesta en la relación con
Cristo vivida en la intimidad de la conciencia, es necesaria la
participación en la vida social y pública, según
la capacidad y la posición que cada cristiano tiene en la sociedad. Existen diferentes formas y grados de compromiso,
en atención a las diferentes aptitudes, profesiones y vocaciones. No
obstante, también caben excesos y formas equivocadas de proselitismo. No es
el mismo tipo de evangelización el que compete al padre y al sacerdote, al
profesor y a quien escribe o participa en los medios de comunicación o a
quien desempeña otras profesiones u oficios. Existe una forma cristiana de
vivir y, por lo tanto, de ejercer cualquier profesión, pero no cabe asignar a
todas ellas la tarea del proselitismo. Se equivoca, por ejemplo, el profesor
universitario que se comporta como si su tarea consistiera en adoctrinar a los
alumnos en los principios de la fe cristiana.
6.-Diálogo
universal
El
cristiano debe dialogar con todos, pero sin complejos ni falsa mala
conciencia. La Iglesia, es decir, los cristianos hemos cometido errores
a lo largo de la historia. Ninguna institución puede presumir de no haberlos
cometido. Va implícito en la falible condición humana. Sin embargo, pocas
instituciones pueden, como la
Iglesia Católica, exhibir una trayectoria tan fecunda y prolongada en el
servicio a los pobres, enfermos, y, en general, a los marginados y más
necesitados.
Pese a ello, no ha dejado de pedir perdón por los errores cometidos en el
pasado. Y era justo hacerlo. Pero lo que ya no es justo es la pretensión de
quienes entienden el perdón como algo que siempre va en la misma dirección.
Cuando ella ha sido la víctima, y tantas veces lo ha sido a lo largo de la
historia: no es fácil encontrar algún culpable que pida perdón. Algo
parecido cabe decir de la frecuente malevolencia en el tratamiento
informativo de la labor de la Iglesia. En muchos medios de comunicación,
sólo encuentra eco lo poco negativo y no lo mucho positivo. La labor abnegada
de millones de religiosos es silenciada y los errores de unos pocos jaleados y
elevados a la condición de categoría. Ante esta situación, los católicos
debemos huir de dos actitudes opuestas: por un lado, la arrogancia y, por
otro, la pusilanimidad y la dejación de la defensa, pues no se trata de la
propia justificación sino de la propagación del mensaje de Cristo.
Tampoco debemos acomplejarnos ante la dictadura de
la corrección política y del relativismo cultural, social y moral. Una cosa
es el respeto a las demás religiones (y el cumplimientos de las exigencias
del ecumenismo) y otra la debilidad o incluso la traición a las propias
convicciones. El cristiano debe estar abierto al diálogo de buena fe con
todos, pero expresar las creencias, dar testimonio de una verdad eterna y
universal, nunca puede ser tildado de dogmatismo ni de intolerancia. Esta
nace sólo de la decisión de imponer por la fuerza las propias opiniones. Por
lo demás, el mensaje cristiano irá con frecuencia contra la corriente
dominante en el mundo, y una cosa es hablar el lenguaje de la época y
adaptar el mensaje a las circunstancias de tiempo y lugar, y otra hacerlo
coincidir con la opinión dominante. Aquí, como siempre, el modelo del
cristiano no es otro que Cristo.
7.-La
pobreza
La pobreza que encarece el Evangelio se refiere al
espíritu. Son felices los pobres de espíritu. Junto a ella, también resulta
evidente el obstáculo que representan las riquezas para la vida cristiana, cómo
no es posible servir a Dios y al dinero. Y, por supuesto, el imperativo del
amor obliga a una opción en favor de los pobres y al combate contra todas las
formas de miseria y explotación. No puede haber en esto ni dudas ni tibieza.
Como tampoco resulta difícil interpretar el significado de las palabras de
Cristo: “Mi Reino no es de este mundo”. Los cristianos estamos obligados a
combatir la miseria y a apoyar a los grupos sociales y políticos que hagan de
este objetivo el eje de su actuación pública. Pero ni es legítimo reducir el cristianismo a un programa de reforma política
y social, ni es prudente dejar de distinguir entre los efectos reales que
provocan las ideologías y la retórica que exhiben. Las ciencias sociales
nos advierten sobre la frecuencia con la que las conductas humanas producen
efectos no deseados por los agentes. Por lo demás,
nunca será lícito utilizar medios inmorales para obtener fines justos.
En este sentido, la Doctrina social de la Iglesia
aporta luz para el diagnóstico y tratamiento de los problemas económicos y
sociales. Ningún partido político ni ninguna ideología pueden atribuirse
con justicia la realización del cristianismo. Pero tampoco puede ser todos
evaluados por igual. El
cristiano siempre debe optar por aquellos que se asientan sobre la dignidad
del hombre y la promueven.
La persona humana debe situarse en el centro de la vida económica y social.
Tampoco cabe olvidar en este sentido la necesidad de fomentar la creación
de la riqueza junto a la justa distribución. Lo primero es, al menos, tan
esencial para la justicia como lo segundo. Toda forma de materialismo y de
economicismo, así como el individualismo egoísta son incompatibles con la
Moral cristiana. Pero conviene advertir que no toda atribución de estas
características a las ideologías políticas y a las doctrinas económicas es
igualmente certera. En este terreno, es preferible basarse en las
consecuencias que provocan más que en la retórica sobre la que se sustentan.
Por lo demás, la mejor manera de transformar las condiciones de vida política,
económica y social es a través de la reforma interior de las personas.
8.-Presencia
en el mundo
La
actitud cristiana no consiste en el repudio del mundo y en la pura retirada. El cristiano no puede despreciar la obra del
Creador. Existen vocaciones activas y contemplativas. Ambas son igualmente
cristianas y necesarias. Cristo combinó los momentos de oración,
recogimiento y soledad con los de acción y predicación. Los cristianos
debemos estar presentes en el mundo y actuar en él. Esta actuación debe ir
presidida por la colaboración con la Jerarquía. La obediencia y la humildad
no son incompatibles con la crítica razonable y respetuosa. La Iglesia no es asunto
exclusivo de la Jerarquía ni de los sacerdotes.
Así consta en la doctrina católica, y muy especialmente en la Exhortación
Apostólica de Juan Pablo II sobre los fieles laicos. Para ello es preciso
utilizar los cauces y plataformas sociales, las mediaciones y los
instrumentos, entre otros, los medios de comunicación social, siempre bajo
las condiciones de igualdad y juego limpio a que antes hemos hecho referencia.
Lo fundamental es el anuncio del Evangelio de Jesucristo, que hay que celebrar
no sólo en la liturgia sino también en la vida cotidiana. El cristianismo no puede quedar recluido en la intimidad de la conciencia
sino que debe contagiar e impregnar toda la vida personal y social.
Y más hoy cuando nos amenaza la “privatización” de la fe y la imposición
de unas nuevas catacumbas ideológicas.
En
nuestro tiempo, se está produciendo un resurgimiento del laico como sujeto
activo y protagonista de la sociedad, que no quiere permanecer pasivo haciendo
dejación de su responsabilidad. No es poco lo que ha cambiado. Entre otras
cosas, la pérdida del miedo a la participación en la vida pública, el
impacto de la presencia de los laicos en los medios de comunicación y el
reconocimiento de la importancia del deber de defender los derechos de las
personas ante los ataques a los que están sometidos. Esto entraña la
participación en la vida política a través de los partidos, los sindicatos,
las asociaciones empresariales y profesionales, el trabajo y la vida
cotidiana. Todo ello al servicio de la dignidad de las personas y del bien común,
con el fin de que la concepción cristiana de la sociedad tenga mayor
influencia en la definición de objetivos y en el desarrollo de las políticas.
Los
siguientes son algunos de los objetivos que esta presencia pública debería promover:
—
Fomentar el sentido religioso de la vida en el espacio público.
—
Hacer presente la realidad de Dios.
—
Revalorizar la religión y la función social de la Iglesia.
—
Promover el compromiso cristiano fuerte.
—Perfeccionar
el ámbito educativo cristiano: Universidades, escuelas.
—
Revitalizar las parroquias y demás centros comunitarios.
—
Integrar la fe en todos los ámbitos de la vida personal de manera que no se
trate de un ámbito aislado de los demás.
—
Lograr el establecimiento de puntos de encuentro, comunicación e intercambio
de experiencias y de convivencia de todas las realidades asociativas de los
laicos.
—
Producir una mayor presencia pública de esta riqueza asociativa ya existente
que promueva una mayor coordinación y unidad de este proyecto común de ser
“testigos de la esperanza”, como reza el lema de este Congreso.
Esta presencia de los católicos en la vida pública
sólo es posible bajo el espíritu de comunión
y colaboración entre los grupos eclesiales.
La
pertenencia a los diferentes grupos, órdenes y movimientos eclesiales permite
un verdadero camino de formación y maduración en la fe, impulsa a la misión
y favorece la presencia de los cristianos en la vida pública. Constituye, por
tanto, un factor esencial para la educación en la fe y para el dinamismo
misionero de la Iglesia. Es, sin duda, mucho lo que estos movimientos aportan
a la misión de los laicos, siempre, naturalmente,
que se evite toda pretensión exclusivista,
pues Cristo, y nadie más, es el Camino, la Verdad y la Vida.
Pese a todas las dificultades de la situación
actual, nunca han faltado desde la Encarnación de Cristo, existen muchos
motivos para contemplar el futuro con serenidad y alegría. La realidad
siempre está, para un cristiano, llena de posibilidades y signos de esperanza
derivados de la fe que se realiza a través del amor.
IIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII
2º.- REUNIÓN
DEL GRUPO
1.- Palabra de Dios: Meditamos
sobre Hch 11, 19-24.
2.-DIALOGAMOS y PONEMOS EN COMÚN sobre
la ponencia sobre “la misión”:
2.1) El ponente arranca
de las dificultades que encontramos
para la difusión del mensaje cristiano y en cómo
comunicar la fe en Dios en un mundo que se aleja de Dios, aspectos presentes
en todas las ponencias del Congreso. ¿Qué destacarías de lo dicho en esta
ponencia?
2.2) Leemos después el valor del ejemplo ¿en qué sentido lo ha profundizado?..... Tu parecer.
Y en los tiempos actuales es importante la formación ¿qué destacarías de lo que dice? ¿dónde habría que llevar a la práctica nuestra formación cristiana?
2.3) Siguen después otros ámbitos de transmisión de la fe ¿cuál
destacarías? Cada época de nuestra vida nos exige una actuación misionera y
evangelizadora concreta ¿cuál está a nuestro alcance?
3º.- PROPUESTAS DE COMPROMISO
o conclusiones a las que llegamos después de las reflexiones anteriores.
4º.- Despedida.