5 TAREAS para el mes de MAYO:
Madrid, 14 de noviembre de 2004
1.-HOMILIA –abreviada-
del Sr. Cardenal: Mons. Rouco, Arzobispo de Madrid en
la Clausura del Congreso de Apostolado Seglar,
en la Eucaristía de la mañana del domingo
Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:
1. Con esta
Eucaristía solemne clausuramos el Congreso de Apostolado Seglar celebrado por
iniciativa de la CEE en Madrid. Nuestra "Acción de Gracias" se
concreta y dirige al Señor por los frutos apostólicos y pastorales de estas
densas jornadas en torno a una triple urgencia para los seglares católicos de
la España de hoy: la de sentir y vivir la llamada a ser cristianos en el
mundo con todas sus exigencias; la de comprender y realizar esta llamada a la
santidad; y, finalmente, la de traducirla en un valiente compromiso apostólico
de evangelizar.
¡Sí, damos
gracias a Dios Padre, por haber comprendido un poco más profundamente la
riqueza del don de la salvación definitiva que nos ha sido dada ¡ Y que nos
conceda vivir siempre alegres en su servicio, porque en servirle a Él,
creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero.
2. Porque no nos
podemos ni debemos engañar: ¡sólo el servicio a Dios, abre a cada persona el camino que, a través de la historia,
puede conducirle a la victoria sobre todo mal, en especial el mal de los
males: el de la muerte temporal y eterna!
La tentación del
hombre de autodefinirse como autor primero y último de su propia felicidad,
de poner "sus llaves" -las del ser feliz- en sus propias manos, al
margen de Dios, incluso, plantándole cara, le ha acompañado desde el
principio. En "la modernidad" -¡acordémonos de lo sucedido en el
siglo XX con sus dos guerras mundiales y el triunfo político de los más
terribles totalitarismos de la historia!- y en la encrucijada de este comienzo
del tercer milenio, tan poderoso y tan brillante en muchos de sus adelantos
científicos y técnicos y tan transido de dolor, de miseria y de muerte en
muchos lugares y situaciones por los que atraviesa el mundo actual, esa
tentación se ha convertido para los grandes poderes que rigen los destinos
del mundo en una fascinación irresistible y en una habitual norma de
conducta, en todos los ámbitos.
Ya
decía proféticamente Juan Pablo II, refiriéndose a Europa, en el acto
europeísta de la Catedral de Santiago de Compostela el 9 de noviembre de
1982, con el que ponía fin a aquel su primer e inolvidable viaje apostólico
a España: que la división más honda que atravesaba el corazón de los
pueblos europeos era la que estaba surgiendo de la creciente opción de vida
de negar explícitamente a Dios o vivir como si Dios no existiese; más aún, "la defección de bautizados y creyentes de las razones profundas de
su fe y del vigor doctrinal y moral de esa visión cristiana de la vida, que
garantiza equilibrio a las personas y comunidades".
Su exhortación
postsinodal sobre la Iglesia en Europa confirmaba hace poco más de un año la
vigencia agravada de este pronóstico. Son ya muchos los europeos a los que no
ha llegado el primer anuncio del Evangelio.
3.
Ante este formidable reto histórico con el que nos encontramos en los
comienzos del tercer milenio, en España y en Europa, dejemos que la luz de la
palabra de Dios ilumine nuestra fe con su claridad inconfundible: Sí, llegará
el día "ardiente
como un horno", como
profetizaba Malaquías, en el que
"los malvados y perversos serán la paja"; en el "que no quedará de ellos ni rama ni rastro";
pero, en cambio, a los que honran el nombre de Dios
"los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas".
4. Ser testigos,
aquí y ahora en España, es una exigencia que habéis descubierto en estos días
de Congreso, precisamente como fieles laicos, en esa vuestra específica
responsabilidad de ser instrumentos de santificación de todas las realidades
temporales: desde el matrimonio y la familia, hasta la escuela, la cultura, la
opinión pública, el mundo de la economía y del trabajo y de la comunidad
política. ¡Testigos de Jesucristo y de su Evangelio, y de nadie y de nada más!
"España
evangelizada, España evangelizadora, ése es el camino",
nos decía el Papa en sus palabras de despedida al finalizar la Eucaristía de
las cinco canonizaciones de la Plaza de Colón el día 4 de mayo de 2003.
Palabras conmovidas, llenas de una no contenida emoción. Con los jóvenes de
España, a los que Juan Pablo había entusiasmado en la Vigilia de la tarde
anterior en "Cuatro Vientos", invitándoles a ser testigos claros,
directos y creíbles de Jesucristo, a partir de la experiencia interior del
trato íntimo con Él, aprendida en "la Escuela de María", debemos
hoy todos los fieles de la Iglesia en España, especialmente los fieles
laicos, acoger como una voz del Espíritu la exhortación final del Papa en
aquella luminosa mañana madrileña: "No
descuidéis nunca esa misión -la de la Evangelización- que hizo noble a
vuestro País en el pasado y es el reto intrépido para el futuro... se puede
ser moderno y profundamente fiel a Jesucristo".
¡No, no hay que
tener miedo a ser testigos, a pesar de todas las incomprensiones y
persecuciones que nos sobrevendrán como el Señor lo ha predicho!, porque "ni un cabello de vuestra cabeza perecerá, con vuestra
perseverancia salvaréis vuestras almas".
¡El futuro es del
Evangelio: del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo! La esperanza del futuro
en España es esa juventud que vuelve a descubrir el gozo de ser cristiano, de
haber encontrado a Jesucristo. Ellos
son la nueva semilla de una Iglesia viva que florece y florecerá en España
con frutos de justicia, de amor y de paz .
Amén.
NNNNNNNVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVNNNNNNN
2.-PONENCIA
FINAL: "El
laicado europeo: situación y perspectivas"
Excmo. y Rvdmo. D. Stanislaw Rylko, Presidente del Pontificio Consejo
para los Laicos
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1º
Leo y me informo:
1.
Mirada a Europa.- Al
finalizar este Congreso del apostolado de los laicos resulta ineludible lanzar
una mirada sobre Europa. Los cambios epocales que están marcando la
idiosincrasia de nuestro continente exigen que la presencia de los cristianos
sobrepase los confines de sus respectivos países, y que su testimonio y su
empeño se difundan hasta que su voz resuene en el inmenso areópago de la
Europa de hoy. Un espacio repleto de desafíos, como veremos.
Precisamente, entre las responsabilidades mayores que afronta el laicado
europeo - del que esta relación tratará de describir la situación y las
perspectivas - destaca la responsabilidad de ejercer la ciudadanía europea,
especificada por la conciencia de la propia identidad de bautizados.
Retrato
de Europa:
Empezamos, pues, por trazar un retrato de nuestro continente. ¿Cómo es, qué
es la Europa de nuestros días? ¿Cuáles son sus rasgos característicos? La
Europa de hoy presenta caras diferentes y bajo algunos aspectos
contradictorias. Está la Europa de
las grandes ilusiones y las grandes esperanzas de progreso, de
libertad y democracia, de bienestar, de solidaridad y de paz. En una palabra,
la Europa soñada por sus fundadores como casa común de los pueblos europeos
desde el Atlántico hasta los Urales. Y está la
otra Europa, la que engendra preocupación y fuerte perplejidad (1).
Es la Europa de los nuevos muros divisorios, de democracias cada vez más
frágiles, tocadas por una profunda crisis de valores y amenazadas por
antiguas y nuevas ideologías, entre las que destaca la ideología del "políticamente
correcto". Basada sobre el relativismo nihilista, esta ideología
genera una cultura hostil al hombre desde diversos puntos de vista,
especialmente en el ámbito del respeto de la dignidad de la persona humana,
del derecho a la vida, de la institución familiar, de la libertad educativa.
Es la Europa opulenta que está perdiendo su alma; el continente de
la "apostasía silenciosa" de una humanidad harta que vive como
si Dios no existiese (Ecclesia
in Europa,9.),
y en el que la secularización asume forma institucional, convertida en
un neopaganismo combatiente con dogmas propios y misioneros aguerridos.
La cultura dominante de nuestro tiempo ha infiltrado en las mismas
instituciones europeas un fuerte prejuicio anticristiano. Lo reconocen
incluso observadores que se autodefinen "laicos", uno de los cuales
escribe al respecto: «El
prejuicio anticristiano es el pórtico de la secularización ya profusamente
consumada en Europa. En el espacio público de la Europa secularizada, los
cristianos pueden ser tolerados sólo si son "transigentes" con las
ideologías dominantes»
(2). Tenemos aquí la Europa del pluralismo sin límites y sin brújula,
que renegando sus raíces cristianas pierde cada vez más su identidad.
Quo
vadis Europa? Entonces: ¿Adónde vas Europa? Esta pregunta se la
ponen hoy, con profunda inquietud, muchos ciudadanos europeos. Nos la ponemos
también nosotros al final de este Congreso. Y la ponemos aquí, en España,
de donde, en el ya lejano 1982, partió aquel grito profético de Juan Pablo
II: «Yo Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago de
Compostela, grito con amor a ti, antigua Europa: ¡Renueva tus raíces! Vuelve
a vivir los valores auténticos que han hecho gloriosa tu historia y fecunda
tu presencia en los otros continentes [...]. Tú puedes ser aún faro de
civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los otros continentes te
miran y esperan de ti la respuesta que Santiago le dio a Cristo: "Lo
puedo"». Y, veinte años después, concluido el
proceso de cambios radicales desencadenados en Europa por el derrumbamiento de
los regímenes comunistas, el Papa - gran profeta de esperanza - no se cansa
de repetir: «Europa, que estás comenzando el tercer milenio,
"vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus
raíces" [...] ¡No temas! El Evangelio no está contra ti, sino a tu
favor [...]. ¡Ten confianza! En el Evangelio, que es Jesús, encontrarás la
esperanza firme y duradera a la que aspiras [...]. ¡Ten seguridad! ¡El
Evangelio de la esperanza no defrauda!» (J.P.II,
Ec. in E. 120-121) Nace de aquí el motivo que tanto preocupa al
Papa y a toda la Iglesia por la omisión de esa referencia a las raíces
cristianas en el Tratado constitucional europeo, firmado en Roma el 29 de
octubre pasado, porque: «¡Una
sociedad que olvida su pasado está expuesta al riesgo de no ser capaz de
afrontar su presente y, peor aún, de llegar a ser víctima de su futuro!» (J.P. II, nov.2003).
Al finalizar los trabajos del Congreso del apostolado
de los laicos, el horizonte que se abre ante vosotros es precisamente éste: Europa
como tierra de misión. La nueva evangelización de nuestro continente es
una tarea urgente, que debe correr a cargo de los mismos cristianos europeos.
Cada uno de ellos debe sentirse interpelado hic et nunc, aquí y ahora. El
dramatismo de los tiempos, debe hacer subir a los labios de cada uno las
palabras del viejo proverbio:«¿Si
yo no, quién en mi lugar? ¿Si ahora no, cuándo?» Escribe el Papa en la Christifideles laici, n.3: «Nuevas
situaciones, tanto eclesiales, como sociales, económicas, políticas y
culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción de los fieles
laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo
presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso».
2.
Rasgos del cristiano laico:
Sobre el fondo de la Europa de nuestros días, tratemos ahora de delinear otro
retrato: el retrato del cristiano laico que tanto la Iglesia en Europa como la
misma Europa necesitan con extrema urgencia. ¿Cuáles son los rasgos que
deberían caracterizarlo? En mi opinión, son tres los rasgos fundamentales. El
primero es una identidad clara y firme. El intento de neutralizar la presencia cristiana
en el mundo de hoy pasa por la propuesta de modelos de vida que
siembran confusión y extravío también entre los discípulos de Cristo. En
muchos la cultura del pensamiento débil genera personalidades frágiles,
fragmentadas, incoherentes. El dogma del "políticamente
correcto" se convierte en un imperativo absoluto, que, contradiciéndose
a sí mismo, alimenta un peligroso proceso de homologación. Y, a pesar de sus
continuas llamadas a la tolerancia, de hecho no tolera la más mínima
diversidad. En la actual sociedad pluralista toda expresión explícita de
la propia identidad cristiana viene etiquetada como fundamentalismo o
integrismo. Por ello, la fe se convierte en un hecho rigurosamente
confinado a la esfera de la vida privada.
Ante esta situación, ¿cómo defender y cómo
reforzar nuestra identidad católica en la sociedad posmodema que quiere
hacemos "invisibles" en cuanto cristianos, porque somos incómodos?
Hoy más que nunca se necesitan cristianos coherentes, con una fuerte
conciencia de su vocación y de su misión. Para un cristiano - como el
Papa nos recuerda -"ser uno mismo" es fundamental: «El nuestro es un tiempo de
continuo movimiento, que a menudo desemboca en el activismo, con el riesgo fácil
del "hacer por hacer". Tenemos que resistir a esta tentación,
buscando "ser" antes que "hacer"»(J.P.II,N.
millenio i., 15).
Hace falta pues redescubrir la esencia del cristianismo: el encuentro
personal con Jesucristo. Redescubrir el cristianismo como un
acontecimiento real que ocurre hoy en nuestra vida, como ocurrió en la
vida de los primeros discípulos. El cristianismo no es una doctrina por
aprender, ni tampoco un simple código ético. El cristianismo es una
Persona, la persona viva de Cristo que hay que encontrar y acoger en la
propia vida. Porque sólo este encuentro cambia realmente la existencia
de las personas y da el sentido último y definitivo a nuestro destino. El
Papa no deja de recordárnoslo: «No,
no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que
ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!». (J.P.II, N. millenio i., 29).
Para nosotros cristianos ha llegado el momento de reconocer
el valor y la belleza de una vocación y de una misión vividas a fondo. Y
ha llegado el momento de liberamos de nuestros complejos de inferioridad
respecto al mundo así llamado laico, para ser atrevidamente nosotros mismos,
discípulos de Cristo. ¡Debemos reapropiamos el significado de nuestra
identidad y estar orgullosos de ella! Hace falta por tanto remontar hasta el
Bautismo y al cometido que este sacramento tiene en la vida del cristiano.
Como Juan Pablo II explica en Christifideles
laici, n. 10.: «No es exagerado decir que toda la existencia del fiel laico tiene como
objetivo el llevarlo a conocer la radical novedad cristiana que deriva del
Bautismo, sacramento de la fe, con el fin de que pueda vivir sus
compromisos bautismales según la vocación que ha recibido de Dios».
He aquí el punto del que siempre hay que partir: el Bautismo y una verdadera
y adecuada iniciación cristiana de los bautizados. Todo el patrimonio genético,
por así decir, del cristiano se contiene en este sacramento. «Criatura nueva» (2 Cor 5,17), el bautizado tiene el deber de testimoniar en el mundo la novedad y la
belleza de la vida recibida gratuitamente en Cristo. Las riquezas espirituales
encerradas en el Bautismo son asombrosas y es nuestra misión tratar de
vivirlas en plenitud. Ser santo no significa otra cosa. La santidad es sólo
un «"alto
grado" de la vida cristiana ordinaria»(
N. millenio .i, 31).
"Ciertamente, vivir hasta el fondo la propia vocación cristiana no es fácil:
requiere la capacidad de elecciones radicales y requiere a menudo el coraje de
ir contracorriente y el empeño en una lucha permanente contra la mediocridad
que siempre nos acecha. Pero merece la pena apostar por esta aventura
espiritual que, única en su género, no decepciona. Ser cristiano
significa ser portadores en el mundo de una energía divina asombrosa. No
sin motivo, san León Magno exhortaba: «¡Reconoce,
oh cristiano, tu dignidad!» (Sermo
XXI, 3).
No sin motivo, durante el Jubileo del apostolado de los laicos del año 2000
el Papa decía: «Si
sois lo que debéis ser, es decir, si vivís el cristianismo sin componendas,
podréis incendiar el mundo»( J P. II, Homilía en la solemnidad de Cristo Rey.
Jubileo del apostolado de los laicos (26 de nov. 2000). No
necesitamos otra cosa...
3. Volvamos a nuestro retrato del cristiano laico. La
segunda peculiaridad que debería caracterizarlo - estrechamente unida a la anterior - es
la audacia de una presencia visible e incisiva en la sociedad;
la audacia de ser verdaderamente «levadura evangélica», «sal y luz»
del mundo. En no pocos Países europeos, incluso en aquellos de antigua
tradición cristiana, nosotros los cristianos estamos convirtiéndonos en una
minoría. Pero un conocido escritor católico italiano advierte que no es este
nuestro verdadero problema. Nuestro verdadero problema, dice Vittorio Messori,
no es ser minoritarios sino haber llegado a ser marginales, irrelevantes.
La sal en las comidas es minoritaria, pero da sabor; la levadura en la masa es
minoritaria, pero hace fermentar. Por falta de coraje y por nuestra
mediocridad, nosotros los cristianos llegamos a ser cada día más
insignificantes e inútiles: una sal que ya no da sabor, una levadura que no
fermenta, una luz apagada (V.
MESSORI, 2000).
Cristo sigue diciendo a cada generación de cristianos, y por tanto también a
la nuestra: «Vosotros
sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará?
[...] Vosotros sois la luz del mundo [...] Brille así vuestra luz delante de
los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre
que está en los cielos» (Mt
5, 13-16).
Pero un conformismo seductor, dictado por la cultura dominante, nos ha
domesticado y nos hemos vuelto sosos, apagados, invisibles. Hoy se podría
incluso llegar a afirmar que esta irrelevancia es la condición sine qua non
para que la sociedad soporte la presencia de los católicos en la vida pública
y política. Así, el ejercicio de la tolerancia, principio portaestandarte
del mundo "políticamente correcto", está también regulado por
pesos y medidas diferentes. A este propósito escribe el cardenal Joseph
Ratzinger: «Pienso que podría llegarse
a una situación en la que haga falta oponer resistencia; resistencia a una
dictadura de tolerancia aparente que intenta poner fuera de juego el escándalo
de la fe, liquidándolo como intolerante. Sale así a relucir la intolerancia
de los "tolerantes". Pero la fe no busca el conflicto, busca un
espacio de libertad y de tolerancia recíproca»(J. RATZINGER, Dio e U mondo, 2001, pág. 415).
Los cristianos, al igual que los demás, tienen
derecho a participar activamente en la vida pública
y en los debates culturales, económicos y políticos que les conciernen como
ciudadanos, y tienen el derecho de ocupar puestos institucionales.
Desgraciadamente en los últimos tiempos se van difundiendo en Europa ideas
que ponen en peligro, bajo diversos aspectos, el efectivo ejercicio de la
libertad religiosa. El Papa ha tratado este argumento en muchas ocasiones,
especialmente en el contexto del reciente debate sobre el Tratado
constitucional europeo y sobre la laicidad del Estado, pronunciando palabras
muy fuertes y decididas:
«Se invoca a menudo el principio de la laicidad, de por sí legítimo, si se
entiende como la distinción entre la comunidad política y las religiones
[...]. Sin embargo, ¡distinción no quiere decir ignorancia! ¡Laicidad no es
laicismo! Es únicamente el respeto de todas las creencias por parte del
Estado, que asegura el libre ejercicio de las actividades del culto,
espirituales, culturales y caritativas de las comunidades de creyentes. En una
sociedad pluralista, la laicidad es un lugar de comunicación entre las
diversas tradiciones espirituales y la nación».( J P II, Discurso al Cuerpo diplomático
acreditado ante la Santa Sede:12 de enero de 2004).
El debate sobre las raíces cristianas de Europa ha puesto en toda su
evidencia una preocupante cerrazón ideológica de las instituciones
comunitarias frente al hecho religioso y especialmente frente al cristianismo;
un síntoma que no puede dejar de suscitar en nosotros una profunda preocupación.
Es este, a grandes líneas, el contexto
socio-cultural en el que hoy nos llega también la voz de Cristo: «Vosotros
sois la sal de la tierra [...]. Vosotros sois la luz del mundo».
La fe no es una cuestión privada. Los discípulos de Cristo
tienen una misión precisa que cumplir en el mundo, en el que son
llamados a cuidar y hacerse cargo del hombre, de su dignidad, de su verdad
integral. No es una tarea fácil. Se requiere una conciencia moral recta,
bien formada, fiel al magisterio de la Iglesia. Porque, la transformación del
mundo y de sus estructuras o pasa a través de las conciencias o se reduce a
cambios superficiales y efímeros. Se necesita el coraje de una presencia
visible e incisiva, el coraje de ser "signo de contradicción" en el
mundo. Desgraciadamente, hoy, aumenta el número de los cristianos que
viven por así decir un cristianismo "anagráfico" o condicional
y limitativo. Son aquellos cuyo nombre duerme en el registro de los bautizados
y basta. Y son aquellos que a menudo escuchamos decir: "Soy católico,
pero...", "Soy creyente, pero...".
Frecuentemente nosotros los cristianos corremos tras los dictados de la
cultura dominante, imitando los discursos de este mundo y olvidando quiénes
somos. Varias veces, en los últimos tiempos el Papa ha vuelto a animar los
católicos a participar activamente en la vida pública de sus propios países,
aportando el empuje profético del Evangelio y toda su frescura creativa. Los
cristianos pueden ser los artífices del proyecto de un mundo que corresponda
verdaderamente a la dignidad de la persona humana y a su vocación
trascendente. Y pueden ser verdaderos "pioneros" de la modernidad ( JP II,Mensaje a los Católicos Italianos, 9 de octubre de 2004).
Es importante que conozcan la doctrina social de la Iglesia y se inspiren
constantemente en sus principios porque, como ha escrito Juan Pablo II: «Para la Iglesia enseñar y
difundir la doctrina social pertenece a su misión evangelizadora y forma
parte esencial del mensaje cristiano (Centesimus annus, n. 5).
En este
sentido, la reciente publicación -2004- del "Compendio de la Doctrina
Social de la Iglesia" por el Consejo
Pontificio de la Justicia y de la Paz,
es una importante ayuda tanto para los Pastores como para los fieles laicos.
En este inicio de milenio, los cristianos debemos despertarnos del letargo de
la superficialidad, de la distracción y de la indiferencia. Debemos
contemplar el coraje de los confesores de la fe. Debemos recuperar la certeza
de la fe en Jesucristo. Un coraje y una certeza basadas en la promesa del Señor:
«He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»
(Mt 28,20).
4. La tercera
y última peculiaridad del retrato del cristiano laico que estamos delineando
es el sentido de la pertenencia
eclesial. ¿Por qué es esta característica tan importante? La vida
moderna nos hace experimentar y, a veces, nos impone compromisos de todo tipo,
connotados por la parcialidad, la superficialidad, y no raramente antitéticos.
El resultado son los casos cada vez más frecuentes de fragmentación, e
incluso de desintegración de las personalidades y de crisis dramáticas de
identidad. El hombre de hoy, obligado a jugar muchos papeles diferentes y a
menudo incompatibles, al final se desorienta y no sabe ya quién es.
Este riesgo lo corren también aquellos cristianos a quienes falta un punto
firme de referencia, el sentido de una pertenencia fuerte y "totalizante",
capaz de unificar todas las dimensiones de la vida y de darle un sentido
completo. Uno de los desafíos que la sociedad posmodema lanza a la Iglesia es
precisamente éste: cómo fomentar en los cristianos el sentido de la
pertenencia eclesial, premisa indispensable para todo proceso de educación y
formación en la fe. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica en su nº18: «"Creer"
es un acto eclesial. La fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta
nuestra fe»
En este contexto, ¿cómo no hacer referencia a la "nueva
época asociativa" de los fieles laicos, verdadero don del Espíritu
Santo a la Iglesia de hoy? Juan Pablo II la indica como uno de los signos más
prometedores de la "primavera cristiana", nacida del Concilio
Vaticano II a través de su eclesiología y su teología del laicado (Christ.
laici, n. 29). Las asociaciones laicales, los movimientos eclesiales y las nuevas
comunidades son de importancia vital para la Iglesia en los albores del nuevo
milenio, pues suscitan en muchos laicos un fuerte sentido de pertenencia
eclesial. Desde este punto de vista, estamos viviendo en la Iglesia un
verdadero kairos particular. Vienen a la mente las palabras del Profeta: «He
aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocéis? Sí, pongo
en el desierto un camino, ríos en el páramo» (Is 43,19). Esta
nueva época asociativa de los fieles laicos no hay que verla por tanto como
un problema, sino como un don y como una oportunidad pastoral para las mismas
parroquias, que continúan «conservando
y ejerciendo su misión indispensable y de gran actualidad en el ámbito
pastoral y eclesial»
(Ecclesia in
Europa, n. 15).
El Papa, grande e incansable promotor de esta
"nueva época asociativa", reclama el renacimiento y el crecimiento
de beneméritas asociaciones laicales presentes en la Iglesia desde antaño,
como la Acción Católica: «Acción
católica, ¡no tengas miedo! Perteneces a la Iglesia y te ama el Señor, que
guía siempre tus pasos hacia la novedad jamás descontada y jamás superada
del Evangelio» (3).
Y al mismo tiempo sigue con amor paternal los carismas que el Espíritu Santo
no deja de prodigar con generosidad también a la Iglesia de nuestros días.
¿Cómo no recordar en este momento las vibrantes palabras del Papa a los
participantes al inolvidable encuentro con los movimientos eclesiales y las
nuevas comunidades en la Plaza de San Pedro en 1998? «En
nuestro mundo, frecuentemente dominado por una cultura secularizada que
fomenta y propone modelos de vida sin Dios - decía Juan Pablo II en aquella
ocasión -, la fe de muchos es puesta a dura prueba y no pocas veces sofocada
y apagada. Se advierte entonces con urgencia la necesidad de un anuncio fuerte
y de una sólida y profunda formación cristiana. ¡Cuánta necesidad existe
hoy de personalidades cristianas maduras, conocedoras de su propia identidad
bautismal, de su propia vocación y misión en la Iglesia y en el mundo! ¡Cuánta
necesidad de comunidades cristianas vivas! Y he aquí ahora, los movimientos y
las nuevas comunidades eclesiales. Ellos son una respuesta suscitada por el
Espíritu Santo a este dramático desafío del fin del milenio. ¡Ellos son,
vosotros sois, esta respuesta providencial!»
(4).
Aquí merece la pena destacar como gran parte de los nuevos movimientos eclesiásticos
han nacido precisamente en Europa, signo evidente de la vitalidad de la
Iglesia en nuestro continente. Las asociaciones, los movimientos eclesiales y
las nuevas comunidades son verdaderos "laboratorios de la fe",
escuelas de santidad y de comunión, escuelas de fuerte pertenencia eclesial,
es decir de una pertenencia que marca la vida.
5. El retrato del laico cristiano europeo que hemos
intentado trazar no es un ideal inalcanzable o una utopía. En nuestra vieja
Europa hay muchos cristianos que han propuesto como programa de sus vidas
estas prerrogativas apenas bosquejadas y son por ello felices. Ciertamente, ¡se
necesitan muchos más! «¡La
mies es mucha y los obreros pocos! Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe
obreros a su mies» (Mt 9,38).
Europa tiene necesidad de muchos y auténticos confesores de la fe.
Cuando se habla de confesores de la fe, el
pensamiento vuela espontáneamente a tantos mártires que con su sangre han
dado particular fecundidad espiritual al anuncio cristiano también en el
continente europeo: «La sangre de los mártires es la semilla de los confesores»,
dice Tertuliano. Juan Pablo II nos lo ha recordado con ocasión del Gran
Jubileo del año 2000: «En
nuestro siglo han vuelto los mártires, con frecuencia desconocidos, casi «militi
ignoti» de la gran causa de Dios. [...] no debe perderse en la Iglesia su
testimonio» (Tertio
m. adv. n. 37). Pensamos en las listas de víctimas causadas por las persecuciones
religiosas perpetradas en el siglo veinte por las inhumanas ideologías ateas
del comunismo y el nazismo, tanto en el Este como en el Oeste. Y pensamos
en los mártires de esta tierra de España. Debemos recordarlos. Y debemos
medirnos con su ejemplo, aunque no sea fácil. Porque los mártires de ayer
interpelan nuestro modo de ser cristianos hoy; quizás demasiado cómodo,
demasiado diluido, demasiado condescendiente con las tendencias de la
modernidad. Ellos nos interpelan sobre el uso que hacemos del don de la
libertad. "Semilla de confesores", los mártires son en la Iglesia un manantial vivo
de renacimiento espiritual y «la
encarnación suprema del Evangelio de la esperanza»
(Eccl. in
Eur. n. 13).
Juan Pablo II, gran profeta de esperanza en nuestros
días, sigue infundiéndonos ánimo: «¡Iglesia en Europa, te
espera la tarea de la "nueva evangelización"! Recobra el entusiasmo
del anuncio [...] El anuncio de Jesús, que es el Evangelio de la esperanza,
sea tu honra y tu razón de ser. Continúa con renovado ardor en el mismo espíritu
misionero que, a lo largo de estos veinte siglos y comenzando desde la
predicación de los apóstoles Pedro y Pablo, ha animado a tantos Santos y
Santas, auténticos evangelizadores del continente europeo»(Eccl.
in Eur. n.45).
Quiera el Señor que este Congreso
marque un hito en la vida de muchos cristianos laicos españoles y que los
empuje a un continuo descubrimiento del valor y de la belleza de su vocación
y misión en la Iglesia y en el mundo contemporáneo. «Duc in altum! ¡Caminemos
con esperanza!»
(Novo mil. In. 58).
NOTAS
1.-
Un atento observador la describe con este lucidísimo análisis: «Caído el
totalitarismo comunista, otro espectro incumbe sobre Europa: el totalitarismo
democrático. Mientras avanza y se extiende la integración de los pueblos en
la "familia" de Europa, progresa en sentido inverso la desintegración
de la persona, que cada vez encuentra más dificultad en relacionarse con los
demás. La Europa nacida en la mente y el corazón de tres grandes europeos,
navega ahora en un "pluralismo sin fronteras", expuesta a todos los
vientos, dispuesta a venderse al menor postor. "Nunca la diversidad ha
sido una culpa tan espantosa como en este período de tolerancia" (Pasolini).
El atractivo de un "futuro luminoso" se consuma en el atractivo del
vacío» (Editoriale, "La Nuova Europa" [2004] pág. 2).
2.-
A. PANEBIANCO, Europa, giudizi e pregiudizi, "Corriere della Sera",
16 de octubre de 2004, pág. 1. El mismo autor añade: «La prueba definitiva
de la raigambre de este prejuicio anticristiano mayoritario ha sido el rechazo
de introducir una referencia a las raíces cristianas en el preámbulo de
identidad del Tratado constitucional europeo [...] En nombre de sus (nuevos)
prejuicios, Europa ha llegado al colmo de borrar una historia bimilenaria y de
fingirse nacida ayer (con la Ilustración y la Revolución francesa). Sin
comprender que renegar de la propia historia conlleva el rechazo de su
identidad creíble. La laicidad de las instituciones europeas no habría sido
comprometida por aquella referencia, y en cambio habría sido respetada la verdad histórica, sin la cual nunca se puede aspirar a una identidad
seria».
3.-
JUAN PABLO II, Discurso a los participantes en la IX Asamblea nacional de la
Acción Católica Italiana (26 de abril 2002), n. 4.
4.-
JUAN PABLO II, Discurso con motivo del Encuentro de los Movimientos eclesiales
y de las nuevas Comunidades (30 de mayo de 1998). "L' 0sservatore
Romano", 1-2 junio 1998, pág. 6.
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2º.- REUNIÓN
DEL GRUPO
1.- Palabra de Dios: Meditamos
sobre Mt 5, 13-16.
2.-DIALOGAMOS y PONEMOS EN COMÚN sobre
la exposición de Mons. Rylko: "El laicado europeo: situación y perspectivas":
2.1) Qué sugerencias, impresiones,…
aquello que más te ha llamado la atención, qué destacarías,…
2.2) El
ponente, al hablar de los “nuevos
muros” de Europa, señala: lo “políticamente correcto”, la Europa
opulenta, la apostasía silenciosa, la secularización institucional, el
neopaganismo combatiente, el fuerte prejuicio anticristiano, el pluralismo sin
límites ni brújula … ¿cuál crees más aplicables a nuestra sociedad?
2.3) Tres son los rasgos definidores
del cristiano de nuestros días: ¿cuál de ellos te ha llamado más la
atención?.... …. …. ¿cuál es el que más nos afecta, a nosotros, hoy?
desarrolla tu opinión. …. …. …. ….
2.4)
Dentro de las implicaciones y consecuencias
para nuestra vida cristiana ¿cuáles crees que tenemos que desarrollar
los laicos comprometidos de Palencia? .
3º.- PROPUESTAS DE COMPROMISO
a las que nos anima e impulsa esta ponencia. Como es final: ¿podríamos
elaborar y proponer un texto de conclusiones, extraído de los trabajos de
todas las reuniones habidas con motivo de este Congreso?
4º.- Despedida.
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El Delegado de Apostolado Seglar
Fernando Plaza Vallejo