Domingo, 30 de Abril de 2017
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Homilía en el Jueves Santo

 

 

Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Catedral de Palencia, 13 de abril de 2017

 

 

«Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo».

 

Esta es la introducción solemne con que San Juan abre el relato de la Última Cena y la Pasión, Muerte, Sepultura y Resurrección de Jesucristo. Jesús es presentado como libre, dueño de los acontecimientos. El Padre todo lo ha puesto en sus manos porque le ama eternamente y el Hijo encarnado, que había salido del Padre para traer la gracia y la verdad, ama igualmente al Padre, siempre dócil y obediente a su voluntad.

 

En este contexto Pascual, Jesús realiza dos gestos que le definen y que resumen y condesan su paso por este mundo, sus palabras y obras, sus signos y su muerte.

 

La clave de su vida fue el amor; habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo, hasta el fin. Ama al padre y ama a los hombres, con un mismo amor, sin separación alguna.

 

Ese amor de manifiesta en dos gestos: el lavatorio de los pies y en el pan y el vino entregados.

 

1. El lavatorio de los pies. Era oficio de esclavos no judíos; no de los judíos esclavos, porque pertenecían a la misma alianza; pero él, el Señor, se despoja de su manto, se ciñe una toalla, y se hace el último, esclavo de todos, servidor de todos. Pedro se resiste, porque comprende, aunque no del todo, lo que significa este abajamiento del Maestro, este acto de humildad suprema, pero después cede. ¿Qué significa este gesto?

 

Dejarnos lavar los pies, llenos del polvo y del barro del camino, por Cristo: Es reconocer que necesitamos que nos limpien porque estamos manchados, que nos purifiquen y perdonen; solamente así seremos auténticos discípulos, compañeros de Jesús, amigos suyos y tendremos parte en su suerte.

 

La Iglesia tiene necesidad de lavar los pies. Somos pecadores. Limpios del pecado en el bautismo, caemos tentados por el diablo. Diariamente nos lava los pies Aquel que intercede por nosotros ante el Padre; también en el sacramento de la reconciliación nos abraza y perdona, nos lava los pies, y nos dice: «¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco de condeno; anda y no peques más». Tenemos, hermanos, que enderezar nuestros caminos por los que se mueve nuestro espíritu, y perdonar, lavar los pies a los que nos ofender, para ser perdonados.

 

Pero tiene otro significado: lavar los pies es ejemplo de servicio, de servicio por amor. Jesús es el Señor, el Maestro, y se ha abajado por amor hasta el oficio más humilde, el de esclavo que lava los pies. «Jesús deroga las leyes sociales establecidas; cuando se trata de hacer servicios a los demás, todos deben ofrecerse los servicios más humildes, aun cuando se encuentren en la cima de la jerarquía social» (Boismard).

 

Todos los cristianos nos tenemos que distinguir por el amor, «Amaos como yo os he amado». Pero no amor platónico, o teórico, sino como el de Jesús, “como yo”... hasta hacerse el último y el servidor de todos. La autoridad, todo cargo en la Iglesia, toda relación de los cristianos entre sí y con los demás hombres debe estar marcado por el Servicio. El papa es el siervo de los Siervos de Dios. Yo tengo que ser vuestro siervo, y cada uno siervos de los demás por amor. Siervos en las cosas grandes, pero sobre todo en las pequeñas, en las ordinarias. El amor verdadero es aquel que sirve al otro, especialmente al necesitado, al pobre y al que sufre; cuando el amor se concreta en servicio y cuando se sirve por amor, hay amor verdadero y verdadero servicio.

 

2. El segundo gesto es la cena en la que instituye la Eucaristía. En la cena con sus discípulos antes de morir -nos lo narra san Pablo en la segunda lectura- Jesús, toma el pan, da gracias, lo parte y lo reparte; y lo mismo con la copa. Entrega el pan, que es su cuerpo, entrega el cáliz con vino, que es su sangre, para la alianza nueva en el perdón de los pecados. Y les dice: «Haced esto en memoria mía».

 

Cuerpo entregado en comida, sangre derramada para el perdón de los pecados. Se entrega a nosotros y se entrega por nosotros. Entregarse es darse para siempre, totalmente, es, no dar, sino darse en persona, con todo lo suyo: su Padre, su Espíritu, su Palabra, su Madre, su Iglesia, su divinidad, su reino, su muerte, su resurrección...

 

Es verdad, fue entregado por el Padre a los hombres. Tanto amó Dios al mundo que le entregó su propio Hijo. El Hijo, Jesús, se hizo hombre en las entrañas de María por amor al hombre, convivió con nosotros compartiendo el pan y el sudor, la alegría, el dolor, la muerte y la vida. Es el buen pastor que se entrega por las ovejas, que conoce, guía, defiende y da la vida por las ovejas. Cómo se entregó: hasta el final, sin reservarse nada. Al expirar, nos entregó el Espíritu, que es Señor y Dador de vida; todo el misterio de Dios es el misterio de un amor que se entrega y dona.

 

Aquí, en este misterio de la Eucaristía vemos que se queda con nosotros todos los días y se nos da en comunión como alimento para el camino y como bebida de eterna fiesta. Reconozcamos en el pan lo que colgó del madero, y en el cáliz lo que manó del costado y de las heridas de los clavos. Reconozcamos que Dios es amor que se entrega y dona.

 

También, es verdad, no hay que negarlo, que Judas también lo entregó, lo traicionó y vendió por treinta monedas porque vivía entregado al dinero. No estaba en él el amor de Dios.

 

Vivamos este Jueves Santo y cada Eucaristía reconociendo y adorando admirados este misterio de amor; comamos de este pan para vivir en comunión con él, transformarnos en el cuerpo de Cristo y ser una carne con Él; seamos eucaristía viviente desde la lógica del don, del amor que se entrega y da a todos y sin medida, porque «la medida del amor es amar sin medida» (San Agustín). Vivamos no entregando a nadie, como Judas, sino entregándonos nosotros a los demás. Vivamos así en la familia, entre esposo y esposa, padres e hijos, hermanos, vecinos, amigos, compañeros, conciudadanos. Hagamos así de la vida y el mundo la gran mesa del amor entregado, donde todos nos reconocemos como hijos y hermanos.

 

Demos gracias y bendigamos a nuestro Dios participando de la Eucaristía, sobre todo en el Domingo, y hagamos de todo cuanto somos y tenemos un pan entregado para la vida del mundo y un vino que se bebe para la fiesta que no tiene fin.