Lunes, 21 de Agosto de 2017
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    Catedral

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    Iglesia de San Miguel

Homilía en la Vigilia Pascual

 

 

Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Catedral de Palencia, 15 de abril de 2017

 

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¡FELIZ PASCUA, HERMANOS! ¡FELICIDADES!

 

Una buena noticia traspasa esta noche llenándola de luz nueva, alegría nueva, y vida nueva: «HA RESUCITADO DE ENTRE LOS MUERTOS E IRÁ DELANTE DE VOSOTROS A GALILEA; ALLÍ LE VERÉIS».

 

Dejemos que esta Buena Noticia, la mejor, siempre antigua y siempre nueva, entre en nuestro espíritu por todos los poros del cuerpo y del alma. Dejemos que envuelva nuestra celebración, comunidad y personas, nuestras vidas y nuestro mundo.

 

Dejemos que el fuego nuevo, encienda en nosotros un deseo inmenso del cielo. Esta noche une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino.

 

Dejemos que la luz de Cristo resucitado, simbolizado en el cirio llameante, por su claridad y su fulgor y brillo. El brilla sereno, como el lucero matinal, para el linaje humano. Aclamemos al Padre y al Hijo en el Espíritu Santo porque Cristo deshace nuestras tinieblas, el pecado, el mal y la muerte, y nos llena de su luz recién amanecida. ¡Qué asombroso beneficio de su amor por nosotros. ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo, entregaste, Padre, al Hijo! ¡Feliz la culpa que nos mereció tal redentor!

 

Dejemos que las flores, el incienso, que con nuestras personas, hacen presentes a toda la creación, inunden todas las cosas y personas y situaciones del buen olor de Cristo.

 

Dejemos que la Palabra, tan rica y abundante servida hoy en la mesa del Señor, resuene en nuestros oídos y en el corazón; esta palabra que anuncia las maravillas que Dios ha obrado desde el principio especialmente del hombre y la mujer, en favor de la humanidad: la creación, la alianza con Abrahán, la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto, la voz de los profetas que recuerdan la alianza perpetua de Dios con su pueblo, hasta darnos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Por su Hijo, Palabra eterna, encarnada y amorosa del Padre nos hace hijos en el bautismo, incorporándonos a él hasta ser unos con él en la vida y después de la muerte en la resurrección.

 

 

Esta palabra, sobre todo en el Evangelio proclamado, nos llama, como el ángel a las mujeres, no a buscar a Jesús el crucificado, sino a ver el sepulcro vacío, porque él ha resucitado de entre los muertos, e ir a Galilea, donde le veremos. Galilea es la faz de la tierra, es Palencia, cada uno de nuestros pueblos, villas y ciudades, donde se cruzan los caminos de los hombres, y dejemos que Cristo nos salga al camino, venga a nuestro encuentro, nos haga sentir su amor y misericordia, nos llene de alegría, nos proclama las bienaventuranzas; le veremos con los ojos del corazón con la luz de su Espíritu en cada hombre o mujer, especialmente en los descartados y en los sufren, en los que vivos viven en la muerte, en cada acontecimiento humano, y todos los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, en el pan y el vino donde el resucitado se sigue dando, donando a todos. Nos invita a no tener miedo, sino a ser sus testigos valientes, como los mártires, confesándole como el único salvador por medio de nuestro amor hecho servicio, sembrando paz y esperanza, porque en él tenemos futuro feliz y eterno.

 

Dejemos que el agua bendita, fresca y viva, nos moje y empape en el amor del Dios, en el Espíritu de Cristo, en quien vivimos nos movemos y somos y nos hace criaturas nuevas, vivas y portadores de vida, no vieja y caduca, sino eterna y nos introdujo en su familia, la Iglesia, la familia de los hijos de Dios, de los santos, los difuntos, y los mortales, hermanos todos en Cristo. Renovemos hoy nuestros compromisos bautismales, renunciando al pecado y a Satanás, y confesando nuestra fe en la Santa Trinidad.

 

Dejemos que la Eucaristía, El Resucitado en la Eucaristía, nos parta el pan y nos alimente para vivir como hombres y mujeres nuevos, para ser más cristianos, mejores cristianos, cristos vivientes y ambulantes que le llevamos y hacemos presente para que siga alimentando y dando vida a nuestros hermanos, como si fuéramos sus manos, sus pies, su corazón, pues somos miembros de su cuerpo.

 

Cantemos el aleluya. Aleluya significa: alabad al Señor. Es el canto de la Pascua y de los hombres y mujeres pascuales, que por él hemos pasado de la muerte a la vida y lo sabemos porque queremos amar como él amó y sirvió. Alabemos siempre al Señor con nuestras voces y nuestras vidas; no cesemos de alabarlo, aunque dejemos de cantarlo con la garganta, con nuestras obras, para poder participar de su vida nueva y resucitada, de su victoria en el cielo y allí con todos los redimidos cantarle el aleluya eternamente, porque nuestro fin, como dice San Agustín, es la gloria, donde descansaremos y veremos, veremos y contemplaremos, contemplaremos y amaremos, amaremos y alabaremos. Ese es nuestro fin que no tendrá fin.

 

¡Feliz pascua del Señor, que es nuestra Pascua!