Domingo, 19 de Noviembre de 2017
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Testigos de la Misericordia: San Agustín (II)

 

 

+ Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

 

San Agustín es testigo de la misericordia de Dios que él ha experimentado en su vida y quiso compartirla con los demás en sus doctrinas, obras y gestos. Inspirándome en los escritos de Santiago Sierra, agustino, presento estos subrayados.

 

La misericordia es central en la existencia y en la reflexión del Obispo de Hipona. Para él es una expresión del amor, la virtud de todas las virtudes, y el camino recto para una práctica recta de la justicia. «Aunque los estoicos suelen reprender aún la misericordia, ¡cuánto más hermoso es ver al estoico perturbarse por la misericordia de librar a un hombre que por el temor de un naufragio! Mucho mejor, más humana y más conforme con el sentir piadoso es la alabanza que Cicerón tributó a Cesar: “Ninguna de tus virtudes es más admirable ni más grata que la misericordia”. ¿Y qué es la misericordia sino cierta compasión de nuestro corazón ante la miseria ajena, que nos fuerza a socorrerle si está en nuestra mano? Este movimiento está subordinado a la razón si se ofrece la misericordia de tal modo que se observe la justicia, ya sea socorriendo al necesitado, ya perdonando al arrepentido» (La Ciudad de Dios, 9, 5).

 

«La palabra misericordia incluye dos: miseria y cor, miseria y corazón. Se habla de misericordia cuando la miseria ajena toca y sacude el corazón. Por tanto, hermanos mío, considerad que todas las obras buenas que realizamos en esta vida caen dentro de la misericordia. Por ejemplo: das pan a un hambriento: ofrécele tu misericordia de corazón, no con desprecio; no consideres a un hombre semejante a ti como a un perro» (Sermón 358 A, 1).

 

Dios es la fuente de la misericordia. La misericordia referida a Dios es un amor práctico que supera los sentimentalismos y se concreta en las obras. Dios es misericordioso porque es bondad, ternura, ayuda, socorre, perdona.

 

La misericordia se identifica con Jesucristo. En él está la misericordia. Y la misericordia debe caracterizar la vida entera del discípulo de Cristo. Es la fuente de esperanza para todos los hombres. Es el médico que cura y preserva al hombre si este acepta sus medicinas.

 

El Padre de los dos hijos (Lc 15, 14 ss) es la expresión más grande de todo el misterio de la misericordia de Dios. Pero la manifestación mayor y definitiva de la misericordia de Dios es la Encarnación de Hijo. La razón de la encarnación no es otra que la misericordia de Dios, su compasión por el afecto de su corazón hacia el hombre, herido y mortal; el Hijo de Dios, movido por amor, se autoinvita y se mete en nuestra casa y en nuestros asuntos, comparte nuestra vida; es el Buen Samaritano (Lc 10, 25-37), que nos encuentra heridos en la cuneta de la vida, nos cura y nos cuida en la iglesia con la medicina del Espíritu Santo, el amor a Dios y el amor al prójimo. En la encarnación el Señor se abaja para levantar al ser humano; pero lo levanta con su vida, su muerte, su resurrección y su ascensión. «¿Qué mayor misericordia puede desearse, pedirse, exigirse, que la de Dios no perdonase a su propio Hijo, sino que lo entregase por todos nosotros para con él donar a nosotros todo?» (Sermón 352 A, 1). Con él nos ha dado el perdón de los pecados. «Como la remisión de los pecados es la gran misericordia del Señor y el Señor predijo que había que predicarse por todas las naciones el perdón de los pecados luego la tierra está llena de la misericordia del Señor. ¿De qué está llena la tierra? De la misericordia del Señor. ¿Por qué? Porque Dios perdona los pecados en todo el mundo» (Comentario al Salmo 232, 2, 2, 7).

 

Para Agustín hay dos tiempos en la vida: el tiempo de la misericordia, que es el tiempo presente, el tiempo de responder a la misericordia con la conversión, y el tiempo del juicio al final de la vida. La conversión ha de manifestarse con actos de misericordia. ¿Cuáles? Todos: la limosna, la oración, el compartir el dolor, los bienes… tantas obras de compasión como son las necesidades de los hombres. La misericordia del hombre se prueba porque reconoce humildemente sus faltas, pide perdón, perdona las injurias, alaba a Dios y da pruebas de humanidad. Tenemos que aprender de Dios a ser compasivos. La obra más grande es el perdón a los enemigos, porque es la más nos asemeja a Dios y nos hace crecer.

 

Hablando del juicio final afirma: «En aquel juicio habrá misericordia, pero no sin discriminación. Sí habrá misericordia, no para cualquiera, sino para aquel que ejecutó la misericordia, la misma misericordia será justa, porque no está embrollada» (Comentario al Salmo 32, 2, 1, 11).

 

«Primero es la misericordia y después la justicia. ¿Qué hizo primero la misericordia? El Creador del hombre se dignó hacerse hombre. Se hizo lo que él había hecho: para que lo que Él había hecho no pereciese. ¿Qué más puede añadirse a esta misericordia?... Acatar el juicio injusto fue indicio de misericordia, y al humillarse hasta la muerte de cruz no hizo más que dar largas a su poder manifestando su misericordia. ¿Cómo dio largas a su poder? No queriendo bajar de la cruz quien tuvo poder para salir del sepulcro. ¿Cómo manifestó su misericordia? Diciendo desde la cruz: Padre, perdónales» (Comentario al Evangelio de S. Juan 36, 4).

 

¡Qué buena síntesis de la historia común y de nuestra esperanza!: «Mi miseria, Tú misericordia».