Domingo, 19 de Noviembre de 2017
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El poliedro

 

 

Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA
Obispo de Palencia

 

En estos días me duele España. Muchos vemos peligrar la unidad en la diversidad de España, nuestra nación común, y en los que aparecen filias, fobias, nervios, divisiones, resentimientos, etc., me he acordado de la figura del POLIEDRO.

 

La palabra poliedro viene del griego. “Poli”, significa “muchos” y “edro” significa “caras, lados”. Cuando yo era pequeño y estudiaba el antiguo bachillerado tratábamos de la geometría. Y en geometría se decía que el poliedro es un cuerpo geométrico cuyas caras o bases son planas y encierran un volumen finito. La figura del poliedro es bien conocida en geometría y puede tener muchas versiones. Unas formas concretas son el cubo, el prisma. etc.

 

Esta figura es a la que acude frecuentemente el Papa Francisco para expresar la realidad que tenemos que construir entre todos, no solo en la convivencia familiar, social, política sino también en la Iglesia. En ocasiones concreta esta imagen o parábola como pluralidad reconciliada o fraternidad reconciliada.

 

¿Qué entraña esta imagen? Unidad y diversidad conjugadas. Todos anhelamos la unidad. Un sistema que no esté unido va a la ruina. Un cuerpo humano en el que los distintos sistemas no estén unidos, se muere. Una persona que no mantenga unidad integral es una persona que no sabe de dónde viene ni dónde va, está dispersa -derramada fuera-, dividida -partida-, diseminada -sembrada fuera-, distraída -arrastrada fuera-, etc. Una familia desunida es una familia separada por lo que sea, que no comparte el proyecto en común de vida y amor. Una nación, lugar o pueblo en el que uno ha nacido que renuncia a la unidad es como un árbol que renuncia a sus raíces, que se cortan o las cortan y muere. Una iglesia desunida y dividida es como una jaula de grillos, o una orquesta sinfónica con coro que desafina, disuena y en vez de agradar, deleitar y alegrar de tal manera que reciba aplausos, recibe pitos.

 

La unidad, es verdad, no es uniformidad; el cuerpo humano sano tiene diversos sistemas, sanguíneo, nervioso, linfático, etc. bien conjuntados y complementarios; una persona tiene mente, memoria, inteligencia, corazón, materia y espíritu, etc., y todas estas dimensiones son riqueza de la misma. Una familia unida está formada por personas distintas, varones y hembras, padres y madres, hijos mayores y pequeños, etc.; todos tienen apellidos comunes, espacios comunes, y un amor que los anuda. Una nación política, cultural, etc., tiene diversidad de tierras y gentes: hay zonas urbanas y zonas rurales, hay personas de izquierda, otros de derecha, otros de centro, unas son más agrícolas, otras son más industriales, etc..., pero todas se necesitan mutuamente. Y en la comunidad eclesial pasa algo parecido: todos iguales porque todos somos bautizados, hijos de Dios y hermanos, pero cada uno con su carisma, con su don, con su función y papel, con su sensibilidad, con su visión, para el beneficio del común.

 

Es normal y no debemos asustarnos el que surjan problemas, que haya choques, incluso ofensas. La manera de volver a la normalidad deseada y civilizada, sin tirarse los trastos a la cabeza o echar mano de la violencia, es encontrarse, dar el primer paso, adelantarse en el amor, tender la mano, dialogar, abrirnos al otro sin descalificaciones, practicar la estima mutua, respeto y, si es necesario, perdón y dar lugar a la misericordia, buscando el bien común, que es el todos y de cada uno, del todo hombre y de todo el hombre. Hay un dicho clásico que incluso viene recogido por el Concilio Vaticano II en la Constitución Gaudium et Spes (92), que algunos atribuyen a San Agustín, que dice: “In neccesariis, unitas, in non neccesariis, libertas, et in omnibus cáritas” -“en lo necesario, unidad; en lo no necesario, libertad, y en todo caridad”-. Este dicho es, según creo, de Rupertus Meldenius, 1626 y antes, en 1617, el Arzobispo Marco Antonio de Dominis. Responde al espíritu de San Agustín, pero él nunca diría: en lo dudoso, libertad, sino búsqueda de la verdad. Así renunciaremos a Babilonia y nos abriremos a la Jerusalén Pentecostal.

 

Eso, considero, es lo que entre todos debemos hacer tanto en la sociedad española y palentina como en la Iglesia; y en esta hora especialmente reflexionar fríamente, sin echar gasolina al fuego, y debemos mendigar al Señor orando y uniéndonos a la oración de Jesús en la Última Cena pidiendo la unidad y la paz: «Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21).