Miércoles, 20 de Septiembre de 2017
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Homilía en la Solemnidad de San Antolín, Patrón de la Ciudad y Diócesis de Palencia

 

 

Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia
Catedral de Palencia
02 de septiembre de 2017

(Lecturas: 1ª: II Macabeos 7,1. 20-23.27b-29.; Salmo 30, 3cd-4.6a y 8ab.16bc-17; 2ª: Santgiago,1,2-4.12; Evangelio Según San Juan, 12,24-26).

 

Queridos hermanos y hermanas: Estamos de fiesta celebrando a san Antolín, aunque propiamente celebramos en él y con él al Señor que le hizo fuerte en el combate.

 

Yo no os voy a hablar de su vida ni de su vinculación a Palencia, testigo de la cual es esta Catedral y otros templos y apellidos de la Diócesis y que ya han sido tratados en el pregón y en la predicación de la novena.

 

Las lecturas proclamadas de la Palabra de Dios nos hablan de la fe. La primera nos ha presentado la fe de una madre que ve morir martirizados de sus hijos, su confianza, su fe y esperanza en el Señor. El salmo es un canto a la misericordia y fidelidad del Señor en cuyas manos de Padre se puede depositar la vida con total confianza. Santiago nos habla de las pruebas de la fe que hacen que esta madure, se fortalezca y se afirme hasta el final de gloria. El Evangelio, por medio del ejemplo del grano de trigo que cae en tierra y muere por amor, nos muestra la muerte gloriosa y fecunda de Cristo y nos alienta a servir y seguir al Señor desde la fe y la confianza en el Padre para dar cosecha de vida eterna. Todo esto se ha realizado en San Antolín.

 

En el prefacio de la Misa se nos invita a dar gracias al Padre por su Hijo Jesucristo que, con su Espíritu Santo, ha manifestado su poder en el martirio de nuestro santo patrono, pues «bondadosamente le otorgó el ardor de la fe, la firmeza en la perseverancia y la victoria en el combate», (Prefacio II de Santos Mártires).

 

Y ese es el testimonio que yo deseo y le pido al Señor, por intercesión de nuestro Patrón, que nos distinga a los que estamos aquí reunidos y a todos los fieles de la Diócesis: El ardor, la firmeza y la victoria de la fe.

 

Podemos preguntarnos: ¿Dónde y de quién aprendió la fe san Antolín, una fe tan fuerte y firme como para dar la vida y morir derramando la sangre antes que renunciar a la misma? La fe es un don de Dios; sin duda alguna, la recibió de otros cristianos, quizás de sus padres, en la familia, -¡qué importante es la familia donde se fraguan las grandes certezas de la vida!- y de una comunidad cristiana, humilde, perseguida y sencilla. No nació con la fe, porque el cristiano no nace, se hace, sino que la recibió a través del encuentro con Cristo y con los discípulos de Cristo.

 

Primero Cristo, buscó a Antolín personalmente y salió a su encuentro con su palabra, con su estilo de vida, una forma de ser y existir desde el amor, el servicio, la entrega, el compromiso con la verdad, la paz, la justicia, la verdad, la santidad; buscó y salió a su encuentro por medio de otros cristianos; y él, porque se sintió alcanzado y tocado por el amor de Cristo como nadie lo había hecho, se entregó al él totalmente de palabra y de obra, en vida y en muerte.

 

Desde entonces Antolín confesó con toda la iglesia que Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, el que nació, vivió, murió y resucitó por todos; el maestro y redentor de todos los hombres. Como después confesaría Pablo VI, «Él es el centro de la historia y del universo; él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza; él ciertamente vendrá de nuevo y será finalmente nuestro juez y también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y nuestra felicidad… Es la luz, la verdad, más aún, el camino, la verdad y la vida; es el pan y la fuente de agua viva, que satisface nuestra hambre y nuestra sed; él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano. Él, como nosotros y más que nosotros fue pequeño, pobre, humillado, sujeto al trabajo, oprimido, paciente. Por nosotros habló, obró milagros, instituyó el nuevo reino en el que los pobres son bienaventurados, en el que la paz es el principio de la convivencia, en el que los limpios de corazón y los que lloran son ensalzados y consolados, en el que los que tienen hambre de justicia son saciados, en el que pecadores pueden alcanzar perdón, en el que todos son hermanos… Cristo Jesús es el principio y el fin, el alfa y la omega, el rey del nuevo mundo, la arcana y suprema razón de la historia humana y del nuestro destino; él es el mediador, a manera de puente, entre la tierra y el cielo; él es el Hijo del hombre por antonomasia, porque es el Hijo de Dios, eterno, infinito, y el Hijo de María, bendita entre todas las mujeres, su madre según la carne; nuestra madre por la comunión con el Espíritu del cuerpo místico», (Homilía en Manila, el 29 de noviembre de 1970).

 

Antolín fue alcanzado por Cristo y se encontró con él entregándose totalmente a él. El Señor era todo lo suyo: su vida, su luz, su salvación, su alimento, su bebida, su Dios; lo dejó todo por corresponder al que le amaba hasta el extremo. Después lo viviría en la vida diaria comportándose como hijo de Dios Padre, hermano de Cristo y de todos los cristianos en la comunidad de los fieles que es la Iglesia, y de todos los hombres; movido por el Espíritu Santo no vivió para sí, sino para los demás como diácono, es decir, servidor de todos, especialmente de los pobres, desfavorecidos y marginados; vivió siempre como discípulo de Jesús y condiscípulo en la escuela de único Maestro hasta ser testigo del mismo Señor muriendo su misma muerte.

 

Hermanos: Decía san Agustín que a los santos se les honra imitándolos. Imitemos nosotros a nuestro patrono dejándonos encontrar por Cristo que viene a nuestro encuentro porque nos ama y quiere estar con nosotros y acompañarnos todos los días en la comunidad reunida que vive la comunión y la misión, en la oración, en la escucha de su Palabra, en celebración de los sacramentos de la fe, en los acontecimientos de la vida si los sabemos mirar a la luz de Dios, en cada hombre o mujer que camina con nosotros y con quienes debemos compartir alegrías y penas, tristezas y esperanzas, y en la creación misma, casa común de todos.

 

Hermanos: si queremos ser hoy cristianos de verdad, con nuestros fallos, porque somos pecadores pero con afán de superación; si deseamos que nuestra Iglesia de Palencia sea una Iglesia de discípulos misioneros, una Iglesia que sea luz, sal y una señal de la humanidad de Dios para nuestra sociedad palentina, si queremos que el Plan de Pastoral que se está elaborando y las programaciones que lo concretarán sean eficaces y renueven nuestra ser y actuar y no se queden en papel mojado; si anhelamos una ciudad y unos pueblos en los que niños y ancianos, jóvenes y mayores, hombres y mujeres, vivos y muertos desterremos el odio, el rencor fratricida, la insolidaridad y el enfrentamiento, y podamos vivir sin miedos, en paz, fraternidad, en diálogo y en fiesta, una sociedad donde toda persona sea reconocida y amada en su dignidad, en derechos y obligaciones, sigamos el camino de san Antolín.

 

Permitamos que el Señor se encuentre con nosotros, no le demos la espalda ni seamos sordos a su voz y presencia; volvamos a él y, después, con él y su Espíritu, salgamos de nosotros mismos para ir al encuentro de los demás y aportar alegría, esperanza y la gloria de Dios que es paz y misericordia para los hombres.

 

Hagamos de la cultura del encuentro nuestro estilo de vida. El Hijo de Dios que inauguró esta forma de ser y vivir haciéndose hombre como uno cualquiera y rebajándose hasta la muerte y muerte de cruz, pero que ha resucitado, es nuestro Maestro, y san Antolín un referente cercano y querido para nosotros; a veces, costará sacrificios, incluso de la vida, pero merece la pena, porque «quien pierda la vida por mí en este mundo, la guardará para la vida eterna» (Jn 12, 15).

 

Hagamos de nuestra vida un canto de entrega al Señor Jesús, el que vino a nuestro encuentro para no separarse nunca, pues nos amó y nos ama hasta el extremo, un canto escrito, aunque cueste sangre, y cantado diaria y sinfónicamente con nuestra fidelidad a la fe, nuestra firmeza en la esperanza y nuestro ardor en la caridad.