Miércoles, 19 de Junio de 2013
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    Catedral

  • Colegiata de San Miguel
    Aguilar

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    Colmenares de Ojeda

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    Virgen del Brezo

     

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  • Iglesia de Santiago
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RASGOS DEL SER ABSOLUTO

A la realidad que constituye el término de la vida religiosa del hombre la hemos denominado genéricamente “Ser absoluto”, aunque a través de la multisecular historia de las religiones ha recibido nombres diversos y ha sido imaginada de formas diferentes. Pero, ¿qué rasgos queremos significar con esa palabra? ¿Cuál es su contenido concreto aplicada al ámbito de lo religioso? Porque lo propio del Ser Absoluto, en cuanto que supera todo de lo que tenemos experiencia directa, es designar una realidad que el hombre no puede comprender en absoluto, aunque afirme la necesidad de su existencia.

Ahora bien, cuando el hombre religioso se relaciona con la realidad trascendente, se forma una imagen conceptual suya y, aunque confusamente, la reviste de unos rasgos o características, que sólo a ella le convienen. Estos rasgos son los que vamos a analizar a continuación.

- El Ser absoluto como “lo Otro”. “Con el término de Misterio -afirma Martín Velasco- el sujeto religioso se refiere a una realidad que, en todos los aspectos, en todos los órdenes y bajo todos los puntos de vista es superior al hombre y a su mundo, y superior no en un sentido relativo que admita comparación con ellos, sino en un sentido absoluto que excluye todo punto de semejanza. Para designar la absoluta superioridad, la que no admite comparación posible, el mejor medio es el de la absoluta diferencia. Por eso, para designar el Misterio es tan frecuente en las tradiciones religiosas el término de “lo totalmente Otro”. Ejemplos de esta conciencia de que lo divino supera por completo al hombre y al mundo los podemos encontrar en todas las religiones.

- El Ser Absoluto como realidad suprema. En la historia de las religiones encontramos constantemente los relatos de creación, a través de los cuales se intenta dar una explicación de la formación del mundo y de su orden maravilloso. Debajo de estos relatos late la convicción de que sólo en lo divino puede la realidad mundana encontrar una razón suficiente. El Ser Absoluto es la realidad suprema, a partir de la  cual, de una forma o de otra, todo ha venido al ser o bien se ha organizado en la forma como ahora lo conocemos.

- El Ser Absoluto como Bien Supremo. El hombre religioso sabe que sus ansias más profundas no pueden ser satisfechas por las realidades mundanas y que sólo en el ámbito de lo divino puede encontrar la felicidad y la paz definitivas que tanto ansía. El Ser Supremo aparece entonces como un bien para el hombre, pero no un bien en la línea de los demás bienes de este mundo, ni siquiera como un bien superior o más duradero que ellos. El Ser Supremo se presenta como el sumo Bien, cualitativamente distinto de todo lo mundano. Sólo este sumo Bien puede proporcionarle la felicidad. Los místicos de todos los tiempos han desarrollado este tema, central en la vida religiosa.

- El Ser Supremo como santidad absoluta. El Ser Supremo se presenta con una dignidad tan grande, con una excelsitud que supera de tal forma al hombre, que éste en su presencia se siente indigno y manchado. La santidad augusta del Ser Supremo es, pues, una cualidad religiosa que lo sitúa en un plano absolutamente distinto del de las criaturas. Para entrar en su presencia el hombre tiene que purificarse, tanto en un plano ritual como moral. “Yo soy el Señor, vuestro Dios, y vosotros debéis santificaros y ser santos, porque yo soy santo” (Lv 11,44). La suprema dignidad de la divinidad hace que el hombre sienta vivamente no sólo su pequeñez constitutiva, sino también su indignidad moral, su pecado. Por el contrario, cuanto más se acerca a lo divino, más semejante se hace a lo Santo por excelencia y, por lo tanto, más santo se hace.  

- El Ser Supremo como providencia personal. Para el sujeto religioso el Ser Absoluto es una realidad que actúa decisivamente en su vida. Ha representado siempre para las distintas tradiciones religiosas el guardián del destino del hombre. No sólo su suerte última, sino incluso sus éxitos o sus desgracias temporales han sido atribuidas históricamente al favor o a la cólera de los dioses. Por eso, el hombre de todos los tiempos ha tratado de granjearse el beneplácito de la divinidad con dones o sacrificios y ha expiado sus pecados para no incurrir en la cólera divina. En este sentido todas las religiones conciben el Ser Absoluto como una realidad personal. “Sólo en la medida en que el hombre se dirige a un ser divino concebido como realidad eminentemente personal puede encontrar plena satisfacción a sus ambiciones y a su sed de salvación escatológica” (A. Alessi).