Para quienes vayan siguiendo en esta serie de artículos el diálogo entre la fe en Dios y el ambiente cultural actual agnóstico o ateo que encontramos en ciertos sectores de nuestra sociedad, estamos llegando a unas cuestiones sobre las que los creyentes debemos dar razón de nuestra fe y pedir, por amor a la verdad, que quienes defienden la postura contraria expongan también el fundamento racional de su negación.
La tesis central del artículo anterior concluía con la siguiente afirmación: “existe otra actitud distinta (de la ciencia) ante el mundo y es la de plantearse radicalmente su razón de ser en cuanto tal. No se trataría ahora de buscar la causa de un estado en otro anterior, sino de preguntarnos la causa de la realidad del mundo en su radical problematicidad: ¿Por qué el mundo es?
Lo que la ciencia es incapaz en virtud de su método, puede y debe planteárselo la filosofía. Uno de los más grandes filósofos del siglo XX, Martín Heidegger (1889-1976), formuló así la cuestión decisiva acerca del mundo, como conclusión de su libro “¿Qué es Metafísica?”: ¿Por qué hay ente y no más bien nada?”.
La gran tradición metafísica del pensamiento filosófico occidental siempre ha planteado una cuestión decisiva: si hay hombres, si hay plantas, si hay animales, si existe la tierra, el sol, las estrellas, las galaxias, el universo entero, tendrá que tener una causa última, una razón suficiente que explique su existencia. Además, esta realidad última tendrá que ser eterna, increada y tener en sí misma la razón de su propia existencia. No podemos pensar, aunque intentemos hacer un gran esfuerzo mental, que en algún momento nunca hubo nada, ni universo, ni Dios, ni materia-energía... sólo la nada absoluta. Si en algún momento no hubo nada, nada sería ahora.
Pongamos un ejemplo para poder comprender qué quiere decir lo anterior. Supongamos una habitación totalmente vacía, sin muebles, sin luz, ni ventanas: que no haya nada. El ejemplo es inadecuado, ya que habrá aire, ondas electromagnéticas de la radio, la televisión, etc. Pero, para nuestro ejemplo supongamos que esta habitación representa la “nada”. Si siempre ha estado así, nunca aparecerá alguna cosa. Y si un día nos encontramos unos ladrillos, unos botes de pintura y otros utensilios de reforma de la habitación, jamás se nos ocurrirá pensar que ha sido el vacío de la habitación quien los ha producido. Al contrario, todos pensaremos que un albañil ha entrado en ella, los ha dejado para rehabilitar la estancia. Todo menos pensar que la “nada” de la habitación ha producido algo.
Si volvemos al tema que nos ocupa, tendremos también que pensar que la nada absoluta nunca pudo producir el universo: si en un momento no hubo nada, nada podría haber llegado a la existencia. El pensamiento racional rechaza contundentemente la nada. Algo tuvo que ser siempre y tener en sí mismo la razón de su propio ser. A ese algo en Filosofía se le denomina ser absoluto, en contraposición con todos los demás seres que un día no fueron, pero después han ido apareciendo (los seres contingentes, en términos filosóficos)
Ahora bien, si no estamos dispuestos a admitir que la realidad es absurda, cosa muy difícil de sostener consecuentemente, a la pregunta de cómo es posible que exista el “ente” del que habla Heiddegger, ha de responderse admitiendo la necesidad de una realidad última que se fundamenta a sí misma. Esta realidad responde de su propia existencia y, por lo tanto, puede justificar que existan los demás seres. Es decir, ha de existir un ser absoluto, algo o alguien, dentro o fuera del mundo, que siempre fue, es y será, porque tiene en sí mismo la razón de su propio ser.
Llegamos así a la afirmación de la necesidad de un ser absoluto. Pero, ¿de qué absoluto se trata? ¿Estamos hablando de un ser espiritual, trascendente al mundo, al que se suele denominar Dios? ¿O bien ese absoluto es la materia, el mundo, que siempre ha sido y por lo tanto no plantea más problemas?... Por ahora nos basta admitir la necesidad de lo absoluto. Hay que proseguir, por lo tanto, nuestro análisis, si queremos llegar hasta una conclusión final.
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