Por efecto de una industrialización descontrolada durante los dos últimos siglos, nuestro planeta se está viendo seriamente amenazado por los efectos de la polución ambiental, los cambios climáticos, la deforestación y la destrucción de la capa de ozono. Ello ha despertado en las personas más avisadas la preocupación por la ecología y el compromiso en favor de la defensa de la naturaleza.
Pero, yendo más lejos, se está difundiendo un pensamiento que descubre la tierra como un ser vivo, del cual los hombres procedemos. Es ahora la tierra, concebida como una totalidad vital, la que tiene la primacía por ser el origen de la vida. El paso final de esta “ecología profunda” o radical es considerar a la tierra como “un ser vivo que respira, siente y piensa, que autorregula con voluntad propia la delicada homeostásis que mantiene la vida sobre ella”. La especie humana es vista en esta concepción como el “cerebro global de la tierra”. La tierra es presentada con rasgos divinos, creadores, evolucionando hacia grados de conciencia superiores, pero con un “cerebro” enfermo (la humanidad). En esta concepción, “no tenemos un planeta, somos un planeta”. Hay una suerte de panteísmo ecológico que busca una última realidad o fondo originario universal de todo cuanto existe. Bajo la superficie de las cosas y fenómenos de este mundo, se descubre una unidad fundamental: un cosmos vivo y animado, repleto de una energía universal que renueva constantemente todo lo que existe.
“En este contexto ecológico no se tiene reparo en hablar abiertamente de la necesidad de una nueva religión, dado que la crisis ecológica hunde sus raíces en problemas de carácter religioso que las “viejas religiones” no han sabido solucionar. Una sacralización que no consistiría... en una pura sacralización de la naturaleza, sino en la energía vital que une al hombre y la naturaleza, y está presente en todo, también en el hombre” (JM. Mardones, 1994).
Un exponente privilegiado de esta nueva religiosidad es el movimiento denominado genéricamente “Nueva Era”. Esta expresión no designa a una secta o a una nueva religión, en el sentido técnico de la palabra, sino que se refiere principalmente a un conjunto de características peculiares de la cambiante mentalidad actual en las sociedades occidentales.
Su eje central es la búsqueda de una vida diferente a la que la cultura de la modernidad, imperante en los últimos siglos, nos ha abocado en Occidente; un mundo donde se pueda alcanzar una mayor felicidad a través de un mayor desarrollo personal y de unas nuevas relaciones con los demás y con la naturaleza. Las prácticas que se ofrecen para conseguirlo son muy variadas y constituyen en su conjunto un nuevo estilo de vida, que se caracteriza por “defender una vida suave, sana y placentera; mantener actitudes pacifistas, no violentas, respetuosas y dialogantes; la búsqueda de la sabiduría, de la ampliación de la conciencia y de la interioridad; la práctica de la relajación y de la meditación; la defensa del medio ambiente, la utilización de medicinas alternativas, la vuelta a la autenticidad de la naturaleza” (J. Moraleda, 1992).
Esta sociedad idílica se basa en una predicción astrológica. El sol ha pasado ya por la constelación de Tauro, de Aries, y de Piscis. En el año 2160 entrará en la constelación de Acuario. Comenzará entonces un ciclo nuevo, una nueva religiosidad, capaz de reconciliar todas las demás religiones. Aparecerán entonces los hombres y mujeres nuevos que el mundo necesita.
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