Viernes, 24 de Mayo de 2013
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EL ATEÍSMO DE NIETZSCHE

Friedrich Nietzsche nació en 1844 en la pequeña localidad de Röcken, en Sajonia, hijo del párroco protestante del lugar. Muerto su padre cuando el niño tenía cinco años, la vida del joven Nietzsche transcurre bajo la influencia de su madre, de su abuela y de su hermana Elisabeth, que intentan inútilmente que se oriente hacia la carrera eclesiástica, siguiendo la tradición familiar. Pero, ya antes de los veinte años ha perdido la fe y adopta una actitud anticlerical y anticristiana.

Espíritu melancólico y retraído, de constitución enfermiza y sin grandes éxitos sociales, se dedica a la enseñanza hasta que a los 35 años su mala salud y sus depresiones le obligan a retirarse, llevando desde entonces una vida errante que terminará en una temprana muerte, sumido ya en la locura. Pero este hombre débil físicamente exaltó como pocos la pasión por  la vida. Todo su pensamiento es una reacción contra la razón, que desde la época de los griegos ha ahogado los valores vitales. Su punto de partida es la aceptación del mundo tal como es, con sus placeres y sus dolores, con sus fuerzas e instintos, sin trabas ni normas morales. Lo terreno debe vencer a lo celestial, los fuertes a los débiles, lo irracional a lo racional, la vida a la muerte.

El rechazo de Dios como supremo engaño de la humanidad está presente en toda la obra de Nietzsche. Sólo con la “muerte de Dios” puede el hombre llegar a su mayoría de edad y reconciliarse con su cuerpo y con la vida, de los que la moral cristiana le había apartado, haciéndolos “pecado”.

La expresión “muerte de Dios” le sirve para expresar su convicción de que estamos entrando en una nueva época de la historia de la humanidad donde la religión, especialmente la religión cristiana, tiende ya a desaparecer. No es que Nietzsche piense que Dios haya existido alguna vez y que ahora haya perecido; de lo que se trata aquí es de la fe en Dios, el gran engaño propiciado por los sacerdotes, que ha sido desenmascarado definitivamente por los filósofos ilustrados del siglo XVIII y cuya noticia va extendiéndose por la cultura europea, hasta convertirse ya, en opinión de Nietzsche, en un hecho irreversible.

Él se consideró a sí mismo como el heraldo de este mensaje. Fue consciente de que la cultura occidental reposa desde hace muchos siglos en los valores cristianos y que la pérdida de la fe en Dios, el ateísmo, va a significar el hundimiento de toda esa cultura. Sin embargo, a pesar de la gravedad de su mensaje, se siente dichoso de poder anunciar a la humanidad la “buena nueva” de una vida sin Dios.

Si “Dios ha muerto”, el hombre está sólo ante su vida. Ya nadie le puede decir desde “arriba” lo que está bien y lo que está mal, ya no hay un sentido de la historia exterior a ella. Ahora es el hombre, cada hombre, el dios de su propia vida y el que debe darse a sí mismo una nueva meta y una norma autónoma de conducta.

Estamos aquí ante la expresión más pura del ateísmo, aquella que descubre la raíz última de los demás ateísmos que se han dado en la historia del pensamiento. Es el hombre libre el que se alza contra Dios y le rechaza, exista o no. Se da, en el fondo, el deseo de que no exista Dios, por eso “se le mata”, es decir, se le elimina del ámbito de la propia vida. El hombre se siente poderoso. No quiere tener límites en su libertad. Podrá imponerse a los demás hombres, a la naturaleza, pero llega un momento que tropieza con el ser supremo de las religiones. No queriendo aceptar ninguna traba a su voluntad, aparta de su vida toda idea de la divinidad, declarando su inexistencia o, rechazándola expresamente, en caso de que existiese. El ateísmo es, en último término, rebeldía contra Dios.

La influencia de estas ideas en la cultura de nuestro tiempo ha sido decisiva para configurar esa atmósfera espiritual en la que se mueven muchos de nuestros contemporáneos y que, por no tener otro nombre mejor, hemos venido en llamar “postmodernidad”.