Domingo, 19 de Mayo de 2013
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EL AGNOSTICISMO DE TIERNO GALVÁN

“Cada vez hay menos cristianos y menos ateos. Cada vez aumenta más el número de agnósticos”. Esta afirmación se encuentra en un pequeño libro que escribió en 1975 el que luego sería importante dirigente socialista y alcalde de Madrid, profesor Enrique Tierno Galván. En su libro “¿Qué es ser agnóstico?” pretende hacer una propuesta intelectual coherente sobre lo que debería ser la actitud del hombre moderno ilustrado ante la religión en general y el cristianismo en particular. En efecto, afirmará, “está más de acuerdo con las condiciones objetivas de nuestro tiempo que se sea agnóstico y no ateo. El ateo es el resultado de una secularización imperfecta. El agnóstico es el testimonio de la madurez de la secularización”.

Tierno Galván no admite otro tipo de conocimiento verdadero que aquel que puede ser objeto de una verificación, entendiendo por tal la comprobación científica. Y como el conocimiento de Dios no puede obtenerse por medio de un procedimiento científico, consecuentemente no puede admitirse su existencia. Dios sería así una mera hipótesis humana, desprovista de toda realidad.

Pero el agnosticismo, según nuestro autor, supone algo más: “en la proposición ‘yo soy agnóstico’ se descubre algo que impide lo otro, en cuanto la proposición equivale a esta otra “yo vivo perfectamente en la finitud y no necesito más”. Ser agnóstico, por lo tanto, es instalarse conscientemente en lo finito y no desear lo “otro”, en cuanto que basta con lo mundano.

Instalarse en la finitud supone también la aceptación de la propia vida como algo finito en el tiempo. La vida es limitada y por lo tanto hemos de aceptar la muerte propia y la de los seres queridos como el final definitivo de la existencia, sin hacerse ilusiones en otra vida más allá de la vida terrena. Incluso la idea de una pervivencia, de cualquier forma que ésta se conciba, es contradictoria con la esencia del hombre, ya que éste es esencialmente finitud y, como tal, le corresponde naturalmente morir para siempre.

Finalmente, instalarse en la finitud implica renunciar a la idea, tan extendida entre los filósofos y los creyentes de todas las religiones, de que el hombre necesita una salvación. El sufrimiento y la enfermedad, la injusticia y la opresión, el egoísmo y la culpa, no pueden esperar una respuesta definitiva, más allá de los esfuerzos humanos. En efecto, “los agnósticos, demostrando que la existencia de un Dios trascendente no se puede probar, ponemos la salvación en entredicho, pues sólo está el mundo como salvación”. Sólo queda ir mejorando las condiciones de la vida del hombre a través de la ciencia y superar las contradicciones e injusticias del mundo mediante el compromiso social y político. Y esto, incluso, sin la esperanza de llegar un día a alcanzar el paraíso en la tierra, como afirmaba Carlos Marx.

Llegados a este punto, parece que debemos esbozar una reflexión crítica sobre estas ideas, que tanto han configurado el pensamiento de muchos conciudanos nuestros, bien por influencia del “viejo profesor” o bien por sintonía con los presupuestos marxistas y cientistas de los que él parte.

En primer lugar, los presupuestos que están en el fondo a su visión de la realidad, el denominado positivismo cienticista, están sometidos actualmente a una severa crítica filosófica: que la ciencia sea el único modo de conocer adecuadamente la realidad  es algo que no hace justicia a la pluralidad y a la riqueza de lo real. La ética, el arte, la experiencia religiosa, etc. son otras tantas formas válidas de considerar la realidad, sin someterla al reduccionismo cuantitativo propio del método científico.

En segundo lugar, la decisión voluntaria e impasible de “instalarse en lo finito”, sin sentir, al menos, nostalgia de lo “otro”, parece más una represión de las tendencias  íntimas del ser humano (la felicidad, la justicia definitiva, la inmortalidad, etc.) que la consecuencia ineludible de un análisis riguroso de la naturaleza humana. El humanismo de Tierno Galván es menos “humanista” de lo que él mismo repetidamente proclama, porque mutila dimensiones fundamentales del ser del hombre.