Ya hemos visto en anteriores artículos cómo en toda la historia de la humanidad ha aparecido siempre la idea de una realidad suprema, concebida de formas y con nombres diversos. No obstante, esta realidad, a la que llamamos Dios en las religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo e Islam), ha tenido en prácticamente todas las religiones unos rasgos comunes, fácilmente reconocibles en las grandes culturas.
En primer lugar, Dios ha sido concebido como lo “otro” del mundo. Dios no es nada de lo que tengamos experiencia directa. No es la montaña, ni el mar, ni el sol, ni las estrellas. Dios sería, incluso en las religiones idolátricas, aquella realidad desconocida que habita en la montaña, en el mar, en el sol o en las estrellas, pero sin confundirse con ellos. En este sentido, Dios es siempre el misterio, lo desconocido para el hombre, a menos que él quiera manifestarse, dándose a conocer por la revelación.
Dios ha sido reconocido siempre como la realidad suprema, origen de todas las demás cosas del mundo. En la historia de las religiones encontramos constantemente relatos de creación, a través de los cuales se intenta dar una explicación de la formación del mundo y de su orden maravilloso. Ese misterio absoluto es la causa, a partir de la cual, de una forma o de otra, todo ha venido a la existencia o bien se ha organizado en la forma como ahora lo conocemos.
Dios aparece también como un bien para el hombre, pero no un bien semejante a los demás bienes de este mundo, ni siquiera como un bien superior o más duradero que ellos. La divinidad se presenta como el sumo Bien, distinto de todo lo mundano. Sólo este sumo Bien puede darle la paz y la felicidad que ansía. Los místicos de todos los tiempos han desarrollado este tema, central en la vida religiosa. Baste como muestra los conocidos versos de Santa Teresa: “Nada te turbe / nada te espante / todo se pasa / Dios no se muda / Quien a Dios tiene / nada le falta / Sólo Dios basta”.
El es también lo “santo”. Es tan grande, tan sublime, tan puro, que ante él el ser humano se siente manchado, impuro, pecador. Y, por el contrario, cuanto más se acerca a lo divino, más semejante se hace a lo “santo” por excelencia y, por lo tanto, más santo se hace. De esta forma los hombres más piadosos son llamados santos, los lugares donde se realiza el culto a la divinidad y los días de fiesta consagrados a Dios son días santos y los utensilios del culto son considerados cosas santas. La santidad de Dios hace santo cuanto se le aproxima. Toda santidad proviene, en último término, de Dios, tres veces santo, como afirma el libro de Isaías.
Finalmente, la realidad supramundana se presenta siempre como providencia para los hombres. No sólo su salvación o condenación últimas, sino incluso sus éxitos o sus desgracias temporales han sido atribuidas al favor o a la cólera divina. Por eso, el hombre de todos los tiempos ha tratado de granjearse la amistad de la divinidad con dones o sacrificios. Dios es, pues, providente, es decir, cuida del mundo y especialmente del hombre, y escucha los ruegos e invocaciones de sus fieles.
| Dom, 26 May Jornada Pro Orantibus |
| Dom, 26 May Cáritas celebra una fiesta para niños en la Plaza Mayor |
| Mié, 29 May Cáritas celebra un Teatro Solidario |