Miércoles, 19 de Junio de 2013
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    Catedral

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EL ANHELO DE INFINITO

San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia (s.IV-V), acuñó en su libro de las Confesiones una frase que se ha hecho célebre: “Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón no descansará hasta que no descanse en ti”. Según el obispo de Hipona, el ser humano sólo puede encontrar en Dios el reposo y la paz que busca en su vida, la felicidad en último término.

Esta afirmación parece chocar con ciertos sectores de la cultura contemporánea, que no consideran a Dios como algo importante en la vida, e incluso lo rechazan como algo que impide al hombre desarrollarse plenamente.

El filósofo francés Maurice Blondel (1841-1949), siguiendo los pasos de San Agustín, ha reflexionado sobre las aspiraciones profundas del ser humano y sobre la desproporción entre el anhelo último de la voluntad humana y los bienes concretos que intenta conseguir en este mundo.

Lo que late en el fondo de todo deseo es una aspiración hacia la felicidad. Llevado por esta inquietud, el hombre apetece las cosas de este mundo, creyendo que éstas van a calmar lo que su corazón le exige. Como existe una distancia insalvable entre el anhelo y lo que se consigue, no es de extrañar que siempre se experimente una decepción, más o menos confesada, ante lo que las realidades de este mundo nos pueden dar.

El ser humano, por ejemplo, desea alcanzar un puesto de trabajo estable, casarse y fundar una familia. En ello puede depositar toda su ilusión. Cuando lo consigue, sin embargo, no por ello queda satisfecho y en paz consigo mismo. Ahora puede poner su ilusión, quizás, en un buen coche o en hacer un crucero por uno de esos paraísos de ensueño que nos ofrecen las agencias de viajes. Pero, una vez conseguidos estos deseos, tampoco entonces descansa en su ansia de felicidad.

Cuando anhelamos conseguir una cosa, ponemos en ella toda nuestra esperanza, confiando secretamente que, al alcanzarla, se va a saciar nuestro deseo. Sin embargo, una vez alcanzada, comprobamos que nuestra ansia no se ha apagado y que ahora deseamos algo diferente. Aquello en lo que cifrábamos nuestra ilusión no ha sido, en último término, más que un peldaño para una nueva esperanza. Siempre hay un más allá para nuestras ilusiones. Cuando se cumplen unas, se despiertan inmediatamente otras y, cuando éstas ya son realidad, no por ello descansa nuestro anhelo, sino que inmediatamente se despiertan otras nuevas en una progresión sin término. Parece como si cada cosa no fuese sino el señuelo para llevarnos hacia ella y, una vez llegados, otra nueva meta se presentase ante nosotros para empujarnos más lejos. Y así sucesivamente, sin colmarse nunca nuestras ansias.

La consecuencia que Blondel extrae de su análisis es que todo hombre, aun sin saberlo, apunta en último término a algo distinto de este mundo, a una perfección absoluta, que necesita, pero que no puede alcanzar por sus propios medios. En definitiva, hay en el hombre una exigencia del bien infinito y eterno.

De nuevo nos encontramos con la cuestión de Dios en la vida del hombre.