Todos los pueblos de los que tenemos conocimiento hasta ahora han creído o temido a ciertos poderes o seres supramundanos a quienes han acudido para solucionar los interrogantes o problemas más profundos de su vida. Ello no quita que, también en todos los pueblos, haya habido algunas personas sin fe religiosa. De lo que aquí hablamos es de la presencia universal en todas las culturas de formas y creencias relacionadas con la religión.
La religión ha tenido una gran relevancia social en todas las grandes culturas. Baste pensar en los monumentos religiosos de Grecia, Egipto, Babilonia o de la India, los templos-pirámides de la cultura maya, las pagodas de China o los templos del Japón. Este hecho debería ya de por sí invitarnos a pensar el porqué de la presencia universal de lo religioso en la historia de la humanidad. ¿Qué han buscado los hombres de todos los tiempos en la religión, cualquiera que haya sido la forma que ésta ha revestido según las distintas culturas?
Los grandes pensadores ateos de los siglos XIX y XX han tratado de dar explicaciones de la aparición de la religión acudiendo a teorías económicas (Carlos Marx), o psicológicas (Feuerbach, Sigmund Freud) o incluso aludiendo a estadios de la humanidad incapaces de dar explicaciones racionales de la realidad (Augusto Compte o el positivismo cienticista).
Sin embargo, un estudio desapasionado del fenómeno religioso descubre unas raíces últimas en el ser humano que pueden explicar la universalidad de la religión en la historia de la humanidad. “La explicación profunda de la actitud religiosa en el hombre hay que buscarla en aquel sector del espíritu humano en el que la persona se pregunta radicalmente por su suerte última. Más allá de la consecución de tal o cual bien pasajero o de la frustración ante tal o cual mal acaecido, el hombre de todos los tiempos se pregunta, de una manera o de otra, por lo que llamamos en términos religiosos su salvación o su perdición” [1].
El hombre religioso se da cuenta de que no puede obtener la salvación ni en sí mismo ni en el mundo que le rodea: desconfía de conseguir por sus solas fuerzas la plenitud y felicidad que anhela y percibe que su origen depende de otra realidad distinta de sí. Las grandes cuestiones de su vida no puede resolverlas por sí solo, ni contando con las cosas de este mundo. Su destino último escapa a su poder. Ni en él ni en el mundo puede encontrar la explicación por la que pregunta ni la salvación que ansía. En consecuencia, la busca en poderes supramundanos.
La búsqueda de algo distinto a sí mismo y al mundo “parece ser la única salida que tiene el hombre de todos los tiempos para vencer lo que, en terminología filosófica, podríamos llamar la radical finitud humana. Su falta de fundamentación, su anhelo siempre insatisfecho de realización plena, la amenaza permanente de la muerte y con ella la posibilidad de su aniquilación, sólo podrían ser resueltos desde una realidad no finita, no mundana, absoluta” [2].
Es aquí donde empieza a plantearse la cuestión religiosa, la pregunta por Dios.
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