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1. LA ESTRUCTURA DEL ACTO DE FE INTERPERSONAL
● Frente al agnosticismo actual, fruto de una concepción del conocimiento que solo admite como válido el saber empírico y frente a la reacción fideista, que termina por considerar la fe como un asunto de experiencia personal o de sentimiento, el cristiano culto debe esforzarse por mostrar la justificación racional de su fe religiosa.
● La relación personal es un encuentro de “mi mismo” con la persona del otro en la amistad, el amor o la confianza. Es más que el saber objetivo sobre el otro o que las relaciones meramente funcionales de la vida social.
● El camino hacia la fe humana en la personal del otro comienza cuando me abro hacia lo que me dice sobre sí mismo, prestándole atención. Comienza entonces un periodo de discernimiento para tratar de averiguar si es o no digno de crédito.
● La convergencia de los indicios que me llegan sobre su manera de ser hacen que, por fin, se venza mi cautela y, juzgando que tengo suficientes garantías sobre su persona, decida otorgarle mi confianza: “yo creo en ti”. Y desde la fe en su persona, surge sin más la fe en su palabra: “Yo te creo”. De la confianza espontánea, la aceptación de su mensaje.
● La fe del cristiano es también un encuentro personal del hombre concreto con la figura de Jesucristo, transmitida de ordinario a través de la familia, la escuela y la comunidad eclesial. Vamos a analizar brevemente los supuestos para que tal encuentro pueda darse.
2. JESUS DE NAZARET, MENSAJERO DEL REINO DE DIOS
● La historia no ha conservado ningún escrito de Jesús. Así pues, le conocemos por los escritos de otros, especialmente de autores cristianos. Pero hay también alusiones a su vida en autores judíos (Flavio Josefo, el Talmud) y en autores paganos (Tácito, Suetonio y Plinio el Joven).
● El evangelista S. Marcos resume así la predicación de Jesús: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 14).
● Jesús proclama la salvación para los desheredados y sencillos (las bienaventuranzas), concede el perdón de Dios a los pecadores (comidas con publicanos, perdona a la mujer de mala vida) y proclama que el Reino de Dios ha comenzado ya en este mundo (parábolas del Reino de Mt 13).
● En los milagros de curaciones, sobre todo, se muestra cómo Dios sale al encuentro del hombre en la persona de Jesús de Nazaret. Además, su autoridad ante la ley judía, la Torá, sus pretensiones mesiánicas y su intimidad con Dios, su Padre (Abba), hicieron plantearse a sus contemporáneos el misterio de su persona: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?” (Mt 16, 13).
● Tras su muerte ignominiosa en la cruz, el testimonio de todos los autores del Nuevo Testamento es unánime: “El Señor ha resucitado”. Tal es su convicción que aceptarán la muerte antes que callar la experiencia indiscutible de la Pascua: Dios Padre ha rehabilitado a Jesús y su mensaje del Reino; Jesús es “Señor” (Kyrios), “Mesías” (Cristo), el “Hijo de Dios” exaltado a los cielos.
3. LA TRADICIÓN DE LA VIDA Y MENSAJE DE JESUS
● La predicación apostólica es relatada sucintamente al final del Evangelio de S. Marcos: “Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra las señales que la acompañaban” (Mc 16, 20). El testimonio especial de S. Pablo.
● El recuerdo de las experiencias vividas por los apóstoles durante la vida pública de Jesús (enseñanzas, milagros, consejos morales, etc.) especialmente los acontecimientos de la Pasión, Muerte y Resurrección, constituyó “la tradición oral”, que fue pasando a las primeras generaciones cristianas.
● Poco a poco, se sintió la necesidad de hacer recopilaciones escritas y colecciones de dichos y hechos de Jesús. De estos materiales dispersos fueron surgiendo los cuatro evangelios canónicos, según nos dice expresamente uno de sus autores, S. Lucas (Lc 1, 1-4).
● Tras el análisis exhaustivo que la crítica literaria e histórica ha sometido a estos textos ha quedado patente que, a pesar de que se tratan de anuncios o catequesis comunitarias, remiten a las palabras y a la acción de Jesús, insertos en un marco interpretativo coherente. Es lo que se entiende como “historicidad en los evangelios”.
● Pero, no sólo a través de los evangelios y otros escritos del Nuevo Testamento nos ha llegado la noticia de Jesús. La tradición viva de las comunidades cristianas, la Iglesia, a través de los escritos de los Santos Padres, de la vida litúrgica, de los modelos y estilos de conducta recibidos, ha llegado a los siglos posteriores el recuerdo de la vida y mensaje de Jesús, el Cristo y Señor.
● Y cuando esta tradición ha sido malinterpretada o han aparecido doctrinas que no se ajustaban al recuerdo histórico sobre el Señor (herejías), los Concilios Ecuménicos y el Magisterio de la Iglesia han tenido especial cuidado, como nos muestra la historia, de proteger la doctrina recibida de los apóstoles.
4. EL ENCUENTRO PERSONAL CON JESUS
● De esta manera; el cristiano del siglo XX puede contactar, con garantías de veracidad histórica, con el recuerdo vivo de los testigos presenciales de la vida, muerte y resurrección de Jesús; puede así informarse sobre su mensaje y su oferta de salvación y abrirse con interés al testimonio sobre su persona.
● Si su intención es recta y está bien dispuesto, podrá iniciar un periodo de discernimiento: captará en Jesús el espíritu de un hombre bueno y humilde, solidario con todos, veraz en su testimonio, consecuente con él hasta la muerte. Advertirá el misterio de su persona y la plenitud de realización personal que Él promete.
● La convergencia de los indicios proporcionados por la historia podrá hacer vencer la duda y la cautela de decidir libremente el salto de fe: “yo creo en Ti; yo te creo”. El creyente se entrega así plenamente a Jesús.
● La fe en su mensaje le mostrará entonces un nuevo rostro de Dios, concebido ahora como Padre (Abba). Nacerá de ahí la esperanza y el amor. E, incluso, la misma persona de Jesús recibirá una luz nueva, considerándolo de la misma naturaleza (“omoúsios”, consustancial) con el Padre y el Espíritu Santo. Ha brotado la fe religiosa en gracia de Dios, pero justificada racionalmente por el testimonio de la historia.
ALGUNOS TEXTOS DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA
176. La fe es una adhesión personal del hombre entero a Dios que se revela. Comprende una adhesión de la inteligencia y de la voluntad a la Revelación que Dios ha hecho de sí mismo mediante sus obras y sus palabras.
177. “Creer” entraña, pues una doble referencia, a la persona y a la verdad; a la verdad por confianza a la persona que lo atestigua.
178. No debemos creer en ningún otro que no sea Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
179. La fe es un don sobrenatural de Dios. Para creer, el hombre necesita los auxilios interiores del Espíritu Santo.
180. “Creer” es un acto humano, consciente y libre, que corresponde a la dignidad de la persona humana.
181. “Creer” es un acto eclesial. La fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta nuestra fe. La Iglesia es la madre de todos los creyentes. “Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por madre” (S. Cipriano, unit. eccl.: PL 4, 503A).
LECTURAS COMPLEMENTARIAS
- Catecismo de la Iglesia Católica, n. 142-184.
- B. Welte, ¿Qué es creer?, Editorial Herder.
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