Jueves, 20 de Junio de 2013
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Tema 9. “Abba” El Dios de Jesús

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1. LIBERACIÓN DE UNA IMAGEN OPRESORA DE DIOS

La postura de Jesús ante la Ley y las tradiciones orales. Jesús respeta la “Torá”, como voluntad de Dios que es. Pero, al interpretarla en su sentido originario como don salvífico en favor del pueblo, se opone a muchas tradiciones de los fariseos, que abruman a la gente con cargas insoportables y condenan a los demás por no cumplir sus prescripciones sobre la pureza ritual (lavarse las manos, limpiezas rituales y de utensilios, etc.).

“El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2, 23-28). La casuística judía terminó por traicionar el sentido propio del sábado: concebido como descanso para el hombre, degeneró por culpa de las reglamentaciones rigoristas en una carga insoportable. Jesús, predicando el reino de Dios en favor del hombre, no podía menos de protestar en nombre de su mensaje.

Jesús cura igualmente en sábado: Mc 3, 1-6, un hombre con el brazo atrofiado; Lc 13, 10-17, la mujer encorvada; Lc  14, 1-6, el enfermo de hidropesía. Si Dios quiere la salvación del hombre, entonces sí se puede curar en sábado. Si la casuística farisea lo prohíbe, es que han tergiversado el sentido salvífico de la Ley de Dios.

 

2. LA PLENA CONFIANZA EN DIOS

Uno de los rasgos característicos del discípulo de Jesús es la plena confianza en Dios, especialmente en los momentos difíciles. Parábola del juez inicuo (Lc 18, 2-8). Si incluso este hombre insensible, cede a la constancia de la pobre viuda, ¿cómo Dios no va a escuchar a sus elegidos en sus necesidades?

La misma idea se inculca en la parábola del amigo inoportuno (Lc 11, 5-8). Si el amigo no deja en la estacada a quien le pide tres panes, aunque toda la familia se va a despertar al correr el cerrojo, ¡con cuánta más razón Dios! El oye a los que están en necesidad. Por eso, los discípulos se pueden abandonar a El con toda certeza.

Más todavía, el discípulo se siente miembro de la familia de Dios (Mc 3, 35: “El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre”). Como hijo que es, no debe pagar el impuesto del Templo (Mt 17, 24-27: “los suyos están exentos”).

La confianza en el amor de Dios debe llevar al discípulo a no agobiarse por la comida y el vestido (Mt 6, 25-33): “No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir... Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo eso se os dará por añadidura”.

 

3. LA ORIGINALIDAD DE PODER INVOCAR A DIOS COMO “ABBA”

El judaísmo antiguo dispone de una gran riqueza de maneras para dirigirse a Dios. La “oración” (Tephillá, denominada más tarde las 18 bendiciones), contiene una lista muy extensa de fórmulas para dirigirse a Dios. Evitan, no obstante, la denominación “Yahveh”.

La invocación “Padre” para dirigirse a Dios en el judaísmo antiguo se haya atestiguada en algunas ocasiones, pero se trata generalmente de proposiciones enunciativas, no de invocaciones dirigidas a Dios directamente llamándole “Padre”.

Jesús concede a sus discípulos, como don del Reino, el llamar a Dios con el nombre de “Abbá”. Este es un término muy familiar, utilizado por los niños y adolescentes para dirigirse a su padre, o bien como fórmula de respeto ante una persona mayor. Dirigido a Dios sonaba irrespetuoso.

No obstante, entre los discípulos de Jesús y, luego en la Iglesia primitiva, se difundió la costumbre de rezar a Dios con la invocación de “Abbá”, a impulsos del Espíritu Santo: “Vosotros no habéis recibido un Espíritu que os haga esclavos, de nuevo bajo el temor, sino que habéis recibido un Espíritu que os hace hijos adoptivos y os permite clamar: “Abbá”, es decir, “Padre”. (Rom 8, 15. Véase también Gal 4, 6-7).

 

4. LA ORACIÓN DEL DISCÍPULO: EL “PADRENUESTRO”

“Estando él (Jesús) en cierto lugar, cuando terminó le dijo uno de sus discípulos: ‘Maestro, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos” (Lc 11, 1). En respuesta a esta petición, el Señor confía a sus discípulos y a su Iglesia la oración cristiana fundamental. (CAT 2759).

Podemos invocar a Dios como “Padre” porque nos lo ha revelado el Hijo de Dios hecho hombre, en quien, por el Bautismo, somos incorporados y adoptados como hijos de Dios. (CAT 2798).

“Que estás en el cielo” no designa un lugar, sino la majestad de Dios y su presencia en el corazón de los justos. El cielo, la Casa del Padre, constituye la verdadera patria hacia donde tendemos y a la que ya pertenecemos. (CAT 2802).

Al pedir: “Santificado sea tu Nombre” entramos en el plan de Dios, la santificación de su Nombre -revelado a Moisés, después en Jesús- por nosotros y en nosotros, lo mismo que en toda nación y en cada hombre (CAT 2858).

En la segunda petición, -”venga a nosotros tu reino”- la Iglesia tiene principalmente a la vista el retorno de Cristo y la venida final del Reino de Dios. También ora por el crecimiento del Reino de Dios en el “hoy” de nuestras vidas. (CAT 2859).

En la tercera petición, -”hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”- rogamos al Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para realizar su Plan de salvación en la vida del mundo. (CAT 2860).

En la cuarta petición -”dános hoy nuestro pan de cada día”- al decir “dános”, expresamos en comunión con nuestros hermanos, nuestra confianza filial en nuestro Padre del cielo. “Nuestro pan” designa el alimento terrenal necesario para la subsistencia de todos y significa también el Pan de Vida: Palabra de Dios y Cuerpo de Cristo. Se recibe en el “hoy” de Dios, como el alimento indispensable, lo más esencial del Festín del Reino que anticipa la Eucaristía. (CAT 2861).

La quinta petición -”perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”-, implora para nuestras ofensas la misericordia de Dios, la cual no puede penetrar en nuestro corazón si no hemos sabido perdonar a nuestros enemigos, a ejemplo y con la ayuda de Cristo. (CAT 2862).

Al decir; “No nos dejes caer en la tentación”, pedimos a Dios que no nos permita tomar el camino que conduce al pecado. Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza; solicita la gracia de la vigilancia y la perseverancia final. (CAT 2863).

En la última petición, “y líbranos del mal”, el cristiano pide a Dios con la Iglesia que manifieste la victoria ya conquistada por Cristo, sobre el “príncipe de este mundo”, sobre Satanás, el ángel que se opone personalmente a Dios y a su plan de salvación. (CAT 2864).

 

5. “ABBA” COMO INVOCACIÓN A DIOS EN JESÚS

Toda la tradición de los Evangelios concuerda en que Jesús se dirigía siempre a Dios llamándole “Padre mío”. Además, en el relato de Getsemaní, Marcos (14, 36) nos dice que Jesús, al dirigirse a Dios, utilizaba la forma aramea “Abbá”.

La completa novedad y el carácter único de la invocación divina Abba, en las oraciones de Jesús, muestra que esta invocación expresa el núcleo mismo de la relación de Jesús con Dios. Jesús habló con Dios como un niño habla con su padre, lleno de confianza y, al mismo tiempo, respetuoso y dispuesto a la obediencia.

Pero nunca Jesús se refiere a Dios llamándole “nuestro Padre” incluyéndose a El y a los discípulos en un mismo nivel de filiación. Dios es su Padre (Abbá); de los discípulos también lo es por su seguimiento de Jesús y por su entrada por gracia en el Reino que El anuncia.

En la invocación a Dios como “Abbá” se manifiesta el misterio de la persona y de la misión de Jesús. El comunica la revelación porque “Mi Padre (Abba) me lo ha enseñado todo; al Hijo lo conoce sólo el Padre y al Padre lo conoce sólo el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar” (Mt 11, 27). Jesús es quien conoce a Dios como nadie le ha conocido. La relación que tiene con Él no tiene parangón humano.

 


 

ALGUNOS TEXTOS DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

 

2773. En respuesta a la petición de sus discípulos (“Señor, enséñanos a orar”: Lc 11, 1), Jesús les entrega la oración cristiana fundamental, el “Padre Nuestro”.

2774. “La oración del Señor o dominical es, en verdad, el resumen de todo el Evangelio” (Tertuliano, De oratione, 1, 6), “la más perfecta de las oraciones” (Santo Tomás de Aquino, Summa. theologiae 2-2, q. 83, a. 9). Es el corazón de las Sagradas Escrituras.

2775. Se llama “Oración dominical” porque nos viene del Señor Jesús, Maestro y modelo de nuestra oración.

2780. Podemos invocar a Dios como “Padre” porque Él nos ha sido revelado por su Hijo hecho hombre y su Espíritu nos lo hace conocer. Lo que el hombre no puede concebir ni los poderes angélicos entrever, es decir, la relación personal del Hijo hacia el Padre (cf Jn 1, 1), he aquí que el Espíritu del Hijo nos hace participar de esta relación a quienes creemos que Jesús es el Cristo y que hemos nacido de Dios (cf 1 Jn 5, 1).

2857. En el Padre Nuestro, las tres primeras peticiones tienen por objeto la Gloria del Padre: la santificación del nombre, la venida del reino y el cumplimiento de la voluntad divina. Las otras cuatro presentan al Padre nuestros deseos: estas peticiones conciernen a nuestra vida para alimentarla o para curarla del pecado y se refieren a nuestro combate por la victoria del Bien sobre el Mal.

285. Desde sus comienzos, la fe cristiana se ha visto confrontada a respuestas distintas de las suyas sobre la cuestión de los orígenes. Así, en las religiones y culturas antiguas encontramos numerosos mitos referentes a los orígenes. Algunos filósofos han dicho que todo es Dios, que el mundo es Dios, o que el devenir del mundo es el devenir de Dios (panteísmo); otros han dicho que el mundo es una emanación necesaria de Dios, que brota de esta fuente y retorna a ella ; otros han afirmado incluso la existencia de dos principios eternos, el Bien y el Mal, la Luz y las Tinieblas, en lucha permanente (dualismo, maniqueísmo); según algunas de estas concepciones, el mundo (al menos el mundo material) sería malo, producto de una caída, y por tanto que se ha de rechazar y superar (gnosis); otros admiten que el mundo ha sido hecho por Dios, pero a la manera de un relojero que, una vez hecho, lo habría abandonado a él mismo (deísmo); otros, finalmente, no aceptan ningún origen transcendente del mundo, sino que ven en él el puro juego de una materia que ha existido siempre (materialismo). Todas estas tentativas dan testimonio de la permanencia y de la universalidad de la cuestión de los orígenes. Esta búsqueda es inherente al hombre.

 


 

LECTURAS COMPLEMENTARIAS

 

l Catecismo de la Iglesia Católica. N. 2759 al 2865.

l Catecismo “Esta es nuestra fe”. Págs. 272 a 278.