
Según una antiquísima tradición, la Iglesia no celebra la Eucaristía en el Viernes Santo. Una sencilla oración da inicio a la primera parte: la liturgia de la palabra, cuyo punto culminante es la recitación dramatizada de la Pasión del Señor según San Juan. La Iglesia cumple así con su deber de anunciar a los fieles, a los catecúmenos y al mundo entero la muerte del Señor hasta su vuelta. Termina esta primera parte con la plegaria universal.
La segunda parte de la acción litúrgica es la adoración de la cruz. Mejor dicho, la adoración de Cristo, muerto en la cruz. Es el momento culminante de la liturgia del Viernes Santo. La Iglesia venera agradecida la muerte de su Salvador. No hay gestos de duelo ni de dolor. La cruz que se presenta es introducida por estas palabras, repetidas por tres veces: “Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo”. A lo que los fieles responden: “Venid a adorarlo”.
Lo que se conmemora en la segunda parte de la liturgia del Viernes Santo, se hace realidad en la parte tercera: en el rito de la comunión. Al comulgar, nos unimos realmente con Cristo muerto en la cruz y los beneficios de su sacrificio se nos aplican personalmente.
La oración de despedida, que pronuncia el sacerdote sobre el pueblo, resume espléndidamente cuanto hemos celebrado en la liturgia. “Que tu bendición, Señor, descienda con abundancia sobre este pueblo, que ha celebrado la muerte de tu Hijo con la esperanza de su santa resurrección; venga sobre él tu perdón, concédele tu consuelo, acrecienta su fe, y consolida en él la redención eterna”.

LA MUERTE DE CRISTO COMO SACRIFICIO DEFINITIVO
- Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí mismo en la cena tomada con los doce Apóstoles, en “la noche en que fue entregado” (1Cor 11, 23). En la víspera de su Pasión, estando todavía libre, Jesús hizo de esta última Cena con sus Apóstoles el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre por la salvación de los hombres: “Este es mí Cuerpo que va a ser entregado por vosotros” (Lc 22, 19). “Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26, 28). La Eucaristía que instituyó en este momento será el “memorial” (1Cor 11, 25) de su sacrificio. Jesús incluye a los Apóstoles en su propia ofrenda y les manda perpetuarla (cfr. Lc 22, 19)
- La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres por medio del “cordero” que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29; cfr. 1P 1, 19) y el sacrificio de la Nueva Alianza (cfr. 1Cor 11, 25) que devuelve al hombre a la comunión con Dios, reconciliándole con El por “la sangre derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26, 28; cfr. Lv16, 15-16).
- Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cfr. Hb 10, 10). Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos con El. Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor ofrece su vida a su Padre por medio del Espíritu Santo, para reparar nuestra desobediencia.
- “Como por la desobediencia de un sólo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos” (Rom 5, 19). Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que “se dio a sí mismo en expiación”, “cuando llevó el pecado de muchos”, a quienes “justificará y cuyas culpas soportará” (Is 53, 10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados. (cfr. Concilio de Trento; Dz 1529). El “amor hasta el extremo” (Jn 13, 1) es el que confiere su valor de redención y reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo.
- La liturgia del Viernes Santo expresa el carácter liberador y victorioso de la pasión de Jesucristo cuando introduce la cruz en la Iglesia en procesión solemne para venerarla: “Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo. ¡Venid a adorarlo!”.


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