Martes, 17 de Octubre de 2017
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Contenidos Básicos de la Fe Cristiana

Tema 13. La Constitución sobre la Iglesia (1)

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1. EL MISTERIO DE LA IGLESIA

1.1. INTRODUCCION

Como la Iglesia es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano, insistiendo en el ejemplo de los Concilios anteriores, se propone declarar con toda precisión a sus fieles y a todo el mundo su naturaleza y su misión universal. (LG 1).

1.2. LA VOLUNTAD DEL PADRE ETERNO SOBRE LA SALVACION UNIVERSAL

El Padre Eterno creó el mundo universo por un libérrimo y misterioso designio de su sabiduría y de su bondad, decretó elevar a los hombres a la participación de su vida divina y, caídos por el pecado de Adán, no los abandonó, dispensándoles siempre su ayuda, en atención a Cristo Redentor... Determinó convocar a los creyentes en Cristo en la Santa Iglesia, que fue ya prefigurada desde el origen del mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en el Antiguo Testamento, constituida en los últimos tiempos, manifestada por la efusión del Espíritu Santo, y se perfeccionará gloriosamente al fin de los tiempos. (LG 2).

1.3. MISION Y OBRA DEL HIJO

Cristo, en cumplimiento de la voluntad del Padre inauguró en la tierra el reino de los cielos, nos reveló Su misterio, y efectuó la redención con su obediencia. La Iglesia, o reino de Cristo, presente ya en misterio, crece visiblemente en el mundo por el poder de Dios... Todos los hombres son llamados a esta unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos y hacia quien caminamos. (LG 3).

1.4. EL ESPIRITU SANTIFICADOR DE LA IGLESIA

El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo (1Cor 3, 16; 6, 19) y en ellos ora y da testimonio de la adopción de hijos (cf. Gal 4, 6; Rom 8, 15-16 y 26). Con diversos dones jerárquicos y carismáticos dirige y enriquece con todos sus frutos a la Iglesia (cf. Ef 4, 11-12; 1Cor 12, 4; Gal 5, 22), a la que guía hacia toda verdad (cf. Jn 16, 13) y unifica en comunión y ministerio. Hace rejuvenecer a la Iglesia, la renueva constantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo. Pues el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: “¡Ven!” (cf. Ap 22, 17).

Así se manifiesta toda la Iglesia como “una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. (LG 4).

1.5. EL REINO DE DIOS

El misterio de la santa Iglesia se manifiesta en su fundación. Pues Nuestro Señor Jesús fundamentó su Iglesia predicando la buena nueva, es decir, el Reino de Dios, prometido muchos siglos antes en las Escrituras... Pero habiendo resucitado Jesús, después de morir en la cruz por los hombres apareció constituido para siempre como Señor, como Cristo y como Sacerdote (cf. Act 2, 36; Hebr 5, 6; 7, 17-21), y derramó en sus discípulos el Espíritu prometido por el Padre (cf. Ac 2, 33). Por eso la Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador, observando fielmente sus preceptos de caridad, de humildad y de abnegación, recibe la misión de anunciar el Reino de Cristo y de Dios, de establecerlo en medio de todas las gentes, y constituye en la tierra el germen y el principio de este Reino. (LG 5).

1.6. LAS VARIAS FIGURAS DE LA IGLESIA

Como en el Antiguo Testamento la revelación del Reino se propone muchas veces bajo figuras, así ahora la íntima naturaleza de la Iglesia se nos manifiesta también bajo diversos símbolos, tomados de la vida pastoril, de la agricultura, de la construcción, de la familia y de los esponsales, que ya se vislumbran en los libros de los profetas. La Iglesia es redil, rebaño de Cristo, el viejo olivo, la viña elegida, la vid-sarmientos, la casa de Dios (piedra angular y piedras vivas), el templo santo de Dios, la Jerusalén de arriba, etc.

Pero mientras la Iglesia peregrina en esta tierra lejos del Señor (cf. Cor 5, 6), se considera como desterrada, de forma que busca y piensa las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios, donde la vida de la Iglesia está escondida con Cristo en Dios, hasta que se manifieste gloriosa con su Esposo (cf. Col 3, 1-4) (LG 6).

1.7. LA IGLESIA, CUERPO MISTICO DE CRISTO

Pero como todos los miembros del cuerpo humano, aunque sean muchos, constituyen un cuerpo, así los fieles en Cristo (cf. 1Cor 12, 12). También en la constitución del cuerpo de Cristo hay variedad de miembros y de ministerios... La cabeza de ese cuerpo es Cristo. El es la imagen del Dios invisible, y en El fueron creadas todas las cosas. El es antes que todos, y todo subsiste en El. El es la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia.

... Mas para que incesantemente nos renovemos en El (cf. Ef 4, 23), nos concedió participar de su Espíritu, que siendo uno mismo en la Cabeza y en los miembros, de tal forma vivifica, unifica y mueve todo el cuerpo, que su operación pudo ser comparada por los Santos Padres con el servicio que realiza el principio de la vida, o el alma, en el cuerpo humano. (LG 7).

1.8. LA IGLESIA VISIBLE Y ESPIRITUAL A UN TIEMPO

La sociedad dotada de órganos jerárquicos, y el cuerpo místico de Cristo, reunión visible y comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia dotada de bienes celestiales, no han de considerarse como dos cosas, porque forman una realidad compleja, constituida por un elemento humano y otro divino... Esta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos una, santa, católica y apostólica, la que nuestro Salvador entregó después de su resurrección a Pedro para que la apacentara (Jn 24, 17), confiándole a él y a los demás apóstoles su difusión y gobierno (cf. Mt 28, 18, etc.), y la erigió para siempre como “columna y fundamento de la verdad” (1Tim 3, 15).

Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, permanece en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él, aunque puedan encontrarse fuera de ella muchos elementos de santificación y de verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, inducen hacia la unidad católica (LG 8). Véase también el Catecismo de la Iglesia Católica nº 866 a 869.

 

2. EL PUEBLO DE DIOS

En todo tiempo y lugar son aceptos a Dios los que le temen y practican la justicia (cf. Act.10, 35). Quiso, sin embargo, el Señor santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino constituir un pueblo que le conociera en la verdad y le sirviera santamente. Eligió como pueblo suyo el pueblo de Israel, con quien estableció un pacto, y a quien instruyó gradualmente manifestándose a sí mismo y sus divinos designios a través de su historia, y santificándolo para Sí. Pero todo esto lo realizó como preparación y símbolo del nuevo pacto perfecto que había de efectuarse en Cristo, y de la plena revelación que había de hacer por el mismo Verbo de Dios hecho carne (LG 9).

El nuevo Pueblo de Dios es la Iglesia, fundada por Cristo. “La congregación de todos los creyentes que miran a Jesús como autor de la salvación y principio de la unidad y de la paz, es la Iglesia convocada y constituida por Dios para que sea sacramento visible de esta unidad salutífera para todos y cada uno” (LG 9).

El sacerdocio común: El Apocalipsis afirma de todos los bautizados: “has hecho de ellos para nuestro Dios un Reino de sacerdotes y reinan sobre la tierra”. (Ap 5, 10). El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico se ordenan el uno para el otro, aunque su diferencia es esencial, no sólo gradual. “Los fieles... lo ejercen en la recepción de los sacramentos, en la oración y acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y caridad operante” (LG 10).

El sentido de la fe y los carismas: El “sensus fidei”: “la universalidad de los fieles, que tiene la unción del Santo no puede fallar en su creencia y ejerce esta peculiar propiedad mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo...” (LG 12). “Además, el mismo Espíritu Santo... reparte entre los fieles gracias de todo género, incluso especiales, con que los dispone y los prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechos para la renovación y una más amplia edificación de la Iglesia” (LG 12).

Universalidad y catolicidad: “De todas las gentes de la tierra se compone el Pueblo de Dios, porque de todas recibe sus ciudadanos, que lo son de un reino, por cierto no terreno, sino celestial... En virtud de esta catolicidad, cada una de las partes presenta sus dones a las otras partes y a toda la Iglesia” (LG 13) “Todos los hombres son admitidos a esta unidad católica del Pueblo de Dios... y a ella pertenecen de varios modos o se destinan tanto los fieles católicos como los otros cristianos, e incluso todos los hombres en general, llamados a la salvación por la gracia de Dios” (LG 13).

Los fieles católicos: “A la sociedad de la Iglesia se incorporan plenamente los que, poseyendo el Espíritu de Cristo, reciben íntegramente sus disposiciones y todos los medios de salvación depositados en ella, y se unen por los vínculos de la profesión de la fe, de los sacramentos, del régimen eclesiástico y de la comunión, a su organización visible con Cristo, que la dirige por medio del Sumo Pontífice y de los Obispos” (LG 14).

Carácter misionero de la Iglesia: “Como el Padre envió al Hijo, así el Hijo envió a los apóstoles... Sobre todos los discípulos de Cristo para la obligación de propagar la fe según su propia condición de vida” (LG 17).

 

3. LA CONSTITUCIÓN JERÁRQUICA DE LA IGLESIA

El primado del Papa: “Para que el episcopado mismo fuese uno sólo e indiviso, Jesucristo estableció al frente de los demás apóstoles al bienaventurado Pedro, y puso en él el principio visible y perpetuo fundamento de la fe y de la comunión. Esta doctrina de la institución, perpetuidad, fuerza y razón de ser del sacro Primado del Romano Pontífice y de su magisterio infalible, el santo Concilio la propone nuevamente como objeto firme de la fe a todos los fieles” (LG 18).

Los Obispos, sucesores de los apóstoles: Enseña, pues este sagrado Sínodo que los Obispos han sucedido por institución divina en el lugar de los apóstoles como pastores de la Iglesia, y quien a ellos escucha, a Cristo escucha...” (LG 20). “La consagración episcopal, junto con el oficio de santificar, confiere también el oficio de enseñar y regir, los cuales, sin embargo, por su naturaleza, no pueden ejercitarse sino en comunión jerárquica con la Cabeza y miembros del Colegio” (LG 21).

El colegio de los Obispos y su Cabeza: “El orden de los obispos, que sucede en el magisterio y en el régimen pastoral al colegio apostólico, más aún, en quien perdura continuamente el cuerpo apostólico, junto con su Cabeza, el Romano Pontífice, y nunca sin esta cabeza, es también sujeto de la suprema y plena potestad sobre la universal Iglesia, potestad que no puede ejercitarse sino con el consentimiento del Romano Pontífice” (LG 22).

Principio de unidad: “El Romano Pontífice, como sucesor de Pedro es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, así de los obispos como de la multitud de los fieles. Del mismo modo cada obispo es el principio y fundamento visible de unidad en su Iglesia particular, formada a imagen de la Iglesia universal; y de todas las Iglesias particulares queda integrada la única Iglesia católica” (LG 23).

Los presbíteros: “Los presbíteros, aunque no tienen la cumbre del pontificado y en el ejercicio de su potestad dependen de los obispos, con todo están unidos con ellos en el honor del sacerdocio y, en virtud del sacramento del orden, han sido consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento... para predicar el Evangelio y apacentar a los fieles y para celebrar el culto divino” (LG 28).

Los diáconos: “En el grado inferior de la jerarquía están los diáconos, que reciben la imposición de las manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio” (LG 29). Funciones de los diáconos. El diaconado como grado permanente en la jerarquía. Posibilidad de conferirlo a hombres casados.

 


 

ALGUNOS TEXTOS DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

 

777. La palabra “Iglesia” significa “convocación”. Designa la asamblea de aquellos a quienes convoca la palabra de Dios para formar el Pueblo de Dios y que, alimentados con el Cuerpo de Cristo, se convierten ellos mismos en Cuerpo de Cristo.

866. La Iglesia es una: tiene un solo Señor; confiesa una sola fe, nace de un solo Bautismo, no forma más que un solo Cuerpo, vivificado por un solo Espíritu, orientado a una única esperanza (cf Ef 4, 3-5) a cuyo término se superarán todas las divisiones.

867. La Iglesia es santa: Dios santísimo es su autor; Cristo, su Esposo, se entregó por ella para santificarla; el Espíritu de santidad la vivifica. Aunque comprenda pecadores, ella es “ex maculatis immaculata” (“inmaculada aunque compuesta de pecadores”). En los santos brilla su santidad; en María es ya la enteramente santa.

868. La Iglesia es católica: Anuncia la totalidad de la fe; lleva en sí y administra la plenitud de los medios de salvación; es enviada a todos los pueblos; se dirige a todos los hombres; abarca todos los tiempos; “es, por su propia naturaleza, misionera” (AG 2).

869. La Iglesia es apostólica: Está edificada sobre sólidos cimientos: los doce Apóstoles del Cordero (Ap 21, 14); es indestructible (cf. Mt 16, 18); se mantiene infaliblemente en la verdad: Cristo la gobierna por medio de Pedro y los demás Apóstoles, presentes en sus sucesores, el Papa y el colegio de los obispos.

870. “La única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y apostólica [...] subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él, aunque sin duda, fuera de su estructura visible, pueden encontrarse muchos elementos de santificación y de verdad” (LG 8).

937. El Papa “goza, por institución divina, de una potestad suprema, plena, inmediata y universal para cuidar las almas” (CD 2).

938 Los obispos, instituidos por el Espíritu Santo, suceden a los Apóstoles. “Cada uno de los obispos, por su parte, es el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares” (LG 23).

939 Los obispos, ayudados por los presbíteros, sus colaboradores, y por los diáconos, los obispos tienen la misión de enseñar auténticamente la fe, de celebrar el culto divino, sobre todo la Eucaristía, y de dirigir su Iglesia como verdaderos pastores. A su misión pertenece también el cuidado de todas las Iglesias, con y bajo el Papa.

 


 

LECTURAS COMPLEMENTARIAS

 

- Catecismo de la Iglesia Católica. N. 748 a 896.

- Catecismo “Esta es nuestra fe”. Págs. 167 a 189.

- Constitución sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano II, caps. I al IV.

Tema 12. La Formación del Dogma Cristológico

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1. LA FORMACIÓN DEL CREDO DE LA IGLESIA

Jesús de Nazaret, en sus palabras y en sus obras, mostró su pretensión de ser igual al Padre Eterno, del que se sentía el Hijo único y manifestación definitiva (Mt 11, 27). A la luz de la Pascua, los apóstoles comprenden el misterio de la persona de Jesús y confiesan, tal como nos lo transmiten los textos del N.T., su carácter divino y humano.

Cuando a fines del s.II el pensamiento teológico comenzó a desarrollarse, surgió el problema de conciliar el monoteísmo estricto que el cristianismo había heredado del judaísmo con la fe de la Iglesia en Jesús como “Señor” e “Hijo de Dios” y con la práctica de conferir el bautismo, conforme al encargo de Jesús, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 19). El marco de este pensamiento es el mundo cultural griego, con sus ideas sobre el Logos y el Demiurgo y la escala de seres intermedios entre Dios y el mundo.

Los primeros concilios ecuménicos derivan su nombre del hecho de que una parte considerable del episcopado universal estaba presente y que sus decisiones fueron aceptadas por la Iglesia universal o que fueron, en otras palabras, refrendadas por el papa. El papa San Gregorio Magno comparó a los cuatro primeros concilios ecuménicos con los cuatro evangelios, por su autoridad, ya que se formularon en ellos los dogmas fundamentales de la Iglesia: el dogma trinitario y el dogma cristológico. En ellos se formuló igualmente el “Credo” o símbolo de la fe de la Iglesia.

 

2. EL CONCILIO ECUMÉNICO DE NICEA

El sacerdote de Alejandría Arrio, recogió la concepción “subordinacionista” del Hijo con respecto al Padre de su maestro Luciano de Antioquía y la acentuó: el Logos, según él, era una “criatura del Padre” y carecía del atributo de eternidad: “Hubo un tiempo en que no era”.

Para zanjar la disputa que dividía a la Iglesia, el emperador Constantino convocó un concilio en Nicea de Bitinia, en su propio palacio de verano. El emperador asistió en persona y promulgó los decretos como leyes del Imperio.

El grupo ortodoxo, capitaneado por Atanasio de Alejandría, logró imponerse y el concilio aprobó un símbolo de la fe en el que se excluía claramente toda subordinación del Logos al Padre: “Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza (consustancial) que el Padre” (Dz 54). Se fijó también la fecha de la pascua y se debatió la cuestión del celibato obligatorio para los obispos y sacerdotes. Arrio y sus partidarios fueron excomulgados y desterrados.

Pero el Concilio de Nicea no aportó la anhelada paz; al contrario, fue el punto de partida de violentas luchas religiosas: Eusebio de Nicomedia, arriano, logró que Constantino desterrara a Atanasio (335) y varios concilios de estado fraguaron fórmulas de compromiso en las que se decía que el Padre y el Hijo son “semejantes” en la sustancia (concilios de Rímini y Seléucia (359) y el de Nike, convocados por el emperador Constancio). El papa Liberio se negó a suscribir dicha fórmula.

El emperador Teodosio quiso poner término a la tensión existente convocando otro concilio, en el que se incorporaría al símbolo de la divinidad del Espíritu Santo, negada consecuentemente por los arrianos, que hacían de El una criatura del Hijo (Macedonio, obispo de Constantinopla).

 

3. EL CONCILIO ECUMÉNICO DE CONSTANTINOPLA

Al Sínodo convocado por Teodosio para los obispos de Oriente, asistieron entre otros San Gregorio Nazianaceno, obispo de Constantinopla y San Cirilo de Jerusalén. Los obispos macedonianos abandonaron la ciudad. Los arrianos y “neumatómacos” fueron condenados y se añadió al símbolo de Nicea lo referente a la divinidad del Espíritu Santo.

Una vez aceptada por el papa, la profesión de fe niceno-constantinopolitana se convirtió en el símbolo clásico de la Iglesia griega. También llegó a imponerse en Occidente, aunque con la adición del “Filioque”, que siglos después provocó la discordia entre la Iglesia oriental y la occidental.

Pero la controversia en torno a la persona de Cristo no quedó zanjada. Cirilo, patriarca de Alejandría, en su empeño de presentar la unión de la divinidad y la humanidad en Jesucristo como la más íntima posible, hablaba de “una naturaleza del Verbo encarnado”, explicándola con la imagen del fuego en una brasa encendida.

La otra imagen cristológica estaba representada por la Escuela de Antioquía, que se distinguía por su exégesis histórico gramatical. A ella perteneció San Juan Crisóstomo. Pero fue su sucesor en la sede de Constantinopla, Nestorio, quien subrayando tanto la humanidad de Cristo, hacía de su unión con la divinidad una unión puramente moral: el Logos habitaba en el hombre Jesús como un templo.

Cirilo, patriarca de Alejandría; Nestorio, patriarca de Constantinopla: la tensión producida por las tendencias de escuela quedó reforzada por la rivalidad de ambas sedes episcopales. El brillo de la nueva ciudad imperial iba postergando a la prestigiosa Alejandría, baluarte de la ortodoxia.

 

4. CIRILO CONTRA NESTORIO. EL CONCILIO DE ÉFESO

Nestorio polemizó en sus sermones contra el título de María, “Madre de Dios”. Sólo cabía llamarla “Madre de Cristo” (Cristotokos), ya que había dado a luz al hombre.

Cristo, en quien Dios “habitaba como en un templo”. El pueblo fiel no aceptó nunca renunciar a esta acepción familiar. Cirilo pidió a Nestorio que se retractara de su doctrina.

La personalidad dominante en el Concilio de Éfeso fue el patriarca Cirilo, que ostentaba la representación del papa, Celestino I. Su doctrina sobre la unión hipostática de las dos naturalezas en Cristo mereció la aprobación del concilio y de Nestorio fue depuesto y excomulgado. El pueblo acogió con alegría la decisión conciliar.

Pero los nestorianos reaccionaron y consiguieron incluso que el emperador Teodosio II hiciera detener a Cirilo y al obispo de Éfeso. Pero, al fin, tras escuchar a delegados de ambas partes, rompió con Nestorio y los antioquenos. La ortodoxia había triunfado.

 

5. LA FE DE CALCEDONIA

El germen del error contenido en la imagen alejandrina de Cristo volvía a dar lugar a una nueva herejía cristológica. Eutiques de Constantinopla enseñaba que después de la unión de las naturalezas divina y humana en Jesucristo, ésta fue absorbida por la primera, de modo que ya no se podía hablar más que de una naturaleza, a saber, la divina (monofisismo).

El obispo de Constantinopla, Flaviano, condenó a Eutiques. Pero un concilio de estado convocado por Teodosio II en Éfeso lo rehabilitó. El papa León I (Magno), a cuyo legado se negó la presidencia, lo denominó “sínodo de ladrones” y solicitó en vano del Emperador la convocatoria de un nuevo concilio. Por fin, el sucesor de Teodosio II, Marciano, convocó un concilio en Calcedonia, en el Bósforo, cerca de la capital.

La fórmula de fe de Calcedonia añade al “consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad”, de Nicea, el “consustancial con nosotros en cuanto a la humanidad, semejante en todo a nosotros, menos en el pecado (Heb 4, 15)”.

Y añade, además: “se ha de reconocer a uno solo y el mismo Cristo Hijo Señor unigénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio (contra los monofisitas), sin división, sin separación (contra los nestorianos), en modo alguno borrada la diferencia de naturalezas por causa de la unión, sino conservando, más bien, cada naturaleza su propiedad y concurriendo en una sola persona y en una sola hipóstasis, no partido o dividido en dos personas, sino uno solo y el mismo Hijo unigénito, Dios Verbo Señor Jesucristo (Dz 148).

 

6. CREO EN EL ESPÍRITU SANTO

Aquel al que el Padre ha enviado a nuestros corazones, el Espíritu de su Hijo (Cfr. Ga 4, 6) es realmente Dios. Consustancial con el Padre y el Hijo, es inseparable de ellos, tanto en la vida íntima de la Trinidad como en su don de amor para el mundo. Pero al adorar a la Santísima Trinidad vivificante, consustancial e indivisible, la fe de la Iglesia profesa también la distinción de las Personas. Cuando el Padre envía su Verbo, envía también su aliento: misión conjunta en la que el Hijo y el Espíritu Santo son distintos pero inseparables. Sin ninguna duda, Cristo es quien se manifiesta, Imagen visible de Dios invisible, pero es el Espíritu Santo quien lo revela (CAT 689).

En la plenitud de los tiempos el Espíritu Santo realiza en María todas las preparaciones para la venida de Cristo al Pueblo de Dios. Mediante la acción del Espíritu Santo en ella, el Padre da al mundo el Emmanuel, “Dios con nosotros” (Mt  1, 23) (CAT 744).

El día de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud, Cristo, el Señor (cfr. Hch 236), derrama profusamente el Espíritu. (CAT 731).

El Espíritu Santo que Cristo, Cabeza, derrama sobre sus miembros, construye, anima y santifica a la Iglesia. Ella es el sacramento de la Comunión de la Santísima Trinidad con los hombres. (CAT 747).

La Iglesia, comunión viviente en la fe de los apóstoles que ella transmite, es el lugar de nuestro conocimiento del Espíritu Santo:

- en las Escrituras que Él ha inspirado;
- en la Tradición, de la cual los Padres de la Iglesia son testigos siempre actuales;
- en el Magisterio de la Iglesia, al que El asiste;
- en la liturgia sacramental, a través de sus palabras y sus símbolos, en donde el Espíritu Santo nos pone en comunión con Cristo;
- en la oración en la cual El intercede por nosotros;
- en los carismas y ministerios mediante los que se edifica la Iglesia;
- en los signos de la vida apostólica y misionera;
- en el testimonio de los santos, donde El manifiesta su santidad y continúa la obra de la salvación. (CAT 688).

 

7. DIOS COMO TRINIDAD

El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Sólo Dios puede dárnoslo a conocer revelándose como Padre, Hijo y Espíritu Santo. (CAT 261).

La Iglesia utiliza el término “sustancia” (traducido a veces también por “esencia” o por “naturaleza”) para designar el ser divino en su unidad; el término “persona” o “hipóstasis” para designar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en su distinción real entre sí; el término “relación” para designar el hecho de que su distinción reside en la referencia de cada uno a los otros. (CAT 252).

“La fe católica es ésta: que veneremos un Dios en la Trinidad y la Trinidad en la unidad, no confundiendo las personas, ni separando las substancias; una es la persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del Espíritu Santo; pero del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo una es la divinidad, igual la gloria, coeterna la majestad” (Symbolum “Quicumque”). (CAT 266).

 


 

ALGUNOS TEXTOS DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

 

465. Las primeras herejías negaron menos la divinidad de Jesucristo que su humanidad verdadera (docetismo gnóstico). Desde la época apostólica la fe cristiana insistió en la verdadera encarnación del Hijo de Dios, “venido en la carne” (cf. 1 Jn 4, 2-3; 2 Jn 7). Pero desde el siglo III, la Iglesia tuvo que afirmar frente a Pablo de Samosata, en un Concilio reunido en Antioquía, que Jesucristo es Hijo de Dios por naturaleza y no por adopción. El primer Concilio Ecuménico de Nicea, en el año 325, confesó en su Credo que el Hijo de Dios es «engendrado, no creado, “de la misma substancia” [en griego homousion] que el Padre» y condenó a Arrio que afirmaba que “el Hijo de Dios salió de la nada” (Concilio de Nicea I: DS 130) y que sería “de una substancia distinta de la del Padre” (Ibíd., 126).

466. La herejía nestoriana veía en Cristo una persona humana junto a la persona divina del Hijo de Dios. Frente a ella san Cirilo de Alejandría y el tercer Concilio Ecuménico reunido en Efeso, en el año 431, confesaron que “el Verbo, al unirse en su persona a una carne animada por un alma racional, se hizo hombre” (Concilio de Efeso: DS, 250). La humanidad de Cristo no tiene más sujeto que la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido y hecho suya desde su concepción. Por eso el concilio de Efeso proclamó en el año 431 que María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: “Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma racional [...] unido a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo nació según la carne” (DS 251).

480. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre en la unidad de su Persona divina; por esta razón Él es el único Mediador entre Dios y los hombres.

481 Jesucristo posee dos naturalezas, la divina y la humana, no confundidas, sino unidas en la única Persona del Hijo de Dios.

263. La misión del Espíritu Santo, enviado por el Padre en nombre del Hijo (cf. Jn 14,26) y por el Hijo “de junto al Padre” (Jn 15,26), revela que él es con ellos el mismo Dios único. “Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria”.

265. Por la gracia del bautismo “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19) somos llamados a participar en la vida de la Bienaventurada Trinidad, aquí abajo en la oscuridad de la fe y, después de la muerte, en la luz eterna (cf. Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios 9).

 


 

LECTURAS COMPLEMENTARIAS

 

- Catecismo de la Iglesia Católica Nº 232 a 267 y 464 a 478.

- Catecismo “Esta es nuestra fe” págs. 127 a 130; 160 a 166 y 217 a 220.

Tema 10. Proceso y Muerte de Jesús

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1. LA PRETENSIÓN DE JESÚS

Jesús en persona fue signo de contradicción. Toda su conducta comporta unas pretensiones superiores a las de cualquier rabino o profeta. Al hablar, se pone por encima incluso de Moisés, detrás de cuya palabra está la del mismo Dios. El “pero yo os digo...” (Mt 5, 22.28.32.34.39) descubre su pretensión de ser la voz misma de Dios.

Jesús se consideró siempre como el representante terreno del acontecimiento divino del reino. El reinado de Dios estaba, pues, estrechamente ligado a la persona de Jesús. En este sentido podemos definir a Jesús como directo representante de la acción escatológica de Dios. Habla y actúa en nombre del mismo Dios.

Jesús llamó a su pueblo a una decisión en favor o en contra del reino que El anunciaba. Pero esta decisión se daba aceptándole o rechazándole a El en persona: “El que se avergüence de mí y de mis palabras... también el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre” (Mc 8, 38).

Su persona y su misión estaban por encima de los demás. Eligió doce apóstoles y no once. Jesús no era el número doce. El círculo representativo del Israel de los últimos tiempos (Mt 19, 28) lo constituían sus discípulos. Su misión era algo completamente distinto de la de los demás.

No existe un sólo ejemplo en el judaísmo de tiempos de Jesús en el que Dios sea llamado “abba”. El, sin embargo, se dirige siempre a Dios de esta forma en sus momentos de oración. De ello podemos deducir una experiencia inusual y sin precedentes de intimidad con Dios. Esta conciencia de sus relaciones con Dios es algo único y original.

 

2. EL ORIGEN DEL CONFLICTO

Al parecer, Jesús gozó de popularidad mientras no se vislumbró ningún peligro; pero su predicación de la conversión ante la inminencia del reino de Dios tuvo finalmente poco éxito en Galilea.

Jesús tuvo que sentirse amenazado por Herodes Antipas. No se podía descartar la posibilidad de que le ocurriera a él lo mismo que le pasó a Juan Bautista: “Vete, márchate de aquí, que Herodes quiere matarte. El contestó: Id a decir a ese zorro: hoy y mañana seguiré curando y echando demonios; al tercer día acabo” (Lc 13, 31-32).

Las dos facciones más representativas del Sanedrín, los fariseos y los saduceos, también terminaron por serle hostiles. Los primeros le reprochaban que, sin abolirla, se situó de hecho por encima de la Ley (cuestión del sábado, del ayuno, prohibición del divorcio, amor al pecador, etc.).

Su actitud ante el templo le atrajo la enemistad de los sacerdotes y, en general, del partido saduceo, al que pertenecían. Véase Mc 11, 15-18 (La purificación del templo) y también Mt 12, 6 y Mc 14, 58.

Aunque Jesús no se expresase directamente contra la ocupación romana, las posibles interpretaciones mesiánico-políticas de su mensaje, podrían provocar recelos en la potencia militar, temerosa siempre de un levantamiento popular.


3. LA SUBIDA A JERUSALÉN

Jesús, considerada ya terminada su predicación en Galilea, toma la determinación de subir a Jerusalén. A partir de este momento, los evangelios comienzan a aludir claramente a su pasión: “Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas...” (Mt 16, 21).

Con la parábola de los viñadores homicidas (Mc 12, 1-12), Jesús ve prefigurado su propio destino en el destino de los profetas. Así como ellos fueron perseguidos y rechazados en Jerusalén, así tiene que decidirse también su suerte en aquella ciudad. Para Jesús se trata de la crisis última, de la decisión definitiva del pueblo sobre la gracia o el juicio.

La entrada triunfal en Jerusalén, la expulsión de los mercaderes del Templo y las aclamaciones mesiánicas del pueblo alarmaron a las autoridades judías, que finalmente mandaron detenerle. (Lc 19, 29-48).

 

4. EL VIERNES SANTO

Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí mismo en la cena tomada con los doce Apóstoles, en “la noche en que fue entregado” (1Cor 11, 23). En la víspera de su Pasión, estando todavía libre, Jesús hizo de esta última Cena con sus Apóstoles el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre por la salvación de los hombres: “Este es mí Cuerpo que va a ser entregado por vosotros” (Lc 22, 19). “Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26, 28). La Eucaristía que instituyó en este momento será el “memorial” (1Cor 11, 25) de su sacrificio. Jesús incluye a los Apóstoles en su propia ofrenda y les manda perpetuarla (Cfr. Lc  22, 19) (CAT 610-611a.).

El proceso religioso (Mc 14, 53-65). Jesús fue condenado por el Sanedrín como falso profeta y blasfemo. Su anuncio de la destrucción del Templo y su doctrina discrepante con la ortodoxia de la ley le hacían, según Dt 18, 20, merecedor de la pena de muerte. Del mismo modo, su silencio ante el sumo sacerdote negándose a someter su mensaje al juicio de la suprema autoridad religiosa, le hacían incurrir en delito igualmente castigado con la muerte. (Dt 17, 12).

El proceso político (Mc 15, 1-15). Los sanedritas deciden entregarlo a los romanos (Mc 15, 1), acusándole de proclamarse “rey de los judíos”, lo cual equivalía a un delito de rebelión contra el poder de ocupación romano. Y Pilato, presionado por las autoridades judías, condena a Jesús como rebelde político a morir crucificado.

La muerte en la cruz era un suplicio particularmente cruel, reservado para los esclavos o los rebeldes políticos. El reo moría por asfixia entre terribles dolores, tras algunas horas de agonía.

“Era la hora tercia cuando le crucificaron. Y estaba puesta la inscripción de la causa de su condena: “El rey de los judíos”... Y Jesús, lanzando un fuerte grito expiró” (Mc 15, 25-37).

 

5. LA MUERTE DE CRISTO COMO SACRIFICIO ÚNICO Y DEFINITIVO

La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres por medio del “cordero” que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29; cfr. 1 P 1, 19) y el sacrificio de la Nueva Alianza (Cfr. 1Cor 11, 25) que devuelve al hombre a la comunión con Dios, reconciliándole con El por “la sangre derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt  26, 28; Cfr. Lv 16, 15-16). (CAT 613).

Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (Cfr. Hb 10, 10). Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos con El. Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor ofrece su vida a su Padre por medio del Espíritu Santo, para reparar nuestra desobediencia. (CAT 614).

“Como por la desobediencia de un sólo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos” (Rom 5, 19). Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que “se dio a sí mismo en expiación”, “cuando llevó el pecado de muchos”, a quienes “justificará y cuyas culpas soportará” (Is 53, 10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados. (Cfr. Concilio de Trento; Dz 1529). El “amor hasta el extremo” (Jn 13, 1) es el que confiere su valor de redención y reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. (CAT 615-616 a.).

La liturgia del Viernes Santo expresa el carácter liberador y victorioso de la pasión de Jesucristo cuando introduce la cruz en la Iglesia en procesión solemne para venerarla: “Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo. ¡Venid a adorarlo!”.

 


 

ALGUNOS TEXTOS DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

 

569. Jesús ha subido voluntariamente a Jerusalén sabiendo perfectamente que allí moriría de muerte violenta a causa de la contradicción de los pecadores (cf. Hb 12,3).

570. La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías, recibido en su ciudad por los niños y por los humildes de corazón, va a llevar a cabo por la Pascua de su Muerte y de su Resurrección.

621. Jesús se ofreció libremente por nuestra salvación. Este don lo significa y lo realiza por anticipado durante la última cena: “Este es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros” (Lc 22, 19).

619. “Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras” (1 Co 15, 3).

622. La redención de Cristo consiste en que Él “ha venido a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20, 28), es decir “a amar a los suyos [...] hasta el extremo” (Jn 13, 1) para que ellos fuesen “rescatados de la conducta necia heredada de sus padres” (1 P 1, 18).

623. Por su obediencia amorosa a su Padre, “hasta la muerte [...] de cruz” (Flp 2, 8), Jesús cumplió la misión expiatoria (cf. Is 53, 10) del Siervo doliente que “justifica a muchos cargando con las culpas de ellos” (Is 53, 11; cf. Rm 5, 19).

 


 

LECTURAS COMPLEMENTARIAS

 

- Catecismo de la Iglesia Católica. N. 574 a 623.

- Catecismo “Esta es nuestra fe”. Págs. 142 a 148.

Tema 11. La Resurrección y el Misterio de Jesús

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1. EL FUNDAMENTO DE LA FE EN LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

Con la muerte violenta y vergonzosa de Jesús en la cruz parecía que todo había acabado. También los discípulos de Jesús entendieron su muerte como el fin de sus esperanzas. El final de Jesús en la cruz parecía ser, no sólo el fracaso privado sino el hundimiento de su mensaje del reino de Dios. ¿Qué puede, pues, explicar el nuevo comienzo y la fuerza prodigiosa del cristianismo primitivo?

La respuesta del Nuevo Testamento a esta cuestión es totalmente clara: los discípulos de Jesús anunciaron muy poco después de la crucifixión que Dios lo había resucitado, que quien habían visto en la cruz se les había mostrado vivo y que los había enviado a ellos a anunciarlo por todo el mundo. Además, tal era su convicción, que estaban dispuestos a morir por su mensaje.

Los testimonios de la Pascua de Resurrección siguen dos tradiciones diferentes. El anuncio pascual (Kerigma) lo tenemos en fórmulas muy breves, muy antiguas y generalmente relacionadas con el culto litúrgico. Lc 24, 43: “Verdaderamente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. (1Cor 15, 3-5): “Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras y se apareció a Cefas y luego a los doce”. Véase también Hech 2, 32; Hec 10, 40 y 1Tim 3, 16.

Además existe una serie de fórmulas de profesión de fe y de himnos que no hablan de apariciones, sino que testifican inmediatamente la Resurrección de Jesús. Hay que referirse, ante todo, a la profesión de fe en dos estrofas en Rom 1, 3-4 y al himno cristológico de Flp 2, 6-11, ambos anteriores a los escritos de S. Pablo. Asimismo, es digno de notarse la antigua fórmula catequética de Rom 10, 9: “Pues si profesas con tu boca: Jesús es Señor, y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás”.

Otra línea de tradición son los relatos sobre el sepulcro vacío y los relatos de las apariciones del Resucitado a algunos discípulos, como en el caso de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-43) o el de los Apóstoles en el Cenáculo, primero el día de Pascua y luego, con Tomás presente, ocho días después (Jn 20, 10-19). En esta línea de apariciones cabría situar la comida con Jesús junto al lago de Tiberiades, narrada en Jn 21.

Al estudiar los relatos sobre el sepulcro vacío, especialmente Mc 16, 1-8, del que dependen los demás, observamos que todos los detalles confluyen en el anuncio del ángel: “Resucitó; no está aquí. Mirad el lugar donde lo pusieron” (16, 6). Se anuncia, pues, la Resurrección y luego se apunta al sepulcro como signo de esta fe. La historicidad de lo fundamental está garantizada porque, de no ser cierta, se hubiese desmentido por los judíos adversarios del cristianismo naciente. Ahora bien, el sepulcro vacío, dado su carácter ambiguo (Cfr. Mt 28, 11-15), no constituye una prueba, para la fe sino tan sólo un signo de la resurrección del Señor.

Pero a pesar de las diferencias no armonizables, todas las tradiciones concuerdan en una cosa: Jesús se apareció tras su muerte a determinados discípulos; se mostró vivo y fue anunciado como resucitado de entre los muertos. Todas las tradiciones giran alrededor de este centro y de este núcleo.

Ahora bien, el núcleo propiamente dicho, la Resurrección en sí, jamás se describe de modo inmediato. Ningún testigo afirma haber presenciado la Resurrección misma. Los escritos canónicos del Nuevo Testamento son conscientes de la imposibilidad de hablar de la Resurrección del mismo modo directo como habían hablado de los demás acontecimientos históricos de la vida de Jesús (Cfr. CAT 647).

 

2. LA RESURRECCIÓN DE JESÚS COMO ACONTECIMIENTO ESCATOLÓGICO

La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que El había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naím, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena “ordinaria”. En cierto momento, volverán a morir. La Resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. (CAT 646).

Las apariciones del Resucitado se presentan en el Nuevo Testamento conforme al modelo de las teofanías del Antiguo Testamento. Una aparición así entendida es algo últimamente inaprensible para el hombre. La Revelación de Dios es siempre manifestación de su Misterio.

La Resurrección constituye la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó, y la garantía de sus promesas. En la Resurrección de Jesús de entre los muertos, Dios Padre manifestó su fidelidad y se identificó plenamente con Jesús y su causa. (Cfr. CAT 651-652).

De la misma manera, la Resurrección es el comienzo del Reino de Dios anunciado por Jesús. Es la anticipación (prólesis) del final de la historia, ocurrida ya dentro de la historia. Con Jesús resucitado se inicia la acción escatológica divina.

Por esto, la Resurrección es el acontecimiento decisivo de la Revelación de Dios; en ella se revela definitivamente quién es Dios: aquel cuyo poder abarca la vida y la muerte, aquel en quien se puede confiar incondicionalmente, aunque se desmoronen todas las posibilidades humanas.

 

3. LA RESURRECCIÓN DE JESÚS COMO EXALTACIÓN

En el himno de la carta a los Filipenses (2.9), se habla de exaltación en vez de Resurrección; esta perspectiva aparece en muchos lugares del Nuevo Testamento (Lc 24, 26; 1Tim 3, 16 etc.). Así en Mt  28, 16-20, Jesús aparece como el exaltado junto a Dios y dotado del pleno poder divino. Pascua y Ascensión forman un único misterio: la acción escatológica de Dios en Jesús tras su muerte.

La exaltación a la derecha de Dios no significa el arrebatamiento a un lugar más allá del mundo, sino el ser de Jesús con Dios, el ser en la dimensión de Dios, de su poder y gloria. No quiere decir la lejanía del mundo, sino un nuevo modo de estar con nosotros; ahora Jesús está con nosotros desde Dios y al modo de Dios; dicho gráficamente: está con Dios como nuestro intercesor. Cfr. Hb 7, 25 (CAT 664).

 

4. LA RESURRECCIÓN DE JESÚS COMO ACONTECIMIENTO SALVADOR

Hay un doble aspecto en el misterio pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve la gracia de Dios (cfr. Rm 4, 25) “a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos... así también nosotros vivamos una nueva vida” (Rm 6, 4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia (cfr. Ef 2, 4-5; 1 P 1, 3). Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: “Id, avisad a mis hermanos” (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección. (CAT 654).

Por último, la Resurrección de Jesús y su entronización junto a Dios con poder divino no es para el Nuevo Testamento un acontecimiento aislado, sino el comienzo y la anticipación de la resurrección de los muertos. Jesús es el primogénito de los resucitados. En El está la esperanza de nuestra futura resurrección: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que durmieron... del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo” (1Cor 15, 20-22). Véase también Col 1, 18 y Hechos 26, 23, entre otros textos. (Cfr. CAT 655).

 

5. JESÚS, EL CRISTO, HIJO DE DIOS

La Resurrección de Jesús es la confirmación y la revelación de lo que Jesús antes de la Pascua pretendía ser y era. Su historia y su destino son su explicación definitiva. Así se comprende que, sólo al final y tras la experiencia pascual, les resultara claro a los discípulos el pleno sentido de la pretensión y actuación prepascual de Jesús, su dignidad como hijo de Dios.

La profesión de fe neotestamentaria en Jesucristo como Hijo de Dios arranca de los textos en los que se le alaba como el “Señor” (Kyrios). Es la antigua fórmula litúrgica del “Maranatha” (Ven Señor), que encontramos en 1Cor 16, 22 y Ap 22, 20. El título de “Kyrios” servía ya en la Biblia de los setenta de traducción griega de “Adonai”, nombre de Dios en el Antiguo Testamento.

También se le llama “Señor” (Kyrios) en un himno muy antiguo recogido en Flp 2, 5-11: “... de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo y toda boca proclame que JESUCRISTO ES SEÑOR, para la gloria de Dios Padre”. Todo el cosmos se postra ante el Cristo exaltado y profesa con esta “proskynesis” su dignidad divina: “Jesucristo es Kyrios” (2, 11).

A partir de estas fórmulas primitivas es como se llega a la confesión explícita de Jesús como Dios. Así en Col 2, 9 ya se dice: “En Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad” y en Heb 1, 3 se llama a Cristo: “esplendor de la gloria de Dios e imagen de su esencia”.

En los evangelios sinópticos se da una afirmación clara de la filiación divina de Jesús. Así, en Marcos, el tema central de su relato, la identidad de Jesús, se desvela sólo al final: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15, 39). Y la insistencia de Lucas, en el relato de la Anunciación, en la concepción virginal de María, tiene también una intención cristológica: “... por eso, el que va a nacer será santo y se llamará Hijo de Dios” (Lc 2, 35).

Las proposiciones más diáfanas se encuentran en los escritos de S. Juan: “En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios” (Jn 1, 1). Aquí se quiere decir que el Logos es de naturaleza divina. Manteniendo la distinción entre Dios (ó Zeos) y el Logos, ambos están unidos por la única esencia divina.

En el cenit del evangelio de Juan (Jn 10, 24-38) se halla una disputa en la que se reflejan, sin duda, controversias judeo-cristianas en la comunidad joánica. Los judíos preguntan por la mesianidad de Jesús (10, 24); Este sobrepasa la pregunta al decir: “Yo y el Padre somos una sola cosa” (30). Entonces acusan a Jesús: “Tú, que eres un hombre, te haces Dios” (33), y lo quieren apedrear por blasfemo. (Cfr. también 1Jn 5, 20).

Las sentencias bíblicas sobre Jesús como verdadero Dios son, en consecuencia, claras y terminantes. ¿Pero cómo conciliar esta profesión con el monoteísmo bíblico? El Nuevo Testamento conoce este problema, aunque no haga consideraciones especulativas sobre ello. Pero las prepara, puesto que junto a la divinidad de Jesús, junto a su unidad con Dios afirma, al mismo tiempo, su distinción del Padre.

Y en un último estadio de reflexión teológica, aparecen las fórmulas trinitarias, donde se coloca en total paralelismo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Véase especialmente 2Cor 13, 13 y Mt 28, 17-19.

 


 

ALGUNOS TEXTOS DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

656. La fe en la Resurrección tiene por objeto un acontecimiento a la vez históricamente atestiguado por los discípulos que se encontraron realmente con el Resucitado, y misteriosamente transcendente en cuanto entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios.

657. El sepulcro vacío y las vendas en el suelo significan por sí mismas que el cuerpo de Cristo ha escapado por el poder de Dios de las ataduras de la muerte y de la corrupción . Preparan a los discípulos para su encuentro con el Resucitado.

658. Cristo, “el primogénito de entre los muertos” (Col 1, 18), es el principio de nuestra propia resurrección, ya desde ahora por la justificación de nuestra alma (cf. Rm 6, 4), más tarde por la vivificación de nuestro cuerpo (cf. Rm 8, 11).

665. La ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celeste de Dios de donde ha de volver (cf. Hch 1, 11), aunque mientras tanto lo esconde a los ojos de los hombres (cf. Col 3, 3).

666. Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con Él eternamente.

667. Jesucristo, habiendo entrado una vez por todas en el santuario del cielo, intercede sin cesar por nosotros como el mediador que nos asegura permanentemente la efusión del Espíritu Santo.

653. La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su Resurrección. Él había dicho: “Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy” (Jn 8, 28). La Resurrección del Crucificado demostró que verdaderamente, él era “Yo Soy”, el Hijo de Dios y Dios mismo. San Pablo pudo decir a los judíos: «La Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros [...] al resucitar a Jesús, como está escrito en el salmo primero: “Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy”» (Hch 13, 32-33; cf. Sal 2, 7). La Resurrección de Cristo está estrechamente unida al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: es su plenitud según el designio eterno de Dios.

 


 

LECTURAS COMPLEMENTARIAS

 

- Catecismo de la Iglesia Católica, N. 638-667.

- Catecismo “Esta es nuestra fe”, págs. 149-159.

- W. KASPER, “Jesús, el Cristo”, Salamanca 1982, págs 151-21.

Tema 9. “Abba” El Dios de Jesús

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1. LIBERACIÓN DE UNA IMAGEN OPRESORA DE DIOS

La postura de Jesús ante la Ley y las tradiciones orales. Jesús respeta la “Torá”, como voluntad de Dios que es. Pero, al interpretarla en su sentido originario como don salvífico en favor del pueblo, se opone a muchas tradiciones de los fariseos, que abruman a la gente con cargas insoportables y condenan a los demás por no cumplir sus prescripciones sobre la pureza ritual (lavarse las manos, limpiezas rituales y de utensilios, etc.).

“El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2, 23-28). La casuística judía terminó por traicionar el sentido propio del sábado: concebido como descanso para el hombre, degeneró por culpa de las reglamentaciones rigoristas en una carga insoportable. Jesús, predicando el reino de Dios en favor del hombre, no podía menos de protestar en nombre de su mensaje.

Jesús cura igualmente en sábado: Mc 3, 1-6, un hombre con el brazo atrofiado; Lc 13, 10-17, la mujer encorvada; Lc  14, 1-6, el enfermo de hidropesía. Si Dios quiere la salvación del hombre, entonces sí se puede curar en sábado. Si la casuística farisea lo prohíbe, es que han tergiversado el sentido salvífico de la Ley de Dios.

 

2. LA PLENA CONFIANZA EN DIOS

Uno de los rasgos característicos del discípulo de Jesús es la plena confianza en Dios, especialmente en los momentos difíciles. Parábola del juez inicuo (Lc 18, 2-8). Si incluso este hombre insensible, cede a la constancia de la pobre viuda, ¿cómo Dios no va a escuchar a sus elegidos en sus necesidades?

La misma idea se inculca en la parábola del amigo inoportuno (Lc 11, 5-8). Si el amigo no deja en la estacada a quien le pide tres panes, aunque toda la familia se va a despertar al correr el cerrojo, ¡con cuánta más razón Dios! El oye a los que están en necesidad. Por eso, los discípulos se pueden abandonar a El con toda certeza.

Más todavía, el discípulo se siente miembro de la familia de Dios (Mc 3, 35: “El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre”). Como hijo que es, no debe pagar el impuesto del Templo (Mt 17, 24-27: “los suyos están exentos”).

La confianza en el amor de Dios debe llevar al discípulo a no agobiarse por la comida y el vestido (Mt 6, 25-33): “No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir... Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo eso se os dará por añadidura”.

 

3. LA ORIGINALIDAD DE PODER INVOCAR A DIOS COMO “ABBA”

El judaísmo antiguo dispone de una gran riqueza de maneras para dirigirse a Dios. La “oración” (Tephillá, denominada más tarde las 18 bendiciones), contiene una lista muy extensa de fórmulas para dirigirse a Dios. Evitan, no obstante, la denominación “Yahveh”.

La invocación “Padre” para dirigirse a Dios en el judaísmo antiguo se haya atestiguada en algunas ocasiones, pero se trata generalmente de proposiciones enunciativas, no de invocaciones dirigidas a Dios directamente llamándole “Padre”.

Jesús concede a sus discípulos, como don del Reino, el llamar a Dios con el nombre de “Abbá”. Este es un término muy familiar, utilizado por los niños y adolescentes para dirigirse a su padre, o bien como fórmula de respeto ante una persona mayor. Dirigido a Dios sonaba irrespetuoso.

No obstante, entre los discípulos de Jesús y, luego en la Iglesia primitiva, se difundió la costumbre de rezar a Dios con la invocación de “Abbá”, a impulsos del Espíritu Santo: “Vosotros no habéis recibido un Espíritu que os haga esclavos, de nuevo bajo el temor, sino que habéis recibido un Espíritu que os hace hijos adoptivos y os permite clamar: “Abbá”, es decir, “Padre”. (Rom 8, 15. Véase también Gal 4, 6-7).

 

4. LA ORACIÓN DEL DISCÍPULO: EL “PADRENUESTRO”

“Estando él (Jesús) en cierto lugar, cuando terminó le dijo uno de sus discípulos: ‘Maestro, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos” (Lc 11, 1). En respuesta a esta petición, el Señor confía a sus discípulos y a su Iglesia la oración cristiana fundamental. (CAT 2759).

Podemos invocar a Dios como “Padre” porque nos lo ha revelado el Hijo de Dios hecho hombre, en quien, por el Bautismo, somos incorporados y adoptados como hijos de Dios. (CAT 2798).

“Que estás en el cielo” no designa un lugar, sino la majestad de Dios y su presencia en el corazón de los justos. El cielo, la Casa del Padre, constituye la verdadera patria hacia donde tendemos y a la que ya pertenecemos. (CAT 2802).

Al pedir: “Santificado sea tu Nombre” entramos en el plan de Dios, la santificación de su Nombre -revelado a Moisés, después en Jesús- por nosotros y en nosotros, lo mismo que en toda nación y en cada hombre (CAT 2858).

En la segunda petición, -”venga a nosotros tu reino”- la Iglesia tiene principalmente a la vista el retorno de Cristo y la venida final del Reino de Dios. También ora por el crecimiento del Reino de Dios en el “hoy” de nuestras vidas. (CAT 2859).

En la tercera petición, -”hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”- rogamos al Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para realizar su Plan de salvación en la vida del mundo. (CAT 2860).

En la cuarta petición -”dános hoy nuestro pan de cada día”- al decir “dános”, expresamos en comunión con nuestros hermanos, nuestra confianza filial en nuestro Padre del cielo. “Nuestro pan” designa el alimento terrenal necesario para la subsistencia de todos y significa también el Pan de Vida: Palabra de Dios y Cuerpo de Cristo. Se recibe en el “hoy” de Dios, como el alimento indispensable, lo más esencial del Festín del Reino que anticipa la Eucaristía. (CAT 2861).

La quinta petición -”perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”-, implora para nuestras ofensas la misericordia de Dios, la cual no puede penetrar en nuestro corazón si no hemos sabido perdonar a nuestros enemigos, a ejemplo y con la ayuda de Cristo. (CAT 2862).

Al decir; “No nos dejes caer en la tentación”, pedimos a Dios que no nos permita tomar el camino que conduce al pecado. Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza; solicita la gracia de la vigilancia y la perseverancia final. (CAT 2863).

En la última petición, “y líbranos del mal”, el cristiano pide a Dios con la Iglesia que manifieste la victoria ya conquistada por Cristo, sobre el “príncipe de este mundo”, sobre Satanás, el ángel que se opone personalmente a Dios y a su plan de salvación. (CAT 2864).

 

5. “ABBA” COMO INVOCACIÓN A DIOS EN JESÚS

Toda la tradición de los Evangelios concuerda en que Jesús se dirigía siempre a Dios llamándole “Padre mío”. Además, en el relato de Getsemaní, Marcos (14, 36) nos dice que Jesús, al dirigirse a Dios, utilizaba la forma aramea “Abbá”.

La completa novedad y el carácter único de la invocación divina Abba, en las oraciones de Jesús, muestra que esta invocación expresa el núcleo mismo de la relación de Jesús con Dios. Jesús habló con Dios como un niño habla con su padre, lleno de confianza y, al mismo tiempo, respetuoso y dispuesto a la obediencia.

Pero nunca Jesús se refiere a Dios llamándole “nuestro Padre” incluyéndose a El y a los discípulos en un mismo nivel de filiación. Dios es su Padre (Abbá); de los discípulos también lo es por su seguimiento de Jesús y por su entrada por gracia en el Reino que El anuncia.

En la invocación a Dios como “Abbá” se manifiesta el misterio de la persona y de la misión de Jesús. El comunica la revelación porque “Mi Padre (Abba) me lo ha enseñado todo; al Hijo lo conoce sólo el Padre y al Padre lo conoce sólo el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar” (Mt 11, 27). Jesús es quien conoce a Dios como nadie le ha conocido. La relación que tiene con Él no tiene parangón humano.

 


 

ALGUNOS TEXTOS DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

 

2773. En respuesta a la petición de sus discípulos (“Señor, enséñanos a orar”: Lc 11, 1), Jesús les entrega la oración cristiana fundamental, el “Padre Nuestro”.

2774. “La oración del Señor o dominical es, en verdad, el resumen de todo el Evangelio” (Tertuliano, De oratione, 1, 6), “la más perfecta de las oraciones” (Santo Tomás de Aquino, Summa. theologiae 2-2, q. 83, a. 9). Es el corazón de las Sagradas Escrituras.

2775. Se llama “Oración dominical” porque nos viene del Señor Jesús, Maestro y modelo de nuestra oración.

2780. Podemos invocar a Dios como “Padre” porque Él nos ha sido revelado por su Hijo hecho hombre y su Espíritu nos lo hace conocer. Lo que el hombre no puede concebir ni los poderes angélicos entrever, es decir, la relación personal del Hijo hacia el Padre (cf Jn 1, 1), he aquí que el Espíritu del Hijo nos hace participar de esta relación a quienes creemos que Jesús es el Cristo y que hemos nacido de Dios (cf 1 Jn 5, 1).

2857. En el Padre Nuestro, las tres primeras peticiones tienen por objeto la Gloria del Padre: la santificación del nombre, la venida del reino y el cumplimiento de la voluntad divina. Las otras cuatro presentan al Padre nuestros deseos: estas peticiones conciernen a nuestra vida para alimentarla o para curarla del pecado y se refieren a nuestro combate por la victoria del Bien sobre el Mal.

285. Desde sus comienzos, la fe cristiana se ha visto confrontada a respuestas distintas de las suyas sobre la cuestión de los orígenes. Así, en las religiones y culturas antiguas encontramos numerosos mitos referentes a los orígenes. Algunos filósofos han dicho que todo es Dios, que el mundo es Dios, o que el devenir del mundo es el devenir de Dios (panteísmo); otros han dicho que el mundo es una emanación necesaria de Dios, que brota de esta fuente y retorna a ella ; otros han afirmado incluso la existencia de dos principios eternos, el Bien y el Mal, la Luz y las Tinieblas, en lucha permanente (dualismo, maniqueísmo); según algunas de estas concepciones, el mundo (al menos el mundo material) sería malo, producto de una caída, y por tanto que se ha de rechazar y superar (gnosis); otros admiten que el mundo ha sido hecho por Dios, pero a la manera de un relojero que, una vez hecho, lo habría abandonado a él mismo (deísmo); otros, finalmente, no aceptan ningún origen transcendente del mundo, sino que ven en él el puro juego de una materia que ha existido siempre (materialismo). Todas estas tentativas dan testimonio de la permanencia y de la universalidad de la cuestión de los orígenes. Esta búsqueda es inherente al hombre.

 


 

LECTURAS COMPLEMENTARIAS

 

l Catecismo de la Iglesia Católica. N. 2759 al 2865.

l Catecismo “Esta es nuestra fe”. Págs. 272 a 278.