Jueves, 23 de Mayo de 2013
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San Juan de Ávila 2011

1. SAN JUAN DE AVILA, SACERDOTE MODERNO

- San Juan de Ávila fue una vocación para la reforma que la Iglesia necesitaba en momentos de profunda crisis. Destacó por su doctrina teológica y la sabiduría de sus consejos como guía espiritual, en unas circunstancias en las que la Iglesia y la sociedad del siglo XVI necesitaban guías experimentados que las renovaran.

- El Papa Pablo VI afirmó el día de su canonización: “San Juan de Ávila es un sacerdote que, bajo muchos aspectos, podemos llamar moderno, especialmente por la pluralidad de facetas que su vida ofrece a nuestra consideración y, por lo tanto, a nuestra imitación... sobre todo... en nuestros días, en los cuales se dice que el sacerdocio mismo sufre una profunda crisis; una “crisis de identidad”, como si la naturaleza y la misión del sacerdote no tuvieran ahora motivos suficientes para justificar su presencia en una sociedad como la nuestra, desacralizada... pero él nos enseña a ser: sacerdote de Cristo, ministro de la Iglesia y guía de los hermanos”.

 

2. SAN JUAN DE ÁVILA, TESTIGO DE LA PALABRA DE DIOS

- Fue un maestro en recurrir a la Palabra de Dios para animar y revitalizar la relación con Dios, meta de la vida de un sacerdote. “Sed amigos de la Palabra de Dios leyéndola, hablándola, obrándola” (Carta 86). “Cristo dice que quien se funda sobre sus palabras será como una casa fundada sobre piedra” (Sermón 12). “Si no queréis errar en el camino del cielo, inclinad vuestra oreja, quiero decir, vuestra razón, sin temor de ser engañada: inclinadla con profundísima reverencia a la Palabra de Dios, que está dicha en toda la Sagrada Escritura” (Audi, Filia).

- La escucha de la Palabra debe llevar al amor de Dios, a la “relación con Dios”: “el que verdaderamente guarda la Palabra de Dios, está perfecto en el amor de Dios... Digo que no se puede guardar la Palabra de Dios sin amor de Dios” (Sermón 10). “Por experiencia se ve que el pueblo donde hay predicación de la Palabra de Dios, se diferencia de aquel donde no la hay, como tierra llovida y fértil a la tierra seca” (Sacerdocio 45).

- Vinculación entre Biblia e Iglesia: “oír y aprender de lo que habla Dios en su divina Escritura y en su Iglesia católica” (Audi, Filia). Quienes interpretan subjetivamente la Escritura “suelen mucho ensalzar la honra de la divina palabra, y es tanto su yerro, que, pensando que ellos se rigen por ella, son regidos por su propio sentido, porque quieren entender la Palabra de Dios como a ellos parece y no de otra manera” (Carta 9).

 

3. LA LITURGIA EN SAN JUAN DE ÁVILA

- Los escritos de San Juan de Ávila nos llevan a lo esencial de la liturgia, que es la Eucaristía. El critica las deficiencias de su tiempo: el abandono del precepto pascual, la falta de autenticidad en las celebraciones, la presencia de elementos extraños en las acciones litúrgicas, la carencia del respeto debido en los templos, sobre todo, en la celebración eucarística, etc.

- La Eucaristía es el “nido madre” de toda espiritualidad cristiana, especialmente de aquel que ha sido constituido “en tan alto oficio”, porque “divino ha de ser quien trata con la Divinidad”. Toda la vida espiritual del presbítero es “por y para el ministerio”, porque por “amor es dado, amor representa y amor obra en nuestras entrañas”.

- Exhorta a los ministros de la Eucaristía a celebrar con dignidad: “Trátalo bien, que es Hijo de buen Padre”, le dijo un día a un sacerdote que celebraba con poco respeto. También se preocupó de dar normas sobre limpieza de los objetos litúrgicos, ornamentos y vasos sagrados.

- Solicitó que se promoviesen los “jueves eucarísticos”, para adoración del Santísimo en la Eucaristía e impulsó cofradías del Santísimo Sacramento para el acercamiento de los fieles a la Eucaristía.

- Recuerda todo esto las palabras del cardenal Ratzinger en el libro Dios y mundo: “Lo más importante hoy es volver a adquirir el respeto por la liturgia, y ser conscientes de que no puede manipularse. Aprender nuevamente a conocer en su naturaleza una creación viva que crece y ha sido dada como un don, por medio de la cual participamos en la liturgia celestial. Renunciar a buscar en ella nuestra propia realización personal y ver más bien en ella un don.

 

4. EL AFECTO PATERNAL Y MATERNAL EN EL SACERDOTE

- En su Tratado sobre el sacerdocio afirma: “El nombre de padre que a los sacerdotes damos les debe amonestar que, pues no es razón que lo tengan en vano y mentira, deben de tener dentro de sí el afecto paternal y maternal para aprovechar, orar y llorar por su prójimo”. Su idea es que el sacerdote debe impregnar la caridad pastoral en el ejercicio de su ministerio de una profunda humanidad, en la que se integren afectos tanto paternales como maternales.

- La caridad pastoral se traducirá por un estilo de ejercer el ministerio caracterizado por la referencia a Jesucristo, el Buen Pastor. Ejercer el ministerio con “afecto paternal y maternal” es, pues, hacer más transparente la realidad de cómo es Dios.

- Ef 3, 14s dice San Pablo: “Doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad (patría) en el cielo y en la tierra”. “Patría”, en griego incluye la idea de paternidad y maternidad. Con ello nos dice San Pablo que desde el misterio de Dios Padre, se ilumina toda paternidad y maternidad humana. En referencia a Dios es como se aprende de verdad a ser padre o madre. Y así debe ser el ministerio sacerdotal.

Pascua: Cristo ha resucitado

Con la muerte violenta y vergonzosa de Jesús en la cruz parecía que todo había acabado. También los discípulos de Jesús entendieron su muerte como el fin de sus esperanzas. El final de Jesús en la cruz parecía ser, no sólo el fracaso privado sino el hundimiento de su mensaje del reino de Dios. ¿Qué puede, pues, explicar el nuevo comienzo y la fuerza prodigiosa del cristianismo primitivo?

La respuesta del Nuevo Testamento a esta cuestión es totalmente clara: los discípulos de Jesús anunciaron muy poco después de la crucifixión que Dios lo había resucitado, que quien habían visto en la cruz se les había mostrado vivo y que los había enviado a ellos a anunciarlo por todo el mundo. Además, tal era su convicción, que estaban dispuestos a morir por su mensaje.

La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que Él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naím, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena “ordinaria”. En cierto momento, volverán a morir. La Resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida, la “vida eterna”, más allá del tiempo y del espacio.

La Resurrección constituye la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó, y la garantía de sus promesas. En la Resurrección de Jesús de entre los muertos, Dios Padre manifestó su fidelidad y se identificó plenamente con Jesús y con todo lo que él había hecho y enseñado.

De la misma manera, la Resurrección es el comienzo del Reino de Dios anunciado por Jesús. Es la anticipación del final de la historia, ocurrida ya dentro de la historia. Con Jesús resucitado se inicia la acción de salvación divina para toda la humanidad.

Jesús, por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve la gracia de Dios “a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos... así también nosotros vivamos una nueva vida” (Rm 6,4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia. Realiza también la adopción filial, porque los hombres se convierten por el bautismo en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: “Id, avisad a mis hermanos” (Mt 28, 10). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que se ha revelado plenamente en su Resurrección.

Además, la Resurrección de Jesús y su entronización junto a Dios con poder divino no es para el Nuevo Testamento un acontecimiento aislado, sino el comienzo y la anticipación de la resurrección de los muertos. Jesús es el primogénito de los resucitados. En Él está la esperanza de nuestra futura resurrección: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que durmieron... del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo” (1 Cor. 15,20-22).

Finalmente, la Resurrección de Jesús es la confirmación y la revelación de lo que Jesús antes de la Pascua pretendía ser y era. Su historia y su destino adquieren su explicación definitiva. Así se comprende que, sólo al final y tras la experiencia pascual, les resultara claro a los discípulos el pleno sentido de la pretensión y actuación de Jesús, su dignidad como hijo de Dios. Por eso, San Pablo podrá afirmar: “de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo y toda boca proclame que JESUCRISTO ES SEÑOR, para la gloria de Dios Padre” (Flp. 2,5-11).

Misa Crismal 2011

1. INTRODUCCIÓN

Queridos sacerdotes, religiosas y religiosos, fieles todos que acompañáis desde las parroquias a vuestros sacerdotes en este día grande para ellos y para nuestra Iglesia particular. Un saludo afectuoso para todos.

Hace ocho meses que estoy con vosotros, como vuestro obispo, en esta Iglesia que peregrina por las tierras de Palencia. Os aseguro que estoy favorablemente impresionado por el fervor que he encontrado en nuestra gente y por la entrega ilusionada de vosotros, los sacerdotes del presbiterio palentino por mostrar el rostro de Cristo y pastorear la porción de Iglesia que os he encomendado.

Perdonadme lo que puede parecer inmodestia, pero quiero recordar ahora ante vosotros las principales vicisitudes de mis correrías por estas tierras palentinas. En estos meses, he recorrido los arciprestazgos varias veces. Me he encontrado con los laicos y los sacerdotes en distintas visitas, en reuniones con los religiosos y religiosas, en las celebraciones con motivo de distintas romerías o fiestas patronales y en los encuentros que he tenido por distintos motivos para poder estar con nuestro pueblo. En el obispado he recibido a las personas que lo han solicitado y he abierto las puertas a todos los que han deseado participar en las clases de formación teológica. Con los jóvenes me he encontrado en los días de la Cruz y el Icono, como preparación a la JMJ de agosto. También he estado con ellos en las confirmaciones, en los colegios de la Iglesia y en los encuentros de los grupos que me han venido a visitar. He intentado también estar cercano, dentro de mis posibilidades, con los que han sufrido por cualquier causa. Estoy contento del trabajo realizado, pero os aseguro que han sido unos meses muy intensos. En estas visitas he ido observando y aprendiendo y la misión que he de desempeñar durante los próximos años con vosotros.

Por otra parte, la participación del pueblo de Dios en el nuevo Plan de Pastoral está siendo un momento de gracia y de renovada ilusión. Más de dos mil propuestas se están trabajando y seleccionando en los distintos Consejos para centrar e impulsar la vida de nuestra diócesis. Es verdad que los rasgos específicos de la evangelización están ya marcados por el Evangelio y la tradición viva de la Iglesia, pero no es menos cierto que la consulta nos está sirviendo no sólo de propuesta pastoral para los próximos años, sino también de revisión de nuestro ser y actuar como creyentes y discípulos del Señor Resucitado.

Estamos trabajando bien y debemos de seguir marcando caminos que renueven las promesas que nos comprometieron en nuestro bautismo. Queridos sacerdotes, también espero mucho de vosotros, y yo estaré a vuestro lado como Pastor y guía, en esta nueva andadura. Permitidme que ahora ahonde en la esencia de esta celebración de la Misa Crismal, siguiendo la liturgia de esta fiesta.

 

2. LA FIESTA DEL PRESBITERIO DIOCESANO

Las lecturas que acabamos de escuchar subrayan el significado de la misa crismal como la fiesta del presbiterio diocesano, la fiesta de los sacerdotes. Por ello, los textos están centrados en las características del que ha sido elegido para desempeñar en la Iglesia las funciones sacerdotales.

La primera lectura, del capítulo 61 del libro de Isaías, nos dice a cada uno de nosotros, entre otras cosas: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobre, para curar los corazones desgarrados... (y) vosotros os llamaréis ‘sacerdotes del Señor’, dirán de vosotros ‘ministros de nuestro Dios’”. A esta lectura se refiere también el texto del evangelio. Cristo en la sinagoga de Nazaret leyó precisamente este pasaje de Isaías y lo comentó como predicción sobre sí mismo: “hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír” (cf Lc 4, 6-21). No lo olvidéis, estas palabras también se cumplen para cada uno de nosotros desde el día que fuimos ordenados.

La segunda lectura, sacada del Apocalipsis de San Juan, es más explícita y está centrada sobre el objeto mismo de nuestra celebración: “Aquel que nos ama, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre” (Ap 1, 6). Por la donación del Espíritu, en la imposición de las manos de la liturgia de la ordenación, Cristo nos ha hecho partícipes de su función sacerdotal, nos ha hecho a todos nosotros sacerdotes de Dios, su Padre.

La liturgia de la misa crismal nos ofrece cada año la ocasión para hacer memoria de la teología del sacerdocio, que aprendimos en el seminario, y los compromisos que adquirimos el día de nuestra ordenación sacerdotal.

El concilio Vaticano II nos recuerda que el obispo “es el principio y fundamento visible de unidad en la Iglesia particular, formada a imagen de la Iglesia universal” (LG 23). Y en el decreto sobre la función pastoral de los obispos en la Iglesia, nos dice que “cada obispo, al que se le ha encomendado el cuidado de una Iglesia particular, apacienta en nombre del Señor, bajo la autoridad del Sumo Pontífice, sus ovejas como su pastor propio, ordinario e inmediato, ejerciendo con ellas, la función de enseñar, santificar y gobernar” (Ch D 11).

Vosotros, los presbíteros, tanto diocesanos como religiosos, participáis y ejercéis junto conmigo el único sacerdocio de Cristo y, por tanto, sois diligentes colaboradores de mi ministerio episcopal (cf CD 28). Además, en virtud del sacramento del orden, habéis sido consagrados, según la imagen de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, para predicar el Evangelio, apacentar a los fieles y para celebrar el culto divino (cf LG 28). Así pues, La predicación del evangelio, el culto de alabanza a Dios en la liturgia y la guía religiosa y moral de los fieles que os han sido encomendados, son las tres principales tareas que se os confían en cuanto sacerdotes, miembros del presbiterio diocesano.

La concelebración eucarística, que estamos celebrando, es la expresión más elocuente de la unidad de nuestro sacerdocio. La solemne liturgia de la misa crismal es la gran ocasión para reunir a todo el presbiterio alrededor del obispo y hacer de esta celebración el momento más propicio para manifestar, ante el pueblo de Dios que nos acompaña, nuestra profunda comunión eclesial, basada en el sacramento del orden.

Con ello estamos cumpliendo aquella primera prioridad para el curso 20102011, que os propuse en la carta que os dirigí al comienzo de mi estancia entre vosotros: tenemos que “incrementar la espiritualidad de comunión en la diócesis: Comunión del párroco con los laicos confiados a su cuidado, cualesquiera que éstos sean. Comunión de los sacerdotes de un mismo arciprestazgo. Comunión con los religiosos de vida activa o contemplativa. Comunión con el Obispo. Comunión con el Papa”. El trabajo que estamos realizando en la elaboración del nuevo Plan Pastoral constituye ya uno de los frutos más patentes de este clima de comunión y de corresponsabilidad jerárquica en la acción pastoral de la diócesis.

 

3. LA RENOVACIÓN DE LAS PROMESAS SACERDOTALES

Siguiendo el ritual de la misa crismal, dentro de unos momentos, os preguntaré textualmente: “Hijos amadísimos: En esta conmemoración anual del día en que Cristo confirió su sacerdocio a los apóstoles y a nosotros, ¿queréis renovar las promesas que hicisteis un día ante vuestro obispo y ante el pueblo santo de Dios?”

En efecto, en el día de nuestra ordenación al presbiterado, para muchos de nosotros ya lejano, se nos hizo una serie de preguntas sobre si estábamos dispuestos a cumplir los compromisos que lleva consigo el ejercicio de nuestro ministerio. Estoy seguro que no los hemos olvidado, pero al igual que ocurre en la vigilia pascual con las promesas del bautismo o la renovación de los votos en las congregaciones religiosas o de las promesas matrimoniales que realizan los esposos en determinadas ocasiones de su vida, la Iglesia nos pide hoy a nosotros, sacerdotes, que reflexionemos sobre los compromisos contraídos y reafirmemos nuestra determinación de seguir cumpliéndolos cada día mejor, en bien de nuestra propia vida espiritual y también, en bien del provecho de quienes tenemos el deber de conducir hacia la santidad.

En primer lugar se nos preguntó: “¿Estás dispuesto a desempeñar siempre el ministerio sacerdotal con el grado de presbítero, como buen colaborador del orden episcopal, apacentando el rebaño del Señor y dejándote guiar por el Espíritu Santo?” A esta pregunta se le añadió poco después: “¿Prometes respeto y obediencia a tu obispo y a sus sucesores?”. No es fácil en nuestros días comprender el sentido de la obediencia cristiana. La exaltación incondicionada de la propia libertad en nuestra sociedad, hace difícil aceptar el sacrificio de la propia voluntad cuando se trata de cuestiones que afectan al bien de la Iglesia, vehiculado con mayor o menor acierto a través de quien ostenta, aunque siempre indignamente y con deficiencias, la representación de Cristo en su Iglesia (cf LG 21).

La obediencia cristiana tiene una exigencia irrenunciable: que la autoridad sea cada vez más transparente a la voluntad divina, de forma que la obediencia pueda comprenderse como sumisión a Dios Padre. Por eso, también se advierte a quienes ejercemos en nombre de Cristo la autoridad en la Iglesia -y entre ellos no sólo está el obispo, sino también vosotros, los párrocos- que nos esforcemos en “no sofocar el Espíritu” (LG 12) y ser conscientes de que también nosotros “estamos necesitados de purificación” (LG 8). Ahora bien, si la obediencia puede ser definida como un ofrecer directamente “a Dios, como sacrificio de sí mismo, la plena entrega de la voluntad” (PC 14), debemos ejercitarnos en este compromiso sacerdotal, aunque nos cueste, como parte integrante de nuestra vida de entrega incondicional al Padre en Cristo.

En segundo lugar se nos preguntó: “¿Realizarás el ministerio de la palabra, preparando la predicación del Evangelio y la exposición de la fe católica con dedicación y sabiduría?”. La reciente Exhortación Apostólica del Papa Benedicto XVI, Verbum Domini, precisa y actualiza en nuestros días este compromiso sacerdotal: “Quienes por ministerio específico están encargados de la predicación han de tomarse muy en serio esta tarea... Debe quedar claro a los fieles que lo que interesa al predicador es mostrar a Cristo, que tiene que ser el centro de toda homilía.” (VD 59). Además, “Una auténtica interpretación de la Biblia ha de concordar siempre con la fe de la Iglesia católica” (DV 30), ya que “el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado únicamente al Magisterio de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo” (DV 10).

Como consecuencia de todo ello, “se requiere que los predicadores tengan familiaridad y trato asiduo con el texto sagrado; que se preparen para la homilía con la meditación y la oración, para que prediquen con convicción y pasión. La Asamblea sinodal ha exhortado a que se tengan presentes las siguientes preguntas: «¿Qué dicen las lecturas proclamadas? ¿Qué me dicen a mí personalmente? ¿Qué debo decir a la comunidad, teniendo en cuenta su situación concreta?». El predicador tiene que «ser el primero en dejarse interpelar por la Palabra de Dios que anuncia», porque, como dice san Agustín: “Pierde tiempo predicando exteriormente la Palabra de Dios quien no es oyente de ella en su interior” (DV 59).

Finalmente se nos preguntó: “¿Estás dispuesto a invocar a misericordia divina en favor del pueblo que se te ha encomendado, perseverando en el mandato de orar sin desfallecer?”. No es tampoco fácil para el sacerdote, obispo o presbítero, llevar regularmente una intensa vida de oración. El ritmo de la vida actual, las múltiples ocupaciones pastorales, también las deficiencias humanas, hacen que olvidemos o consideremos como menos necesario este compromiso de la oración. Sin embargo, es fundamental tanto en su vertiente de oración personal como en la vertiente de la oración oficial de la Iglesia, es decir el oficio de las horas litúrgicas.

En efecto, en un texto que ya he citado en otras ocasiones, decía el Papa Benedicto XVI precisamente en la misa crismal en Roma, del año 2006: “El simple activismo puede ser incluso heroico. Pero la actividad exterior, en resumidas cuentas, queda sin fruto y pierde eficacia si no brota de una profunda e íntima comunión con Cristo. El tiempo que dedicamos a esto es realmente un tiempo de actividad pastoral... El sacerdote debe ser sobre todo un hombre de oración. Ya no os llamo siervos, sino amigos. El núcleo del sacerdocio es ser amigos de Jesucristo. Sólo así podemos hablar verdaderamente in persona Christi... Ser amigo de Jesús, ser sacerdote significa, por tanto, ser hombre de oración”.

Y respecto de la oración oficial de la Iglesia, que se nos encomendó en el día de nuestra ordenación, se nos advierte en La ordenación general de la Liturgia de las Horas: “Fiel y obediente al mandato de Cristo de que hay que orar siempre y sin desanimarse (Lc 18, 1), la Iglesia no cesa un momento en su oración... Responde al mandato de Cristo no sólo con la celebración eucarística, sino también con otras formas de oración, principalmente con la Liturgia de las Horas, que, conforme a la antigua tradición cristiana, tiene como característica propia la de servir para santificar el curso entero del día y de la noche (cf SC 83-84).

Con la alabanza que a Dios se ofrece en las Horas, la Iglesia canta, asociándose al himno de alabanza que perpetuamente resuena en las moradas celestiales, y siente ya el sabor de aquella alabanza celestial que resuena de continuo ante el trono de Dios y del Cordero, como Juan la describe en el Apocalipsis... Esto atañe principalmente a todos aquellos que han recibido especial mandato para celebrar la Liturgia de las Horas: los obispos y los presbíteros, que cumplen el deber de orar por su grey y por todo el pueblo de Dios, y los demás ministros sagrados y los religiosos”.

 

4. CONCLUSIÓN

Queridos hermanos presbíteros, que la renovación de nuestras promesas sacerdotales, afiance en nosotros nuestra vocación al sacerdocio, seamos conscientes de la gran dignidad para la que Dios nos ha escogido, aunque la sociedad actual no nos valore. Nosotros somos los heraldos de Cristo, el hijo de Dios, y sus colaboradores en su obra de salvación de los hombres. Combatamos por la liberación en nosotros del pecado personal y estructural, que nos aparta de Dios. Comprometámonos por iniciar ya aquí en la tierra el reino de los cielos, esperando “el cielo nuevo y la tierra nueva”, que el Señor cumplirá al final de la historia. Prediquemos finalmente la liberación de la muerte, dando cumplimiento al anhelo fundamental de todo ser humano de una vida plena, feliz y lograda, gozando eternamente con Dios en su reino de justicia, de caridad y de paz. Amén.

La Semana Santa palentina

Interrumpimos el ciclo de artículos sobre el diálogo Fe-Cultura, en el momento en que estamos intentando mostrar la razonabilidad de la existencia de Dios, debido a que la celebración de la Semana Santa para los católicos centra estos días nuestro interés religioso, tanto en la vida litúrgica como en la piedad popular de los palentinos.

Las procesiones que van a celebrarse durante estos días en Palencia y en otros lugares de la diócesis congregan un público numeroso que presencia con devoción el recorrido de las imágenes, vibrando de emoción religiosa al contemplar las escenas y personajes representados en ellas: el Jesús doliente

o crucificado, su santísima Madre dolorosa, los apóstoles y los demás personajes que intervinieron directa o indirectamente en la pasión y muerte del Señor. Y siguiendo a los distintos “pasos”, los cofrades que acompañan místicamente al Señor por las calles de la capital y de los pueblos. El conjunto de todos estos actos constituye una piadosa movilización de los fieles cristianos para conmemorar los grandes misterios de la fe. Una movilización que, como espectadores o como participantes en las procesiones, se transmite de padres a hijos, según un ritual que se remonta mucho tiempo atrás.

La Iglesia no ha podido más que alabar esta importante manifestación de la piedad popular, prescribiendo que sus ministros, los sacerdotes, presidan estas procesiones, dándoles así un carácter oficial de culto cristiano. “Sin embargo, según se afirma el documento de la Santa Sede, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, ha sucedido que, a lo largo de los siglos, se ha producido en los ritos de la Semana Santa una especie de paralelismo celebrativo, por lo cual se dan prácticamente dos ciclos con planteamiento diverso: uno rigurosamente litúrgico, otro caracterizado por ejercicios de piedad específicos, sobre todo las procesiones”. Los dos ciclos a los que se refiere este texto de la Congregación para el Culto divino, corresponden, por una parte, a los distintos actos litúrgicos que se celebran en las parroquias y templos durante la Semana Santa, especialmente, la Misa del Domingo de Ramos, la Misa “In coena Domini” del Jueves Santo, los Oficios vespertinos del Viernes Santo y la Solemne Vigilia Pascual y la Misa de Resurrección del Domingo de Pascua. Es el ciclo de la liturgia de la Semana Santa. Por otra parte está el ciclo de la piedad popular, o sea el conjunto de ritos y actos que los fieles cristianos, llevados como por un deseo de “ver” y experimentar una mayor emoción, han instaurado durante estos mismos días, como son, por ejemplo, el Vía Crucis, las visitas a los lugares de la reserva del Santísimo -los monumentos-, las representaciones de la Pasión del Señor, el Encuentro de Jesús resucitado con su Santísima Madre y, sobre todo, las procesiones que se tienen a lo largo de la semana, acompañando a los distintos “pasos” o imágenes de la Pasión.

Según el documento citado, no debería haber entre ambos ciclos o conjunto de celebraciones una contraposición y mucho menos una disyuntiva. Al contrario, “esta diferencia se debería reconducir a una correcta armonización entre las celebraciones litúrgicas y los ejercicios de piedad. En relación con la Semana Santa, el amor y el cuidado de las manifestaciones de piedad tradicionalmente estimadas por el pueblo debe llevar necesariamente a valorar las acciones litúrgicas, sostenidas ciertamente por los actos de la piedad popular”.

Ahora bien la primacía la tiene siempre la participación en la liturgia, puesto que, como se dice en la Constitución Sacrosanctum Concilium, del Vaticano II, “toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia”. Puesto que lo que en los actos de la piedad popular se representa plásticamente, en la liturgia acaece realmente. Lo que en aquellos es imagen, aquí es realidad. Lo que en los primeros es contemplación y sentimiento, en la segunda es participación y comunión con Cristo.

Las manifestaciones de religiosidad popular de la Semana Santa deben completar, si se participa con respeto y dignidad, la experiencia litúrgica. La piedad popular debe derivarse de la liturgia o bien debe llevar a ella.

En la festividad de San José

SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ

19 de marzo de 2011   

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DECRETO

 Esteban Escudero Torres, por la gracia de Dios y de la Sede Apostólica, obispo de Palencia,

 La solemnidad de San José, esposo de la Virgen María, de gran arraigo religioso en nuestro pueblo cristiano y fiesta de precepto en la tradición de la Iglesia,  este año será jornada laboral en nuestra comunidad Autónoma de Castilla y León.

 Por lo cual, en lo que a la Diócesis de Palencia se refiere y en unión con los obispos de la provincia eclesiástica,

 DISPONGO

  1. Animar a los fieles a participar en la Santa Misa, como en los días de precepto.
  2. Dispensar del descanso laboral a aquellos fieles que han de acudir a su trabajo habitual.
  3. Rogar a los párrocos y rectores de las iglesias que den a conocer a sus fieles el contenido de este decreto y faciliten el horario festivo de las celebraciones de la Eucaristía.

En Palencia a 28 de febrero de 2011

                                                               + Esteban Escudero

                                                                Obispo de Palencia