Jueves, 20 de Junio de 2013
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    Catedral

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    El Cristo del Otero

     

    Iglesia de San Miguel

X Aniversario de la Ordenación Episcopal

(Homilía del 13 de Enero de 2001, repetida en Palencia, en el 10º aniversario)

 

1. CRISTO ME HA ELEGIDO PARA SER OBISPO DE SU IGLESIA

La liturgia de la ordenación episcopal, con la riqueza de las lecturas y oraciones, con la variedad de ritos y la abundancia de símbolos, es una verdadera revelación de la obra invisible del Espíritu en la Iglesia y constituye para todos nosotros una auténtica catequesis sobre el ministerio y función del obispo.

Jesús, el buen pastor que da la vida por sus ovejas, eligió a quienes iban a continuar en la tierra la misión que le encomendó su Padre del cielo y los constituyó Apóstoles cuando afirmó: «Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros». Y sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,21-22). Los Apóstoles comprendieron que la misión que Cristo les había confiado estaba destinada a los hombres de todos los tiempos, por lo que, al ver crecer el número de las Iglesias se procuraron cooperadores que continuaran, a lo largo de la historia, su ministerio apostólico. Esto es lo que ha llegado hasta nosotros por la sucesión apostólica.

Los Apóstoles fueron, por lo tanto, fundamento y cabeza de la Iglesia. Los Obispos, sucesores de los Apóstoles, son cabeza de la Iglesia, aunque no sean su fundamento. Por eso, en la plegaria de ordenación que se pronuncia en el momento culminante de la ceremonia, los Obispos consagrantes han pedido a Dios Padre: «Infunde ahora sobre éste tu elegido la fuerza que de Ti procede: el Espíritu de gobierno que diste a tu amado Hijo Jesucristo, y Él, a su vez, comunicó a los Santos Apóstoles».

Que el Obispo sea cabeza de una Iglesia particular ha de entenderse, teniendo en cuenta la afirmación del Concilio Vaticano II, cuando dice en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia: «El Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los Obispos como de la muchedumbre de los fieles. Cada uno de los Obispos, por su parte, es el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares, formadas a imagen de la Iglesia universal» (LG 23).

Por todo ello, yo también, como miembro del Colegio Apostólico, debo ser vínculo e instrumento de unidad de esta Iglesia particular: unidad con los presbíteros, colaboradores indispensables; unidad con los religiosos y religiosas de la diócesis; y, finalmente, unidad con todos los fieles laicos, congregados en las distintas parroquias y comunidades.

Igualmente, como Obispo de la Iglesia, soy consciente de haber recibido, por el rito de la consagración, el don inmerecido de ser maestro de la doctrina de la fe, sumo sacerdote del culto divino y ministro para el gobierno pastoral de la Iglesia. En efecto, se me ha entregado el libro de los Evangelios y se me ha dicho: «Recibe el Evangelio y proclama la Palabra de Dios con deseo de instruir y con toda paciencia». Y, poco antes, se me había preguntado: «¿Quieres rogar continuamente a Dios Padre Todopoderoso por el pueblo santo y cumplir, de manera irreprochable, las funciones del sumo sacerdocio?». Y por último, se me ha entregado un báculo que recuerda el cayado de los pastores y que se ha considerado siempre en la Iglesia como el signo del ministerio de los Obispos de cuidar del pueblo de Dios.

 

2. «DOMINE, AD QUEM IBIMUS». «SEÑOR, ¿A QUIÉN VAMOS A IR?» (JN 6,68)

Hace apenas unas semanas, cuando más abstraído me encontraba, por haber comenzado el nuevo curso, en mis tareas docentes en la Facultad de Teología de Valencia, en el Pontificio Instituto Juan Pablo II y el Instituto Diocesano de Ciencias Religiosas, me llamó el Señor Nuncio para comunicarme que el Santo Padre me había elegido como Obispo auxiliar de la archidiócesis de Valencia. Francamente, me quedé consternado. En ningún momento de mi vida había considerado, en serio, esta posibilidad. Yo, el profesor cristiano, el sacerdote-educador, ¡promovido a un ministerio pastoral tan complejo y de tanta responsabilidad! Debería tratarse de una equivocación.

Pero pronto comprendí que, detrás de la comunicación del Sr. Nuncio, detrás de la decisión del Santo Padre, estaba el designio inescrutable e incomprensible de Nuestro Señor Jesucristo. Él, que llamó a los que quiso en la época apostólica, me había llamado, por la acción del Espíritu Santo, a través de su Vicario en la tierra. Cristo había fijado sus ojos en mí, indigno siervo suyo, y me preguntaba:

«¿Quieres ser continuador de mi obra de salvación como Obispo de la Iglesia?». La respuesta que entonces le di, en el silencio de la oración, he querido que permanezca grabada para toda mi vida, como lema de mi emblema episcopal: «Domine, ad quem ibimus»: «Señor, ¿a quién vamos a ir?» (Jn 6,68-69).

Esta frase, tomada del capítulo sexto del Evangelio de san Juan, es el núcleo en el que desemboca una escena particularmente emocionante de la vida de Jesús y de sus discípulos y puede servirnos de ilustración de lo que significa creer en Jesucristo, en medio de la difícil situación religiosa en la que nos ha tocado vivir.

Nos narra el evangelista san Juan, que Jesús, a orillas del lago de Tiberíades -lugar santo, donde tantas veces he estado con muchos peregrinos-, ha terminado de pronunciar lo que conocemos como el sermón del Pan de Vida. Jesús se presenta como el enviado de Dios, la revelación última y definitiva del Padre y el alimento que da al hombre vida eterna, y espera, en contrapartida, que crean en Él. El relato de san Juan continúa narrando el abandono de Jesús por parte de muchos de los que, al principio, le escucharon con interés: «Esta doctrina es inadmisible. ¿Quién puede aceptarla?». (Jn 6,60). Entonces Jesús se vuelve hacia los Apóstoles y les dirige la pregunta: «¿También vosotros queréis marcharos?» (Jn 6,67). El momento está cargado de emoción y dramatismo. El pequeño grupo de los discípulos es invitado a afianzarse en su fe frente al mundo de los incrédulos. Simón Pedro, hablando en nombre de sus compañeros, responde: «Señor, ¿a quién vamos a ir? ¡Tú tienes palabras de vida eterna! Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6.68-69). La Iglesia apostólica, simbolizada por los doce y representada por Pedro, cree y confiesa que Jesús es el Santo de Dios, título que apunta al misterio de su misión como Mesías y al origen divino de su persona.

Pues bien, dentro de la Iglesia apostólica y, en unión con el Papa, los Obispos y los millones de hombres y mujeres que, con la fuerza del Espíritu Santo, han confesado y confiesan a Jesucristo como el Santo de Dios, yo también quiero ahora, con mi lema episcopal, reafirmar mi adhesión a Jesucristo, pidiéndole humildemente que me sostenga en la fe, para poder, a mi vez, confirmar a otros en mi ministerio episcopal: «Domine, ad quem ibimus?»: «Señor, ¿a quién vamos a ir? ¡Tú tienes palabras de vida eterna!»

 

3. MICOMPROMISO EPISCOPAL AL COMENZAR EL TERCER MILENIO

«Al comienzo del nuevo milenio, mientras se abre para la Iglesia una nueva etapa de su camino, resuenan en nuestro corazón las palabras con las que un día Jesús invitó al Apóstol a “remar mar adentro” para pescar (Lc 5,4)». Con estas palabras comienza la Carta Apostólica Novomillenio ineunte que el papa Juan Pablo II ha dirigido al Episcopado, al clero y a los fieles al concluir el Gran Jubileo del año 2000 y en la que, invitándonos a echar de nuevo las redes, fiados en la palabra de Cristo, nos traza un elenco de prioridades pastorales de cara a la nueva evangelización que el mundo de hoy necesita.

Yo quisiera ahora asumir públicamente, como horizonte programático de mi episcopado, estas grandes líneas, que, como punto de referencia y orientación, han de guiar la acción de la Iglesia en los comienzos del siglo XXI, recién estrenado. Permitidme, por lo tanto, que me diga a mí mismo y os recuerde también a vosotros algunas de estas prioridades que nos ha señalado el Papa.

 

1. La santidad. La primera urgencia pastoral en estos momentos, dice el Papa, es hacer hincapié en la necesidad de la santidad, es decir, en la llamada a todos los bautizados a vivir «la plenitud de la vida cristiana y la perfección del amor», según la enseñanza del capítulo V de la Constitución Lumen Gentiumdel Vaticano II.

2. La oración. Hace falta insistir también en la educación de la oración, como intimidad con Cristo: «nuestras comunidades cristianas, dice el Papa, tienen que llegar a ser auténticas escuelas de oración». El realce de la Eucaristía dominical y la revalorización del sacramento de la Reconciliación siguen, a continuación, como objetivos pastorales urgentes.

3. La Palabra de Dios. Esta primacía de la santidad y de la oración privada y litúrgica que propone el Papa como prioridades pastorales, «sólo se puede concebir a partir de una renovada escucha de la palabra de Dios», a través del estudio de la Biblia y de la meditación asidua de la Sagrada Escritura.

4. La evangelización. Nueva urgencia para estos comienzos del milenio es el compromiso de todos los cristianos en la acción misionera de la Iglesia. «Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo -dice el Papa- no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso que sea vivido como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos».

5. La comunión eclesial. Hay que promover también en la vida de la Iglesia lo que el Papa llama una espiritualidad de comunión. Esta comunión «ha de ser patente en las relaciones entre Obispos, presbíteros y diáconos, entre pastores y todo el pueblo de Dios, entre clero y religiosos, entre asociaciones y movimientos eclesiales».

6. La diversidad de vocaciones. Los nuevos planes pastorales, que concreticen las prioridades marcadas en la Carta Apostólica, habrán de tener en cuenta, igualmente, el fomento de la variedad de las vocaciones en la Iglesia, especialmente la promoción de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada y a la vocación peculiar de los laicos, así como la pastoral familiar y la defensa del «respeto a la vida de cada ser humano desde la concepción hasta el ocaso natural».

7. La opción por los pobres. Finalmente, el Papa señala la necesidad de que la Iglesia apueste decisivamente por «una opción preferencial por los más pobres». Recordando el conocido texto del capítulo 25 del Evangelio según san Mateo («tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber», etc.), concluiré diciendo que «sobre esta página (del Evangelio), la Iglesia comprueba su fidelidad como esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia».

En resumen, todo un conjunto de urgencias y de prioridades que Juan Pablo II lega a la Iglesia del siglo XXI, al comenzar el tercer milenio de cristianismo. Mi episcopado, que comienza precisamente con el siglo y el milenio, se pone, desde ahora, decididamente, al servicio de estas orientaciones del Santo Padre.

La Inmaculada Concepción

En la homilía de esta Misa, yo quisiera centrarme en la meditación del dogma de la Inmaculada Concepción, reflexionando brevemente en primer lugar sobre lo que significa el pecado original en la historia de la humanidad; en un segundo momento, sobre el alcance del dogma proclamado por Pío IX en 1854 y, finalmente, sobre lo que todo ello significa para la vida de la Iglesia y de cada uno de nosotros.

 

1. EL PECADO ORIGINAL Y EL PECADO DE LA HUMANIDAD

Nos dice el catecismo de la Iglesia Católica que “el hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su Creador y, abusando de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios. En esto consistió el primer pecado del hombre”[1]. Con un lenguaje lleno de imágenes, la Sagrada Escritura quiere explicarnos el origen de la larga historia de pecado, de sufrimiento y de muerte que padece la humanidad y de la que somos testigos también nosotros con sólo mirar a nuestro alrededor. Incluso en nosotros mismos experimentamos esa inclinación al mal cuando, intentando hacer el bien, nos vemos empujados por un misterioso impulso interior hacia el egoísmo, la sensualidad y la injusticia.

Desde el momento de su creación por Dios, los primeros seres humanos, representados en la historia sagrada con los nombres simbólicos de Adán y de Eva, deberían haber obedecido las leyes morales que les había dado su Creador y que ellos podían descubrir fácilmente en su conciencia. Así habrían permanecido en el estado de santidad original y habría habido armonía entre los hombres. Sólo la amistad con Dios podía garantizar la felicidad del hombre y la paz en la historia de la humanidad. Pero, ya desde el comienzo, el hombre se separa de Dios. El pecado de Adán y Eva consiste, en definitiva, en una decisión de vivir sin someterse a Dios, de buscar una autonomía que suplanta a la divinidad. “Cediendo al tentador, Adán y Eva cometen un pecado personal, pero este pecado afecta a la naturaleza humana, que transmitirán en un estado caído. Es un pecado que será transmitido por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales”[2].

En su actual configuración, el mundo es fruto de esa trágica ruptura del hombre con Dios, cuyas consecuencias sufrimos todos los días. Quizás en nuestro tiempo sentimos más claramente que nunca la “apostasía silenciosa”, el deseo de tantos hombres y mujeres de vivir olvidándose de Dios, como si Dios molestase para su desarrollo, intentando convertir al propio hombre “en centro absoluto de la realidad, haciéndolo ocupar falsamente el lugar de Dios”[3]. El pecado original se convierte así en pecado personal en la historia de la humanidad.

 

2. EL DOGMA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

Desde tiempos inmemoriales, los cristianos han profesado una especial devoción a la Madre de Nuestro Señor Jesucristo. Los Padres orientales la denominaban la “toda Santa” y nunca el pueblo cristiano pudo representarse a María contaminada por el pecado, como el común de los mortales. Cuando algunos teólogos, creyendo ser consecuentes con la verdad revelada de que Cristo es el redentor de toda la humanidad, enseñaban que, si bien en María no había habido pecados personales, como en el resto de los hombres, sí que había nacido con el pecado original, herencia de nuestros primeros padres, las gentes sencillas reaccionaban con pasión. Ni siquiera ese estado de alejamiento originario de Dios podía pensarse en la Madre del Verbo Encarnado. Esta creencia en la concepción de María sin pecado original fue expandiéndose cada vez más entre el pueblo cristiano, de forma que pronto comenzaron a aparecer cofradías con el título de la Inmaculada Concepción, celebraciones populares, votos de defender esta privilegio frente a aquellos que lo negasen u obras de arte con este motivo. Basta recordar la bellísima “Inmaculada” del pintor Antonio Palomino, llena de candidez y profunda hermosura, que se venera en esta misma catedral. También en muchos pueblos de España se manifestó desde muy antiguo esta profunda devoción por la Virgen María en su Inmaculada Concepción. Y hace 250 años, el 25 de Diciembre de 1760, el rey Carlos III la declaró patrona de España.

Finalmente, tanto era el clamor popular, al que ya se había unido la reflexión teológica de los grandes doctores de la Iglesia, que el Papa Pío IX se decidió consultar a todos los Obispos sobre la conveniencia de proclamar este dogma. El resultado fue abrumador. La gran mayoría de los pastores de la Iglesia respaldaba con su autoridad la creencia popular. El “sentido de la fe” del pueblo cristiano, o sea, la facultad de percibir lo que se halla implícito en la revelación que tienen los fieles cristianos, pastores y laicos, guiados por el Espíritu Santo, indicaba claramente que la Inmaculada Concepción de María era una verdad incluida en la revelación. El saludo del ángel a María en la Anunciación llamándola “llena de gracia”, saludo que el pueblo cristiano desde muy antiguo recitaba en la sencilla oración del Ave María, significaba realmente que la bienaventurada Virgen María había sido preservada, desde su concepción, inmune de toda mancha de pecado original. Y el 8 de Diciembre de 1854, el mismo Papa afirmaba solemnemente en Roma, en medio del fervor popular: “declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles” (Dz 1641). La Inmaculada Concepción era ya creencia oficial de la Iglesia católica: el dogma de la Inmaculada.

 

3. SIGNIFICADO DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN PARA LA IGLESIA.

La Inmaculada Concepciónexpresa claramente la prioridad de la gracia y el don de Dios en la vida del cristiano. No son nuestras buenas obras las que nos hacen merecedores de nuestra amistad con Dios, sino que es primariamente la gracia de Dios la que se adelanta para otorgarnos sus dones. En María se muestra esto claramente. Ella fue elegida gratuitamente entre todas las mujeres y fue agraciada desde su concepción con la amistad y la gracia de Dios. También nosotros somos agraciados gratuitamente con la amistad con Dios en virtud de nuestro bautismo, que nos borra el pecado original, y del sacramento de la penitencia, que nos quita los pecados personales cometidos después del bautismo. Somos “hijos de Dios” por pura gracia, sin merecerlo.

Igualmente la Inmaculada nos muestra lo que es la victoria sobre el pecado en virtud de los méritos de la redención de Cristo. Ella, la toda santa, fue preservada de toda mancha de pecado original y personal en aplicación anticipada de los méritos de la pasión y muerte de su Hijo. Su vida fue una entera existencia de cara a Dios y en cumplimiento de su santa voluntad. También nosotros podemos ir creciendo en santidad si colaboramos con la gracia del Señor que recibimos en la oración y en los sacramentos. Los grandes santos de la Iglesia nos muestran hasta donde podemos vencer el pecado en nuestras vidas, a imitación de María, la “sin pecado concebida”. La Inmaculada es un ejemplo para todos nosotros de lo que puede ser una vida en la que el pecado ha sido vencido y en la que Dios ocupa siempre el primer puesto.

Finalmente, la Inmaculada es el modelo de la nueva creación en el Espíritu, la criatura nueva que llegaremos a ser en el reino de los cielos, la imagen de una Iglesia “sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada” (Ef 5, 27) como anuncia San Pablo para el final de los tiempos. María Inmaculada es ya, ahora, lo que la Iglesia -y cada uno de nosotros con ella- seremos algún día junto a Dios, en el cielo.

“Madre de Cristo y Madre Nuestra,

al conmemorar el Aniversario de la proclamación

de tu Inmaculada Concepción,

deseamos unirnos a la consagración que tu Hijo hizo de sí mismo:

Yo por ellos me consagro, para que ellos sean consagrados en la verdad

(Jn 17, 19),

y renovar nuestra consagración, personal y comunitaria,

a tu Corazón Inmaculado.

Acoge, oh Madre Inmaculada,

nuestra súplica llena de confianza y agradecimiento.

Protege al mundo entero y a sus pueblos,

a sus hombres y mujeres.

Que en tu Corazón Inmaculado se abra a todos.

La luz de la esperanza. Amen”

 


[1]CCE 397.

[2]CCE 404.

[3]Ecclesia in Europa 9.

El Sacerdote y la Comunión con Dios

1. LA COMUNIÓN, CLAVE DE LA ECLESIOLOGÍA

- Qué es la comunión. Enel Nuevo Testamento “koinonía” (comunión) significa una manera de ser y de obrar, una relación con Dios y con los hombres característica de los cristianos. Indica la solidaridad que el Señor instaura entre él y los fieles, así como entre los creyentes y en la entera Iglesia universal.

- Dimensiones de la comunión. Paraque el concepto de comunión, que no es unívoco, pueda servir como clave interpretativa de la eclesiología, debe ser entendido dentro de la enseñanza bíblica y de la tradición patrística, en las cuales la comunión implica siempre una doble dimensión: vertical (comunión con Dios) y horizontal (comunión entre los hombres)[1].

 

2. LA ORACIÓN PERSONAL.

- Oración y amistad con Cristo. Los evangelistas nos dicen que el Señor en muchas ocasiones -durante noches enteras- se retiraba "al monte" para orar a solas. También nosotros necesitamos retirarnos a ese "monte", el monte interior que debemos escalar, el monte de la oración. Sólo así se desarrolla la amistad... El simple activismo puede ser incluso heroico. Pero la actividad exterior, en resumidas cuentas, queda sin fruto y pierde eficacia si no brota de una profunda e íntima comunión con Cristo. El tiempo que dedicamos a esto es realmente un tiempo de actividad pastoral... El sacerdote debe ser sobre todo un hombre de oración. Ya no os llamo siervos, sino amigos. El núcleo del sacerdocio es ser amigos de Jesucristo. Sólo así podemos hablar verdaderamente in persona Christi... Ser amigo de Jesús, ser sacerdote significa, por tanto, ser hombre de oración[2].

 

3. LA LITURGIA DE LAS HORAS[3]

- Consagración del tiempo. Fiel y obediente al mandato de Cristo de que hay que orar siempre y sin desanimarse (Lc 18, 1), la Iglesia no cesa un momento en su oración... Responde al mandato de Cristo no sólo con la celebración eucarística, sino también con otras formas de oración, principalmente con la Liturgia de las Horas, que, conforme a la antigua tradición cristiana, tiene como característica propia la de servir para santificar el curso entero del día y de la noche (cf. SC 83-84).

- Unión con la Iglesia del cielo. Con la alabanza que a Dios se ofrece en las Horas, la Iglesia canta, asociándose al himno de alabanza que perpetuamente resuena en las moradas celestiales, y siente ya el sabor de aquella alabanza celestial que resuena de continuo ante el trono de Dios y del Cordero, como Juan la describe en el Apocalipsis.

- Súplica e intercesión. Además de la alabanza a Dios, la Iglesia expresa en la Liturgia las aspiraciones y deseos de todos los fieles; más aún: se dirige a Cristo, y por medio de él al Padre, intercediendo por la salvación de todo el mundo... Esto atañe principalmente a todos aquellos que han recibido especial mandato para celebrar la Liturgia de las Horas: los obispos y los presbíteros, que cumplen el deber de orar por su grey y por todo el pueblo de Dios, y los demás ministros sagrados y los religiosos.

 


[1]Congregación para la Doctrina de la Fe, “Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión”. 28 de Mayo de 1992.

[2]Benedicto XVI, Homilía en la Misa Crismal, 13-04-2006

[3]Cf. Ordenación General de la Liturgia de las Horas, tomo I.

En Carrión de los Condes

Hermanos y hermanas todos en el Señor.

Desde esta hermosa iglesia de Santa María, de Carrión de los Condes, en pleno Camino de Santiago, estamos celebrando el día del Señor, el segundo domingo del tiempo del Adviento.

El camino de Santiago ha constituido durante siglos un hecho espiritual, histórico y cultural de extraordinaria importancia y ha sido vía de comunicación entre las distintas culturas de España y de la Europa cristiana. Pero, ¿qué han buscado los peregrinos: reyes, monjes, nobles y plebeyos, que a lo largo de los tiempos han recorrido estas rutas, con la constante amenaza de la enfermedad, la mala climatología y los peligros del camino?

Uno de los más recientes y significados peregrinos de nuestra época, Su Santidad el Papa Benedicto XVI, lo definió, en su reciente viaje a Santiago de Compostela, el pasado mes de Noviembre, de la siguiente manera: “esto es lo que en el secreto del corazón, sabiéndolo explícitamente o sintiéndolo sin saber expresarlo con palabras, viven tantos peregrinos que caminan a Santiago de Compostela para abrazar al Apóstol. El cansancio del andar, la variedad de paisajes, el encuentro con personas de otra nacionalidad, los abren a lo más profundo y común que nos une a los humanos: seres en búsqueda, seres necesitados de verdad y de belleza, de una experiencia de gracia, de caridad y de paz, de perdón y de redención. Y en lo más recóndito de todos esos hombres resuena la presencia de Dios y la acción del Espíritu Santo. Sí, a todo hombre que hace silencio en su interior y pone distancia a las apetencias, deseos y quehaceres inmediatos, al hombre que ora, Dios le alumbra para que le encuentre y para que reconozca a Cristo. Quien peregrina a Santiago, en el fondo, lo hace para encontrarse sobre todo con Dios que, reflejado en la majestad de Cristo, lo acoge y bendice al llegar al Pórtico de la Gloria”.

Grandes han sido siempre los frutos espirituales que han experimentado los peregrinos del Camino de Santiago. Los sacerdotes que les atienden espiritualmente en las distintas etapas del camino no cesan de contar numerosas historias, basadas en hechos reales, de muchos hombres y mujeres, jóvenes y adultos que, incluso en estos tiempos tan secularizados, han encontrado el camino de la fe y han tenido una auténtica conversión. He aquí uno de ellos, contado por el párroco de esta misma iglesia:

“Aquel señor se me quedó mirando un tanto sorprendido de mi propuesta y después de un cierto titubeo me dijo: sí, quiero confesarme. Nos sentamos debajo del coro, las luces de iglesia estaban apagadas y se encontraba ya bastante oscura por la hora. Le paso el brazo por el cuello en señal de cariño y confianza. El hombre comienza a llorar con todas sus ganas. Abre el corazón de par en par e intenta mirar el interior de su alma que desde que hizo su primera comunión no se había vuelto a acercar a la confesión y muy poco había pisado la iglesia... De verdad que no hay palabras para decir el derroche de gracia que el Señor puso en aquel momento.

Terminada la confesión, entre llantos y risas de felicidad, levanto mi mano para darle la absolución y vi cómo su rostro se iluminaba. Puestos en pie, allí mismo, nos dimos un abrazo fuerte y sincero, y estando así le dije: No sé como sería el abrazo del padre y el hijo pródigo, pero más fuerte que éste no... Contentos, ambos nos fuimos a mi casa y celebramos un poco de fiesta con un aperitivo y charlamos un buen rato. El hombre estaba fuera de sí, feliz, feliz, y repetía una y otra vez: nunca voy a olvidar este día. Voy a ser otro. Hoy, mi vida, ha cambiado”. Que también nosotros encontremos en la Navidad que se acerca la experiencia de la misericordia de Dios, que encontró este peregrino en el Camino de Santiago, aquí en esta iglesia Santa María, en Carrión de los Condes. Que así sea.

Ordenación de un Presbítero

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes.

Querido Eduardo.

Queridos padres y familiares del candidato.

Hermanos y hermanas todos en el Señor.

Hoy es un día muy importante para la Iglesia de Dios que peregrina en Palencia. Hoy uno de sus hijos, el diácono Eduardo, va a ser promovido al orden del presbiterado. Hoy el presbiterio palentino acoge a un nuevo miembro, lleno de juventud y de celo apostólico.

Querido Eduardo. Eres el primer sacerdote que tengo el honor de ordenar desde mi reciente llegada a esta querida tierra de Palencia. Hoy te vas a convertir en uno de mis más directos ayudantes en la misión que el propio Jesucristo nos ha confiado a todos los ministros de su Iglesia.

Yo ya sé que has reflexionado mucho sobre la vida y misión del sacerdote en nuestra sociedad y que te has decidido a seguir la vocación que un día sentiste en tu corazón. Pero permíteme que te recuerde a ti y a todos los que te acompañan en este día tan importante para tu vida la alta misión a la que has sido llamado.

Tú sabes bien que todos los bautizados participamos de la unción del Espíritu Santo con que Cristo fue ungido y enviado al mundo por Dios Padre. Por esta unción del Espíritu, recibida en el bautismo y en la confirmación, todos fuimos constituidos en sacerdocio santo y partícipes de la misión de Cristo. En este sentido, tú eres un miembro más de la Iglesia, un discípulo más de Jesucristo, a quien tienes que seguir, como los demás hermanos tuyos en la fe. Es el sacerdocio común de todos los fieles, aunque no todos tienen la misma función en su Iglesia.

Pero el mismo Señor “constituyó a algunos ministros que, ostentando la potestad sagrada en la sociedad de los fieles, tuvieran el poder sagrado del Orden, para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados, y desempeñar públicamente, en nombre de Cristo, la función sacerdotal en favor de los hombres”[1]. El mismo Jesús eligió a doce varones de Israel, los doce Apóstoles, para que le acompañaran en su misión en la tierra y perpetuaran, tras su resurrección y ascensión al cielo, su obra de salvación en el mundo. Estos Apóstoles dejaron a su muerte sucesores -obispos y presbíteros- que a lo largo de la historia han seguido proclamando el mensaje del Evangelio y han seguido haciendo presente al Señor a través de la celebración de los sacramentos. Pues bien, tú has sido llamado a esta importante misión eclesial como directo colaborador de tu obispo, para el bien del pueblo de Dios en la diócesis de Palencia.

Pero, ¿sabes bien cuál va a ser tu misión en la Iglesia a partir de mañana mismo entre los demás hombres y mujeres, tus hermanos en la fe?

En primer lugar, vas a ser ministro de la palabra de Dios, es decir, vas a tener la obligación de anunciar a todos el Evangelio, cumpliendo el mandato del Señor: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura” (Mc 16, 15). No les vas a comunicar tu propia sabiduría, ni tus propias opiniones personales, sino la palabra de Dios revelada por Jesucristo, invitándoles a todos a la conversión y a la santidad. Para ello deberás conocer bien, a través del estudio constante y la meditación personal de la Sagrada Escritura y de la fe de la Iglesia, el mensaje de salvación, de amor y de esperanza que Cristo transmitió a sus discípulos y que ha llegado hasta nosotros a través de la sucesión apostólica. Y, a través de tu palabra, deberás fomentar todas las vocaciones y carismas que Dios suscita en la Iglesia, especialmente la vocación al sacerdocio y a la vida consagrada.

No te va a ser fácil cumplir esta misión de enseñar. Bien sabes que en la sociedad actual se alzan voces, quizás minoritarias, en contra de la “buena noticia” que predica la Iglesia y que consideran que el verdadero progreso humano está en olvidar las raíces cristianas que han conformado la vida de nuestros antepasados. La indiferencia religiosa y la despreocupación ante los grandes interrogantes del mundo y del hombre hacen que algunas personas, consideren que el mensaje que tú quieres anunciar está ya desfasado y no tiene valor para ellos. Pero, aún sin saberlo, buscan ansiosamente la felicidad y la plenitud de vida que sólo en Dios se puede encontrar. Llevas, pues, un tesoro en vasija de barro y será misión tuya hacer descubrir al hombre de hoy la gran alegría que supone encontrar aquello que puede darle sentido a su vida en la tierra y salvación junto a Dios en el cielo. Y a buen seguro que encontrarás muchos hombres y mujeres, y entre ellos muchos jóvenes, que se abrirán a tu mensaje y te agradecerán siempre que por tu medio hayan encontrado lo que les da una esperanza en la vida y un consuelo en la adversidad. La semilla de Dios, anunciada por ti, caerá en buena tierra, como ya nos dijo el propio Jesús en la conocida parábola del sembrador, y dará fruto como treinta, como sesenta o como ciento por uno, según las disposiciones de cada persona.

En segundo lugar, vas a ser ministro de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía. El Espíritu Santo, a través de tu ministerio sacerdotal, hará presente a Cristo en medio de su pueblo para elevar a los hombres, de simples criaturas, a la condición de hijos de Dios, dándoles una nueva vida, que salta hasta la vida eterna. ¡Hijos de Dios! ¿Te das cuenta de lo que esto significa? El Creador del mundo, el Señor de la historia, el Juez de vivos y de muertos es nuestro Padre, a quien podemos llamar con el apelativo cariñoso de “abba” (papa), Padre nuestro, y que nos hace en verdad sus hijos por adopción.

Por el bautismo vas a introducir a los hombres en el pueblo de Dios; por el sacramento de la penitencia vas a reconciliar a los pecadores con Dios y con su Iglesia; por la unción con el óleo aliviarás a los enfermos y harás que sus sufrimientos se unan a la pasión de Cristo para conseguir con él la vida eterna; presidiendo los matrimonios harás que se constituyan nuevas familias cristianas; pero sobre todo celebrando la eucaristía ofrecerás sacramentalmente a Dios Padre el sacrificio de Jesucristo en la cruz por la salvación de todos los hombres. A través tuyo, el Espíritu Santo hará presente a Cristo en medio de la asamblea de los fieles y los unirá en comunión con el Padre, dándoles participación en la vida divina, y en comunión de amor los unos con los otros, formando una comunidad cristiana en el seno de la Iglesia. Así la eucaristía que tú celebrarás diariamente se convertirá en fuente y cima de toda tu obra de evangelización.

Finalmente, vas a ser rector y guía del pueblo de Dios. Vas a recibir la potestad sagrada para presidir una comunidad cristiana. Pero no una potestad como se da en el mundo, que se convierte muchas veces en medio de superioridad y de dominio sobre los otros, sino una autoridad según el modelo de Cristo, que “no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por la multitud” (Mc 10, 45) y que se ha de traducir en tu vida por un servicio permanente y por una entrega a los demás. Tenlo esto en cuenta, porque no es fácil mantener esta actitud de servicio toda la vida. Antes bien, el peligro del autoritarismo, de los malos modales para con los demás y la búsqueda del propio beneficio acecharán constantemente tu vida sacerdotal.

Ejercerás con provecho la potestad espiritual que te da el sacramento del Orden sacerdotal para regir al pueblo de Dios cuando el ejemplo de tu vida mueva a los demás a adquirir la madurez cristiana, no viviendo sólo para sí, sino que, según las exigencias del mandamiento de la caridad, ponga cada uno al servicio del otro los dones que recibió de Dios y cumpla cristianamente sus deberes en la comunidad humana[2]. Sólo el ejemplo de tu vida convencerá a los demás de la verdad de tus palabras.

Aunque debes atender a todos, se te encomienda de modo especial los pobres y los más débiles, los enfermos y los que sufren por cualquier causa. Ahí probarás principalmente si sigues el ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo, que se identificó de tal manera con los necesitados que llegó a decir de sí mismo: “tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme... En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 35-36. 40).

Yo quisiera finalmente que tuvieras siempre muy en cuenta esta recomendación que nos hace el concilio Vaticano II a todos los sacerdotes a la hora de ejercer su ministerio en la sociedad: “En la estructuración de la comunidad cristiana, los presbíteros no favorecen a ninguna ideología ni partido humano, sino que, como mensajeros del Evangelio y pastores de la Iglesia, empeñan toda su labor en conseguir el incremento espiritual del Cuerpo de Cristo”[3].

Querido Eduardo. En esto va a consistir tu ministerio sacerdotal. Pero, ¿cómo debe ser tu vida para estar a la altura de esta misión que se te encomienda? Ciertamente, tú vas a encontrar muchos sacerdotes que después de muchos años de trabajo pastoral siguen conservando todavía la ilusión y el celo por las almas que tú tienes en el día de tu ordenación.

¿Cuál es su secreto? Permíteme que te dé tres consejos para conservarte entusiasta en tu vocación sacerdotal.

El primero es la oración. Oración constante: oración personal y oración litúrgica. Cuando Jesús llamó a los Doce, lo hizo, según nos dice el evangelio según San Marcos “para que estuvieran con él y enviarlos a predicar” (Mc 3, 14-15). Lo primero era para que estuvieran con él. Jesús los quería a su lado, como compañeros y amigos, como discípulos que escuchan y aprenden, antes de marchar a predicar. Y cuando todos volvían cansados de recorrer las aldeas de Galilea, los llevaba a un lugar apartado para descansar junto a ellos y animar sus corazones abatidos.

Lo mismo ha de ser tu vida sacerdotal. Deberás buscar todos los días ratos tranquilos de intimidad con el Señor, para escuchar lo que quiera insinuarte y para contarle tus proyectos y tus dificultades, tus alegrías y tus desilusiones cotidianas. Y cada día, por la mañana, al mediodía y por la tarde, deberás elevar al Señor la oración de alabanza y súplica, en nombre de toda la Iglesia, en el Oficio de las Horas. Si no hay una auténtica amistad con Jesucristo y un encuentro constante con él por la oración, tu ministerio sacerdotal se convertirá en una pesada carga, amenazado siempre por convertirse en un funcionariado de servicios religiosos. Y ya sabes lo que quiero decir con eso...

En segundo lugar, tienes que abrazar el celibato y recibirlo como una gracia. Ciertamente, el celibato, como reconoce el Concilio Vaticano II, “no es exigido ciertamente por la naturaleza misma del sacerdocio, como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva y por la tradición de las Iglesias orientales”[4]. Pero son tales los beneficios espirituales y pastorales que las Iglesias de Occidente han encontrado en la práctica del celibato, que ya desde muy antiguo sólo ha llamado al ministerio sacerdotal a aquellos que han recibido del Señor el don de la continencia perpetua, siguiendo el consejo del propio Jesucristo, que respondiendo al insulto de llamarle “eunuco” que le hacían a él y a sus discípulos por no casarse, afirmó: “hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos por el reino de los cielos. El que pueda entender, entienda” (Mt 19, 12).

Por eso, el Concilio Vaticano II, siguiendo una tradición que se remonta ya a los tiempos apostólicos, afirma a continuación del texto citado anteriormente: “los presbíteros, pues, por la virginidad o celibato conservado por el reino de los cielos, se consagran a Cristo de una forma nueva y exquisita, se unen a él más fácilmente con un corazón indiviso, se dedican más libremente a él y por él al servicio de Dios y de los hombres, sirven más expeditamente a su reino y a la obra de regeneración espiritual... Se constituyen, además, en señal viva de aquel mundo futuro, presente ya por la fe y por la caridad, en que los hijos de la resurrección no tomarán maridos ni mujeres”[5].

Renunciando al magnífico bien de fundar una familia en el orden natural, vas a tener una familia mucho más amplia y fecunda en el orden de lo sobrenatural, la familia de los hijos de Dios, como ya el Señor nos prometió en el Evangelio: “quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora en este tiempo, cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones-y en la edad futura, vida eterna” (Mc 10, 29-30).

El tercer consejo que te doy para tu vida sacerdotal, en este día en que comienzas tu ministerio, es el que vivas la comunión eclesial. Ya me oíste en la homilía del día de mi toma de posesión que deberíamos esforzarnos todos por “hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo”[6]. Comunión con el Papa y con tu obispo, en obediencia fiel al magisterio de la Iglesia; comunión con tus hermanos sacerdotes, miembros del mismo presbiterio, evitando el individualismo y fomentando la colaboración y la mutua ayuda; comunión de amor y de servicio con la porción del pueblo de Dios que se te encomiende para su cuidado; comunión, en definitiva, con la Iglesia universal, sintiendo como propios sus problemas y sufrimientos.

Deberás, pues, esforzarte en ser un hombre de diálogo y de trabajo en equipo, aceptando todas las sensibilidades y legítimos pareceres, siempre que se guarde la unidad en lo esencial de la fe, y creando a tu alrededor espacios para compartir y colaborar, según la misma recomendación del Papa Juan Pablo II: “Los espacios de comunión han de ser cultivados y ampliados día a día, a todos los niveles, en el entramado de la vida de cada Iglesia. En ella, la comunión ha de ser patente en las relaciones entre obispos, presbíteros y diáconos, entre Pastores y todo el Pueblo de Dios, entre clero y religiosos, entre asociaciones y movimientos eclesiales”[7].

Termino. Recuerda siempre aquellas palabras de primera carta de San Pedro: “Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad, no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño. Y cuando aparezca el supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita” (1 Pe 5, 2-4).

Que la vida de San Juan María Vianney, que el papa Benedicto XVI nos puso a todos como modelo de sacerdote en el recientemente terminado año sacerdotal, sea para ti un modelo de entrega a Dios y de servicio al ministerio del presbiterado. Si así lo haces, serás feliz en esta vida y, lo que es más importante, alcanzarás después la vida eterna. Amén.

 


[1]CONCILIO VATICANO II. Decreto “Presbyterorum ordinis”, sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, n. 2

[2]Cf. CONCILIO VATICANO II. Decreto “Presbyterorum ordinis”, sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, n. 6

[3]CONCILIO VATICANO II. Decreto “Presbyterorum ordinis”, sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, n. 6

[4]CONCILIO VATICANO II. Decreto “Presbyterorum ordinis”, sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, n. 16

[5]CONCILIO VATICANO II. Decreto “Presbyterorum ordinis”, sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, n. 16. Véase también la Exhortación Apostólica del Papa Juan Pablo II “Pastores dabo vobis”, n.29

[6]Juan Pablo II, Carta Apostólica “Novo Millennio Ineunte”, al concluir el Jubileo del año 2000. Nº 43.

[7]Juan Pablo II, Carta Apostólica “Novo Millennio Ineunte”, al concluir el Jubileo del año 2000. Nº 45.