Viernes, 16 Noviembre 2018 17:13

18 de noviembre - XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario

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Dan 12, 1-3. Entonces se salvará tu pueblo.

Sal 15. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

Heb 10, 11-14. 18. Con una sola ofrenda ha perfeccionado definitivamente a los que van siendo santificados.

Mc 13, 24-32. Reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos.

 

En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria; enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros que esto sucede, sabed que él está cerca, a la puerta. En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre.

 

 

COMENTARIO

 

Al escuchar el Evangelio, podemos decir con toda seguridad, que Jesucristo hoy se dirige a nosotros. Pues estamos viviendo en el mundo, tiempos muy difíciles: catástrofes naturales, guerras, violencias y persecuciones. Pero ante esta realidad, Jesús hoy nos consuela con sus palabras. Nos afirma que vendrá con poder y gloria. ÉL nos salvará; todas sus promesas se cumplirán: el Señor no nos abandonará en la muerte, ni dejará a sus fieles conocer la corrupción.

El mal, el dolor, la tristeza, el miedo, la desesperanza y la muerte no tendrán la última palabra en nuestras vidas. Con Jesucristo nuestra victoria está asegurada; porque con la ofrenda de sí mismo, ha vencido a la muerte, ha perdonado todas nuestras culpas y nos hizo coherederos del cielo.

Nuestra cruz será victoriosa; nuestras lágrimas se convertirán en gozo y el anhelo de todos los cristianos se cumplirá; porque Jesucristo enviará a sus ángeles, nos reunirá; y contemplaremos su rostro por la eternidad.

¡Confía! Cielos y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán -nos dice el Señor. Todo llegará a su fin, pero su amor, su misericordia y fidelidad hacia nosotros, jamás.

El Señor está cerca, a la puerta. Por tanto, pidamos a Dios su Espíritu Santo, para que en el tiempo presente nos fortalezca y afiance nuestra fe en medio del mundo. Que su amor nos conforte y nos conceda vivir siempre en la esperanza de reinar con Jesucristo en la JERUSALÉN CELESTIAL.

 

MEDITACIÓN

 

La expresión “el cielo y la tierra” aparece con frecuencia en la Biblia para indicar todo el universo, todo el cosmos. Jesús declara que todo esto está destinado a “pasar”. No sólo la tierra, sino también el cielo, que aquí se entiende en sentido cósmico, no como sinónimo de Dios. La Sagrada Escritura no conoce ambigüedad: toda la creación está marcada por la finitud, incluidos los elementos divinizados por las antiguas mitologías: en ningún caso se confunde la creación y el Creador, sino que existe una diferencia precisa. Con esta clara distinción, Jesús afirma que sus palabras “no pasarán”, es decir, están de la parte de Dios y, por consiguiente, son eternas. Aunque fueron pronunciadas en su existencia terrena concreta, son palabras proféticas por antonomasia, como afirma en otro lugar Jesús dirigiéndose al Padre celestial: “Las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado” (Jn 17, 8). (Benedicto XVI)

 

ORACIÓN

 

Oh Dios, que has preparado bienes insondables para los que te aman, infunde tu amor en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo. Por nuesto Señor Jesucristo. (Oración Liturgia de las Horas)

 

Autoría del comentario: Comunidad de Monjas Dominicas
Monasterio Nuestra Señora de la Piedad (Palencia)
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LUNES, 19 DE NOVIEMBRE

 

Ap 1, 1-4; 2, 1-5a. Acuérdate de dónde has caído, y conviértete.

Sal 1. Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida.

Lc 18, 35-43. «¿Qué quieres que haga por ti?» «Señor, que recobre la vista».

 

Cuando se acercaba a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le informaron: «Pasa Jesús el Nazareno». Entonces empezó a gritar: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!». Los que iban delante lo regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?». Él dijo: «Señor, que vea otra vez». Jesús le dijo: «Recobra la vista, tu fe te ha salvado». Y enseguida recobró la vista y lo seguía, glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alabó a Dios.

 

 

MARTES, 20 DE NOVIEMBRE

 

Ap 3, 1-6. 14-22. Si alguien escucha la puerta, entraré en su casa y cenaré con él.

Sal 14. Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono.

Lc 19, 1-10. El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.

 

Entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. En esto, un hombre llamado Zaqueo, jefe de publícanos y rico, trataba de ver quién era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío, porque era pequeño de estatura. Corriendo más adelante, se subió a un sicomoro para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y le dijo: «Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa». El se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más». Jesús le dijo: «Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

 

 

MIÉRCOLES, 21 DE NOVIEMBRE

 

Ap 4, 1-11. Santo es el Señor Dios, el todopoderoso; el que era y es y ha de venir.

Sal 150. Santo, Santo, Santo es el Señor Dios, el todopoderoso.

Lc 19, 11-28. ¿Por qué no pusiste mi dinero en el banco?

 

Mientras ellos escuchaban todo esto, añadió una parábola, porque él estaba cerca de Jerusalén y pensaban que el reino de Dios iba a manifestarse enseguida. Dijo, pues: «Un hombre noble se marchó a un país lejano para conseguirse el título de rey, y volver después. Llamó a diez siervos suyos y les repartió diez minas de oro, diciéndoles: “Negociad mientras vuelvo”. Pero sus conciudadanos lo aborrecían y enviaron tras de él una embajada diciendo: “No queremos que este llegue a reinar sobre nosotros”. Cuando regresó de conseguir el título real, mandó llamar a su presencia a los siervos a quienes había dado el dinero, para enterarse de lo que había ganado cada uno.

El primero se presentó y dijo: “Señor, tu mina ha producido diez”. Él le dijo: “Muy bien, siervo bueno; ya que has sido fiel en lo pequeño, recibe el gobierno de diez ciudades”. El segundo llegó y dijo: “Tu mina, señor, ha rendido cinco”. A ese le dijo también: “Pues toma tú el mando de cinco ciudades”. El otro llegó y dijo: “Señor, aquí está tu mina; la he tenido guardada en un pañuelo, porque tenía miedo, pues eres un hombre exigente que retiras lo que no has depositado y siegas lo que no has sembrado”. El le dijo: “Por tu boca te juzgo, siervo malo. ¿Conque sabías que soy exigente, que retiro lo que no he depositado y siego lo que no he sembrado? Pues ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco? Al volver yo, lo habría cobrado con los intereses”. Entonces dijo a los presentes: “Quitadle a este la mina y dádsela al que tiene diez minas”. Le dijeron: “Señor, ya tiene diez minas”. “Os digo: al que tiene se le dará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene”. Y en cuanto a esos enemigos míos, que no querían que llegase a reinar sobre ellos, traedlos acá y degolladlos en mi presencia».

Dicho esto, caminaba delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén.

 

 

JUEVES, 22 DE NOVIEMBRE

 

Ap 5, 1-10. El Cordero fue degollado, y con su sangre nos adquirió de toda nación.

Sal 149. Has hecho de nosotros para nuestro Dios un reino de sacerdotes.

Lc 19, 41-44. ¡Si reconocieras lo que conduce a la paz!

 

Al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella, mientras decía: «¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos. Pues vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco de todos lados, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el tiempo de tu visita».

 

 

VIERNES, 23 DE NOVIEMBRE

 

Ap 10, 8-11. Tomé el librito y lo devoré.

Sal 118. ¡Qué dulce al paladar tu promesa, Señor!

Lc 19, 45-48. Habéis hecho de la casa de Dios una “cueva de bandidos”.

 

Después entró en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: Escrito está: «Mi casa será casa de oración»; pero vosotros la habéis hecho una «cueva de bandidos».

Todos los días enseñaba en el templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo buscaban acabar con él, pero no sabían qué hacer, porque todo el pueblo estaba pendiente de él, escuchándolo.

 

 

SÁBADO, 24 DE NOVIEMBRE

 

Ap 11, 4-12. Los dos profetas fueron un tormento para los habitantes de la tierra.

Sal 143. ¡Bendito el Señor, mi alcázar!

Lc 20, 27-40. No es Dios de muertos, sino de vivos.

 

Se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano”. Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer». Jesús les dijo: «En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos». Intervinieron unos escribas: «Bien dicho, Maestro». Y ya no se atrevían a hacerle más preguntas.

 

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