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III Domingo del Tiempo Ordinario - 27 de enero de 2019

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El evangelio de este domingo nos trae a la memoria una imagen muy atrayente del Señor. Una imagen que fácilmente tenemos en nuestra memoria y corazón: Jesús predicando, explicando el mensaje de Dios y descubriéndonos el plan de salvación de Dios. Nada mejor que esto identifica su vida pública. Pero aquel sermón de Jesús, en su pueblo, terminó mal. Sus vecinos le quisieron arrojar por un barranco.

Una doble experiencia. Los que escuchan a Jesús pasan de la admiración y el aplauso al desprecio y al rechazo. Por una parte, se sorprenden de lo bien que habla y lo mucho que sabe para, a continuación, rechazarlo y dudar de que eso lo pueda decir Él. Pasan del aplauso al odio, de la confianza al descrédito para acabar sintiéndose ofendidos e intentar despeñarlo.

¿A qué se debe este rechazo tan fuerte? La admiración por las palabras de gracia y salvación, que brotaban de sus labios, se convierte en crítica del mensaje y desacreditación del mensajero porque no se sienten favorecidos. No identifican a su Dios con el que Jesús trata de enseñar. Les habla de un tiempo de gracia, de un Dios misericordioso, que quiere a todos. Que se muestra con ternura con sus hijos más desfavorecidos. Que se desvive por los más pecadores. Un Dios que tiene corazón de Padre y quiere a los hijos por ser hijos, no por sus méritos, y precisamente quiere más a los que más lo necesitan: los pobres, los pecadores, los alejados. Y ahí les surge la duda y el rechazo. ¿No es éste el hijo de José? ¿Cómo puede un hombre sin relieve social, cambiar la idea de Dios corrigiendo las Escrituras? Y eso era tanto como cambiarles la religión y quitarles la fe. Esa fue la causa del fracaso del nuevo predicador. No aceptar que fuera su Salvador.

No nos son ajenas estas actitudes para nosotros. Admiración y rechazo son formas de cómo vivimos la escucha de la palabra de Dios. Nuestra sociedad sigue intentando alejar a Dios de su vida.

Comentario: José María de Valles
Delegado Diocesano de Liturgia

 

 

Neh 8, 2-4a. 5-6. 8-10. Leyeron el libro de la Ley, explicando su sentido.

Sal 18. Tus palabras, Señor, son espíritu y vida.

1 Cor 12, 12-30. Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro.

Lc 1, 1-4; 4, 14-21. Hoy se ha cumplido esta Escritura.

 

Puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra, también yo he resuelto escribírtelos por su orden, ilustre Teófilo, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.

Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.

Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor». Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».

 

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