X Ellos, X Ti, X Tantos

Detrás de cada ‘X’ hay una historia: personas con nombres, apellidos y rostros concretos -como Tino, Erica, Rosa, María, Álvaro, Blanca o Guillermo, protagonistas de la campaña Xtantos de este año- que en la Iglesia católica han encontrado una mano tendida cuando sus vidas estaban rotas o a punto de estallar. Sus testimonios han hecho llorar de emoción a los técnicos que han escuchado y grabado sus conmovedoras biografías e ilustran el alcance humano y multiplicador de un sencillo gesto como es marcar la casilla de la Iglesia en la declaración de la renta.

Algo que tienen claro los ocho millones y medio de contribuyentes que el año pasado seleccionaron la casilla 105 de su borrador (el 0,7% de la cuota íntegra del impuesto) a una institución —la Iglesia católica— que ayuda cada año en España a más de cuatro millones de personas. La familia Xtantos, que si fuera un país ocuparía la mitad en la lista de los 200 más poblados del mundo, crece cada año, lo que supone un espaldarazo al servicio social de la Iglesia. Un premio al esfuerzo de tantos sacerdotes, religiosas, agentes de pastoral y voluntarios que cada día -fuera de foco, sin abrir los telediarios ni ser ‘trending topic’- ayudan a salir adelante a quienes más lo necesitan.

Marcar la ‘X’ es una decisión libre que no perjudica a nadie y no tiene coste alguno, porque ni te cobran más ni te devuelven menos. Sin embargo, este sencillo gesto hace posible que la Iglesia española sea el “hospital de campaña” que pide el papa Francisco en un momento de especial dificultad como el actual. Pese al descenso de los recursos que ha ocasionado la pandemia, la Iglesia no deja a nadie al borde del camino. Está ahí, las 24 horas, siete días a la semana. Con la mano tendida, sin pedir a nadie el carnet de católico, con cientos de actividades que van desde lo asistencial a lo celebrativo, desde lo catequético y espiritual a la dimensión caritativa y solidaria.

La Iglesia agradece a todos aquellos fieles que marcan la ‘X’ en su declaración de la renta, también a los no católicos y a los no practicantes, porque, entre todos, logramos construir una sociedad más humana, justa y fraterna. Por Tino. Por Erica. Por Rosa. Por ti. Por tantos.

Razones para marcar la "X" a favor de la Iglesia Católica

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Detrás de cada ‘X’ de la Iglesia hay una historia

Tino

Sobrevivir, cuestión de fe
La historia de Faustino Tino Sanz, de 50 años, séptimo de ocho hermanos en una familia muy humilde, ha sido una montaña rusa que solo recientemente ha conseguido calmar. Él no tiene empacho en reconocerlo: “He visitado el infierno muchas veces”. Su padre los abandonó cuando tenía siete años. A pesar de eso, dice haber vivido una infancia “normal” y razonablemente “feliz”. En casa, su madre, muy religiosa, les inculcó valores cristianos. El joven Tino fue asiduo de campamentos de verano y grupos de encuentro y oración. “Desde críos he querido conocer a Dios. En catequesis ya decían que era un poco raro. La verdad es que la Iglesia ha tenido un papel muy importante en mi vida. Luego, me aparté por completo. Siempre me ha gustado ir a la última, ser un moderno, y la Iglesia me sonó en un momento dado como algo antiguo. Me convertí en un ateo empedernido. Aunque he de confesar que, en el fondo de mi corazón, nunca olvidé a Dios. A veces, incluso, me escapaba a escondidas a una iglesia, el único lugar donde encontraba paz...”.

Tino no pudo ir a la universidad como soñaba. A los 18, marchó de Mallén, su pueblo, a Zaragoza a trabajar. Estudió teatro y danza. Trató infructuosamente de ganarse la vida en Madrid como actor, y de allí volvió “fracasado” y “muerto de hambre”. Luego, como objetor, hizo el servicio social sustitutorio en Xátiva. “Una monjita me enseñó la miseria humana y cómo tratar a esas personas. Yo era muy escrupuloso y, cuando había que lavarlos, me ponía guantes. Pero ella me decía: no, Tino, a nuestro Señor no le gustan los guantes. Entonces no lo entendía, lo entendí mucho después”. Más tarde, anduvo entre Salou, Valencia y Zaragoza, hasta que finalmente viajó a París. Allí permaneció varios años. Se ganaba la vida como camarero. “En París crucé una frontera que no hay que cruzar. Caí en el alcohol, las drogas, las pastillas... En realidad, había comenzado a consumir antes, desde muy jovencito, pero en París me hice esclavo de esas sustancias. Alcancé la cúspide cuando me dijeron que mi madre tenía alzhéimer. Aquello fue la hecatombe”, relata.

Tino volvió a Mallén con 39 años para acompañar a su madre. Fundó algunos grupos de teatro, escribió muchísimos relatos, ganó algún premio. Sintió incluso la necesidad de volver a Dios. Pero seguía enganchado. “El párroco, que sabía lo que me pasaba, nunca me juzgó, nunca me reprochó nada. Al contrario, me animó a leer las lecturas en misa, a sumarme al coro, a estudiar... ¡Hasta me dejaba las llaves de la iglesia! Me confirmé a los 40 años con ilusión, convencido... Imposible, con mis fuerzas no era capaz. Fue mi madre la que me animó a entrar en un centro de desintoxicación. Decidí ingresar, ya con 43, para poder cuidarla. Era un 20 de noviembre, lo recuerdo bien. Miré al cielo y le pedí a Dios que me echara un cable. Él me habló. Me dijo: estáte tranquilo, estoy aquí. Y ya ves, llevo siete años limpio, sin recaídas. Cuando acabé el tratamiento, el psicólogo del centro me confesó: Tino, vas a hacer que crea en los milagros. Porque quien ha logrado esto ha sido Dios, no mis fuerzas ni mi forma de pensar”.

Tino vive hoy en El Buste (Diócesis de Tarazona), un pequeño pueblo de 31 habitantes. Ayuda al párroco en todo lo que puede, da catequesis y, además, está finalizando sus estudios de Ciencias Religiosas y el próximo curso iniciará los de Matrimonio y Familia, todo en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. “Con todos los prejuicios que yo tenía, te puedes imaginar, el Opus Dei, un tío como yo, tan maqueado... Y cuando llegué allí sólo encontré un gran abrazo. No encuentro palabras para agradecérselo”. ¿Futuro? “Me encantaría trabajar como profesor de Religión. Mucha gente necesita a Dios, todos lo necesitamos. Nadie me ha lavado el cerebro ni me ha metido ideas extrañas. Ahora veo de verdad mi propósito realizado, es cuando más soy yo. Doy gracias a la Iglesia porque, sin ella, no hubiera dejado todo aquello”.

Blanca

Comenzar de cero en España
La hondureña Blanca, de 37 años, dejó a su familia en su país hace seis años en busca de un mejor futuro. Los tres primeros meses en Cádiz, donde vive, fueron muy duros. Ahora, afortunadamente, vuelven a estar todos juntos; ella, su marido, sus tres hijos de 19, 15 y 12 años, y un nieto de cinco meses nacido en España. “Me pusieron en contacto con el padre Gabriel, coordinador de la Fundación Tierra de Todos. Él miraba siempre por los inmigrantes y velaba por nuestros derechos. Nos ha apoyado económica y espiritualmente en todo momento. Gracias a él, al padre Óscar González, de la parroquia San Antonio de Padua, y a las hermanas Reparadoras, que han estado conmigo en las buenas y en las malas, pudimos reagruparnos. Hoy, tengo mi tiendecita y soy autónoma. Acompañar, servir y proteger, como dice el Papa: eso es lo que me han dado todos”, agradece Blanca.

Erica

El resguardo de Cáritas
Erika, también zaragozana como Tino, de 44 años, ha conseguido rehacer su vida gracias al apoyo de Cáritas. Durante veinte años sólo vivió para su marido, sus dos hijos —que hoy tienen 22 y 15 años, respectivamente— y su madre, afectada por una larga enfermedad crónica. “Cuando mi madre falleció, me quedé vacía. Estaba perdida. No tenía confianza en mí misma, no sabía ni por dónde tirar”, explica. Un conocido le habló de Cáritas y de sus programas de búsqueda activa de empleo. En Cáritas le asignaron a uno que encajaba bien con su perfil. “Encontré gente increíble, que me hizo ver los talentos que tenía, cuando yo pensaba que no tenía ninguno... Conseguí abrir los ojos. He adquirido confianza en mí misma. Todo ha cambiado. Trabajo desde hace dos meses, sé cómo presentarme, hacer una entrevista de trabajo, afrontar las dificultades...”.

Álvaro

La fe y la prisión
También de fuera, en este caso de Guatemala, procede Álvaro Sicán, de 38 años, sacerdote y religioso de la Orden de la Merced. Ordenado hace 18 años, cinco lleva ya como capellán en la prisión de Zuera y responsable de un hogar de acogida para internos que salen de permiso, en libertad provisional o total. “Les apoyamos en su proceso de reinserción en la sociedad”, explica. Antes, ha trabajado en cárceles en su país y en Mozambique. “Dios ha hecho un camino conmigo, y me ha puesto en algo que he vivido y compartido con muchos compañeros que han pasado por esto”.

Y es que el padre Álvaro estuvo metido desde niño en el peligroso mundo de las pandillas en Guatemala. “Con seis añitos ya me vi metido en ese mundo. Quizá fue movido por un sentido de pertenencia, desde luego sin ser consciente de lo que significaba. Tengo tres hermanas mujeres y yo quería ser como los demás chicos”.

El nivel de violencia de aquellas pandillas no llegó al extremo que han alcanzado después, pero sí compartían grafitis, drogas y situaciones cada vez más complejas. A diferencia de otros compañeros con familias desestructuradas, la suya no lo era; al contrario, sus padres eran muy creyentes y practicantes. Quizá eso le salvó. “A los 18 años sentí el deseo de salir de esta realidad que me rodeaba. Había visto morir a compañeros por sobredosis y balas. Me había tocado ver suicidios y otras cosas. No estaba satisfecho”.

Un día, Álvaro Sicán se topó en la calle con un franciscano. Le llamó la atención su hábito. Le siguió. Vio que entraba en una iglesia. Entró él también. Hablaron. “Le conté mi vida, lo que me pasaba. Él me dijo que fuera a una iglesia cercana de los mercedarios, que trabajaban en prisiones. Fui sin saber quiénes eran. Platicando con ellos, poco a poco, conocí más la orden. Darme cuenta de que trabajaban en prisiones me sirvió de mucho porque yo tenía la necesidad de ayudar a mis compañeros de pandilla, muchos de ellos encarcelados. Vi una oportunidad de acceder a ellos y ayudarles. Ahora me doy cuenta de que es un camino por el que Dios me ha guiado para ver las dos caras de la moneda”, asegura.

Y continúa: “Entré en este camino sin tener mucha conciencia de ser sacerdote. Mi primer año con los mercedarios lloré muchísimo. No entendía por qué Dios me llamaba para servirle tan de cerca. ¿Por qué me llamas a mí, que soy un pecador, habiendo gente tan buena?, le decía. Me sentía indigno. Esa misericordia de Dios ha marcado mi caminar: un Dios que ama, que perdona, que acoge por encima de todo. Estar con los necesitados, con los marginados, allí donde nadie quiere estar... Aquí veo la labor grande de la Iglesia, que se repite a lo largo y ancho del mundo: acompañar y humanizar. A esa dimensión de Iglesia es a la que nos invita el Papa”.

Rosa y María

Unidas por la pandemia
A la segoviana Rosa Díez Versal, de 71 años y pelo corto multicolor, le pasó algo parecido. Años de estar pendiente de su madre, y de su marido, y de sus hijos, y de la casa... “Fue morir mi madre y pillar una depresión muy grande”. La pandemia se llevó por delante, además, a dos amigas del grupo de seis con el que quedaba para jugar a las cartas. “Lloraba, lloraba, lloraba. Hasta que me pusieron un psicólogo y me calmó un poco”. El programa de voluntariado de Cáritas le ha cambiado la vida. “Me siento ayudada por la Iglesia. Y yo también me ofrezco a todo y trato de acompañar a otros si lo necesitan”.

Rosa y María García Bermejo, de 83 años, se han hecho inseparables desde la pandemia. Ésta, hija única, se dedicó profesionalmente a la enseñanza, vivió en un pueblo y ha llevado siempre una vida solitaria, sin demasiados amigos. “Estaba sola. Y con la pandemia más. El primer día que me sacó mi hijo, cuando pudimos salir, no me tenía en pie. Una amiga me habló del programa de Cáritas. Ha sido el mayor regalo que he tenido nunca. Tenemos musicoterapia, comprensión lectora, problemas para discurrir y activar la memoria... Me siento feliz, tengo amigas, nos ayudamos mutuamente. Encuentro en ellas la hermana que nunca tuve. ¡Hasta creo que me he hecho más buena! De verdad, lo que esas voluntarias están haciendo con nosotras no tiene precio, es un acto de amor”.

Guillermo

Música evangelizadora
Guillermo Esteban, de 26 años, es un rapero madrileño que responde al nombre artístico de Grílex. Un día decidió entregar su música a Dios para contagiar luz y esperanza a través de sus canciones. “Me dedico a evangelizar a los jóvenes a través de mi pasión, que es el rap”, confiesa. Ya no tiene miedo. Aunque lo tuvo. Mucho. “Sabía que mogollón de gente me iba a juzgar, que todo lo que había construido se podía destrozar. Hala, un cristiano, me señalarían... Buf, vivir con esa etiqueta no es fácil. Pero, a la vez, sentía algo dentro de mí, algo que me decía: tanto tiempo roto y vacío, ¿y ahora que no te sientes así te vas a echar atrás?”

La historia de Grílex arranca con la enfermedad de su hermano, un lupus eritematoso sin curación. “En mí surgió una frustración muy potente. Nada me saciaba. Miraba alrededor y me preguntaba: ¿qué pinto yo en este mundo? Amistades y amores rotos. Tantas heridas que uno se empieza a desangrar”, mira atrás. Un amigo se le acercó y le animó a escribir un rap a su hermano. Le salió una historia de superación y autoestima. “Cuando la terminé, sentí que la presión que tenía encima había disminuido. Sacamos el tema, tuvo mucha repercusión, muchas personas nos empezaron a seguir... Y entonces quise hacer una segunda canción con un tono más malote, enfocada al menosprecio, al odio, a todas las frustraciones que sentía por dentro. Muchas personas dicen que los jóvenes estamos perdidos. Y yo digo: no, no, no, perdidos no, desorientados. La perdición es cuando no hay marcha atrás. A los jóvenes nos bombardean con tantas cosas que al final te preguntas cuál es la realidad. Nos venden todo como si fuera real, y vas probando ciertas cosas: sexo, drogas, alcohol, que en lugar de reforzar tu personalidad lo único que hacen es fracturar poco a poco tu alma”.

La madre de Guillermo, muy preocupada por la evolución de su hijo, le invitó a ir a misa con ella. Él no quería saber nada de aquello. “¡Imagínate, pisar una iglesia! Pero las madres tienen el poder de convencer a las personas. En la iglesia encontré a una chica guapísima que me habló de las cenas Alfa. Fue cuando tuve un primer encontronazo con el Señor”. Cuenta Grílex que en esas cenas se come gratis —“un puntazo”—, pero que sobre todo se habla de Dios con respeto y libertad. “Encontré a personas que servían siempre con una sonrisa. Aquello me chocó porque yo venía de un ambiente bastante oscuro y opaco, donde si te sonreían era porque a continuación te iban a apuñalar por la espalda. Preguntando, vi que lo que hacía felices a esas personas era precisamente servir. Eso fue otro tortazo del Señor. Así, hasta llegar a unas convivencias en las que el Espíritu Santo entró a fuego en mi alma y me rompió todos los esquemas”.

Una amiga animó en ese encuentro a Guillermo a escribir una carta a Dios y vaciar en ella todo lo que le había pasado. El joven se puso a ello. Cuando la terminó, se dio cuenta de que tenía la métrica exacta de un rap. Fue entonces al estudio de grabación con ella. Y se encontró con la negativa del productor. “¿Tú hablando de Dios y de tus heridas? Ni de coña, esto no puedes sacarlo. Tú eres Grílex, tienes que ser fuerte, me dijo. Pero tras una noche intensa hablando, al final accedió”.

La vida del joven rapero da un vuelco en ese momento. “Comienzo a saborear un amor, una ternura, una comprensión, una misericordia de otro mundo. Me siento en paz, vivo. Por fin, algo me llena de luz”, proclama con una alegría y una convicción contagiosas. No sólo eso, hubo quien, tras escuchar la canción, confesó a Guillermo que gracias a ella no se había suicidado. “Para mí, eso fue una bomba tan potente que pensé: ¡pero qué hago yo siendo protagonista de este rap cuando esto tiene que ser cosa de Dios! Lo que yo tengo que hacer es dejarme llevar totalmente por Él”.

La obsesión de Guillermo Esteban es llevar los valores de Jesús sobre todo a la gente que está fuera de la Iglesia: “La gente que está dentro está muy bien acompañada, pero... ¿quién está con los que están fuera? ¿Quién está con los raperos con los que yo ando? Tengo que salir a su encuentro, ir a los lugares donde la gente está más rota. Si somos portadores de luz, tenemos que ir a donde está la oscuridad. Y no tener miedo. Faltan valientes que digan: apuesto por el Reino de Dios. Es lo que nos está diciendo el Espíritu Santo: abriros, abriros a mi inspiración. Sin perder nuestra identidad, tenemos que adaptarnos a los tiempos para poder transmitir”.

A estas alturas, lector, seguro que sientes curiosidad por la música de Grílex. Así dice uno de sus raps:

La libertad está dentro de mí
Salmo 28: tú eres mi fuerza
y mi escudo aquí./
Salmo 26: mis pies se mantienen
en camino./
Brindo por aquellos que luchan
conmigo.

La "X" a favor de la Iglesia Católica - Datos

La Iglesia en cifras

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... y no olvides ...

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La Financiación de la Iglesia Católica en España

El sistema de asignación tributaria
La reforma de la asignación tributaria que se estableció en diciembre de 2006, según se puede ver en la Ley de presupuestos de 2007, tiene como característica principal que “la Iglesia percibe únicamente la cantidad que resultase de la asignación tributaria realizada por los ciudadanos”. De este modo, “la Iglesia ya no recibe cantidades con cargo a los presupuestos Generales del Estado para su sostenimiento básico”. Desaparece, pues, lo que se conoce como “complemento presupuestario”.
 
De esta forma, los ciudadanos que lo deseen pueden decidir que el 0,7% de su contribución se destine a abastecer las necesidades de la Iglesia.
 
Este hecho es de una gran importancia puesto que, de este modo, el sostenimiento de la Iglesia depende exclusivamente de las aportaciones de los fieles a través de las distintas fuentes de financiación.
 
Además de estos aspectos, el sistema de asignación tributaria trae consigo otros hechos de gran importancia:
 
  • La elevación, con carácter indefinido, del porcentaje de asignación tributaria que pasa del 0,5239 al 0,7%.
  • La renuncia de la exención por IVA en la adquisición de bienes inmuebles y en la adquisición de objetos destinados al culto.

Otras formas de colaborar

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Dono a mi Iglesia

Más información
La Conferencia Episcopal Española  cuenta con una nueva manera de donación con el fin de ayudar a las más de 23.000 parroquias y a las diócesis de nuestro país, para que de esta manera puedan continuar realizando su impagable labor en la sociedad, especialmente ayudando a los colectivos más débiles. Así lo avalan, por ejemplo, los 6.483 centros para mitigar la pobreza, o el acompañamiento a un total de 146 mil personas en los hospitales, entre otros servicios.

Por ello, a través de la página web donoamiiglesia.es, los feligreses tienen la oportunidad de donar a su parroquia desde casa y de una manera completamente segura, para de esta manera contribuir a que la Iglesia pueda seguir realizando esta labor imprescindible y cercana.

Aquellos que visiten este portal encontrarán una nueva forma de colaborar sencilla y segura. Si deseas donar a una de las 23.000 parroquias que hay en España, solo tienes que 'cliquear' en el apartado 'Donar en mi parroquia'. Una vez hemos dado este paso, nos pedirán el código postal o la población donde se encuentra la parroquia a la que queremos ayudar.

A continuación, podrás seleccionar la cantidad que deseas donar. Incluso tienes la opción de elegir la periodicidad de la ayuda (anual, trimestral, mensual o puntual). Una vez finalizado el proceso, pinchamos en el botón 'Realizar donación'.

Llegados a este punto, tan solo nos quedaría rellenar nuestros datos personales y definir la forma de pago, a través de la cuenta o con tarjeta.

Además de donar a tu parroquia, también puedes optar por contribuir con la diócesis que previamente hayas seleccionado o con la Conferencia Episcopal Española. En ambos casos, basta con pinchar una de las dos opciones y repetir la misma operación. La CEE pone también a disposición de los usuarios el número de teléfono 91 050 34 06 para efectuar la donación, si se desea, por esta vía. Los fieles que donen tendrán un 80% de desgravación fiscal en los primeros 150 euros.
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Donaciones a través de BIZUM

Más información
La Diócesis de Palencia cuenta con un sistema de donaciones a través de Bizum, la solución de pagos a través de móvil que permite enviar y recibir, de forma segura, los fondos en tiempo real. Se trata de un servicio impulsado por la banca española que conecta las cuentas bancarias actuales de los clientes vinculándolas a su número de teléfono móvil. De esta manera, con esta suerte de “cepillo digital”, se podrán realizar donativos desde cualquier lugar y en cualquier momento a través de un teléfono móvil o de un ordenador.

El proceso es el siguiente: desde tu app bancaria en la que tengas Bizum activo, introduce manualmente el identificador de la Diócesis de Palencia a través del código 00214, así como el importe que quieres donar. La operación se realiza al instante, de forma totalmente segura, y el dinero llega a su destino en menos de cinco segundos.

Este sistema de donaciones a través de vía telemática viene a completar el ya implantado en el conjunto de España a través del portal seguro www.donoamiiglesia.es, donde se pueden realizar donaciones directas a una parroquia concreta, a una diócesis o directamente a la Conferencia Episcopal.

La Diócesis de Palencia

Obispado de Palencia
C/ Mayor Antigua, 22
34005 - Palencia (ESPAÑA)
Teléfono: 979 70 69 13
Fax: 979 74 53 14
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