«RESUCITAR» - Pascua 2023

La causa de la muerte del Nazareno fue su vida: el Reino que anunciaba ponía en cuestión tanto la estructura del sistema socio-religioso judío como las relaciones con el sistema político romano. Pero se trata de algo más profundo y decisivo: la muerte de Jesús es el lugar de la revelación definitiva; para él y para sus discípulos, la cruz fue la última gran lección en el proceso revelador. A partir de la crucifixión, los primeros cristianos se convencen de que Dios tenía que intervenir a favor de Jesús, a favor del justo por excelencia; en ella prende la chispa de la revelación definitiva: «la presencia vivificante y resucitadora de Dios».

«La Pascua sólo tiene un sentido: vida». El seguimiento de Jesús, el Cristo, incluye la hondura de la vida misma; en su resurrección se revela y potencia el ser real de cada ser humano como «vida eterna». «Una categoría magnífica -ésta de la vida eterna»-, porque en la misma conjunción de sus componentes verbales deja ver su capacidad mediadora. Vida real, en el tiempo, expuesta a sus trabajos y sus heridas, esperando todavía el futuro para su liberación plena. Pero eterna, con raíz tan honda en Dios, que ya se puede vivir en plenitud anticipada. Con las claves de nuestro destino desveladas y el amor de Dios como presencia segura (pues “nada nos puede ya separar de él”: Rom 8,39), la vida humana es a un tiempo mortal y resucitada” (A. Torres Queiruga).

Todo, por supuesto, está marcado con el signo escatológico: estamos ya salvados en Jesucristo, pero -por ahora- solo «en esperanza». La salvación es esa semilla de humanidad plena y verdadera que Dios ha sembrado en el corazón del ser humano; una semilla que creció y dio todo su fruto en la vida del Nazareno. Tras él, además de «estar sembrados de vida nueva», tenemos un modelo perfecto para saber cómo cuidar, regar, podar... y hacer que nuestra planta de vida y felicidad se desarrolle en todo su esplendor. Y mucho más: Dios nos garantiza que en el hombre Jesús todo hombre tiene ya asegurada la posibilidad de lograr su meta, pese a que nuestra finitud todavía no alcanza a comprender este misterio.

El cartel y el lema

Campos de Castilla: una foto retocada y algarabía de brazos al aire. Campos donde la muerte está germinando nueva vida; personas renacidas en las fiestas de la vida. Como sucede con las semillas y los frutos, también los seres humanos hemos de nacer y renacer, por así decir, morir y resucitar. En efecto, los humanos nacemos siéndolo, pero no lo somos del todo hasta después: es necesario nacer de nuevo, «hacernos de verdad humanos» o, mejor, hacer morir el egoísmo, para que nazca la relación fraterna con los demás seres humanos y con cuanto nos rodea.

 
Pascua es precisamente eso: vida, resucitar a la vida.
 
Estamos salvados en Cristo: Dios nos garantiza que, en Jesús, toda persona tiene ya la posibilidad de alcanzar la meta de la vida, aunque nuestra finitud todavía no nos permita comprender plenamente este misterio. Éste es el camino de la vida: Dios ha dado a cada ser humano todas las posibilidades para llegar a su plenitud y, dentro de cada uno de nosotros, está Él empujando este proceso hasta su culminación. Estamos sembrados de sentido, de vida, de amor, de justicia y de paz, de..., pero -para decirlo todo- con la libertad de elegir si, para nuestro campo, queremos esa semilla o no; si nos decidimos por el barbecho o por el cultivo intenso, o quién sabe por qué otra solución.

 
Camino de la Pascua, entonces, para renacer, para crecer, para... ¡resucitar!
 
Un camino, concretamente, con ocho etapas: la primera, para contemplar al que «Dios ha resucitado», confirmado su vida y asegurándonos de que no sólo estamos sembrados de vida nueva, sino que también, en Jesús de Nazaret, tenemos el modelo perfecto para saber cómo cuidar, regar, podar... y hacer que nuestra planta de vida y felicidad se desarrolle en toda su plenitud.
 
Las tres etapas siguientes («Vivir como resucitados», «Entrar en conversación» y «Descubrir la puerta») pretenden ayudarnos a tomar conciencia de que «estamos sembrados de Resurrección» y, por un lado, hemos de compartir esa experiencia entrando en conversación con los seres humanos de nuestro tiempo; por otro, hemos de descubrir la clave de todo, es decir, la puerta siempre abierta del amor de Dios.
 
Las últimas etapas -que incluyen tanto la Fiesta de la Ascensión como la Pascua de Pentecostés- («Andar el camino», «Reconstruir las relaciones», «Humanizar la vida» y «Vivir con Espíritu») tratan de hacernos pensar sobre cómo andar por el camino de la vida, reconstruyendo las relaciones con nosotros mismos, con los otros, con el «Otro» y con la naturaleza; dicha reconstrucción pasa fundamentalmente por humanizar la vida y, en definitiva, vivirla «con» Espíritu.
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