Palabra y Vida - Señor mío y Dios mío

El segundo domingo de Pascua se conocía como el domingo de Tomás. El año 2000, por deseo del Papa san Juan Pablo II, pasó a denominarse de la Divina Misericordia.

 

PAZ A VOSOTROS

Resalta el texto evangélico de este segundo domingo de la Pascua las tres veces que Jesús saluda a sus discípulos con la expresión “Paz a vosotros”. Saludo que nos recuerda que el primer fruto de la Resurrección de Cristo y su presencia entre nosotros debe ser la paz. El evangelista nos da a entender que los discípulos hubieran perdido la paz y andaban desorientados tras la muerte del Señor. La presencia de Dios les devuelve la serenidad y de paz. Un saludo y un deseo que hoy también debemos experienciar los cristianos. Debemos invitar a vivir en paz este tiempo pascual. Aquel primer encuentro de Jesús con sus discípulos fortalece su fe, afianza en ellos la convicción de que ha resucitado y los apóstoles reciben el Espíritu que les da el poder de perdonar los pecados junto a la tarea de anunciar su presencia resucitada entre nosotros. Serán en adelante hombres de paz. Su tarea consistirá en reconciliar y reconstruir relaciones basadas en la paz. Vivir la Pascua consiste en ofrecer la paz a todos nuestros hermanos.

 

TOMÁS, EL DESCONFIADO

En un segundo momento, el evangelio centra el relato en el apóstol Tomás. Ausente en la primera aparición, no ha vivido el encuentro con el Señor Resucitado. Los demás apóstoles con entusiasmo le cuentan una y otra vez la aparición del Señor, pero él se niega a dar valor a sus palabras. Desconfía de lo que le dicen y no se fía de su testimonio. Necesita de pruebas que le convenzan. No solo duda de que haya resucitado el Maestro, sino que no da crédito y no le sirve el testimonio de los otros discípulos. Presume de su desconfianza, se enorgullece de no fiarse de lo que le cuentan. Tomás se convierte así en cada uno de nosotros cuando no damos valor a lo que nos dicen, cuando no nos fiamos del testimonio que nos dan, cuando rechazamos el mensaje de Dios que nos llega por medio de la Iglesia. Tomás tiene dificultades para creer en la resurrección porque se ha alejado del grupo. En la soledad personal se hace difícil creer. Su orgullo tiende a rechazar lo que nos dicen. El valor de la comunidad enriquece y afianza nuestra fe en el Resucitado.

 

¡SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO!

El texto concluye con una lección maravillosa. La presencia del Resucitado transforma la vida y cambia a la persona. A los ocho días el Señor vuelve a hacerse presente entre los apóstoles y esta vez, Tomás está entre ellos. El Señor se dirige directamente a él y le dice, sin reproche, pero con decisión, trae tu mano y tus dedos y comprueba mis heridas para que creas que soy yo, el que viste clavado en la cruz. Y se produce el milagro. Cae de rodillas y confiesa emocionado “Señor mío y Dios mío”. El encuentro con el Señor le ha abierto sus ojos y su entendimiento. Ahora está convencido de que el Maestro está presente. Su desconfianza se vuelve fe, su incredulidad, confianza, Ha descubierto con qué misericordia el Señor le ha hecho creer y le ha dado la fe. Tomás experimenta la Misericordia del Señor en el encuentro personal con el Resucitado que transforma su vida. Pidamos también nosotros vivir el encuentro con Cristo resucitado en nuestras comunidades para que fortalezcamos nuestra fe y vivamos la paz como fruto pascual.

 

Comentario al Evangelio del 16 de abril de 2023, por José María de Valles, delegado diocesano de Liturgia. Emitido en “Iglesia Noticia” de la Diócesis de Palencia.