Palabra y Vida - El amor de Dios cura, sana y salva

Sin duda alguna, el evangelio nos lleva a detenernos en la curación del leproso. Una acción extraordinaria para los hombres y un gesto sencillo del poder salvador de Dios. Además del milagro debemos detenernos en la actuación de Jesús. El relato comienza con el deseo del ciego de querer curarse y la confianza ciega que pone en Jesús para recuperar la salud.

 

Sí, quiero

La respuesta de Jesús a la petición del leproso constituye el centro del evangelio. El sí quiero de Jesús sigue siendo el modo de actuar de Dios con los necesitados. Todas las personas necesitamos ser queridas, experimentar que nos valoren y amen. El leproso necesita también ser querido y así le pide a Jesús que le cure. Si me quieres, puedes limpiarme, es su súplica. Está convencido de que si Jesús le ama sanará de su enfermedad que le aleja de la gente, le margina y proscribe. Necesitamos del amor de los demás, pero especialmente necesitamos del amor de Dios. Ese fue el gran acierto de aquel enfermo, acudir y recurrir a Jesús. Aún más, necesitamos saber que Dios nos quiere y nos ama. No siempre tenemos esta experiencia y seguridad. Y pocas veces creemos que en el amor de Dios radica la solución a nuestros problemas, a nuestras necesidades, a nuestras debilidades, enfermedades y limitaciones.

El amor de Dios cura, sana y salva. Buscando amores nos pasamos la vida y olvidamos que será el amor de Dios quien nos cure de todos nuestros males. He aquí el milagro que Dios quiere seguir regalándonos a todos.

 

Tres gestos que sanan

El primer gesto es el de la compasión. Ante nuestros deseos de mejorar, sanar, recuperar la salvación Dios se muestra compasivo. La mirada compasiva de Dios sobre sus hijos necesitados supone el primer momento de la actuación salvífica. Jesús se siente impactado por el leproso, siente cariño, empatía, como hoy solemos decir. San Marcos usa el verbo tener compasión, el mismo verbo que usa el samaritano con el hombre herido al borde del camino y el mismo verbo que expresa el sentimiento del Padre cuando acoge al Hijo pródigo.

El segundo gesto es un gesto físico, extender la mano.  Con este gesto manifiesta el deseo de aproximarse, de estar cerca, de ponerse a su lado para que se sienta acogido y alentado. Jesús quiere expresar su deseo de ayudarlo, de no dejarlo solo. Si queremos ser útiles echaos una mano, no podemos quedarnos con las manos en los bolsillos. Con este gesto Jesús nos demuestra a nosotros el valor y significado que debemos estar dispuesto a tener con nuestros hermanos necesitados.

Y, finalmente, el tercer gesto es el más atrevido: lo tocó. Bien conocía Jesús que no se podía tocar a un leproso, pero mejor sabía que no se puede dejar de hacer el bien, de sanar al enfermo. Por ello no duda de usar el contacto físico. Conoce la sensación de afecto que transmite que nos toquen que se mezclen con nosotros. No le es extraño el dolor, la enfermedad y por ello no duda en tocar al enfermo, que experimente su cercanía tanto física como afectiva para que se obre el milagro de la curación.

Guardemos en nuestro corazón y memoria este manual de llevar la salud, la curación y el milagro de la salvación a nuestros hermanos que sufren la enfermedad, la soledad, la falta de aceptación social, que se sienten marginados y alejados del amor. Todos nosotros podremos hacer pequeños milagros si como el Señor queremos a los demás y usamos con ellos esos tres gestos de salvación.

 

José María de Valles. Delegado diocesano de Liturgia

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