Pascua’23 - «ENTRAR EN CONVERSACIÓN» - III Domingo de Pascua

Pascua’23 - «ENTRAR EN CONVERSACIÓN» - III Domingo de Pascua

Entrar en conversación con los seres humanos de su tiempo, interesarse por cuanto les interesa, hablar de las cosas comunes y dejarse interrogar por todo lo que atraviesa la cotidianidad de sus vidas. Esta debe ser la primera capacidad del cristiano.

 

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EVANGELIO

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?». Él les dijo: «¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado [...]».

«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída» [...]. «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

(Lucas 24,13-35)

 

ENTRAR EN CONVERSACIÓN

«¿De qué habláis por el camino?» (Lo 24,17). Esta debe ser la primera capacidad del cristiano: entrar en conversación con los seres humanos de su tiempo, interesarse por cuanto les interesa, hablar de las cosas comunes y dejarse interrogar por todo lo que atraviesa la cotidianidad de sus vidas. No existe anuncio del Evangelio sin esta actitud de diálogo amistoso acerca de todo cuanto constituye la existencia misma.

¿Cuántas veces, un tanto desalentados, concluimos afirmando que la gente se muestra cada vez más indiferente al mensaje cristiano? ¿No seremos nosotros los indiferentes ante su vida? El Concilio Vaticano II nos exigió apasionarnos por todo lo humano, invitándonos a vivir con simpatía y compasión «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, [porque] son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (GS, I).

 

TESTIMONIO: JAKE BAILEY

Oscar, de Granada, 26 años. Ha cumplido 4 años de condena, en la cárcel. Le quedan otros 10 años. Con la única persona con la que comunica es con su padre. Su madre murió. Cuando tiene dinero lo llama por teléfono. «La relación es distante y fría.

Pareciera que mi padre me hubiera dado por perdido. ¿Qué puedo para recuperar la relación con mi padre?», me pregunta. Tiene un hijo de 4 años. La última vez que lo vio sólo tenía meses. Espera verlo un día, cuando el régimen de visitas que dictamine el Juez se lo permita. «Hice daño -me dice- a la que fue mi compañera y ahora ella no quiere que vea al de ambos».

Oscar necesita hablar, desahogarse, orientarse. Me pregunta por Dios y si Dios será duro con él. Me sorprende lo que me pregunta. Le digo que una vez, cuando la gente le preguntaba cómo era Dios, Jesús les contó la historia de un padre que tenía dos hijos y cómo el más pequeño le pidió la parte que le correspondía de la herencia y que cuando la tuvo se marchó de casa, etc. «Se parece a mí», dijo Oscar. Le conté toda la parábola. Y seguimos hablando un buen rato de su vida, sus pocas alegrías, sus penas y su futuro («Sementera»).

 

ORACIÓN: DESCUBRIR AL OTRO

Señor, enséñame a ver detrás de cada palabra, de cada hermano: Alguien que se esconde, que posee la misma capacidad o mayor que la mía, con sus sufrimientos y sus alegrías. Alguien que tiene vergüenza, a veces, de mostrarse tal cual es; que no le gusta mostrarse ante los demás por timidez o porque...

Señor, hazme descubrir detrás de cada rostro, en el fondo de cada mirada, un hermano, semejante a Ti y, al mismo tiempo, completamente distinto de todos los otros.

Quisiera, Señor, tratar a cada uno a su manera, como Tú lo hiciste con la Samaritana, con Nicodemo, con Pedro..., como lo haces conmigo.

Quisiera empezar, de una vez por todas y ya, a comprender a cada uno en su mundo, con sus ideales, con sus virtudes y debilidades, también, ¿por qué no? ..., ¡«con sus chifladuras»!

Ilumíname igualmente para comprender a los que tienen autoridad sobre mí...

Ayúdame, Señor, a ver a todos como Tú los ves: A valorarlos no sólo por su inteligencia, su fortuna o sus talentos, sino por la capacidad de amor y de entrega que hay en ellos.

¡Que el «otro», viéndome, te vea a Ti, Señor! Señor, que te vea detrás de cada rostro.