La parábola, que hoy el evangelio nos relata, es de rotunda actualidad y nos enfrenta a nuestra tarea, actuación y compromiso con nuestro mundo.
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En primer lugar, nos descubre el gesto de Dios de confiarnos la vida, la tierra, el planeta… Un maravilloso mundo que nos ofrece una enorme cosecha y es de una fecundidad tremenda en todos los sentidos. Somos elegidos por Dios para administrar este mundo maravilloso y dotado de una fabulosa capacidad de producir bienes. Somos a quienes el viñador ha confiado su viña. Nos da la vida, la tierra, el trabajo y todo ello para nuestra felicidad. Se fía de nosotros, pone en nuestras manos la creación entera, la vida y la llena de enormes frutos, pero espera recibir su renta.
La parte del Señor
La cuestión es que el propietario, como dueño y señor, reclama su parte. La parábola nos recuerda la exigencia del propietario que nos ha dado todo y espera recibir algo. ¿Cuál es la porción de la cosecha que el Señor nos reclama? ¿Qué se reserva Dios de todo lo que nos ha encargado? ¿Qué desea que le devolvamos de la cosecha de nuestro mundo, de nuestra vida y de mi persona? Entra dentro de lo lógico que uno devuelva algo de lo mucho recibido al menos como agradecimiento y signo de afecto. Parecería lógico que como pago de lo recibido tenga el dueño derecho a reclamar la renta. Pero a la generosidad del propietario se enfrenta la avaricia de los trabajadores que se niegan a pagar y quieren quedarse con la propiedad.
El hijo del propietario
La parábola se torna violenta. Aquellos trabajadores no solo no cumplen con su compromiso de devolver una parte de la cosecha al dueño, sino que van matando a todos los que en su nombre van a cobrar. El culmen de su engreimiento se da cuando matan al hijo del dueño con el fin de quedarse con la propiedad y ser ellos los dueños. Hoy podemos releer esta parte de la historia bajo la clave de Cristo, el hijo del propietario que fue a recoger la renta. Podemos saber el amor que mostró a quienes le esperaban hostilmente. Ellos le despreciaron, le echaron de la viña y le mataron, para conseguir quedarse con la heredad que no les pertenecía. Querían todo para ellos mismos. Querían ser los dueños y propietarios.
Comenzábamos diciendo que la parábola es de rabiosa actualidad porque caminamos siguiendo los mismos pasos de aquellos trabajadores. Nos negamos a devolver a Dios algo de tanto como nos ha dado. Aspiramos a que no se nos pida nada y tratamos de conseguir llegar a ser los dueños y propietarios de nuestra tierra, de nuestro planeta y de nuestra vida. Aún más queremos repetir el mal comportamiento de aquellos trabajadores y negar a Dios su renta, de echarlo de nuestro mundo y matarlo para quedarnos con la propiedad.
José María de Valles. Delegado diocesano de Liturgia