"Fratelli tutti". Sobre la fraternidad y la amistad social

“Fratelli tutti” es el título de la tercera encíclica del Papa Francisco que firmó el pasado sábado, sobre la tumba de san Francisco de Asís y que fue presentada ayer, 4 de octubre de 2020. En esta encíclica social, que lleva por subtítulo «sobre la fraternidad y la amistad social», el Papa Francisco propone los grandes ideales y los caminos concretos para construir un mundo más justo y fraterno en sus relaciones personales, sociales, políticas e institucionales.

Fratelli tutti cuenta con una breve introducción y ocho capítulos en los que Francisco reflexiona sobre la fraternidad y la amistad social, con un contexto amplio y asentándose en «numerosos documentos y cartas» que le han enviado «tantas personas y grupos de todo el mundo».

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Introducción

Inspirado por San Francisco de Asís, el Papa Francisco nos entrega Fratelli tutti, una propuesta de una forma de vida con sabor a Evangelio que consiste en amar al otro como hermano, aunque esté lejos. Es un llamado a ser fraternidad abierta (FT 1), a reconocer y amar a cada persona con un amor sin fronteras, que va al encuentro y es capaz de superar toda distancia y tentación de disputas, imposiciones y sometimientos (FT 3).

Fratelli tutti no es un resumen de la doctrina sobre el amor fraterno, sino una insistencia en su dimensión universal (FT 6).

El COVID-19 interrumpió al Papa en su redacción. Esta pandemia dejó al descubierto nuestras falsas seguridades, evidenció nuestra incapacidad de actuar conjuntamente, nuestra fragmentación (FT 7).

Frente a las diversas formas de eliminar o de ignorar a otros, Fratelli tutti es una invitación a reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y amistad social (FT 6).

El Santo Padre anhela que en esta época que nos toca vivir, reconociendo la dignidad de cada persona humana, podamos hacer entre todos un deseo mundial de hermandad (FT 8)

 

CAPÍTULO 1: Las sombras de un mundo cerrado

El primer capítulo nos presenta las sombras de mundo cerrado que desfavorecen el desarrollo de la fraternidad universal (FT 9) y que se expanden por el mundo; son las circunstancias que dejan heridos al lado del camino, puestos fuera, desechados. Las sombras hunden a la humanidad en confusión, soledad y vacío.

Entre otras, los sueños de una Europa unida y de la integración latinoamericana aparecen rotos (FT 10), surgen nacionalismos cerrados, crece el egoísmo y la pérdida de sentido social (FT 11). Expresiones como “abrirse al mundo” han sido cooptadas por la economía y las finanzas. Se impone una cultura que unifica al mundo, pero divide a las personas y a las naciones. Las personas cumplen roles de consumidores y espectadores; la sociedad globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos. Estamos más solos que nunca (FT 12).

La conciencia histórica se hunde en las sombras, la libertad humana pretende construir todo desde cero, somos invitados a consumir sin límites y a vivir un individualismo sin contenidos que ignora y desprecia la historia (FT 13).

Se extienden nuevas formas de colonización cultural; los pueblos que enajenan su tradición tolerarán que se les arrebate el alma, su fisonomía espiritual y su consistencia moral (FT 14).

En las sombras de este mundo cada vez más cerrado se vacían de contenido y se manipulan las grandes palabras como democracia, libertad, justicia y unidad (FT 14). Sembrar desesperanza, desconfianza; exasperar, exacerbar y polarizar son las estrategias para dominar y avanzar, negar el derecho a existir y opinar, lo cual ayuda a dominar y avanzar. La política se convierte en marketing (FT 15).

Partes de la humanidad parecen sacrificables en beneficio de algunos que se consideran dignos de vivir sin límites. Despilfarrar y descartar a quienes son considerados todavía no útiles o ya no productivos son características de esta cultura del descarte (FT 18) que reina en las sombras del mundo cerrado.

La desigualdad de derechos (FT 22) y las nuevas formas de esclavitud (FT 24) siguen vigentes. Vivimos una “tercera guerra mundial en etapas” (FT 25), no hay horizontes que nos congreguen (FT 26), reaparecen conflictos y miedos que se expresan en la creación de muros para evitar el encuentro (FT 27). Hay un deterioro de la ética y un debilitamiento de los valores espirituales y del sentido de responsabilidad; crece la sensación de frustración, soledad y desesperación (FT 29).

Somos víctimas del engaño de creer que somos todopoderosos y de olvidar que estamos en la misma barca (FT 30). La ausencia de humanidad se expresa con claridad en las fronteras, ante la realidad de miles que escapan de la guerra, la persecución, las catástrofes naturales y la búsqueda de oportunidades para ellos y sus familias; al mismo tiempo, los regímenes políticos buscan evitar a toda costa la llegada de personas migrantes (FT 37). Los migrantes son considerados no suficientemente dignos (FT 39).

Ante todo, lo anterior tenemos la tentación del aislamiento y la cerrazón en uno mismo o en los propios intereses; esto jamás será el camino para devolver esperanza y obrar una renovación. El camino es la cercanía y la cultura del encuentro (FT 30).

La pandemia del COVID-19 ha dejado al descubierto que tenemos una pertenencia de hermanos (FT 32); estamos llamados a repensar nuestros modos de vida, relaciones, organización de nuestras sociedades y sobre todo nuestra existencia (FT 33).

Tenemos la ilusión de estar más comunicados, parecen acortarse las distancias al grado que deja de existir el derecho a la intimidad. En el mundo digital, el respeto al otro se hace pedazos, se nos permite ignorar, mantenernos lejos e invadir su vida sin pudor (FT 42).

De entre las sombras surgen movimientos digitales de odio y destrucción (FT 43), se vive la agresividad sin pudor (FT 44) y proliferan la mentira y la manipulación; los fanatismos destructivos son protagonizados incluso por personas religiosas y medios católicos (FT 46).

Pero a pesar de las sombras densas, hay que hacernos eco de tantos caminos de esperanza: Dios sigue derramando en la humanidad semillas de bien (FT 54).

El Papa nos recuerda que el bien, el amor, la justicia y la solidaridad no se alcanzan de una vez para siempre; sino que serán conquistados cada día (FT 11).

El Santo Padre nos llama a la esperanza. Hay en los hombres y mujeres sed, aspiración de plenitud, de vida, de tocar lo grande, lo que llena el corazón y eleva el espíritu hacia cosas grandes como la verdad, la bondad, la belleza, la justicia y el amor. La esperanza es capaz de mirar más allá de la comodidad, seguridades y compensaciones que nos encierran, para abrirse a grandes ideales (FT 55).

 

CAPÍTULO 2: Un extraño en el camino

Hay un extraño en el camino, herido y puesto fuera por las sombras de un mundo cerrado. Ante esta realidad hay dos actitudes que podemos tener: seguir de largo o detenerse. Incluirlo o excluirlo definirá el tipo de persona o proyecto político, social y religioso que somos.

El Papa nos presenta la parábola del buen samaritano como luz ante las sombras (FT 56). Hay un trasfondo en la parábola: ¿Dónde está tu hermano? (Gn 4,9). Dios cuestiona todo tipo de determinismo o fatalismo que pretenda justificar la indiferencia. Nos habilita para crear una cultura en la que cuidemos unos de otros (FT 57), porque todos tenemos un mismo Creador, y en ello se sostienen nuestros derechos.

Estamos motivados y llamados a ampliar el corazón de manera que no se excluya al extranjero, es una llamada al amor fraterno, que se extiende en el Nuevo Testamento (FT 61). Al amor no le importa si el hermano herido es de aquí o de allá, el amor rompe cadenas y tiende puentes, permite construir una gran familia en donde todos podamos sentirnos en casa, sabe de compasión y dignidad (FT 62).

En la parábola está el “abandonado”, el herido tirado en el camino; varios no se detienen ante él. Solo uno se detuvo, le regaló cercanía, lo curó con sus propias manos, puso dinero en su bolsillo y se ocupó de él, le ofreció su tiempo (FT 63).

La sociedad enferma tiene la tentación de desatenderse de los demás, de mirar para el costado, pasar de lado e ignorar. El sentimiento le perturba, le molesta, no quiere perder el tiempo a causa de problemas ajenos. Se construye de espaldas al dolor (FT 65)

El Papa Francisco nos llama a la vocación de ciudadanos del propio país y del mundo entero (FT 66). A ser constructores de un nuevo vínculo social, a darnos cuenta de que la existencia de cada uno está ligada a la de los demás: la vida no es tiempo que pasa, sino tiempo de encuentro (FT 66). Estamos llamados a reconstruir este mundo que nos duele, a rehacer una comunidad a partir de hombres y mujeres que hacen propia la fragilidad de los demás, que no permiten la exclusión, se hacen prójimo, levantan y rehabilitan al caído para que el bien sea común (FT 67).

Incluir o excluir al herido al costado del camino define todos los proyectos económicos, políticos, sociales y religiosos (FT 69).

La historia del buen samaritano se repite; son visibles la desidia social y política, las disputas internas e internacionales y los saqueos que dejan heridos al lado del camino. Hoy podemos recomenzar: el Papa Francisco nos llama a ser parte activa en la rehabilitación y el auxilio de las sociedades heridas (FT 77); hay que alimentar lo bueno y ponernos al servicio del bien (FT 77). Solo es posible comenzar desde abajo y de a uno, pugnar por lo más concreto y local (FT 78).

Las dificultades son la oportunidad para crecer y no la excusa para la tristeza (FT 78); estamos llamados a convocar y a encontrarnos en un “nosotros” que sea más fuerte que la suma de pequeñas individualidades. “El todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de ellas” (FT 78). La reconciliación nos resucitará y nos hará perder el miedo (FT 78).

Finalmente, Jesús transforma el planteamiento de preguntarnos quiénes son los cercanos a nosotros, es decir nuestros “prójimos”: nos llama a volvernos nosotros cercanos, prójimo de todos, incluso de los que están lejos (FT 81). Se trata de una capacidad de amor universal capaz de traspasar prejuicios, barreras históricas o culturales, intereses mezquinos (FT 83).

Es importante que incluyamos en la catequesis y la predicación, de un modo directo y claro, el sentido social de la existencia, la dimensión fraterna de la espiritualidad, la convicción sobre la inalienable dignidad de cada persona y las motivaciones para amar y acoger a todos (FT 86). Solo así podremos pensar y gestar un mundo abierto, erradicando las sombras del mundo cerrado.

 

CAPÍTULO 3: Pensar y gestar un mundo abierto

Dios es amor universal, y en tanto ser parte de ese amor y compartirlo, estamos llamados a la fraternidad universal, que es apertura. No hay “otros” ni “ellos”, sólo hay “nosotros”. Un ser humano solo puede desarrollarse y encontrar su plenitud en la entrega sincera de sí a los demás. No podrá reconocer a su fondo su propia verdad si no es en el encuentro con los otros. Nadie puede experimentar el valor de vivir sin rostros concretos a quien amar (FT 87).

La vida subsiste donde hay vínculo, comunión, fraternidad; será más fuerte que la muerte cuando se construya sobre relaciones verdaderas y lazos de fidelidad (FT 87). Toda relación sana y verdadera nos abre a los otros, no podemos reducir la vida a nosotros mismos o a nuestro pequeño grupo (FT 89).

La hospitalidad es un modo concreto de apertura y de encuentro (FT 90). La altura espiritual de una vida humana está marcada por el amor, el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración de una vida humana. El mayor peligro es no amar (FT 92). El amor es algo más que acciones benéficas; estas brotan de una unión que inclina más hacia el otro considerándolo valioso, digno, grato y bello. Solo esta forma de relacionarnos hace posible la amistad social que no excluye a nadie y la fraternidad abierta a todos (FT 94). Vemos sembrada la vocación de formar una comunidad compuesta de hermanos que se acogen recíprocamente y se preocupan los unos por los otros (FT 96).

La apertura universal no es geográfica sino existencial: es la capacidad cotidiana de ampliar mi círculo, de llegar a las periferias, a aquello que no siento parte de mi mundo de intereses, aunque estén cerca de mí. Cada hermano sufriente, abandonado e ignorado por mi sociedad es un forastero existencial (FT 97). Hay hermanos tratados como “exiliados ocultos”, personas con discapacidad que existen sin pertenecer y sin participar; hay muchos a los que se les impide tener “ciudadanía plena” (FT 98).

El amor que se extiende más allá de las fronteras tiene su base en la “amistad social”, condición de posibilidad para una apertura universal (FT 99). El futuro no es monocromático: nuestra familia humana necesita aprender a vivir juntos en armonía y paz, sin necesidad de tener que ser todos igualitos (FT 100).

Quienes se organizan impidiendo toda presencia extraña que perturbe su identidad y organización grupal excluyen la posibilidad de volverse prójimo; solo se puede ser “socio”, es decir asociado por determinados intereses (102).

La fraternidad no es sólo resultado de condiciones de respeto a las libertades individuales, ni de cierta equidad administrada (FT 103). Tampoco se logra defendiendo en abstracto que todos los seres humanos son iguales, sino que es resultado de un cultivo consciente y pedagógico de la fraternidad (FT 104).

Para caminar hacia la amistad social y la fraternidad universal, es necesario reconocer cuánto vale un ser humano, siempre y en toda circunstancia (FT 106); todo ser humano es valioso y tiene el derecho a vivir con dignidad y a desarrollarse integralmente. Ese derecho básico no puede ser negado por ningún país (FT 107).

Para lograr esto, el Papa Francisco nos llama a promover el bien, para nosotros y para toda la humanidad: caminar hacia un crecimiento genuino e integral (FT 113). Es un llamado a la solidaridad, a pensar y actuar en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos. Solidaridad es luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, de tierra y de vivienda, la negación de derechos sociales y laborales (FT 116). Todos los derechos sobre los bienes necesarios para la realización integral de las personas, incluido el de la propiedad privada y cualquier otro, no debe estorbar, sino facilitar su realización (FT 120).

Nadie debe quedar excluido (FT 121), el desarrollo tiene que asegurar los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, incluidos los derechos de las naciones y los pueblos (FT 122). La actividad empresarial tendrá que orientarse al desarrollo de las demás personas y a la superación de la miseria (FT 123).

Solo tendremos paz cuando se asegure tierra, techo y trabajo para todos (127). Y la paz será duradera solo desde una ética global de solidaridad y cooperación al servicio de la familia humana (FT 127).

 

CAPÍTULO 4: Un corazón abierto al mundo entero

Vivimos una amistad social, buscamos un bien moral, una ética social porque nos sabemos parte de una fraternidad universal. Estamos llamados al encuentro, la solidaridad y la gratuidad.

La afirmación de que todos los seres humanos somos hermanos nos obliga a asumir nuevas perspectivas y desarrollar nuevas reacciones (FT 128). Cuando el prójimo es una persona migrante se agregan desafíos complejos. Mientras no haya avances en la línea de evitar migraciones innecesarias y para ello crear en los países de origen mejores condiciones para el propio desarrollo integral, nos corresponde respetar el derecho de todo ser humano de encontrar un lugar en donde pueda satisfacer sus necesidades básicas y desarrollarse (FT 129). Nos esforzamos por acoger, proteger, promover e integrar. Para ello es indispensable incrementar y simplificar visados, los programas de patrocinio, corredores humanitarios, ofrecer alojamiento, garantizar seguridad, acceso a servicios básicos, asistencia consular, entre otras cosas (FT 130).

La llegada de personas diferentes se convierte en don cuando las acogemos de corazón, cuando se les permite seguir siendo ellas mismas (FT 134).

La gratuidad es la capacidad de hacer cosas porque son buenas en sí mismas, sin esperar ningún resultado exitoso, ni nada a cambio (FT 139). Solo una cultura social y política que incorpore la acogida gratuita podrá tener futuro (FT 141).

Hay que tener una sana tensión entre lo global y lo local; hace falta lo global para no caer en la mezquindad cotidiana y lo local para tener los pies en la tierra (FT 142). No es posible ser sanamente local sin una sincera apertura a lo universal, sin dejarse interpelar por lo que sucede en otras partes, sin enriquecerse por otras culturas (FT 146). Toda cultura sana es abierta y acogedora (146). El mundo crece y se llena de belleza gracias a las síntesis que se producen entre culturas abiertas (FT 148). El ser humano es el ser fronterizo que no tiene ninguna frontera (FT 150).

 

CAPÍTULO 5: La mejor política

La mejor política es para el bien común y universal, política para y con el pueblo, es decir, popular, con caridad social, que busca la dignidad humana; y puede ser ejecutada por hombres y mujeres con amor político que integran la economía a un proyecto político social, cultural y popular.

Para hacer posible el desarrollo de una comunidad mundial, capaz de realizar la fraternidad a partir de los pueblos y naciones que vivan la amistad social, hace falta la mejor política. Una política al servicio del verdadero bien común (FT 154). Esta política se aleja de un populismo que surge cuando el líder político instrumentaliza la cultura del pueblo, con un signo ideológico al servicio de su proyecto personal y su perpetuación en el poder (FT 159). Lo verdaderamente popular es lo que promueve el bien del pueblo, se asegura de que todos tengan la posibilidad de hacer brotar las semillas que Dios ha puesto en cada uno (FT 162).

Ayudar a los pobres debe permitirles una vida digna a través del trabajo; no existe peor pobreza que la que priva del trabajo y de la dignidad (FT 162).

La caridad se expresa en el encuentro persona a persona, cuando llega al hermano lejano e incluso ignorado. Es necesario fomentar además una mística de la fraternidad, una organización mundial más eficiente para ayudar a resolver los problemas acuciantes de los abandonados que sufren y mueren en los países pobres (FT 165).

La tarea educativa, el desarrollo de hábitos solidarios, la capacidad de pensar la vida humana más integralmente, la hondura espiritual hacen falta para dar calidad a las relaciones humanas (FT 167). Necesitamos una política que tenga en el centro la dignidad humana y sobre este pilar construir estructuras sociales alternativas (FT 168).

Hace falta pensar en la inclusión de los movimientos populares, que anime las estructuras gubernamentales con ese torrente de energía que surge de la incorporación de los excluidos en la construcción del destino común. Hay que superar la idea de políticas sociales hacia los pobres, pero sin los pobres (FT 169).

Es necesaria una reforma tanto de la Organización de las Naciones Unidas como de la arquitectura económica y financiera internacional, para que se dé una concreción real al concepto de familia de naciones. La justicia es indispensable para obtener la fraternidad universal (FT 173).

La política no debe someterse a la economía y esta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia (FT 177). La grandeza política se muestra cuando se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo (FT 178).

El Papa Francisco nos llama hacia un orden social y político cuya alma sea la caridad social. Nos convoca a rehabilitar la política como una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común (FT 180). Esta caridad política supone un sentido social que nos lleva a buscar el bien de todas las personas (FT 182). A partir del “amor social” es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados (FT 183). Es una fuerza capaz de suscitar vías nuevas para afrontar los problemas del mundo y renovar profundamente las estructuras, organizaciones sociales y ordenamientos jurídicos (FT 183).

La caridad necesita la luz de la verdad, la luz de la razón y de la fe (FT 185).

Los políticos están llamados a preocuparse de la fragilidad de los pueblos y de las personas (FT 188). El político es un hacedor, un constructor con grandes objetivos, con mirada amplia, realista y pragmática, aún más allá de su propio país (FT 188). Está llamado a renuncias que hagan posible el encuentro y busca la confluencia en algunos temas (FT 190).

También en la política hay lugar para la ternura, es el amor que se hace cercano y concreto. Es un movimiento que procede del corazón y que han recorrido los hombres y las mujeres más valientes y fuertes (FT 194).

Las preguntas de un político deben ser: “¿Cuánto amor puse en mi trabajo, en qué hice avanzar al pueblo, qué marca dejé en la vida de la sociedad, qué lazos reales construí, qué fuerzas positivas desaté, cuánta paz social sembré, qué provoqué en el lugar que se me encomendó?” (FT 197).

 

CAPÍTULO 6: Diálogo y amistad social

El diálogo respeta, consensa y busca la verdad; el diálogo da lugar a la cultura del encuentro, es decir, el encuentro se vuelve estilo de vida, pasión y deseo. Quien dialoga es amable, reconoce y respeta al otro.

Acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, tratar de comprenderse, buscar puntos de contacto; todo eso se resume en el verbo “dialogar” (FT 198).

Un país crece cuando sus diversas riquezas culturales dialogan de manera constructiva: la cultura popular, la universitaria, la juvenil, la artística, la tecnológica, la cultura económica, la cultura de la familia y de los medios de comunicación (FT 199).

El auténtico diálogo social supone la capacidad de respetar el punto de vista del otro aceptando la posibilidad de que encierre algunas convicciones o intereses legítimos (FT 203).

Para que una sociedad tenga futuro es necesario que haya asumido un sentido de respeto hacia la verdad de la dignidad humana, a la cual nos sometemos. Una sociedad es noble y respetable también por su cultivo de la búsqueda de la verdad y por su apego a las verdades más fundamentales (FT 207) Al relativismo se suma el riesgo de que el poderoso o el más hábil termine imponiendo una supuesta verdad (FT 209).

En una sociedad pluralista, el diálogo es el camino más adecuado para llegar a reconocer aquello que debe ser siempre afirmado y respetado, y que está más allá del consenso circunstancial. Hay algunos valores permanentes que otorgan solidez y estabilidad a una ética social (FT 211).

Hay que respetar en toda situación la dignidad ajena, porque en los demás hay un valor que supera las cosas materiales y las circunstancias, y que exige que se les trate de otra manera (FT 213).

La vida es el arte del encuentro. Reiteradas veces el papa Francisco nos ha invitado a construir una cultura del encuentro que vaya más allá de las dialécticas que enfrentamos. Se trata de un estilo de vida tendiente a conformar un poliedro, que representa una sociedad donde las diferencias conviven completándose, enriqueciéndose e iluminándose recíprocamente, aunque esto implique discusiones y prevenciones. Esto implica incluir a las periferias (FT 215).

La palabra “cultura” indica algo que ha penetrado en el pueblo, en sus convicciones más entrañables y en su estilo de vida. “Cultura del encuentro” significa que como pueblo nos apasiona intentar encontrarnos, buscar puntos de contacto, tender puentes, proyectar algo que incluya a todos. Esto se ha convertido en deseo y en estilo de vida. El sujeto de esta cultura es el pueblo (FT 216).

El gusto de reconocer al otro implica el hábito de reconocerle al otro el derecho de ser él mismo y de ser diferente (FT 218). Un pacto social realista e inclusivo debe ser también un “pacto cultural”, que respete y asuma las diversas cosmovisiones, culturas o estilos de vida que coexisten en la sociedad (FT 219). Un pacto cultural supone renunciar a entender la identidad de un lugar de manera monolítica, y exige respetar la diversidad ofreciéndole caminos de promoción y de integración social (FT 220). Este pacto también implica aceptar la posibilidad de ceder algo por el bien común (FT 221).

 

CAPÍTULO 7: Caminos de reencuentro

Hay que curar las heridas y restablecer la paz. Necesitamos audacia (FT 225) y verdad; los que han estado enfrentados conversan desde la verdad, clara y desnuda (FT 226). Solo desde la verdad histórica de los hechos podrán las personas hacer el esfuerzo perseverante y largo de comprenderse mutuamente y de intentar una nueva síntesis para el bien de todos (FT 226).

La verdad es compañera inseparable de la justicia y la misericordia. Esenciales para construir la paz (FT 227). El camino hacia la paz no implica homogeneizar la sociedad, pero sí nos permite trabajar juntos. Puede unir a muchos en pos de búsquedas comunes. Es necesario tratar de identificar los problemas que atraviesa una sociedad para aceptar la existencia de diferentes maneras de mirar las dificultades y de resolverlas. Nunca se debe encasillar al otro por lo que pudo decir o hacer, sino que debe ser considerado por la promesa que lleva dentro de él, promesa que deja siempre un resquicio de esperanza (FT 228).

La verdadera reconciliación se alcanza de manera proactiva (FT 229). El esfuerzo duro por superar lo que nos divide sin perder la identidad de cada uno supone que en todos permanezca vivo un básico sentimiento de pertenencia (FT 230).

No hay punto final en la construcción de la paz social de un país, sino que es “una tarea que no da tregua y que exige el compromiso de todos” (FT 232). Quienes pretenden pacificar una sociedad no deben olvidar que la inequidad y la falta de un desarrollo humano integral no permiten generar paz (FT 235). Si hay que volver a empezar, siempre será desde los últimos (FT 235).

Algunos prefieren no hablar de reconciliación porque entienden que el conflicto, la violencia y las rupturas son parte del funcionamiento normal de una sociedad (FT 236). Pero el perdón y la reconciliación son temas acentuados en el cristianismo y otras religiones (FT 237). Jesús nunca invitó a fomentar la violencia o la intolerancia. Él mismo condenaba abiertamente el uso de la fuerza para imponerse a los demás (FT 238). Tampoco se trata de proponer un perdón renunciando a los propios derechos ante un poderoso corrupto, ante un criminal o ante alguien que degrada nuestra dignidad (FT 241). No es tarea fácil superar el amargo legado de injusticias, hostilidad y desconfianza que dejó el conflicto. Esto solo se puede conseguir venciendo el mal con el bien (FT 243).

La reconciliación no escapa del conflicto, sino que se logra “en” el conflicto, superándolo a través del diálogo y de la negociación transparente, sincera y paciente (FT 244).

A quien sufrió mucho de manera injusta y cruel no se le debe exigir una especie de “perdón social” (FT 246). La reconciliación es un hecho personal y nadie puede imponerla al conjunto de una sociedad, aun cuando deba promoverla (FT 246). No es posible decretar una “reconciliación general” (FT 246). Nunca se debe proponer el olvido (FT 246). No se avanza sin memoria (249). Los que perdonan no olvidan, pero renuncian a ser poseídos por la misma fuerza destructiva que los ha perjudicado (FT 251). No se trata de impunidad; la justicia se busca por amor a la justicia misma, por respeto a las víctimas y prevenir nuevos crímenes y preservar el bien común (FT 252).

La guerra es la negación de todos los derechos y una dramática agresión al ambiente. Si se quiere un verdadero desarrollo humano integral para todos, se debe continuar incansablemente con la tarea de evitar la guerra entre las naciones y los pueblos (FT 257). No podemos pensar en la guerra como solución; es muy difícil sostener los criterios racionales madurados en otros siglos para hablar de una posible “guerra justa”. ¡Nunca más la guerra! (FT 258).

El objetivo último de la eliminación total de las armas nucleares se convierte tanto en un desafío como en un imperativo moral y humanitario (FT 262). La pena de muerte es inadecuada en el ámbito moral y ya no es necesaria en el ámbito penal (FT 263). Es inadmisible; la Iglesia se compromete con determinación para proponer que sea abolida en todo el mundo (FT 263). La cadena perpetua es una pena de muerte oculta” (FT 268).

 

CAPÍTULO 8: Las religiones al servicio de la fraternidad en el mundo

Las distintas religiones, a partir de la valoración de cada persona humana como criatura llamada a ser hija de Dios, ofrecen un aporte valioso para la construcción de la fraternidad y para la defensa de la justicia en la sociedad. El diálogo entre religiones tiene el objetivo de establecer amistad, paz, armonía y compartir valores y experiencias morales y espirituales en un espíritu de verdad y amor (FT 271).

Compartimos un fundamento último: Apertura al Padre de todos. Solo en conciencia de hijos que no son huérfanos podemos vivir en paz entre nosotros. La razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad” (FT 272).

La dignidad trascendente de la persona humana, imagen visible de Dios invisible y, precisamente por esto, sujeto natural de derechos que nadie puede violar (273). Hacer presente a Dios es un bien para nuestras sociedades, buscar a Dios con corazón sincero nos ayuda a reconocernos compañeros de camino, verdaderamente hermanos (FT 274).

La Iglesia respeta la autonomía de la política, pero no debe quedarse al margen en la construcción de un mundo mejor ni dejar de despertar las fuerzas espirituales que fecunden la vida social. Los ministros religiosos no deben hacer política partidaria, pero no deben renunciar a la dimensión política de la existencia que implica la atención al bien común y la preocupación por el desarrollo humano integral (FT 276).

La Iglesia valora la acción de Dios en las demás religiones, y “no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero”. Pero los cristianos no podemos esconder que, si la música del Evangelio deja de vibrar en nuestras entrañas, habremos perdido la alegría que brota de la compasión, la ternura que nace de la confianza, la capacidad de reconciliación que encuentra su fuente en sabernos siempre perdonados-enviados. Para nosotros, ese manantial de dignidad humana y de fraternidad está en el Evangelio de Jesucristo. De él surge para el pensamiento cristiano y para la acción de la Iglesia el primado que se da a la relación, al encuentro con el misterio sagrado del otro, a la comunión universal con la humanidad entera como vocación de todos (FT 277).

Nuestra Iglesia está llamada a encarnarse en todos los rincones. Presente durante siglos en cada lugar de la tierra –eso significa “católica”– la Iglesia puede comprender desde su experiencia de gracia y de pecado la belleza de la invitación al amor universal. Porque “todo lo que es humano tiene que ver con nosotros. Dondequiera que se reúnen los pueblos para establecer los derechos y deberes del hombre, nos sentimos honrados cuando nos permiten sentarnos junto a ellos”. Para muchos cristianos, este camino de fraternidad tiene también una Madre, llamada María. Ella recibió ante la Cruz esta maternidad universal y está atenta no solo a Jesús sino también “al resto de sus hijos”. Ella, con el poder del Resucitado, quiere parir un mundo nuevo, donde todos seamos hermanos, donde haya lugar para cada descartado de nuestras sociedades, donde resplandezcan la justicia y la paz (FT 278).

Los cristianos pedimos que, en los países donde somos minoría, se nos garantice la libertad, así como nosotros la favorecemos para quienes no son cristianos allí donde ellos son minoría. Las cosas que tenemos en común son tantas y tan importantes que es posible encontrar un modo de convivencia serena, ordenada y pacífica, acogiendo las diferencias y con la alegría de ser hermanos en cuanto hijos de un único Dios” (FT 279).

Pedimos a Dios que afiance la unidad dentro de la Iglesia, unidad que se enriquece con diferencias que se reconcilian por la acción del Espíritu Santo. Falta todavía la contribución profética y espiritual de la unidad entre todos los cristianos (FT 280).

Entre las religiones es posible un camino de paz. El punto de partida debe ser la mirada de Dios. Porque “Dios no mira con los ojos, Dios mira con el corazón (FT 281).

Los creyentes nos vemos desafiados a volver a nuestras fuentes para concentrarnos en lo esencial: la adoración a Dios y el amor al prójimo, de manera que algunos aspectos de nuestras doctrinas, fuera de su contexto, no terminen alimentando formas de desprecio, odio, xenofobia, negación del otro. La violencia no encuentra fundamento en las convicciones religiosas fundamentales sino en sus deformaciones (FT 282).

El culto a Dios sincero y humilde “no lleva a la discriminación, al odio y la violencia, sino al respeto de la sacralidad de la vida, al respeto de la dignidad y la libertad de los demás, y al compromiso amoroso por todos”. Las convicciones religiosas sobre el sentido sagrado de la vida humana nos permiten “reconocer los valores fundamentales de nuestra humanidad común, los valores en virtud de los cuales podemos y debemos colaborar, construir y dialogar, perdonar y crecer, permitiendo que el conjunto de las voces forme un noble y armónico canto, en vez del griterío fanático del odio” (FT 283).

Los líderes religiosos estamos llamados a ser auténticos «dialogantes», a trabajar en la construcción de la paz no como intermediarios, sino como auténticos mediadores. Cada uno de nosotros está llamado a ser un artesano de la paz, uniendo y no dividiendo, extinguiendo el odio y no conservándolo, abriendo las sendas del diálogo y no levantando nuevos muros (FT 284).

 

Llamamiento

Dios, el Omnipotente, no necesita ser defendido por nadie y no desea que su nombre sea usado para aterrorizar a la gente. Por ello quiero retomar aquí el llamamiento de paz, justicia y fraternidad que hicimos juntos: (FT 285)

En el nombre de Dios que ha creado todos los seres humanos iguales en los derechos, en los deberes y en la dignidad, y los ha llamado a convivir como hermanos entre ellos, para poblar la tierra y difundir en ella los valores del bien, la caridad y la paz.

En el nombre de la inocente alma humana que Dios ha prohibido matar, afirmando que quien mata a una persona es como si hubiese matado a toda la humanidad y quien salva a una es como si hubiese salvado a la humanidad entera.

En el nombre de los pobres, de los desdichados, de los necesitados y de los marginados que Dios ha ordenado socorrer como un deber requerido a todos los hombres y en modo particular a cada hombre acaudalado y acomodado.

En el nombre de los huérfanos, de las viudas, de los refugiados y de los exiliados de sus casas y de sus pueblos; de todas las víctimas de las guerras, las persecuciones y las injusticias; de los débiles, de cuantos viven en el miedo, de los prisioneros de guerra y de los torturados en cualquier parte del mundo, sin distinción alguna.

En el nombre de los pueblos que han perdido la seguridad, la paz y la convivencia común, siendo víctimas de la destrucción, de la ruina y de las guerras.

En nombre de la «fraternidad humana» que abraza a todos los hombres, los une y los hace iguales.

En el nombre de esta fraternidad golpeada por las políticas de integrismo y división y por los sistemas de ganancia insaciable y las tendencias ideológicas odiosas, que manipulan las acciones y los destinos de los hombres.

En el nombre de la libertad, que Dios ha dado a todos los seres humanos, creándolos libres y distinguiéndolos con ella.

En el nombre de la justicia y de la misericordia, fundamentos de la prosperidad y quicios de la fe.

En el nombre de todas las personas de buena voluntad, presentes en cada rincón de la tierra.

En el nombre de Dios y de todo esto asumimos la cultura del diálogo como camino; la colaboración común como conducta; el conocimiento recíproco como método y criterio.

Carlos de Foucauld, fue orientando su sueño de una entrega total a Dios hacia una identificación con los últimos, abandonados en lo profundo del desierto africano. En ese contexto expresaba sus deseos de sentir a cualquier ser humano como un hermano, y pedía a un amigo: “Ruegue a Dios para que yo sea realmente el hermano de todos”. Quería ser, en definitiva, “el hermano universal”. Pero solo identificándose con los últimos llegó a ser hermano de todos. Que Dios inspire ese sueño en cada uno de nosotros. Amén (FT 287)

 

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