Hacia un renovado Pentecostés

+ Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Jesús, el Señor, el día de su Ascensión a los cielos, dijo a sus discípulos: «Se me ha dado todo pode en el cielo y en tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y el Hijo y del Espíritu santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 16-21) Y en otro lugar: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra» (Hech 1, 8).

Todos los cristianos tenemos que ser testigos y enviados (ser apóstol y ser enviado es lo mismo). Enviados a ser testigos y ser testigos: lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la Vida, pues la Vida se hizo visible, y nosotros hemos visto, damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al padre y se manifestó. Esto que hemos visto y oído os lo anunciamos para que estéis en comunión con nosotros y nuestra comunión es con el Padre y su Hijo Jesucristo” (I Jn.1-3). Esto es lo que anunciaron Pedro, Matías, Felipe y los demás apóstoles con la fuerza del Espíritu Santo desde el día de Pentecostés, y Pablo, como nos lo relata el Nuevo Testamento, y la multitud de creyentes a lo largo y lo ancho del mundo; esto es lo que tenemos que hacer nosotros hoy, por nuestra condición de bautizados , confirmados y eucaristizados, con valentía, en actitud de salida, como nos recuerda el papa, confiando no en nuestras fuerzas o estrategias, sino en el Espíritu Santo. Así lo ha destacado el Concilio Vaticano II, y los papas posteriores al mismo y hoy el papa Francisco en su Encíclica Evangelii Gaudium (El gozo del evangelio).

«Testigo es alguien que ha vivido un acontecimiento central y único que le ha ganado el corazón y ha transformado su vida, hasta el punto de que no puede dejar de transmitir lo que él vive, con su palabra y sus obras. El acontecimiento central es el encuentro con Jesucristo en la fe y en la comunidad. Tal encuentro ha cambiado su mente, su conducta y sus sentimientos. El testigo está tan convencido de que esta nueva amanera de vivir es saludable para todos que se siente motivado a ofrecerla incansablemente a los demás» (J. M. Uriarte). Todos tenemos que ser testigos, el obispo, los sacerdotes, los miembros de vida consagrada y ´como no, los laicos y laicas.

¿Cómo ser testigos?

El Maestro en todo es Jesucristo. Él, lleno del Espíritu Santo, ha sido y es Testigo Fiel del Padre y su amor por nosostros. Y nosotros, fijándonos en Él, tenemos que ser testigos con la palabra. Todos los que conviven con nosotros y los que nos encontramos en la calle, el café, en el mercado, en la cola del banco, en el paseo, en el trabajo, sean conocidos o desconocidos, deben saber en quién creemos y quién da sentido y fuerza, alegría y paz a nosotros. Hay que hacerlo, es verdad, con prudencia, moderación, mansedumbre y buen juicio. Lógicamente tiene que venir a cuento cuando salgan conversaciones sobre diversos temas de interés para todos, como el derecho a la vida, la defensa de los derechos humanos, etc.

Otro modo es el testimonio de nuestra conducta. Es una palabra silenciosa. Así lo han hecho los primeros cristianos por su estilo de vida, un estilo alternativo al de la sociedad de entonces. Se distinguían, no por su estilo de vestir, ni el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por su modo de vida. No tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar propio, ni llevan un género de vida distinto; pero dan muestras de un tenor de cid admirable y, a juicio de todos, increíble... bien en la carne, pero no según la carne; viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo; obedecen las leyes, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos (cf. Carta a Diogneto. 5-6). También decían los paganos: Mirad cómo se aman.

La tercera forma es el compromiso, compromiso personal, asociado -como la Acción Católica-, y comunitario para transformar con la fuerza del Espíritu Santo «los criterios de juicio, los valores determinantes, los centros de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de ida de la humanidad que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación» (Pablo VI). Transformar la familia, las costumbres sociales, las relaciones económicas, las leyes laborales, los ambientes culturales, la política... humanizándolos y fecundándolos con el Evangelio.

Para vivir así nos ha dado su Espíritu Santo, Don del Padre y del Hijo, Señor y Dador de Vida, Fuerza de lo alto que viene en ayuda de nuestra debilidad, para hacer verdad hoy en nuestra Iglesia de Palencia y sociedad un renovado Pentecostés.

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