Diseñar nuevos mapas de esperanza

Diseñar nuevos mapas de esperanza

Queridos lectores, paz y bien.

A los obispos nos compete la triple tarea de enseñar, regir y santificar. Y al primero de entre nosotros, al Papa León XIV, de una manera muy especial, porque es quien tiene el carisma específico de la comunión, de la garantía última de la verdad revelada. El pasado 27 de octubre publicó una carta apostólica, con un título muy evocador: Diseñar nuevos mapas de esperanza”. Lejos del adoctrinamiento y de la imposición, tan sutilmente presentes entre nosotros, este documento trata de ofrecer en medio de la niebla cultural de nuestros días pautas y claves de sentido.

En medio de una tendencia cultural al fanatismo y la ideologización, a las adscripciones cerradas y las lecturas unilaterales, la Iglesia católica, una vez más, nos conduce suavemente por la vereda del seguimiento a quien ofrece libremente ser Camino, Verdad y Vida. Los cristianos soñamos con aportar a la humanidad sentido y luz para los pasos, ya que la verdad nunca es evidente ni simple. La civilización se teje en el contraste, el diálogo y el aprendizaje comunitario, mientras que la barbarie se impone en el adoctrinamiento y la persuasión. La civilización requiere escucha interior y lidiar con la paradoja, mientras que la barbarie sólo sabe de programas y agendas oscuras que troquelan y formatean una mentalidad uniforme y absoluta.

Los católicos tenemos que optar por un mundo en el que verdad y amor formen una sinergia total, ya que como decía Santa Teresa Benedicta de la Cruz, doctora de la Iglesia, y mártir en Auschwitz, «no toméis ninguna verdad sin amor ni ningún amor sin verdad, ya que el uno sin la otra son una verdad dañina». En este año jubilar de la esperanza que ya cuenta con sus últimas semanas, el Papa León nos ha hecho un precioso regalo. Nos ha regalado una carta sobre la educación. Frente a la cantinela de quejarnos amargamente sobre lo mal que está la educación hoy, ya que la crisis educativa en nuestra sociedad es evidente, pienso sin embargo que es de justicia señalar lo maravillosa que es la tarea educativa, entendiéndola en toda su hondura antropológica.

En concreto, señala el Papa León: «educar es un acto de esperanza y una pasión que se renueva porque manifiesta la promesa que vemos en el futuro de la humanidad. La especificidad, la profundidad y la amplitud de la acción educativa es esa obra, tan misteriosa como real, de “hacer florecer el ser [...] es cuidar el alma”, como se lee en la Apología de Sócrates de Platón. Es un “oficio de promesas”: se promete tiempo, confianza, competencia; se promete justicia y misericordia, se promete el valor de la verdad y el bálsamo del consuelo. Educar es una tarea de amor que se transmite de generación en generación, remendando el tejido desgarrado de las relaciones y devolviendo a las palabras el peso de la promesa: “Todo ser humano es capaz de la verdad, sin embargo, el camino es mucho más soportable cuando se avanza con la ayuda de los demás”. La verdad se busca en comunidad».

En estas palabras late el empeño civilizador del cristianismo que apela no al miedo ni a la constricción, sino a la confianza y a la libertad. Y a veces me duele especialmente descubrir en el seno de la comunidad creyente actitudes simplistas y cerradas, en las que quienes tenemos una responsabilidad mayor, nos limitamos a imponer nuestra particular opinión sin orarla, pensarla y contrastarla suficientemente. Educar viene de “educere”, que significa literalmente sacar, extraer, o mejor, hacer aflorar y emerger lo que está escondido y latente en el alma del otro. Porque el Espíritu Santo ya está realizando su obra en el corazón de cada mujer y cada hombre, de cada niño, joven, adulto o anciano.

La educación cristiana, señala León XIV, es una obra coral: nadie educa solo. La comunidad educativa es un «nosotros» en el que el docente, el estudiante, la familia, el personal administrativo y de servicio, los pastores y la sociedad civil convergen para generar vida. Este «nosotros» impide que el agua se estanque en el pantano del «siempre se ha hecho así» y la obliga a fluir, a nutrir, a regar. El fundamento sigue siendo el mismo: la persona, imagen de Dios, capaz de verdad y relación. Por eso, la cuestión de la relación entre fe y razón no es un capítulo opcional: «la verdad religiosa no es solo una parte, sino una condición del conocimiento general». Buena contribución del Papa a mundo mejor, a diseñar mapas de esperanza para seguir caminando juntos, y con sentido. Buen domingo a todos.

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi

Obispo de Palencia