Liturgia reverente y renovación eclesial

Liturgia reverente y renovación eclesial

Queridos lectores, paz y bien.

Estos días ha habido varias personas, laicos, consagrados y clérigos que, al abordarme por la calle, me han hablado de lo que el Papa León XIV dijo hace unos días en la audiencia del 26 de agosto. El Papa está desarrollando unas preciosas catequesis sobre el Concilio Vaticano II, y la de ese día se refería a la constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la divina liturgia. Y es que, desde mi experiencia, la celebración de la fe y los sacramentos es una de las cuestiones más debatidas, complejas y a veces dolorosas para el pueblo de Dios.

El Papa escogía el n. 48 de la Constitución conciliar: «la Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí». Comentaba el Papa: «Se percibe en estas palabras una renovada conciencia del valor de la liturgia. A través de las acciones rituales de la Iglesia, mientras se realiza el memorial de la obra de la salvación, se da la posibilidad de vivir la verdadera relación con Dios, entrando en contacto con el evento salvífico. Puesto que los gestos, las palabras de la sagrada liturgia son decisivos para realizar esta experiencia, la participación de los fieles no puede ser pasiva».

A lo largo del siglo XX, la reforma litúrgica logró mejorar la vivencia de la fe del pueblo de Dios en la liturgia, dificultada entonces por el uso del latín, y por el hecho de que los fieles hacían prácticas de piedad en el transcurso de la Misa. Hoy día hemos ido a menudo al extremo opuesto, confundiendo participación de los fieles con que el máximo número de niños de primera (¿y última?) comunión y los confirmandos ocupen el presbiterio y lean a toda velocidad textos cuyo alcance se les escapa.

Continúo citando al Papa: «La reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II se sitúa, por lo tanto, en la línea de la tradición viva de la Iglesia. Su correcta comprensión permite también rechazar los abusos que se han verificado en algunos sectores de la Iglesia en la etapa postconciliar, y que lamentablemente a veces todavía hoy se verifican, absolutizando o comprendiendo mal algunos de los principios que estaban en la base de la misma reforma. A este respecto, vale la pena recordar cómo la Constitución conciliar afirma que “las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es sacramento de unidad, es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los Obispos. Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan” (SC n. 26).

Es, por lo tanto, responsabilidad primordial de los pastores, de los obispos, pero también de cada sacerdote de manera individual, custodiar y promover una liturgia que, en el respeto de las normas litúrgicas, resplandezca por su noble sencillez (SC n. 34) y manifieste así a la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Una liturgia de este tipo será también un vehículo fundamental de evangelización, el instrumento de gracia a través del cual, como enseña el Concilio, podremos aprender a ofrecernos a nosotros mismos y, por la mediación de Cristo, seremos perfeccionados en la unidad con Dios y entre nosotros (cfr. n. 48)».

La voluntad de los pastores es la de acercar la vivencia de la fe a la vida de la gente y en eso consiste el carácter secular de la fe: la Palabra, Cristo, sigue encarnándose en el mundo. Pero, en la línea que manifiesta el Papa, no ha de devenir en secularismo, en mundanización, que consiste en que la Iglesia abrazó el mundo, y se convirtió en el mundo al que estaba destinada a cambiar.

Cuando el que preside los sacramentos traspasa esa línea, la liturgia se hace irrelevante, desprovista de hondura y misterio. El celebrante ocupa todo el espacio y sofoca la presencia de Cristo, los templos son usados como teatros, escenarios de conciertos de todo tipo, la eucaristía dominical es una práctica piadosa y rutinaria y deja de ser la asamblea de los convocados por el Resucitado para transfigurar el mundo y adelantar el Reinado de Dios. Como tantas veces, Pedro habló por boca de León. Ojalá sigamos avanzando en Espíritu y en Verdad. Buen domingo.

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia