La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro

La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro

Queridos lectores, paz y bien

El próximo día 11 de febrero, día de Nuestra Señora de Lourdes, la Iglesia celebra la XXXIV Jornada Mundial del Enfermo. El Papa León XIV nos ofrece un luminoso mensaje basado en la imagen del buen samaritano, siempre actual y necesaria para redescubrir la belleza de la caridad y la dimensión social de la compasión.

Con esa parábola «el Señor no quiso enseñar quién era el prójimo de aquel hombre, sino a quién debía él hacerse prójimo. Pues nadie es prójimo de otro sino cuando se acerca voluntariamente a él. Así pues, se hizo prójimo aquel que mostró misericordia». Este es un tema que me resulta gozoso y doloroso a un tiempo. Gozoso cuando, por ejemplo, contemplo el amor y la ternura del personal de la casa sacerdotal donde vivo, de los sacerdotes mayores hacia sus hermanos más enfermos, de la ternura operante de tantos familiares, vecinos y amigos. Doloroso, cuando veo la invisibilidad de los sufrientes por parte incluso de sus más allegados, y en todo caso la aparente cercanía sólo si hay un interés económico.

Nos dice el Papa León XIV: «el amor no es pasivo, va al encuentro del otro; ser prójimo no depende de la cercanía física o social, sino de la decisión de amar. Por eso, el cristiano se hace prójimo del que sufre, siguiendo el ejemplo de Cristo, el verdadero Samaritano divino que se acercó a la humanidad herida. No son meros gestos de filantropía, sino signos en los que se puede percibir que la participación personal en los sufrimientos del otro implica el darse a sí mismo, supone ir más allá de cubrir necesidades, para llegar a que nuestra persona sea parte del don. Esta caridad se alimenta necesariamente del encuentro con Cristo, que por amor se entregó por nosotros».

Hace luego el Papa una referencia a su lema: «Ser uno en el Uno, en la cercanía, en la presencia, en el amor recibido y compartido, y gozar, así como san Francisco, de la dulzura de haberlo encontrado». Una vez más se extiende hacia nosotros la alternativa entre comunión, o división, o entre paraíso y ley de la selva. Y nada es más cercano a nosotros para tocar a Dios, que el sacramento y signo suyo que es cada hombre o mujer postrado por la enfermedad, a veces estigmatizada, como puede ser toda afección psicológica o de otro tipo.

Un buen test de mi salud moral es siempre reconocer cuánto de mi vida dedico a los menesterosos, es decir, a los que me necesitan. “Estuve enfermo y vinisteis a verme” nos dirá un día el Señor en el día del Juicio Final. Y entre tanto, el discreto juicio diario de Dios que se hace patente en una vida marcada por la misericordia. Ningún remedio más saludable para una sociedad individualista y neurotizada que dejarnos rescatar por quien necesita de nosotros.

Afirma también el Santo Padre: «el samaritano se acerca, cura, se hace cargo y cuida. Pero atención, no lo hace solo, individualmente, el samaritano buscó un posadero que pudiera cuidar de ese hombre, al igual que nosotros estamos llamados a invitar y a reunirnos en un nosotros que sea más fuerte que la suma de pequeñas individualidades». La caridad cuando es genuina, es creativa y genera lazos de cuidado mutuo, hace aflorar esa fragilidad que tan a menudo disimulamos porque nos da miedo. No debiera humillarme el que un día yo pueda necesitarte. Al contrario, ello certifica nuestra humanidad, la mía y la tuya.

Esta dimensión también nos permite contrastar lo que significa amarse a sí mismo. Supone alejar de nosotros el interés de cimentar nuestra autoestima o el sentido de nuestra propia dignidad en estereotipos de éxito, carrera, posición o linaje y recuperar nuestra propia posición ante Dios y ante el hermano. Decía Benedicto XVI que «la criatura humana, en cuanto de naturaleza espiritual, se realiza en las relaciones interpersonales. Cuanto más las vive de manera auténtica, tanto más madura también en la propia identidad personal. El hombre se valoriza no aislándose sino poniéndose en relación con los otros y con Dios».

Elevemos nuestra oración a la Bienaventurada Virgen María, Salud de los Enfermos; pidamos su ayuda por todos los que sufren, los necesitados de compasión, escucha y consuelo, y supliquemos su intercesión. Os doy las gracias y me uno a la bendición del Papa León: «imparto de corazón mi bendición apostólica a todos los enfermos, a sus familiares y a quienes los cuidan, a los trabajadores del ámbito sanitario, a los agentes de pastoral de la salud y muy especialmente a quienes participan en esta Jornada Mundial del Enfermo». ¡Buen domingo!

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi

Obispo de Palencia