Cambiando el corazón

Cambiando el corazón

Queridos lectores, paz y bien.

En la Cuaresma, las comunidades cristianas somos invitadas no a un mero cambio de pantalla, sino a buscar un nuevo horizonte, tras el cual se halla la Patria, la Casa del Padre de todos, Jerusalén. Creer significa peregrinar, cambiar. San John Henry Newman solía decir: “vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado a menudo”. Este tiempo de cuarentena que nos lleva a la Pascua nace de la invitación expresa de Dios a dejarnos reconciliar con Él. Como diócesis, este año estamos inmersos en discernir nuestra tarea para los próximos años.

Es un momento desafiante, apasionante, esperanzador. Las iglesias occidentales languidecen, por una parte, por una fe social que en muchos casos se ha hecho rutinaria, encasquillada en el “siempre se ha hecho así”. Los creyentes medios, más que discípulos misioneros, nos comportamos como consumidores exigentes de productos religiosos, cuya lucha consiste en preservar celebraciones en cada rincón, sea como sea. Los sacerdotes llevamos esa abrumadora carga de misas que nos impide orar, celebrar con gozo y sosiego el domingo, acompañar personas y procesos, formar a los laicos...

Se imponen cambios. Pero cambios no significa rebajas en nuestro tenor de vida cristiana. Cambiar implica pasar de ser meros colaboradores de los curas a ser corresponsables de la vida de la Iglesia en todos los ámbitos, integrar la vida consagrada y los nuevos carismas que el Espíritu está suscitando entre nosotros. Y en esto está nuestra diócesis desde hace ya años, con muchos pasos dados en la dirección correcta.

Estamos por tanto en una época de cambio. Ese cambio lo impulsa y lo genera el mismo Dios. En la Iglesia lo llamamos conversión. Y el Papa Francisco acuñó la feliz expresión de conversión pastoral. Que no significa buscar novedades, sino permitir que Jesucristo pastoree nuestras vidas y nuestras comunidades hacia la misión y el Reino. Hemos de repensar desde el Espíritu Santo nuestra organización pastoral para ser fecundos, para que todas las vocaciones, las llamadas de Dios las atendamos y cada uno vivamos en plenitud nuestro ser laical, consagrado u ordenado.

No es tarea fácil ni meramente humana. El Evangelio nos presenta las tentaciones que Jesús sufrió y de las que salió vencedor. El mal existe, y suscita desánimo, resistencias, miedos y cerrazón. El bien existe y consiste en la pasión, el celo, la creatividad y la alegría. Con lo que nos toca es ponernos en camino. El lema del curso, “Creando puentes” requiere que nos pongamos manos a la obra. Así nos lo dice el Papa León XIV en su mensaje para esta Cuaresma: «Nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación».

Subrayo esta parte: la conversión concierne «al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo». Todo proyecto eclesial brota del corazón de Dios, que ve la realidad tal y como es, no distorsionada y parcial, tal y como la vemos a menudo nosotros. Los sacerdotes tendremos que replantearnos qué nos pide Dios a través del discernimiento genuino nuestras comunidades, los laicos tendremos que escuchar los signos de los tiempos, y la voz de cuantos aún no conocen la alegría del Evangelio, los consagrados tendremos que acoger a fondo nuestro carisma como verdadera profecía y poesía del Reino.

Dios Padre disfruta cambiando el corazón de sus hijos e hijas. Jesús se alegra por su victoria al maligno en cada uno de nosotros. El Espíritu goza por hacernos fieles y creativos ante los retos de la historia. Conservar no es una acción completamente cristiana, transmitir sí lo es. La diócesis está en marcha. Esta semana el consejo de presbiterio y el de pastoral hemos soñado con la próxima etapa de ese camino sinodal que continuará nuestra peregrinación. Jesús no se detenía en un lugar. Siempre había otra orilla al otro lado del lago. Nos toca embarcar. Una aventura de cuarenta días que nos regenerará nos curará de la sordera y ceguera, que sanará nuestras rodillas y nuestros brazos. Lo sueña el Padre, lo quiere el Espíritu, lo realiza Jesús en cada uno.

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia