Carta Pastoral de nuestro obispo D. Mikel para la Pascua 2026.

1. Introducción
«Si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo. Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación». (2 Cor 5, 17-18)
Creando puentes. Creciendo como Iglesia sinodal y misionera. Este es el título y lema de nuestro plan de pastoral para el presente curso 2025-26. Y para llevarlo adelante, son numerosas las iniciativas, actividades en las que estamos empeñados en nuestra diócesis.
Me he animado a escribiros esta sencilla carta pastoral, que he titulado Puentes de misericordia. Con ella quiero recordarme y recordaros cómo toda la iniciativa de nuestra salvación proviene de Dios Padre, que nos “primerea” -en palabras del Papa Francisco- y nos reconcilió consigo por medio de Cristo. Desde ahí es desde donde las comunidades cristianas y cada uno de sus miembros somos verdaderos puentes.
En la síntesis de las aportaciones de la diócesis para la Asamblea Eclesial de la Iglesia en Castilla, todos los grupos habéis remarcado cómo «el encuentro personal y comunitario con Jesucristo es el punto de arranque de cualquier proceso de renovación». También habéis señalado que «antes que cualquier cambio estructural, los grupos reclaman un cambio de mentalidad en sacerdotes y laicos que apueste de verdad por este nuevo estilo (sinodal y misionero)».
Nuestra Iglesia de Palencia lleva tres generaciones empeñada en aplicar las directrices proféticas que ofreció el Concilio Vaticano II. Con las diócesis de nuestra región y en contexto español, reemprendimos caminos de reforma en su sentido más genuino. Y ahora somos urgidos y convocados a con-formarnos con el rostro de Jesucristo, único que puede irradiar sobre nosotros, y sanar con su Espíritu nuestras deformaciones para llegar a ser Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu. Así podremos continuar nuestra peregrinación por este mundo sin mundanizarnos ni volvernos autorreferenciales. Nos sostenemos en la oración sacerdotal de Jesús: «no te pido Padre que los saques del mundo, sino que los protejas del mal» (Jn 17,15).
Hoy esa llamada de Dios es a crecer como Iglesia sinodal y misionera, pues no somos tanto una mera institución sino un verdadero movimiento carismático y al servicio de la evangelización de nuestro querido mundo. Para ello, en el Sínodo estamos profundizando qué significa la corresponsabilidad, que en la Iglesia católica es siempre corresponsabilidad diferenciada: cada bautizado asume su bautismo y su vocación específica, acogiendo el carisma con el que enriquece a la comunidad.
Dicho desde otra perspectiva, el Sínodo pretende superar el clericalismo, y éste tiene versiones variadas. Un laicado con poca formación vive cómodo en una Iglesia donde los sacerdotes hemos tenido protagonismos excesivos y no siempre bien discernidos. Ya no puede haber cristianos de primera o de segunda.
• Nuestra realidad concreta: El texto nos recuerda que el encuentro con Jesucristo es el “punto de arranque” de toda renovación. En nuestro grupo o parroquia, ¿qué “muros” (clericalismo, rutina, falta de formación) sentimos que bloquean hoy ese encuentro personal y comunitario?
• Camino de futuro: Se nos invita a ser una Iglesia “sinodal y misionera” que no se mundanice ni sea autorreferencial. ¿Qué pasos concretos podemos dar para dejar de ser una “mera institución” y ponernos a evangelizar en nuestro barrio o pueblo?
2. Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva
Esta cita de Pablo es esperanzadora y muy luminosa. De inicio puede parecer que hablar de cambio y de novedad es algo positivo y hasta agradable. Pero si somos sinceros, hemos de tener la honestidad y el coraje de reconocer que la novedad implica incomodidad e incertidumbre, y más para un modo de ser cristianos que se había vuelto a veces rutinario, rígido, cerrado. Por naturaleza nos resistimos a lo que nos es desconocido.
En este periodo de cambios, el Espíritu nos invita a hacer las preguntas adecuadas, no aquellas para las que ya tenemos una respuesta. Por eso, me pregunto si en realidad amamos nuestra misión (llevar la salvación y la misericordia de Dios a todos) o es más bien nuestro modelo de actuación lo que amamos. Solemos aferrarnos a eso que sabemos hacer, aunque resulte estéril.
Porque una cosa es el marco de supuestos desde el que la Iglesia entiende qué es evangelizar y qué significa salvar (paradigma de pastoral) y otra cosa es la forma concreta en que la Iglesia organiza estructuras y procesos para hacerlo, escoge métodos e itinerarios (modelo de pastoral). Hoy Dios nos pide un cambio en el paradigma, y no solo de modelo. Toca discernir cuál es hoy nuestra misión, redescubrir el ser de la Iglesia, saber adónde vamos.
En estos sesenta años de postconcilio es mucho lo que hemos avanzado en línea de una Iglesia que es misterio de comunión para la misión. En Palencia, corresponsabilidad, trabajo en equipo, proceso... son empeños asumidos por la diócesis, y con ellos hemos logrado avances estos años. Pero ahora se trata de ir más allá. Una aportación de Palencia para la Asamblea Eclesial de la Iglesia en Castilla 2026 reconoce que «los grupos coinciden ampliamente en que las estructuras actuales funcionan más hacia adentro que hacia la misión: son estructuras de mantenimiento, pensadas para los ya convencidos, no para la evangelización».
Por ello, el Espíritu nos está inspirando en estos momentos que seamos creativamente fieles y fielmente creativos para cumplir la misión que nos dejó el Señor: «id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 19-20).
Algo de esa creatividad y fidelidad lo hemos podido vivir en el Sínodo. La conversación en el Espíritu va mucho más allá del intercambio de opiniones, es dejar a Dios que conduzca a su Iglesia a través del Espíritu. También en el Congreso Nacional de Vocaciones fuimos invitados a pasar de un paradigma basado en la opción y los valores (adecuado para su momento), hacia otro basado en la obediencia y la santidad. Y ni la obediencia en la Iglesia significa sumisión ante el poderoso, ni santidad significa huida espiritualista.
Obediencia literalmente significa escucha. El primer mandamiento de la Ley judía es el Shemá: «escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6, 4-5). Sin esa escucha no hay amor, y todo se reduce a voluntarismo o mero pietismo. Nuestra generación entra en una época nueva, donde sólo habrá criatura nueva si se es en Cristo. Os animo a obedecer/escuchar en primer lugar a Dios, y luego a nosotros mismos, a los hermanos de la Iglesia y a los de fuera de ella, a los signos de los tiempos y a la creación.
En cuanto a la santidad, nada tiene que ver con el individualismo. Al respecto, traigo a la memoria estas palabras del Papa Francisco: «El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios, porque fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente» (GE, 6).
Por todo ello, nuevos tiempos exigen nuevas actitudes: necesitamos recuperar la genuina tradición, que no son cenizas, sino la brasa que continúa ardiendo bajo ellas y ha de incendiar el mundo. Es el propio Maestro el que nos insta a ello: «he venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!» (Lc 12, 49). Nos toca ahora a nosotros proponer la fe a los niños y jóvenes, a los paganos, o a quienes la han dejado enfriar. San Pablo lo cuenta así: «porque yo os transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las escrituras; y que se apareció a Cefas...» (1 Cor 15, 3-5).
El anuncio (kerigma) es la tarea primera en este nuevo tiempo que estamos inaugurando: quien está en Cristo no puede sino anunciar, porque «lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo» (2 Cor, 5, 17). Las aportaciones de la diócesis a la Asamblea de Castilla lo subrayan así: «hay un acuerdo generalizado en que la pastoral actual necesita un ejercicio honesto de discernimiento: identificar qué actividades contribuyen realmente al anuncio del Evangelio y la vida comunitaria, y situar en segundo plano las que no lo hacen». El Señor lo expresa así: «vino nuevo, en odres nuevos» (Mt 9, 17).
• Nuestra realidad concreta: La novedad de Cristo a veces nos genera “incomodidad e incertidumbre” frente a lo rutinario o rígido. ¿A qué “seguridades” o modos de hacer de siempre nos estamos aferrando, aunque veamos que ya resultan estériles para transmitir la fe hoy?
• Camino de futuro: Se nos propone pasar de estructuras de “mantenimiento” a estructuras de “misión”. ¿Cuáles de nuestras actividades deberíamos “situar en segundo plano” para priorizar aquellas que realmente anuncien el Evangelio a quienes no lo conocen?
3. Todo procede de Dios
El giro en nuestra pastoral es en definitiva un giro teologal. La cultura moderna tiene un evidente poder para amortiguar la trascendencia y el misterio de cuanto somos. Siempre hay que comenzar por las personas. Vuelvo a acudir a la síntesis de las aportaciones de Palencia: «lo que facilita o dificulta la pastoral no son las estructuras en sí mismas sino las personas y su modo de trabajar. El clericalismo que aún pervive en sacerdotes y agentes de pastoral, la resistencia a los cambios y el parroquialismo -entender la parroquia como propia y cerrada- son obstáculos reales que ningún cambio estructural elimina por sí solo».
Justamente por ello, conviene recordar que el origen y protagonista de nuestra vida cristiana es Cristo, de quien nosotros, más que imitadores, hemos de ser sus seguidores. Porque nos ha amado, nos ha llamado. El Padre nos ha llamado a la vida, el Hijo al seguimiento, y el Espíritu, a ser sus testigos en el mundo. Nuestra visión antropológica es cristocéntrica, pues sólo Cristo nos da la medida de lo humano. Así lo expresa el Concilio: «realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (GS 22).
Primero está el don, de tal modo que se puede vivir todo como un regalo. De hecho, el sentido de la vida está en descubrir que somos un don recibido, el cual, por su propia dinámica, tiende a convertirse en un don donado. El sentido de la vida se juega en descubrir esta dinámica, que es la de la gracia: «el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí, no podéis hacer nada» (Jn 15, 5) nos dice Jesús.
La tentación y obsesión moderna de apartar a Dios, la recogen mitos como el de Prometeo, quien roba el fuego sagrado a los dioses, o como Narciso, quien reduce la vida a un aislamiento autocomplaciente. La alternativa cristiana pasa por purificar la imagen dañada del Padre Dios, por integrar la humanidad/divinidad de Jesús, y por vivir la eclesialidad en clave de Pentecostés. La única novedad que le cabe a este mundo le viene desde Cristo, que es «el mismo ayer, hoy y siempre» (Hb 13, 8). Porque la Iglesia no es una moda, no pasa de moda.
El don del Espíritu es quien nos da la visión y el propósito a la hora de reconocer, interpretar y elegir la voluntad de Dios. Dejémonos sorprender por su aliento y nos dará la capacidad para traer al mundo el Reinado de Dios. Seremos fecundos, hablaremos los nuevos lenguajes que nos ayudarán a inculturar el evangelio en nuestro mundo de postcristiandad. Seremos capaces de escuchar y dialogar con los jóvenes, de tejer con otros una cultura de justicia y paz, de engendrar un mundo nuevo.
Todo procede de Dios y todo se dirige a Dios. Con Abrahán y Moisés, la Iglesia vive en un éxodo permanente y se reconoce como con una doble ciudadanía. Así lo expresa la Carta a Diogneto (s. II):
«Los cristianos habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.
Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia.
Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad. Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo».
El mundo antiguo, caracterizado por un paganismo politeísta, fue transformado por esas pequeñas comunidades que actuaron como fermento para toda la masa. Nuestro mundo neopagano, está sediento de que alguien le ofrezca el agua viva que sacia toda sed. El cristianismo social ha agotado su modelo, toca ahora ser fermento, sal y luz.
• Nuestra realidad concreta: El texto señala que entender la parroquia, el grupo... como algo propio y cerrado es un obstáculo real. ¿Cómo podemos pasar de una mentalidad de “dueños” de nuestros espacios a una de “seguidores” que reconocen que todo es un don recibido de Dios?
• Camino de futuro: Como “fermento en la masa”, se nos llama a dialogar con los jóvenes y con la cultura actual. ¿Qué nuevos lenguajes, gestos de justicia y paz... necesitamos aprender para que el mensaje de Dios sea comprensible en nuestra Palencia de hoy?
4. Nos reconcilió consigo por medio de Cristo
Dios Padre nos reconcilió consigo por medio de Cristo, y eso no nos lo podemos guardar los cristianos. El propósito de la Iglesia en medio del mundo tiene que ver con toda la humanidad. Lo dijo San Pablo VI en el gran documento programático sobre la evangelización: «Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa» (EN, 14).
Otro hermoso ejemplo de lo que es tradición nos lo regala San Pablo en su primera carta a los Corintios: «porque yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía» (1 Cor 11, 23-25).
Como Obispo, descubro que en la Iglesia a veces tendemos a polarizar la armonía que existe entre los sacramentos, y se subrayan de modo casi excluyente o Bautismo o Eucaristía. Y con esta Carta pretendo recordar que la gran asamblea de los bautizados en su peregrinación por este mundo es la Eucaristía dominical, en la que los católicos recibimos el alimento para toda la semana. Es la Pascua semanal, de la que los sacerdotes hemos de ser humildes servidores y no patronos. La tarea propia que nos da el Señor en la Iglesia a los presbíteros es la de presidir la Eucaristía, celebrar los sacramentos de sanación, el perdón de los pecados y la unción de enfermos.
Comparto el deseo de que nuestros lenguajes sean accesibles y comprensibles. Pero ello no justifica que algunas veces nos interpongamos entre Cristo y el pueblo, recortando, reduciendo elementos constitutivos de la Misa, sustituyendo la Palabra de Dios por palabras humanas. La razón de que ésta dure menos y podamos salir corriendo hacia la próxima celebración nunca justifica estas prácticas. La belleza de la liturgia, su misterio, es la que atrae y convierte, no su banalización. Por ello, en la diócesis, llevamos años discerniendo dónde y cuándo conviene celebrar eucaristías, y dónde liturgias de la Palabra.
Estas celebraciones de la Palabra han de expresar también de un modo digno que Dios habla a la asamblea dominical cuando está a la espera de presbítero. Por ello, los ministerios laicales han de ser discernidos, elegidos eclesialmente. Os agradezco de corazón vuestra hermosa e importante labor a los ministros ordenados y a los que ejercéis los ministerios laicales litúrgicos, tanto personas consagradas, como laicos. Estos ministerios, además de reconocidos, tienen que ser progresivamente instituidos para toda la comunidad. Para ello, celebraremos en la diócesis ritos de envío, porque nadie hacemos de puente entre Dios y el pueblo en nombre propio.
Entre las novedades más apasionantes de nuestro momento, considero que se encuentra la de ir tejiendo una comunidad cristiana plenamente madura y consciente. El modelo tradicional tridentino se agotó; y, el modelo en el que estamos inmersos presenta carencias, puesto que no es capaz de involucrar a todos. El Espíritu nos está impulsando a comunidades todas ellas formadas por discípulos misioneros, siguiendo el modelo que Benedicto XVI y el CELAM propusieron en Aparecida. Se trata de una renovación basada en la vuelta a la iglesia apostólica, tal y como la describen los Hechos de los Apóstoles, verdadero libro de cabecera para una Iglesia en Pascua.
En este nuevo paradigma, es el entero pueblo de Dios el que celebra y vive domingo a domingo lo que nos ofrece y pide el Señor: «Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros; haced esto en conmemoración mía» (Lc 22, 19). El Pueblo que come el mismo Pan de Vida, se hace el único Cuerpo para la vida del mundo, y la Eucaristía se hace envío y compromiso transformador. “In illo uno unum”, es la divisa de nuestro Papa León XIV, ya que Jesús, en su oración sacerdotal, nos recuerda que la fecundidad sólo viene de la comunión: «Padre, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21).
En esta nueva época, el Espíritu nos anima a integrar, a no discriminar, a valorar las posibilidades que nos ofrece la religiosidad popular, las cofradías, santuarios, peregrinaciones. Hemos de discernir la mano de Dios en tantas experiencias de primer anuncio, que habrá que engarzar con procesos de iniciación, de catecumenado, de catequesis. Esta es una de las tareas prioritarias que nos planteará el nuevo plan de pastoral que estamos elaborando en nuestra diócesis.
Estamos no en una época de cambios, sino en un cambio de época. Y esto no es un juego de palabras. El Papa León XIV, desde el inicio de su pontificado, ha señalado como tarea el responder a estos tiempos de revolución tecnológica, así como León XIII hizo lo propio con la revolución industrial. Pretender un cambio de modelo de pastoral, no es suficiente. Se trata de tejer una nueva cultura parroquial y diocesana. Aquí cada uno de nosotros somos imprescindibles, irreemplazables.
Así lo expresó el Papa en la audiencia del pasado 11 de marzo:
«Estamos en la Iglesia para recibir incesantemente la vida del Padre y para vivir como sus hijos y hermanos entre nosotros. En consecuencia, la ley que anima las relaciones en la Iglesia es el amor, así como lo recibimos y lo experimentamos en Jesús; y su meta es el Reino de Dios, hacia el cual camina junto a toda la humanidad. Unificada en Cristo, Señor y Salvador de todos los hombres y las mujeres, la Iglesia no puede nunca estar replegada en sí misma, sino que está abierta a todos y es para todos. Si pertenecen a ella los creyentes en Cristo, el Concilio nos recuerda que “todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios. Por lo cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos, para así cumplir el designio de la voluntad de Dios, quien en un principio creó una sola naturaleza humana, y a sus hijos, que estaban dispersos”».
Si todos los hombres están llamados a formar parte del pueblo de Dios, nuestra mirada nunca más puede quedar reducida al ámbito de nuestra comunidad, y menos, a aquellos con quienes tengo una mayor afinidad en ideas o en estilos. Murió la tardocristiandad. Algo nuevo está brotando.
• Nuestra realidad concreta: En el texto se expresa el deseo de una liturgia en la que el Misterio de Dios y su belleza iluminen toda la vida comunitaria. En nuestras celebraciones, ¿es Cristo quien habla y actúa en todo momento?
• Camino de futuro: Se nos urge a caminar hacia comunidades formadas por “discípulos misioneros” donde todos seamos corresponsables. ¿Cómo podemos potenciar y reconocer mejor los ministerios laicales en nuestra comunidad para que la celebración sea de todos?
5. Nos encargó el ministerio de la reconciliación
Pablo está hablando a la comunidad de Corinto, y les recuerda la tarea que Jesús había encargado a los doce cuando se les apareció resucitado: «A quienes le perdonéis los pecados, les quedan perdonados, a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 23). Hoy los sacerdotes (obispos y presbíteros) continuamos ese ministerio sanador a través del sacramento de la reconciliación. Y en este tiempo en que acompañar a los bautizados es una de nuestras tareas en las que nos lo jugamos todo, os animo a revivir la gozosa experiencia de la reconciliación.
Es mi deseo que la crisis del sacramento del perdón en su práctica sea algo que vaya quedando en el pasado. Porque la Iglesia, que es maestra de vida pide que el modo ordinario de celebrar este sacramento sea con la preparación personal o comunitaria, y en ambos casos, con la confesión y absolución individual. Hoy día, sin un adecuado acompañamiento espiritual, y sin celebrar con normalidad el perdón sacramental periódico, el crecimiento en la fe queda comprometido, y el discernimiento vocacional empobrecido.
No se trata de volver a empujar a la fe católica al moralismo, ni de seguir siendo pelagianos, sino de experimentar que Dios Padre es misericordia, cuyo sueño lo expresó Jesús de modo sublime en la parábola del Padre bueno: «cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos» (Lc 15, 20). El abrazo del Padre no es genérico, es para cada uno de nosotros, es para mí y es para ti. Nadie debería quedar privado de esta experiencia que nos la regala este hermoso sacramento y que los sacerdotes tenemos como tarea propia.
En un sentido amplio, toda la Iglesia es apostólica, todos los bautizados estamos llamados al apostolado, a la misión. Como ya lo hemos dicho, ésta nos ha sido dada por el Señor. Es verdad que estamos llamados a crear puentes, a ser puentes de misericordia. Y vivir la misericordia que reconcilia es tarea de todo bautizado. Jesús nos la formula y ofrece en la oración dominical: el Padre Nuestro marca una de las pautas de la originalidad cristiana: «perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» (Mt 6, 12).
Perdonar no es algo que está en nuestra capacidad, sino que es algo que podemos vivir sólo como agradecimiento. Dios Padre nos ha regalado a su Hijo. Cuando Pedro preguntó a Jesús hasta cuántas veces debía perdonar a su hermano que le ofendía, Jesús le respondió con la parábola de la deuda perdonada (cf. Mt 18, 23-35). Hemos sido tasados en la sangre de Cristo, y nuestro rescate nos ha habilitado para salir a buscar a tantos náufragos de la vida que buscan un sentido, una razón para seguir esperando (cf. 1 Pe 3, 15).
Queridas hermanas y hermanos, ante el regalo del perdón de Dios, de la vida nueva en Cristo, los palentinos católicos del siglo XXI hemos de continuar la hermosa senda de tantos antepasados que nos han legado como el mejor patrimonio la fe, la esperanza y el amor cristianos. Mi intención al publicar estas líneas es la de aportar claves como pastor al discernimiento de nuestra Iglesia local. Os animo a una lectura que refuerce el diálogo, ensanche el espacio de nuestra tienda (cf. Is 54, 2) y haga de la Iglesia Buena Noticia para los más pobres, para los más vulnerables, para quienes todavía no conocen a Jesús.
Dios Padre bueno, envía a nuestra diócesis de Palencia tu Santo Espíritu Creador, para que, siguiendo a tu Hijo Jesucristo hasta el final, todas tus hijas y todos tus hijos seamos sacramento de tu amor, puentes de misericordia para cuantos aún no te conocen.
Nuestra Señora de la Calle, que proclamemos contigo gozosos la grandeza del Señor.
San Antolín, que testimoniemos con la vida la alegría de creer.
Santa Teresa de Jesús, que nuestra paz lleve a decir a muchos que sólo Dios basta.
San Manuel González, que el coloquio permanente de nuestro corazón sea con Jesús, Pan de Vida para el mundo.
San Rafael Arnáiz, que solo Dios sea el Señor de nuestras vidas.
• Nuestra realidad concreta: El “abrazo del Padre” no es genérico, es personal. ¿Cuándo fue la última vez que experimenté la alegría de la reconciliación sacramental?
• Camino de futuro: Se nos invita a “ensanchar el espacio de nuestra tienda” hacia los más pobres y vulnerables. ¿A qué “náufragos de la vida”, en nuestro entorno cercano, nos sentimos llamados a salir a buscar para ofrecerles una razón para seguir esperando?
+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia