Vivimos en una sociedad donde los fanatismos nacionalistas, religiosos y sociales están avivando los vientos de la intolerancia, encendiendo antorchas de fuego destructor que arrasa los valores elementales que nos ayudan a vivir en fraternidad con el resto de los seres humanos. Para los cristianos no debe de ser nada nuevo oír hablar de una sociedad intolerante.
Los prejuicios y fanatismos nos han acompañado a lo largo de la historia. El Pontífice también ha advertido que «vivimos tiempos en los que parecen reavivarse y difundirse sentimientos que muchos consideraban superados», y ha indicado que estos sentimientos, «con demasiada frecuencia», inspiran propios y verdaderos «actos de intolerancia, discriminación o exclusión».
Está claro que seguimos sin comprender e imitar el ejemplo de Jesús que era amable, paciente y tolerante, y por lo que también fue muy criticado. Los mayores enfrentamientos, cuentan los evangelios, los tuvo con personas que se consideraban muy religiosas, al tiempo que se llevó bien con los grupos humanos que la religión despreciaba y perseguía. De hecho, ser cristiano es un llamado a ir a contracorriente, a reconocer, acoger y servir a Cristo mismo descartado en los hermanos.
Pero su tolerancia no era el todo vale. Nunca aprobó la conducta obscena, deshonesta, hipócrita ni malvada. El Papa matiza: «En Cristo, la tolerancia se transforma en amor fraternal, ternura y solidaridad operativa. Allá donde estemos, los cristianos deberemos ser ejemplo de esa tolerancia. Porque todos estamos llamados -ha exhortado Francisco- en nuestras respectivas funciones, a «cultivar y promover el respeto de la dignidad inherente a toda persona humana», empezando por la «familia», pero también en los diversos «contextos sociales» en los que operamos.
La dignidad de todos los hombres, la unidad fundamental del género humano y la llamada a vivir como hermanos -con acento y urgencia especiales en estos tiempos de coronavirus- se confirman y refuerzan aún más en la medida en que se acoge la Buena Nueva, de que todos son igualmente salvos y reunidos por Cristo.
Justicia y Paz - Diócesis de Palencia