En esta semana que hemos celebrado los santos y los fieles difuntos la liturgia nos propone reflexionar sobre la resurrección y la vida eterna que Dios nos regala después de ésta terrenal.
Para ello el texto evangélico nos habla de algo tan central en nuestra fe como es la resurrección de los muertos. Se trata de lo fundamental de nuestra vida creyente. La resurrección de Cristo, de la que somos partícipes, da sentido a nuestra existencia. Nos descubre la realidad más profunda de la fe conectada al misterio de Cristo y Cristo resucitado, porque si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe como nos dice san Pablo.
Contemplamos la realidad consoladora de la resurrección de los muertos, en la que se sustenta nuestra fe, se sostiene nuestra esperanza y alienta nuestra caridad. Afirmamos con certeza, fundándonos en la palabra de Dios, que, después de esta existencia terrena, se abre para el hombre un futuro de inmortalidad. No se trata de una afirmación genérica, que quiere satisfacer la aspiración del ser humano a una vida sin fin. Al contrario, revela el plan de Dios para con la humanidad y el hombre, que como hijo suyo está llamado a vivir en la casa del Padre para siempre. Por ello la resurrección de los muertos se convierte en una de las verdades fundamentales de nuestra fe, que proclamamos solemnemente cada vez que rezamos el Credo: «espero la resurrección de los muertos y la vida eterna».
La resurrección se convierte así en la gran noticia de nuestra fe. Nuestro Dios vino a decirnos que la vida es eterna a su lado.
No hay resurrección.
El grupo de los saduceos militaba en la clase pudiente, intelectual y más influyente de la sociedad judía. Su prurito de excelencia les situaba por encima de los demás en conocimientos y riquezas. Hombres prácticos, materialistas, ricos e influyentes se distinguían porque no aceptaban la resurrección. Todo se circunscribía al ámbito terreno que ellos dominaban y, por lo tanto, nada había que esperar después de la muerte.
Podemos hablar de los saduceos como algo muy del pasado, pero posiblemente están arraigados más de lo que creemos entre nosotros. Una parte de la intelectualidad actual, los hombres materialistas de nuestro tiempo ridiculizan y ven imposible la resurrección. Incluso dentro de la iglesia muchas veces manifestamos dudas y vacilaciones sobre la resurrección y la vida eterna. Tantas veces buscamos argumentos de cómo será, de dificultades que nuestra mente encuentra para entender la otra vida. Como aquellos saduceos nos tienta la duda sobre el más allá, la vida eterna y el cielo. Otras tantas veces como aquellos saduceos nos conformamos con que esta vida sea nuestro cielo. Incluso más, cuantas veces nos imaginamos la vida eterna como continuación y prolongación de esta vida. La pregunta que le hacen es un dilema imposible de resolver, el mismo planteamiento no tiene solución y supone una contradicción en si mismo. Desde la lógica no hay respuesta que satisfaga.
La respuesta de Jesús
Jesús contempla la vida desde la perspectiva de Dios. Para Dios no hay dos vidas, sino una sola vida. La vida desde que se inicia… y perdura por toda la eternidad. Para Dios todos están vivos, nos dice Jesús. La vida después de la muerte no es por tanto una prolongación de esta vida terrena. La resurrección transforma la vida dotándola de cualidades nuevas que aquí no tenemos. Esto explica la respuesta de Jesús en la que las relaciones, que en el cielo vivamos, son nuevas y por tanto diferentes de las de aquí abajo.
La palabra definitiva sobre la resurrección la encontramos en el pasaje evangélico, en el cual Jesús supera tanto la idea que tenían los fariseos –concebían la resurrección como un retomar y continuar la vida presente- como la de los saduceos, que la negaban por completo. Se nos invita a afirmar que la certeza de la resurrección supone el «consuelo permanente» y la «gran esperanza» para todos nosotros los cristianos porque Dios nos ha regalado la vida eterna precisamente porque “nos ha amado hasta el extremo en su Hijo muerto y resucitado”.
¿Cómo es mi esperanza en la resurrección? ¿Qué grado de convicción y certeza tiene? ¿En qué medida ilumina y sostiene toda mi vida?
Comentario al Evangelio del 6 de noviembre de 2022, por José María de Valles, delegado diocesano de Liturgia.
Emitido en “Iglesia Noticia” de la Diócesis de Palencia. Cadena COPE. 30 de octubre de 2022