El evangelio de este segundo domingo de cuaresma no muestra con dos pinceladas a Cristo, el Señor. La primera es una pincelada de color: Jesús es LUZ. La segunda pincelada nos entra por el oído: Jesús la VOZ de Dios que hay que escuchar.
La Luz
Damos por conocido el hecho de la transfiguración de Jesús en el monte Tabor. Es el texto que hoy hemos proclamado en la liturgia. No estoy seguro de que a todos nos resulte fácil explicar en qué consistió esa transfiguración del Señor. El evangelista queriendo explicarlo nos habla de que sus vestidos se volvieron blancos. El aspecto físico puede que fuera lo que más sorprendió a los apóstoles que lo vieron, pero no debemos quedarnos en algo exterior por fascinante que resultara. La transfiguración nos debe llevar a contemplar el cambio interior que en Jesús vieron. Descubrieron, más allá de lo exterior, su interior lleno de luz. Descubrieron una persona nueva, sin sombras y que irradiaba luz a los demás. Esa luz que les ilumina, les llena de calor y hace agradable el ambiente envolviéndoles en su claridad.
Llenarse de luz muestra que es el hijo de Dios. Es la luz que ilumina nuestra humanidad y transforma nuestra condición humana. Luz bajada del cielo. En las tinieblas brilló una luz, como nos recordará san Juan. Jesús se revela como la Luz del mundo en la cima de la montaña. Desde entonces su presencia entre nosotros ilumina nuestra realidad y la llena de luz. Estamos llamados, por tanto, hoy a descubrir el rostro luminoso de Dios, dejar que brille en nuestra vida, irradie su luz y calor frente a las tinieblas que nos rodean.
Llenar de luz la vida y las personas, no oscurecer los acontecimientos e iluminar la vida es lo que pretende dejar en la memoria de sus discípulos y de nosotros. La tarea del cristiano será transfigurarse a cada instante, llenarnos de luz. Lograr que se trasluzca su maravilla interior. Y esto se alcanza por la oración, pero ante todo por la caridad fraterna y por el servicio generoso a los más débiles.
La Voz
Cabe pensar que al escuchar la voz desde el cielo los apóstoles se sorprendieran y se asustaran si ya antes no lo estaban. La voz de Dios no se podía oír, por eso Dios se comunicaba a través de los profetas y mensajeros. Pedro, Santiago y Juan oyeron ese día la voz de Dios y ese acontecimiento marcará un antes y un después en la forma de oír y acoger las palabras de Jesús.
Esa voz que surge desde el cielo les anuncia que Jesús es el Hijo amado de Dios. “Éste es mi Hijo amado; escuchadlo”, les hace entender por qué están ahí. El Padre les anima a escuchar a su Hijo. La voz de Jesús será la voz de Dios para ellos y la escucharán de forma nueva. Ya no será la palabra de un hombre a quien admiran y siguen con entusiasmo, es la Palabra de Dios que deben escuchar y hacerla suya.
Esto nos lleva a preguntarnos si también nosotros escuchamos la voz de Dios en nuestra vida. ¿Dónde vamos a oír la voz y la palabra de Dios? ¿Con quién escuchamos a Jesús? Son preguntas que hoy podemos llevar a nuestra oración y pedirle al Señor la gracia y la fuerza necesarias para, en este tiempo cuaresmal, buscar tiempos y espacios para oír la voz de Dios que me habla. Comprometámonos a hacer caso a la voz y la palabra de Jesús, el Hijo amado del Padre, para que nuestro itinerario cuaresmal nos lleve a la Pascua.
José María de Valles. Delegado diocesano de Liturgia