Entornos seguros

Entornos seguros

Queridos lectores, paz y bien.

Formamos parte de una sociedad convulsa y acelerada, plural y frágil, pero es nuestra sociedad. En ella no es difícil hallar síntomas de desorientación y miedo, pero a su vez, hemos de reconocer que hay líneas muy positivas con respecto de modos y conductas negativas que van siendo superadas.

Dejamos una sociedad más tradicional y unitaria, en la que la fe católica jugaba un papel predominante, y nos adentramos en unos tiempos en los que la secularización ha ido horadando los cimientos de las viejas certidumbres sociales. Como Iglesia, podemos llorar el final de la era de cristiandad, o podemos simplemente aceptar y abrazar nuestro tiempo, en el que otros agentes sociales y sensibilidades suponen una genuina y auténtica provocación para nuestra fe.

Hoy en concreto quiero detenerme en la cuestión de los abusos, que han supuesto y suponen un desafío para todas las instituciones que tienen que ver con la educación y el cuidado de los más vulnerables. Y en el abominable crimen de la pederastia, que ha puesto al descubierto un submundo oscuro, unas prácticas ocultadas largo tiempo en tantas instituciones, incluida la Iglesia católica.

Entre las causas de este fenómeno, podemos hallar una inadecuada formación en la afectividad, una cultura represiva que convertía el sexo en un tabú, el rigorismo moral, la hipocresía de las personas más “respetables”. Por otro lado, estoy convencido de que la revolución sexual iniciada en los años 60 en los Estados Unidos y en el mayo del 68 de París, justificaron una visión puramente lúdica y desconectada de la sexualidad respecto de la paternidad-maternidad, y de la vocación del ser humano al amor. Se socavó la idea de familia, y el rigorismo dio paso a un laxismo en el que la parte poderosa se sentía legitimada para experimentar nuevas experiencias. En círculos culturales franceses, se legitimaba la pederastia como conducta de vida.

La aparición de casos de pederastia en el clero en los años 90, y su publicación masiva (no siempre cierta) en el entorno del choque de los USA con Juan Pablo II con motivo de la primera guerra del Golfo, ocasionaron oleadas de denuncias que obligaron a la Iglesia a ir tomando en serio esta terrible cuestión. El ámbito anglosajón primero, y luego el latino, denotaron la existencia de esta plaga social, a la que no era ajena la Iglesia. Tras unos inicios vacilantes y más bien autodefensivos, con Benedicto XVI se comenzó a sistematizar una respuesta nítida y adecuada: poner a la víctima en el centro, denunciar y acudir a la vía judicial civil, y cumplir la norma canónica. Reparar el daño en clave económica, con el acompañamiento y la terapia, y trabajar sistemáticamente la prevención.

Se trata de generar entre todos un cambio de cultura hacia una sociedad en la que los cuidados y la tutela de los más vulnerables sean la clave. El hecho de que estas prácticas y las denuncias presentadas en España sean mayoritariamente de los años 50 o 60, no es razón para la tranquilidad y para bajar la guardia. En el caso del clero, y de los agentes de pastoral que tratan con niños y personas vulnerables, este mal absolutamente injustificable, exige una respuesta contundente y clara.

Desde la Conferencia Episcopal Española, y las congregaciones religiosas, se viene trabajando conjuntamente para abordar de modo justo y coherente las demandas que vienen de la sociedad y de las instancias políticas, no siempre inspiradas por criterios ecuánimes. Es mucho el trabajo realizado y los avances a la hora de abordar unas prácticas que además del abuso sexual, incluyen el abuso de poder y el abuso de conciencia.

En la diócesis de Palencia, junto con la delegada de la “Oficina diocesana de Protección de Abusos Sexuales de Menores y Personas Vulnerables”, Carmen Andrés, se ha puesto en marcha la “Oficina diocesana de Entornos Seguros”, que trabajará junto con la formación, la cuestión de la prevención. Es importante notar que la dramática cuestión de la pederastia no debe llevar al miedo y a no trabajar con niños, adolescentes, jóvenes y personas vulnerables, sino hacerlo con unos estándares de seguridad y de trasparencia máximos que nos permita ser significativos en sus vidas, protegiendo a los menores de cualquier expresión o gesto cargados de violencia o ambigüedad (tanto en el ámbito presencial como digital) y respetando su integridad física y emocional.

Nos va la vida a cuantos tenemos como misión llevar el Evangelio a todos, y propugnar una sociedad en la que la atención y el cuidado del otro, nunca sean tapadera para actitudes de manipulación y abuso. Este curso próximo, la promoción de esta cultura del cuidado y de espacios seguros, va a ser una de las prioridades que vamos a trabajar en nuestra diócesis de Palencia, desde la Escuela Diocesana de Tiempo libre y otros ámbitos. Los más pequeños lo merecen, lo necesitan y lo exigen.

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia