El administrador injusto y no fiel es la parábola que Jesús usa hoy para proponernos gráficamente cómo en la vida no podemos servir a Dios y al dinero. Tentación permanente en nosotros que queremos compaginar las dos cosas sin darnos cuenta que una u otra no la haremos bien.
Administradores
A quien se le encomienda y encarga la administración de algo lo mínimo que se espera de él es que lo haga con fidelidad y lealtad hacía el Señor que lo ha contratado. Sobre un mal administrador se centra el mensaje de este domingo y a primera vista no parece tener mucho que ver con nosotros. ¿O tal vez si? El administrador del que hoy habla el evangelio eres tú y soy yo. Todos somos administradores de aquello que Dios ha puesto bajo nuestra responsabilidad. Administramos la vida, el mayor bien que el Señor nos ha dado. Administramos la fe, el segundo regalo de Dios.
Administramos nuestro planeta y todo lo que Dios ha puesto en nuestras manos. Administramos los bienes materiales que Dios nos ha encargado para compartirlos. Somos administradores del amor que Dios ha puesto en nosotros para hacernos felices. Hoy nos preguntamos cómo está siendo nuestra gestión de todo ello. ¿Lo hacemos con fidelidad sin derrochar ni aprovecharnos de nuestro encargo? Espera de cada uno de nosotros que no derrochemos los bienes confiados, sino que con fidelidad los sepamos emplear para el bien de los demás.
Mala gestión
Aquel administrador se le acusaba de una mala gestión basada en derrochar los bienes que habían puesto bajo su confianza. No nos parece ético aprovecharse de forma injusta de la tarea encomendada. No obrar con justicia nos incomoda. Cuesta aplaudir y alabar la actitud del administrador porque su gestión no había sido ética, sino que se había servido de ella para medrar personalmente. Al verse despedido aún es peor su actuación porque egoístamente y al quedarse sin trabajo quiere sacar rentabilidad a su situación con otra mala gestión. Obrar mal y continuar en la misma actitud no puede ser una labor a imitar. Seguramente que Jesús, el Señor, tampoco aplaude y premia aquel comportamiento. El ejemplo del mal administrador tiene como objetivo descubrir las causas de su mala gestión. Su historia le sirve a Jesús para dejar claro que no podemos servir a Dios y al dinero. Si nuestro servir se centra en el dinero, nuestra administración no será recompensada por Dios. La fidelidad en la administración de nuestra vida depende de que sirvamos a Dios y no al dinero en el que ponemos el éxito y el triunfo tantas veces.
El dueño
No queda la reflexión completa si no situamos al dueño del administrador en el papel que le corresponde que es el de protagonista. Ya hemos insinuado que Dios nos ha nombrado administradores suyos. Y, por suerte para nosotros, que sea Él el propietario que nos pida cuentas nos sale a cuenta, valga la redundancia. Por ello no temamos escuchar la pregunta que hoy se nos hace: ¿qué es eso que estoy oyendo de ti? Tenemos la oportunidad de pasar a limpio nuestras cuentas. Espera que le presentemos un balance favorable. Incluso puede que acabe alabando nuestro comportamiento si en adelante nos lo tomamos en serio. Porque nuestro dueño quiere lo mejor para nosotros, sigue esperando un cambio en nuestra actitud de administrar los bienes que nos ha dado.
José María de Valles – Delegado diocesano de Liturgia