En la conversación cotidiana, se han vuelto habituales expresiones como «persona tóxica» o «red flag». Aparentemente, parecen útiles para identificar comportamientos que nos hacen daño. Sin embargo, pueden convertirse en etiquetas rígidas que simplifican la complejidad humana. Reducen a una foto fija lo que frecuentemente son dinámicas, patrones o carencias emocionales que pueden cambiar con el tiempo.
Hablar de «personas tóxicas» nos coloca en una posición de superioridad moral desde la que afirmamos que alguien es dañino por esencia, como si fuera una característica permanente de la otra persona y nosotros nunca cometiéramos ningún error. Sin embargo, la mayoría de las personas actuamos con torpeza, aunque sin mala fe, en situaciones de estrés, miedo o sobrecarga emocional. Llamar tóxica a una persona impide ver su historia, sus motivaciones, sus heridas, su inmadurez. Y, sobre todo, impide plantear la posibilidad de cambio.
Lo mismo ocurre con la expresión «red flag». Una bandera roja establece un límite claro ante un comportamiento inaceptable que vulnera nuestros derechos y necesidades. El problema es cuando se usa como excusa para evitar conversaciones difíciles. Algo que incomoda no siempre es una «red flag»; a veces es simplemente una discrepancia de enfoques o de puntos de vista que requiere diálogo.
Ahora bien, desmontar estas etiquetas no significa negar la existencia de personalidades perversas y oscuras. Según los expertos, este grupo de personas no supera el 5% de la población mundial (un 1%, si hablamos de los casos más severos), pero su grandiosidad, la necesidad constante de sentirse admirados, sus estrategias manipuladoras (al principio, seductoras y, después, humillantes), su frialdad emocional, su sadismo e impulsividad son un repertorio de conductas realmente dañino.
Ante este perfil, la expresión «persona tóxica» parece completamente apropiada por su enorme poder destructivo. Además, es imprescindible establecer con ellas «red flags», banderas rojas, que nos protejan de su comportamiento.
Miguel Ruiz