El evangelio de este segundo domingo de Cuaresma comienza con la invitación que Jesús hace a sus amigos, Pedro, Santiago y Juan a que le acompañen hasta la cima del monte. No les explica nada de lo que van a hacer ni ver. No les comenta ni dice nada. Quiere que le acompañen, que experimenten y sean testigos de lo que allí ocurra. La invitación de Jesús se nos hace también a nosotros al comienzo del camino cuaresmal. Si nuestra meta es el Gólgota y el monte de la Resurrección, antes debemos subir al Tabor con el Señor. Los amigos de Jesús debemos sentirnos orgullosos de esta invitación que el Señor nos hace, debemos sentirnos privilegiados que nos elija para acompañarle en la ascensión al monte y no perdernos esta oportunidad.
Tabor
Hoy sabemos que el monte al que suben Jesús y tres discípulos predilectos tiene por nombre Tabor. Además de un lugar físico concreto, en la tradición de la iglesia ha venido a significar el lugar donde también nosotros podemos revivir y recrear la experiencia del Tabor. La iglesia, lugar de culto, es para los cristianos un Tabor donde podemos contemplar la divinidad de Cristo escuchando la Palabra del Padre que nos dice que es su Hijo.
Nos refiere san Mateo que vieron el rostro resplandeciente de Jesús. Esta expresión nos lleva a valorar su significado. Para el pueblo judío, el hombre no podía ver el rostro de Dios. Jesús quiere que sus amigos lo vean y no mueran. En la descripción del evangelista además contemplan las vestiduras blancas simbolismo de los ángeles y la divinidad. Por tanto, Pedro, Santiago y Juan descubren la divinidad de Jesús. Acompañándole lo habían visto como hombre y un hombre especial pero tal vez no habían descubierto la dimensión divina, de Hijo de Dios. Jesús quiere que esa enseñanza la experimenten personalmente. No quiere que la intuyan, sino que la vivan. Jesús nos invita a ver el rostro de Dios.
Transfiguración
El Señor sigue invitando a cada uno de nosotros a vivir esta experiencia. Tú y yo somos llamados a subir al Tabor y contemplar su rostro resplandeciente y sus vestidos blancos, que es tanto, como descubrir la divinidad de Cristo. El Señor sabía de lo importante que iba a ser para ellos aquella experiencia. Sin ella no entenderían con claridad la divinidad del Maestro. Nosotros seguimos necesitando de esa misma experiencia cada domingo celebrando la Pascua semanal de Cristo en la eucaristía, en el Tabor de nuestra comunidad parroquial.
No todos fueron invitados, solo tres de doce. Igualmente, hoy no todos aceptan y acogen la invitación de Jesús de ir cada domingo a la Eucaristía y escuchar la Palabra de Dios y contemplar el rostro de Cristo y tal vez como Pedro decir qué bien se está aquí. Aquella experiencia les llenó de gozo y alegría que Pedro expresa con el deseo de hacer tres tiendas y quedarse allí. En el camino cuaresmal, sin miedo, acompañemos cada domingo al Señor para contemplar su rostro resplandeciente, para empaparnos de su divinidad.
José María de Valles – Delgado diocesano de Liturgia