Esta mañana hemos celebrado, en el Seminario Menor, la Fiesta de San José de Ávila, patrón del clero secular español. Un día para dar las gracias por la labor y servicio de nuestros presbíteros... y de manera especial por la vida de los que en este año celebran el aniversario de su ordenación.
- Bodas de Diamante (1966-2026). Cumplen 60 años de su ordenación sacerdotal: Pedro Alcalde García, Emilio Cagigal Merino, Ramiro Fernández Santos, Ricardo Gómez Laso, Eduardo de la Hera Buedo, Máximo Pérez Gonzalo, José Mª Vega López y José Antonio Blanco Cuadrado (Zaragoza)
- Cumplen 70 años de ministerio (1956): Alfredo Arto Pelaz, Froilán Tarilonte Aparicio y Daniel Pérez Fernández (Valladolid)
- Bodas de Oro (1976-2026). Cumplen 50 años de su ordenación sacerdotal: Jesús Bravo Moreno, Antonio García Redondo, Miguel Lobo Carretón, Jesús Merino Arroyo, Lázaro Merino Palenzuela, Rafael Núñez Pastor y Ángel de la Torre Rodríguez.
- Bodas de Plata (2001-2026). Cumple 25 años de su ordenación sacerdotal, Alberto Cuadrado Liquete.
Tras la eucaristía, presidida por nuestro obispo D. Mikel, hemos contado con la presencia de José María Albalad, director del Secretariado para el Sostenimiento de la Iglesia de la CEE, que, con el título de la reciente publicación de la Conferencia Episcopal, “Una casa de cristal”, ya disertado sobre la transparencia en la gestión y el sostenimiento de la diócesis y parroquias.
Transcripción de la Homilía de nuestro obispo D. Mikel
Queridos hermanos, querida comunidad. Antes de nada, un saludo de parte de don Manuel, que me ha asegurado que estará esta mañana en oración, acordándose de cada uno de nosotros, especialmente de cuantos cumplís vuestras bodas.
Hoy, una vez más, tenemos la ocasión de hacer una experiencia profunda de Iglesia, de ‘Ekklesia’, un tiempo providencial en el que la indicación que, como siempre recibimos de Dios, es una vuelta al origen, a lo que nos ha constituido en aquello que cada uno de nosotros somos.
Hemos podido tener experiencias preciosas, estupendas, de Iglesia en nuestra diócesis, en la medida en que hemos ido secundando las indicaciones del Espíritu hacia un camino cada vez más comunitario, un camino de una corresponsabilidad diferenciada, donde cada recibimos una llamada para no ver nuestras vocaciones como algo que tiene sentido solo en sí misma, una nueva eclesialidad en la que el bautismo, en la que el ministerio ordenado, en la que las distintas maneras de consagración al Señor ven que forman parte de una Iglesia toda ella carismática, pentecostal.
Una Iglesia que es ‘Ekklesia’ porque todos nosotros hemos sido ‘ekletoi’, elegidos y llamados, pero una Iglesia que solamente adquiere toda su hondura, su relevancia, cuando nos damos cuenta de que Dios Padre nos ha enviado un primer Paráclito y un segundo Paráclito. También ellos, las dos personas de la Santísima Trinidad, ‘ekletoi’, enviados por el Padre para toda la humanidad.
Y hoy, una vez más, en este día de San Juan de Ávila, nos vendrá muy bien descubrir que la identidad, que toda identidad cristiana, es una entidad ministerial. Pablo, Bernabé, todos aquellos primeros apóstoles, Aquila, Priscila, tenían una identidad clarísima.
Para ellos, el haber sido ‘ekletoi’, elegidos, hacía que ellos descubrieran que la fuerza de su misión estaba en la encomienda, que de una manera remota habían recibido de Jerusalén, de una manera más próxima la habían recibido de Antioquía, a quien ellos se debían y a quien ellos debían rendir cuentas de su misión.
A propósito del rendimiento de cuentas, de la transparencia, de la sostenibilidad, hoy hemos pensado que sería un estupendo tema para nuestro día de San Juan de Ávila concretar, encarnar, lo que supone ser nosotros miembros de la Iglesia y totalmente al servicio de ella.
Una de las componentes de nuestro ministerio pastoral es justamente ayudar al entero pueblo de Dios a tener una organización cada vez más evangélica y, por tanto, transparente, sostenible, para tener una relevancia tan necesaria para nosotros a la hora de anunciar a Cristo en un momento novedoso en el que vamos descubriendo cómo el Espíritu Santo va atrayendo a adultos y también y sobre todo a jóvenes poco a poco al seno de nuestras comunidades.
Una ‘Ekklesia’, una comunidad que tiene a lo largo de la historia el riesgo de quedar como confinada. Este fue el riesgo de la Iglesia española en el siglo XVI, una Iglesia intensamente evangelizada en lo que era la parte norte, la parte histórica, Castilla la Vieja y las demás regiones históricas, con una potente presencia de clero y de evangelización, pero una Iglesia que, conforme se iba descendiendo al sur y a la Andalucía de entonces, estaba débilmente catequizada, incluso con poca presencia de clero.
Es bueno leer la historia para que no tengamos una visión ni tradicionalmente complaciente, ni una visión trágica, sino que cada época y cada siglo, si lo veis con detención, veremos que los retos de la pastoral han sido enormes.
Ni siquiera los dorados siglos anteriores, cuando uno lee un poquito de sociología religiosa, se da cuenta que hubo regiones y zonas con muy poca práctica en nuestra España. A San Juan de Ávila le tocó leer en el Espíritu Santo lo que requería aquel tiempo y la respuesta, como siempre, a la santidad y la de constituirse justamente en maestro de hombres y mujeres que entendieron exactamente aquella llamada y que soñaron con una Iglesia que, en el siglo XVI, curiosamente, también tenía el peligro de quedar muy confinada por parámetros históricos, políticos, raciales, de costumbres...
Por eso nosotros, en este 2026, también estamos llamados a escuchar, a creer, en que el Espíritu Santo nos va a hacer profundamente creativos a la hora de buscar qué personas pueden estar predispuestas al Evangelio, como hemos escuchado en la lectura, de aquellas mujeres que anhelaban al verdadero Dios, aunque no lo conocían. Y aquellos primeros apóstoles fueron capaces de acoger también esa indicación del Espíritu que les hacía salir de los confines, de los esquemas judíos y acudir a lugares donde había paganos, donde había unas paganas que desde hacía tiempo llevaban en su interior el anhelo de conocer al Dios que salva.
Pues hoy le pedimos a San Juan de Ávila esa audacia misionera, ese celo, para descubrir, para leer correctamente eso que vamos descubriendo a través de los distintos discernimientos, consultas, en la Asamblea de la Iglesia de Castilla, en el sínodo... De tantas maneras el Señor nos está poniendo junto a nosotros junto a nuestras comunidades, situaciones, personas que barruntan, que anhelan la plenitud del Evangelio.
Pues que seamos capaces de pedir al Espíritu que nos desconfine de nuestros usos, de nuestras costumbres, sobre todo de nuestras rutinas, para que haga crecer el celo de pastores que animen a las comunidades a que todo hombre y toda mujer descubran la maravilla de lo que supone el valor autismo, de lo que supone ser sacerdotes, profetas y reyes en el tiempo en el que nos ha tocado vivir.
Que el Espíritu nos amplíe la mirada para ver cómo, en la práctica común de lo que es nuestro ministerio, en cómo celebramos la liturgia, los sacramentos, en los retos que nos vienen desde la piedad popular, desde los inmigrantes que están llegando a nuestras parroquias, de gente herida que pueda estar en los aledaños, de jóvenes que están teniendo no solamente curiosidad hacia Dios, sino que un verdadero interés en los pobres, en todas sus manifestaciones de la pobreza humana, en el mundo profesional, en el cultural.
Cada uno sabremos a qué nos está emplazando ahora el paráclito, el Espíritu Santo, para que descubramos que nuestra identidad siempre ha sido una identidad misionera, una identidad abierta, que estamos llamados a ser la ‘Ekklesia’, la Convocatoria, la Asamblea radicalmente abierta, abierta a nuevos rostros que el Señor nos quiere ofrecer. Pues que en el día de hoy agradezcamos todo esto que ya lo hemos ido viviendo en tantos años y que ahora se nos ofrece de una manera nueva e inédita. Que el Espíritu Santo nos haga a cada uno de nosotros creativamente fieles y fielmente creativos.
Esa es una de las notas del Espíritu. No se trata de repetir esquemas, sino de descubrir la mano del Espíritu, su voz, que nos llama de tantas maneras, escuchando a tantas personas que tienen mucho que aportar. Pues que hoy una vez más bendigamos al Señor, porque la Iglesia está viva, porque nuestro ministerio hoy reverdece y porque hay mucha gente que nos espera.
Pues que la Virgen, nuestra Madre del Cielo, sea la que aliente e impulse que ese celo nuestro crezca día a día y que desterremos de nosotros todo miedo, todo costumbrismo y toda rutina.