¿Alguna vez nos hemos detenido a pensar en el peso que tiene el físico en los jóvenes de hoy? Vivimos en una época hiperconectada donde un simple like parece medir el valor de una persona. Para nuestros adolescentes, la pantalla se ha convertido en un espejo implacable.
Casi el 58% de los jóvenes reconoce preocuparse en exceso por su aspecto físico. El peligro no está en querer cuidarse, sino en creer que el valor de su identidad se reduce a una talla, a un filtro o a un canon inalcanzable. Nos encontramos ante una generación que confunde el éxito social con la validación estética.
Pero, ¿qué estamos haciendo nosotros los adultos al respecto? A menudo cometemos el error de minimizar lo que sienten. Frases como “son cosas de la edad” o “ya se te pasará” generan una barrera.
La imagen corporal no es solo cómo nos vemos, sino el impacto emocional que eso nos genera. Cuando un adolescente se obsesiona con lo que le disgusta de su cuerpo, su autoestima se resiente. En la adolescencia, el grupo de iguales ejerce una presión enorme por encajar. Si el entorno digital premia una determinada apariencia, ellos sienten la necesidad de modificar quiénes son para ser aceptados.
¿Cómo podemos ayudar? El primer paso es cambiar el enfoque de nuestras conversaciones. En lugar de opinar sobre su cuerpo o su peso, debemos interesarnos por sus emociones.
Acompañar significa validar lo que sienten y enseñarles que su identidad está formada por sus talentos, sus valores y sus pasiones. Podemos educar con el ejemplo, mostrando una relación sana con nuestro propio cuerpo y limitando los adjetivos descalificativos sobre el físico.
Recordemos que la autoestima no es solo lo que se ve desde fuera, sino todo aquello que construimos por dentro. Ayudemos a nuestros jóvenes a mirarse con más compasión y a entender que valen mucho más de lo que refleja un espejo.
Cuca Álvarez