Iglesia y mundo moderno

Iglesia y mundo moderno

Queridos lectores, paz y bien.

La reciente visita del Papa León a España, además de entusiasmar y movilizar a los creyentes, ha calado hondo también en la sociedad civil y muchos hombres y mujeres de buena voluntad. El talante del Santo Padre, su sensibilidad y sus palabras han resultado inspiradoras y proféticas en distintos ámbitos de nuestra sociedad. Estoy convencido de que esa intensa semana puede marcar un hito para superar lo que los sociólogos llaman secularidad, y ayudar a adentrarnos en una sociedad genuinamente postsecular.

Sociólogos como el palentino Rafael Ruiz Andrés llaman secularización al proceso que se da en la edad moderna, en el cual la modernidad combate y tiende a desplazar y eliminar la religión. Se vincula ciencia con ateísmo y se considera que la razón por fuerza colisiona con la visión creyente. En su tesis doctoral, Rafael describe cómo desde la España nacionalcatólica a nuestra sociedad plural y secularizada, se constata la gran transformación que el factor religioso ha experimentado. La afirmación de Manuel Azaña “España ha dejado de ser católica”, pronunciada en 1931, se confirma a principios del siglo XXI.

Esta obra explora, desde la sociología histórica y la sociología de la religión, una trayectoria larga de rupturas y cambios en España que comienza hace dos siglos y en la que observamos simultáneamente declive religioso y metamorfosis de las formas de religiosidad. Desde la dialéctica pasado-presente, el libro transita por el siglo XIX y el liberalismo, la Segunda República, la Guerra Civil, el nacionalcatolicismo y la democracia hasta llegar al siglo XXI. Esta larga “era” desemboca en el ahora de España, en el cual la secularización y la postsecularización coexisten en un país que es plural y diverso en la religiosidad y en la irreligiosidad.

La secularización supone choque, conflicto y tensión entre modernos que consideran que hay que combatir la religión como superstición, atavismo premoderno. Y, por otra parte, supone a católicos que consideran toda la modernidad en bloque como contraria al Evangelio desde la nostalgia de una sociedad monolítica y uniformemente religiosa y de un estado confesional. En ambos casos religión y sociedad tienden a confundirse.

El Concilio Vaticano II explicitó y reguló la articulación entre religión y estado, abogando por la autonomía de ambas realidades, y la necesaria colaboración en aras del bien común. Jesús había resuelto con sabiduría la enconada cuestión de si había que pagar el impuesto al César. El Señor jamás quedó bloqueado en su relación con romanos, griegos, samaritanos o fenicios. Al contrario, nos ha dado una misión a sus seguidores, la de llevar el anuncio de la Buena Noticia a todos, y hasta los confines del mundo.

Hoy Pedro es León XIV, y es lo que ha hecho en España. Lejos de considerar que las instituciones culturales, sociales o políticas son ajenas al interés de la Iglesia, se ha acercado al Parlamento, sede de la soberanía del pueblo español. Y allí se ha presentado con humildad y franqueza: «Vengo ante todos ustedes como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica [...] Mi presencia entre ustedes quiere ser un gesto de cercanía hacia España, en el marco de la mutua cooperación, y una palabra ofrecida desde el servicio a la persona humana. La Iglesia camina con la humanidad, comparte sus esperanzas y sus heridas, escucha los interrogantes de cada época y se deja interpelar por todo lo que concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de hoy. Por eso, cuando se dirige a la vida pública, lo hace respetando la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar. Reconoce la autonomía de las realidades terrenas y la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política; y, precisamente desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia».

El Papa refuerza una nueva visión, que podemos llamar postsecular, ya que en ella abraza de buen grado la pluralidad de la sociedad, el hecho de que es legítimo tanto creer en Dios como no hacerlo, y busca en el humanismo, en la civilización una base para colaborar con todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Su autoridad nada tiene que ver con la imposición, sino que le es concedida por sus interlocutores, que valoran la aportación que la fe cristiana hace al ser humano y a la sociedad. Nuestro enemigo común es la violencia, el miedo y la ignorancia. Y las víctimas del mal ocupan el centro del corazón de la Iglesia. Por eso, su visita a tantos centros y sus entrevistas con tantas víctimas muestran que hemos de unirnos todos en la lucha por el bien y la paz. Buen domingo.

+ Mons. Mikel Garciandía Goñi. Obispo de Palencia