El capítulo 10 del evangelio de san Mateo que estamos leyendo en las eucaristías de estos domingos supone toda una relación de normas y criterios que Jesús propone a sus discípulos después de haberlos elegido para evangelizar. Imaginamos y suponemos que debieron sorprender a los primeros discípulos y podemos reconocer que nos parecen muy exigentes para nosotros.
No es digno de mí
Tres veces repite el Señor esta expresión. No somos dignos de Él si no le amamos más que a los padres, que a los hijos o no tomamos con nosotros la cruz del esfuerzo y el sacrificio. Todo ello remarca la radicalidad del seguimiento que Jesús propone a sus discípulos. La exigencia de ser discípulo es máxima, se sitúa por encima de lo que más apreciamos, el amor a los padres o a los hijos. Jesús exige ser el centro por encima de la vida familiar exigiendo un esfuerzo muy grande. Esta renuncia a lo que consideramos ser lo primero enmarca el grado de dificultad que tiene ser cristiano. Por ello el texto y lo que el texto nos pide resulta difícil de entender y más difícil de vivir.
Podemos preguntarnos entonces si es compatible seguir a Jesús, ser cristianos y seguir queriendo y amando a los nuestros o en qué medida entra en conflicto el amor al padre y la madre o a los hijos y ser cristianos. Por supuesto que no son excluyentes y los dos son compatibles. Las palabras de Jesús nos recuerdan el valor absoluto que debemos dar a su seguimiento de modo que esté por encima de todo lo demás en nuestra vida. Amar a Dios se convierte para nosotros en el valor absoluto de modo que está por encima de la familia sin que ello suponga no amar a la familia porque ser cristiano no debe ser una opción secundaria en la vida sino la primera y principal.
Cargar la propia cruz
Que la cruz forma parte del seguimiento de Jesús no lo cuestionamos, aunque la cruz nos cuesta cada vez más aceptarla como camino de perfección e instrumento de salvación. No es simple moda que queramos en nuestra sociedad quitar “cruces” creyendo que así el camino será más liviano y agradable. Cada vez resulta más difícil para los cristianos aceptar la cruz. Jesús hoy vuelve a recordarnos la tarea de cargar la propia cruz. Cargar en el sentido de aceptar, llevarla sobre nuestras espaldas y no alejarnos de ella. Nuestra vida creyente se compone de situaciones complicadas y difíciles de las que no debemos huir sino afrontar. El camino de la santidad, el camino de la salvación debemos recorrerlo, aunque nos parezca difícil, con la cruz. Sólo así demostraremos que ser cristianos es parecernos a Cristo, ser otros Cristos ahora y como Él alcanzar la meta y la gloria en la cruz que Él ha puesto en nuestros hombros.
No quedará sin recompensa
Si todo lo anterior es radicalidad, exigencia y dificultad, el evangelio acaba con una palabra de aliento y esperanza. No debemos asustarnos por la dificultad. Encontramos razones para vivir con esperanza. Jesús nos habla de una recompensa y una satisfacción que tendrá todo lo que hagamos por Él. Nada quedará sin ser reconocido. Aún aquello que sea pequeño y parezca carecer de valor como un vaso de agua tendrá mucho valor a los ojos de Dios. Seguir a Jesús con radicalidad, ser cristianos con autenticidad, aunque cueste tiene ante Dios mucho mérito y mucho premio. En tiempos de desesperanzas, de escasas motivaciones para ser discípulos de Jesús encontremos en estas palabras la fortaleza para ser evangelizadores en nuestra iglesia.
José María de Valles