Palabra y Vida: Las monedas de Dios

Palabra y Vida: Las monedas de Dios

Los discípulos de los fariseos y herodianos han sido enviados con una pregunta tramposa para poner a Jesús en un brete. Se acercan a Él con palabras halagadoras. Dicen que es sincero, que enseña el camino de Dios conforme a la verdad, sin que le importe nadie, porque no se fija en las apariencias (Mt 22,16).

Ese es realmente Jesús, pero ellos no lo creen. Sin embargo, Jesús va a actuar en esta difícil circunstancia tal como ellos lo describen, con sinceridad y verdad.

Piden su opinión acerca de la licitud o no a la hora de pagar el impuesto al César. Puede parecer que Jesús está acorralado, que cualquier respuesta le compromete.

Sin embargo, Jesús sale airoso. Se dirige a ellos con un duro calificativo: Hipócritas (Mt 22,18), y les devuelve la trampa, pero convertida en una oportunidad para que encuentren la verdad y así se liberen de los enredos de la envidia y la soberbia: Enseñadme la moneda del Impuesto (Mt 22,19). Le presentan un denario, la moneda en curso. A continuación, les lanza la pregunta: ¿De quién son esta Imagen y esta inscripción? (Mt 22,20). Le responden con la evidencia de lo que ven: Del César (Mt 22,21). Y Jesús les da una breve pero magistral lección: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mt 22,21).

El tributo al César se ha de pagar, puesto que la imagen de la moneda es la suya. Jesús dinamita así la trampa sibilina. Él no es un revolucionario que se opone a las obligaciones civiles que favorecen el bien común.

Después, Jesús añade: Dad a Dios lo que es de Dios. ¿Y qué le corresponde a Dios? Señalan los Padres de la Iglesia que los hombres llevan inscrita la imagen divina en lo más profundo de su ser. Hemos sido creados y recreados en Cristo, y toda nuestra existencia, en cuerpo y alma, le pertenece solo a Dios. La moneda del César es oro, la de Dios es la humanidad (Anónimo, Homilía san Mateo 42). La riqueza material, por tanto, hay que entregarla al poder legítimo establecido, la riqueza de la conciencia solo le corresponde a Dios.

Cada día somos recreados a imagen de Dios, brillando como lumbreras del mundo y manteniendo firme la de la vida (cf. Flp 2,15d.l6a), como «monedas divinas».

David Pérez. Delegado episcopal de la Vicaria para la Celebración y Espiritualidad