Las Cortes de Castilla y León y el aborto

+ Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Me he enterado por los medios de comunicación de que en las Cortes de Castilla y León se ha aprobado hace unos días una ley, para garantizar que en los hospitales públicos se practiquen abortos. Se aprobó con los votos de casi todos los grupos menos uno. Se quiere evitar que las que deciden abortar no tengan que ir a otros hospitales de otras regiones y a hospitales privados que practican abortos.

El tema del aborto es uno de los problemas más candentes en los últimos años en el debate bioético. Es verdad que la polémica ha remitido, quizás por saturación, pero sigue siendo un tema que suscita polémicas y discusiones cuando se aborda desde distintos planteamientos. Es verdad que los temas que tocan la vida y la muerte, el comienzo y el fin de la existencia afectan profundamente a la conciencia humana, a los niveles más profundos del ser humano, a las convicciones personales, y no es fácil tratarlos en un clima sosegado y racional, en el que no se mezclen emociones y actitudes agresivas.

Yo no salgo de mi asombro. Hace diez años se aprobó la ley del Estado y está recurrida ante el Tribunal Constitucional y todavía no han dado sentencia. Me imagino que no lo tendrán claro todavía, pero ¿cuándo se van a aclarar? En estos diez años transcurridos y sin que se haya pronunciado el Tribunal, se han dado 1.000.000 de abortos. En la Constitución, creo, está clara la defensa de la vida. Algunos partidos presentaron un recurso ante el Tribunal Constitucional contra la Ley del aborto, la Ley “Aido”.

En primer lugar, hay que denunciar eufemismos que se usan para justificar el aborto, como que aborto es igual a interrupción del embarazo. Cosa que no es verdad. Si yo apago una luz con el interruptor, deja de correr la corriente y la bombilla deja de iluminar, pero cuando la vuelvo a dar, vuelve a correr la energía eléctrica y la bombilla se ilumina. No ocurre así con el aborto. Si se interrumpe el embarazo se acaba y el feto muere.

Otro eufemismo es apelar a la libertad. Sí, somos libres, pero la libertad bien entendida se basa en la verdad y en el bien, y la verdad es que mi libertad limita con la de los otros seres humanos y no puedo avasallar, ni matar.

No acabo de ver el sentido de aprobar esta ley y no otra que favorezca la natalidad. Estamos quejándonos de que en España cada vez nacen menos niños, y no baja más el índice de natalidad gracias a los emigrantes, tan denostados en algunos lares. La media de nacimiento no cubre, por decirlo así, las bajas por la muerte, y la pirámide de edad cada vez es más invertida. Y ¿qué hacemos? En vez de favorecer la natalidad con leyes que animen a las familias a tener hijos, apoyando económica fiscal y socialmente la natalidad, hacemos lo contrario, se favorece el aborto.

Me choca, igualmente, que se manifiesten grupos de personas en contra del racismo y de los genocidios. Y qué mayor racismo y genocidio que eliminar de la vida a seres inocentes.

Si hoy defendemos, y me parece bien, la ecología, el cuidado de la naturaleza, y nos alarmamos por la desaparición y declaramos protegidas algunas especies de la fauna o la flora, no podemos olvidar al ser humano que pertenece también a la naturaleza y favorecer la ecología integral, especialmente la humana.

Se habla de educar a los jóvenes y a los niños en la dimensión afectivo-sexual de la persona y me parece bien; pero esto corresponde primariamente a los padres, porque los hijos no son del Estado, sino fruto del amor de los padres y don de Dios.

No es mi propósito entrar en polémica con nadie, ni juzgar a las personas. Entiendo que una cosa es la legalización y otra la despenalización, y entiendo que el derecho y la moral, aunque algunos lo confundan; también entiendo que la ley debe defender a los débiles y tutelar los valores éticos inherentes a la dignidad de la persona que hacen posible la convivencia, promoviendo el bien social y haciendo respetar los derechos de todos, también de los no nacidos. Sólo quiero llamar a la coherencia y recordar la postura de la doctrina de la Iglesia Católica al respecto.

«La vida humana ha de ser tenida como sagrada, porque desde el inicio es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es el Señor de la vida desde su comienzo hasta su término; nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente» (Catecismo Iglesia Católica, 2258).

Desde el siglo primero, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece invariable. El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es gravemente contrario a la ley moral. La Iglesia no pretende restringir el ámbito de la misericordia, lo que hace es manifestar la gravedad del crimen cometido, el daño irreparable causado al inocente a quien se da muerte, a sus padres y a toda la sociedad (CIC, 2271 y 2272). Es más: la Iglesia, siguiendo a su Señor, quiere que toda vida sea respetada y apoyada, que luchemos contra todo lo que es muerte; la caridad nos llama a dar vida y dar la vida, a practicar las obras de misericordia, las corporales y las espirituales, siempre. También se defiende la objeción de conciencia de los sanitarios.