Dios nos sigue hablando - IX

+ Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

Dios sigue hablando hoy por el silencio. Hoy se habla mucho del silencio. Hay una obra de Pablo D’Ors, “Biografía del silencio”, que ha tenido un gran éxito editorial. También se habla de grupos que practican la técnica de oración del silencio. En música tiene valor musical el silencio. En nuestra vida social hablamos del silencio administrativo. En el refranero tenemos un dicho: “el que calla otorga”, aunque no siempre es verdad, generalmente el que calla no dice nada. En nuestra región de Castilla y León hay un valle que se llama Valle del Silencio. Hablamos del silencio de la noche, del silencio monacal, del silencio necesario entre tanto ruido.

Hoy hablo del silencio de Dios que es como la música callada, el silencio sonoro, el silencio más elocuente. ¿De qué hablamos cuando hablamos del silencio de Dios? No de que no siga hablando por la Escritura, o por Jesucristo, cuando es que nosotros no queremos oír, escuchar y hacer caso, cumpliendo su voluntad, viviendo como si no existiera o fuera mudo y sordo.

En mi vida de sacerdote he oído muchas veces ante la muerte de un ser querido, la enfermedad de un amigo, del esposo o la esposa o del hijo: ¿por qué Dios no hace nada, no habla, no da una señal? ¿Por qué Dios sigue callado ante tantas oraciones que hemos elevado los creyentes ante la fuerza maléfica del pequeño virus que nos trae atormentados a todos los hombres y mujeres, y que ha ocasionado tantas lágrimas, tanto dolor, tantas muertes, tantos confinamientos, tantas pérdidas de trabajo, tanto paro, tanto dolor, sufrimientos físicos y espirituales? ¿Por qué no hace un milagro?

Estas situaciones no son nuevas. Ya el pueblo judío se lo preguntaba cuando oraba en situaciones de desastre nacional: «Todo esto nos viene encima, sin haberte olvidado, ni haber violado tu alianza, sin que volviera atrás nuestro corazón, ni se desviaran de tu camino nuestros pasos. Y tú nos arrojaste a un lugar de chacales y nos cubriste de tinieblas. Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios y extendido las manos a un dios extranjero, el Señor lo haría averiguado, pues él penetra los secretos del corazón. Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Despierta, Señor, ¿por qué duermes? Levántate, no nos rechaces más. ¿Por qué nos escondes tu rostro y olvidas nuestra desgracia y opresión? Nuestra alma se hunde en el polvo, nuestro vientre está pegado al suelo. Levántate a socorrernos, redímenos por tu misericordia» (Salmo 44). Incluso, como hace Job, que se sabe inocente, acusamos a Dios: «Te pido auxilio y no respondes; me presento ante ti, y no lo adviertes, te has convertido en mi verdugo y me atacas con tu brazo musculoso. ¿No tendí yo la mano al afligido que me pedía ayuda en la desgracia? ¿No lloré por el que vive en la penuria? Esperaba la dicha, me vino el fracaso; anhelaba la luz, llegó la oscuridad... ¡Ojalá hubiera quien me escuchara!» (Job 30, 20-26; 31, 35). Job, ante el silencio de Dios, responde: «Me siento pequeño, ¿qué replicaré? Me taparé la boca con la mano» (Ib. 40, 4).

En la visita al campo de Auschwitz, Benedicto XVI comentó: «¿Dónde estaba Dios en estos días? ¿Por qué permaneció callado? ¿Cómo pudo tolerar este exceso de destrucción, este triunfo del mal? Hay que despertar la conciencia dormida por el mal» (Homilía, 2006), Y podíamos poner multitud de situaciones como tsunamis, terremotos, guerras, actos de terrorismo, etc. Muchos reaccionan con que “Dios lo quiso”, “lo acato”, “es su voluntad”. Otros, ante estas situaciones, pierden la fe en un Dios padre bueno, compasivo y misericordioso, sobre todo cuando los males afectan a los inocentes, como el caso de A. Camus. Otros descubren a Dios o se abren a su misterio insondable que nos supera. Ante el silencio de Dios quisiéramos los creyentes dar una respuesta contundente, tan sencilla y clara como inapelable. Pero no puede ser sencilla porque la verdad es polifónica o poliédrica, tiene diversos elementos complementarios que hay que conjugar con cuidado. No podemos escrutar el secreto de Dios, no somos jueces de Dios. Nos cabe quejarnos en la oración y despertar en nosotros la presencia escondida de Dios.

Nuestra mirada se centra en Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios. Él también experimentó el silencio de Dios cuando en la cruz dijo citando el Salmo 22: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27, 46). El sábado santo, el día del silencio de Dios. Un silencio que expresa que Dios nos ha dotado de inteligencia, libertad y capacidad para decidir; que no interviene abiertamente en nuestra vida, que respeta nuestra autonomía. El silencio de Dios es un don que Él nos hace para que seamos capaces de encontrarnos con Él. Se oculta para que lo encontremos. Él quiere encontrarse con nosotros porque nos ama absolutamente. Y el amor nos debe llevar a confiar siempre y en toda situación. Jesús afrontó el silencio de Dios con la confianza en el Padre, total y absoluta. Lo expresó cuando al morir dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu», rezando con el Salmo 31 y expresando toda su confianza y esperanza. La gran palabra de Dios expresada definitivamente y que rompe su silencio es la que pronunció resucitando a Jesús de entre los muertos y revelándose como Dios Padre, amigo de la vida, amigo de los hombres, que en Cristo nos ha hecho sus hijos y herederos de la vida eterna. Nos cabe orar con el Salmo 23: «El Señor es mi pastor, nada me falta... aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo... tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida y habitaré en la casa del Señor por años sin término».

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